ARTÍCULO

Sociología analítica: por lo menos, el qué

 

De un libro citado con veneración a uno y otro lado del Atlántico, la definición del concepto habitus, considerado por no pocos como la principal aportación de su autor a la sociología: «Sistemas de disposiciones duraderas y extrapolables, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, en tanto que principios generadores y organizadoras de prácticas y de representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas a su fin sin suponer la búsqueda consciente de fines ni el control expreso de operaciones necesarias para su obtención, objetivamente “reguladas” y “regulares” sin ser en ningún caso el producto de obediencias a reglas, y siendo, por tanto, colectivamente orquestadas, sin ser el producto de la acción organizada de un director de orquestas». Y, así, el chisporroteo sigue y sigue durante bastantes páginas. Cualquier cosa menos una definición.
Pierre Bourdieu no es un caso único. Tampoco el peor. Prueben ustedes a echarse al coleto algún texto de teoría social posmoderna, sean estudios culturales, deconstruccionistas, posestructuralistas, poscoloniales o de «recuperación de los recuerdos». Muy posiblemente les pasará lo que a García Lorca, cuando, después de escuchar el verso de Rubén Darío «que púberes canéforas te ofrenden el acanto», se levantó y dijo: «A ver, otra vez, por favor, que yo sólo he entendido el “que”».
No fue casualidad que el físico Alan Sokal eligiera la revista Social Text como destinataria de un artículo descabalado, repleto de disparates, falacias y errores de bachillerato, con la única intención de mostrar que existían gremios que se tragaban cualquier cosaAlan Sokal y Jean Bricmont, Las imposturas intelectuales, trad. de Joan Carles Guix, Barcelona, Paidós, 1999.. Por supuesto, como siempre, como en casi todo, la reacción de la profesión fue decir que la vida estaba en otra parte, que lo que publicaba Social Text no era propiamente sociología o que, en todo caso, no era toda la sociología. Y era verdad. Hay pocas disciplinas en la que se cultiven géneros tan disparesPor ejemplo, ese grandísimo sociólogo que es Raymond Boudon, a quien no sería exagerado calificar como el padre de la sociología analítica, distingue entre sociología expresiva, cognitiva, crítica y de cámara (o informativa): «Sociology that Really Matters», European Sociological Review, vol. 18, núm. 3 (2002), pp. 371-378.. Abundan las clasificaciones de las maneras de hacer sociología, así que no importará si añado una más. De más a menos, sin ánimo de exhaustividad y tasando con el criterio del contenido empírico, pueden reconocerse por lo menos tres géneros sociológicos. Uno, moralista, en unos casos directamente sermoneador y en otros encubiertamente, bajo la forma de descripciones jeremíacas de una realidad que nunca da la talla, contrastada con la luz del mejor de los mundos posibles, de una «buena sociedad» regida por valores, sin sombra de relativismos, desintegración social, egoísmo o tareas rutinarias, un desmedido contrafáctico que, aunque casi siempre se reviste de tintes progresistas, por lo común no pasa de ser más que una versión pocas veces mejorada de las clásicas tesis de la escuela histórica de derecho, esto es, reacción antiilustrada en estado clínicamente puro. Un segundo género sociológico es una suerte de Whig history, aunque no siempre optimista, centrada en unas supuestas tendencias del mundo, por ejemplo, en la senda de la sociedad «red», la sociedad «líquida» o la sociedad «del riesgo», por citar algunas de las que más circulan por el bazar. Espolvoreada con algunas estadísticas o simples noticias de periódico que acuden como remaches cuando la argumentación flaquea, opera por lo común mediante cadenas de plausibilidad, en una secuencia de pasos, cada uno de ellos moderadamente probable pero que, enfilados uno detrás de otro, resultan casi imposibles: esto conduce a esto otro que lleva a lo de más allá, lo que a su vez, etc.En el fondo opera una conocida falacia, la «de la conjunción», que, por ejemplo, no repara en que una secuencia que se apoya en dos pasos con probabilidad 0,9 y 0,2 es más probable (0,9 x 0,2 = 0,18) que otra (0,178) de seis pasos, cada uno de ellos muy «razonable» (0,75). Psicológicamente, sin embargo, nos resulta más representable la secuencia menos improbable. En esa «trampa» se apoyan las buenas narraciones y la literatura. Finalmente, en creciente orden de calidad empírica, también hay una sociología, ajustadamente calificada a veces como «estadística», con bajas pretensiones teorizadoras, pero pulcra en el tratamiento de los datos que, bien por prudencia, bien a la espera de que, andando el tiempo, encuentre un modo de vincularse sin trampas con teorías de mayor vuelo, adopta una suerte de escéptico conductismo y se limita a establecer relaciones entre variables, por ejemplo, entre bajo nivel de ingresos y mala salud, entre escolarización en catalán de los alumnos de lengua materna castellana y fracaso escolar, o entre nivel de ingresos de los varones y número de orgasmos de sus parejas.

EL DESEMBARCO DE LOS ECONOMISTAS

La sociología analítica aspira a retener el buen sentido empírico de esa última sociología, pero sin abandonar las pretensiones de trabar los datos con la teoría. Por así decir, aspira a que los Kepler de la sociología estadística encuentren a su Galileo o incluso, a ser posible, su Newton. El punto de partida es elemental, un empeño casi meramente higiénico, aunque obligado a la vista del empacho de grandes palabras: purgar el léxico, lo que en sociología tradicionalmente ha querido decir, entre otras cosas, arrumbar la vaciedad holística y sus imposibles sujetos. Nadie dijo nunca «nos vamos para la guerra de los treinta años», y nadie debería decir cosas como «la lengua de Cataluña es el catalán», o «las elecciones confirman que los ciudadanos no han querido que ningún partido gobierne por mayoría». El resultado de las acciones de todos no es la voluntad de nadie. La explicación satisfactoria, nos dirán los analíticos, es la que nos lleva de unas cosas a otras, de las acciones de cada uno al resultado de todos, de las interacciones entre los agentes a los acontecimientos, procesos o estados sociales.
Por supuesto, nada de eso lo ignoraba la mejor sociología clásica: Max Weber, por ejemplo. Pero sí las peores versiones del funcionalismo y del marxismo, que en la inmediata posguerra señorearon la disciplina en lo que atañe a la teoría de postín. En realidad, notables excepciones aparte, las raíces recientes del giro analítico de la sociología hay que buscarlas en otra ciencia social, en la economía, más exactamente en el intento de la economía de extender su imperio hacia dominios tradicionalmente ocupados por sociólogos y politólogos. «Extender su imperio» en ese caso quería decir «abordar los fenómenos sociales como si fueran el resultado –deseado o no– de las acciones de individuos racionales, calculadores y egoístas, de homines oeconomici». Los economistas –los economistas neoclásicos, precisemos– pretendían explicar los precios como resultado de la interacción de –de los intercambios entre– agentes, entre consumidores que buscan maximizar su satisfacción y empresarios que procuran su beneficio.
La cabeza de puente del desembarco de los economistas fue la teoría del rational choice. Un desembarco en toda regla. La democracia se describía como un mercado donde unos políticos, que se comportaban como empresarios, competían por los votos de ciudadanos que, por su parte, actuaban como consumidores. Las leyes y la justicia se entendían como soluciones a problemas de negociación o de coordinación social, como acuerdos que antes que responder a ideales normativos eran lo menos malo que cada cual podía conseguir sin romper la baraja, o como equilibrios de Nash, convenciones que a todos les sale a cuenta respetar mientras los demás las respeten. Las normas morales no eran más que un modo de sancionar a aquellos que, al ir la suya, producían externalidades negativas o minaban imprescindibles bienes públicos, como la confianza, que engrasan y hacen llevadera la vida en compañía. Aquí y allá, sin pedir permiso a nadie, las maneras y las conjeturas de los economistas prendieron como la brea. La operación fue cualquier cosa menos un ejemplo de finezza, pero lo que no cabía era ponerse de perfil, seguir refugiándose en la quejumbre, en la espesura solemne o en el inventario de almacénEs obligado recordar a otros economistas que, a su aire, también participaron en la operación con más sutileza y discreción, como Thomas C. Schelling, Mancur Olson o Albert O. Hirschman..
Exactamente eso es lo que harán –con alguna notable excepciónPor ejemplo, uno de los clásicos de la sociología analítica y del racional choice es James S. Coleman, Foundations of Social Theory, Cambridge, Harvard University Press, 1990.– buena parte de los sociólogos encuadrables bajo el rótulo de «analíticos»: recuperar las estrategias explicativas de los economistas, las explicaciones a partir de las razones de los protagonistas, sin comprometerse con unas teorías a las que con frecuencia acusarán de irreales, de excesivamente simplificadoras. La operación implicaba, entre otras cosas, un desacuerdo con tesis epistemológicas de Milton Friedman muy populares entre los economistas, tesis que habían acompañado al homo oeconomicus como al amor las penas, y que se habían convertido en el talismán con que conjuraban la indiscutible incompatibilidad entre los supuestos de sus teorías y las conductas reales observadas en los seres humanos. En 1953, en un artículo hoy considerado clásico, Friedman había sostenido que no importaba que los supuestos de las teorías fueran falsos, que lo único importante era que resultasen certeras las predicciones realizadas a partir de ellos. Por supuesto, venía a decir el genial economista, que los consumidores no son esos seres superlativamente racionales y egoístas que los economistas decimos, pero si una teoría que se apoya en esa suposición tiene implicaciones compatibles con los datos, hay que darla por santa y buena: al cabo, añadirá, todas las teorías, por abstractas, por perfilarse en condiciones ideales, son «irreales».
La tesis, sin dejar de tener su aquel en su presentación más afinada, parecía confundir la inevitable irrealidad de cualquier teoría, abstracta por definición, con la falsedad. Una cosa es que un supuesto sea abstracto, algo inevitable cuando se hace ciencia, y que por ello resulte difícil su control empírico, pero otra, bien distinta, es que sea llanamente falso. Los neutrinos no son fáciles de observar, el comportamiento de los consumidores sí. Sobre eso no cabía duda alguna: no había problema alguno para tasar experimentalmente los supuestos conductuales de la economía; se podía hacer y, cuando se hacía, resultaban falsos. Pero es que, además, en el caso de la economía y, más aún, en las extensiones de la economía a los dominios de las otras ciencias sociales, la tesis de Friedman resultaba irrelevante porque, en realidad, no había predicciones, porque la mayor parte de las conjeturas atañen a hechos ya conocidos, no miran hacia delante sino hacia atrás, son retrodicciones, explicaciones a toro pasado de lo ya sucedido. En esas circunstancias, la propuesta de Friedman corría el peligro de convertirse en una trapacería para salvar los muebles con apaños circulares: por una parte, por abajo, por los hechos, unas observaciones a las que se busca explicación y con las que, obviamente, la teoría cuadra por ya sabidos, porque son el punto de arranque conocido que ha llevado a construir la teoría; por otra, por arriba, se exime del control empírico y se da por buena cualquier cosa. Así las cosas, el conjunto del edificio se queda sin anclaje experimental: una enorme tautología que parchea el armazón por donde haga falta. Vamos, lo del personaje de Molière: el opio desata el sueño porque posee una virtus dormitiva de la que no hay otra evidencia que el mismo adormeciendo.

LOS FUNDAMENTOS: LOS MECANISMOS

El ideal de claridad y el realismo están en el punto de partida de Dissecting the Social, el trabajo con más aguda autoconciencia metodológica de entre los aquí reseñados. En el parecer de Hedström, las teorías «deben ser psicológicamente plausibles porque, de otro modo, simplemente estaremos ante una narración especulativa (as-if story), ante una historieta». El objetivo final de la investigación es contar la historia causal que realmente sucede, el mecanismo, por decirlo con el concepto metodológico en torno al cual gravita buena parte del libro, esto es, la «constelación de entidades y actividades organizadas de manera tal que regularmente producen determinado tipo de resultado». Sintéticamente: se busca abrir la caja negra que muestra los engranajes que desembocan en el explanandum.
En teoría social, los engranajes son las acciones sociales y, por ende, la explicación social, sostiene Hedström, ha de encontrarse, al final, con «actores, deseos, creencias y oportunidades». Una tesis modesta, estrictamente metódica, no teórica. Las teorías, las conjeturas, empiezan en el instante en que, enfrentado a la explicación de una acción, cada investigador rellena las casillas «creencias», «deseos» y «oportunidades». Unos dirán que Bush invadió Irak porque creía que ocultaba armas de destrucción masiva, y otros porque quería asegurar el acceso al petróleo. Mas en general, al dar cuenta de esto o de aquello, unos estimarán que las constricciones sociales dibujan hasta tal punto el conjunto de oportunidades que, en la explicación, queda poco lugar para las elecciones, mientras que otros pensarán que no hay tal, que, para decirlo con Borges, no es la puerta la que elige, sino el hombre. La investigación, claro, tendría que dilucidar quién atinó, echar las cuentas empíricas, directas o indirectas. Una brega, sin duda, pero no un imposible. En todo caso, unos y otros cortan la explicación con el mismo patrón, el de la racionalidad: creencias, deseos y oportunidades.
Hedström contrapone los mecanismos a las explicaciones estadísticas y, sobre todo, a las covering-law explanations, al ideal de ciencia del positivismo lógico, según el cual, explicar un acontecimiento es subsumirlo bajo –«deducirlo» de– una o varias leyes. Mientras las explicaciones estadísticas, que se limitan a detectar relaciones estables entre variables, obtienen «resultados» (datos) sin teoría, no son, en rigor, explicaciones, las «explicaciones» basadas en leyes no pasan de trivialidades campanudas, que, sobre todo, hablan de los buenos propósitos de sus defensores. Eso no quita –conciencia analítica obliga– para que reconozca los méritos de la aspiración positivista, su contribución a pulir la discusión. Las huellas de esa herencia se muestran a lo largo del libro: el afán de claridad, la especificación de la anatomía de las inferencias, la exigencia de controles empíricos, el uso de modelos, la introducción de herramientas matemáticas. Principios que se ejercen en la segunda parte de Dissecting the Social, en la que el programa desgranado en los primeros capítulos se pone a andar.
No hay muchas pegas que poner a la reflexión de Hedström. Detalles menores aparte, su reconstrucción de la anatomía de las explicaciones es limpia y coherente y se ajusta al proceder de la mejor teoría social. Si acaso, el redoble de tambores resulta excesivo cuando anuncia la originalidad de su perspectiva. O, por lo menos, cuando enfatiza el contraste entre los mecanismos y las leyes y las explicaciones estadísticas. Y es que, como ha mostrado la reciente filosofía de la ciencia, bien alejada del ideal hempeliano del covering law, desde cierta perspectiva, no hay incompatibilidad entre leyes y «narraciones causales»Véanse estos resultados, con más detalle, en «Apéndice: un panorama de la reciente filosofía de la ciencia», en Félix Ovejero, El compromiso del método, Barcelona, Montesinos, 2004, pp. 223-278.. No es que no existan leyes, sino que son «inexactas», nos viene a decir. Siempre se dan interferencias y causas distorsionantes que impiden que las leyes se manifiesten en forma de regularidades observables y que limitan la evidencia empírica «limpia» de las teorías. Las leyes serían verdaderas siempre que «todo lo demás» permaneciera igual. Lo que quiere decir que, en la realidad, todas son falsas, porque prácticamente todas son interferibles, porque no hay ninguna incondicional. Ninguna sería universal porque todas estarían expuestas a ruidos circunstanciales. De ahí la necesidad de introducir en las leyes cláusulas ceteris paribus, no pocas veces formuladas con vaguedad, sin posible especificación exhaustiva. De hecho, cuando empiezan a precisarse las «reservas» a la ley, sus condiciones de funcionamiento, y se dice que siempre que X, salvo que suceda a, b, c ... z, entonces Y, la ley empieza a acercarse a la descripción o a la narración, se acerca a la historia. Al mecanismo, si se quiere. Lo interesante es que esto sucedería en todas las ciencias, incluida la físicaNancy Cartwright, «The Limits of Causal Order, from Economics to Physics», en Uskali Mäki (ed.), Fact and Fiction in Economics, Cambridge, Cambridge University Press, 2002.. De modo que, ya ven, el viejo proyecto positivista de unificación de la ciencia cuajaría donde menos se espera, sobre el modelo de las ciencias sociales. Y, claro, de tomarse en serio estas consideraciones, quizás habría que pensar que, en realidad, lo que había hasta ahora era una mala descripción no de la ciencia social, sino de la ciencia tout court.

LA PRÁCTICA: LAS NORMAS

Clásicamente, las normas querían explicarse acudiendo a cosas tan difusas como «la historia» o «la tradición» o, con alguna precisión mayor, apelando a su funcionalidad, a las ventajas que «para la sociedad» supone su persistencia, por ejemplo, para mantener la cohesión social. Cada una de esas estrategias tenía sus problemas: la historia y la tradición, antes que una explicación, son un conjuro para evitar la explicación, y la funcionalidad, cuando no tiene detrás una teoría como la selección natural, que proporciona un soporte, un mecanismo causal (variación-selección-herencia), casi siempre acaba en alguna forma de cuento chino ad hoc, como aquel según el cual la nariz existe para llevar las gafasEntre los que hay razones para incluir a los «memes», a esas unidades de transmisión cultural pensadas según el modelo de los genes, pero que no cumplen con su característica más fundamental: la fidelidad en la transmisión de la información, lo que los hace incompatibles con algunas hipótesis, como la modularidad de la mente, centrales de la psicología evolutiva, en el parecer de algunos cultivadoras de ésta (o de sus variantes) como Scott Atran, Dan Sperber, Pascal Boyer, Peter Richerson o John Tooby.. Para la sociología analítica incluso la dificultad parece mayor, comprometida como está con alguna idea de racionalidad. Si ésta, en sus versiones más comunes, equivale a un comportamiento instrumental, «hago X para conseguir Y», para no pocos sociólogos, las normas vendrían a ser el paradigma del comportamiento no instrumental, «hago C, porque debo hacer C». Por lo general, al final, unos y otros, para explicar por qué cumplimos las normas, en algún momento tapaban los agujeros de sus argumentaciones mediante la marrullería de «meter en la cabeza» de los protagonistas el problema (la norma), mediante alguna versión más o menos aguada del súper yo freudiano: los individuos «interiorizaríamos» las normas.
The Grammar of Society intenta proporcionar una explicación compatible con la racionalidad y que no tenga que acudir a ninguna morcilla pseudopsicológica. Antes de recalar en lo que le interesa, en las normas sociales, Bicchieri empieza por despejar el camino, por deslindarlas de las normas descriptivas o las convenciones. Las primeras –las modas, por ejemplo–, las entiende como unas reglas que seguimos cuando esperamos que un número suficiente de individuos las sigan. Las convenciones, como conducir por la derecha (o la izquierda), son clásicos equilibrios de Nash: cada uno conduce por el lado en que cree que lo harán los demás y nadie tiene interés en cambiar unilateralmente de lado. Normas descriptivas y convenciones comparten una característica: su cumplimiento –la preferencia por su cumplimiento, en el léxico del ensayo– no choca con la persecución del propio interés. Nos sale a cuenta seguir los hábitos de un grupo de referencia, aunque sólo sea para evitarnos los costes de la discrepancia y, desde luego, salvo suicidas, a la hora de conducir, mejor por donde todos. Algo que no sucede con las normas sociales: siempre cabe la posibilidad de perder alguna ventaja cuando nos sentimos obligados a echar un cable, a actuar justamente o a corresponder a un buen gesto.
En todo caso, en unas y otras normas hay un concepto clave que designan las palabras resaltadas en el párrafo anterior: las expectativas. Actuamos según nuestras preferencias, sin duda, pero también según esperamos que actúen los demás. Vistas así las cosas, es natural que Bicchieri acuda a la teoría de juegos, que permite tratar formalmente las situaciones de interacción estratégica, aquellas en las que el resultado (la recompensa) de cada uno depende de las elecciones de todos. La originalidad de su perspectiva consiste en destacar, además, la presencia de expectativas normativas: los jugadores no sólo creen que los demás se atendrán a las normas, sino que creen que deben hacerlo. Desde otro lado: las gentes cumplen cuando creen que los demás lo harán y que los demás esperan que ellos van a hacerlo. Si tú me haces un favor, no sólo esperas que, cuando toque, yo también te lo haga a ti, sino que, además, consideras que tienes derecho a esperarlo. Todos, es decir, cada uno.
Con ese utillaje aborda característicos ámbitos de la realidad social en los que intervienen las normas: situaciones, en general, en las que hay lugar para –hay beneficios en– la colaboración (la cooperación, la reciprocidad o la justicia), pero también existe la tentación de «ir a la suya», de obtener ventajas mayores dejando «colgados» a los demás. Que, a pesar de todo, se opte por cumplir las normas depende de diversas razones. Unas veces simplemente buscamos evitar sanciones. Otras intervienen razones ancladas en expectativas normativas y nos comportamos atendiendo a lo que consideramos legítimo o a lo que se espera de nosotros, con independencia de si existen vigilantes o penalizaciones. En tales situaciones, los aspectos contextuales ofician como frenos o desencadenantes en la activación de las normas.
La autora entretiene bastantes páginas en dar cuenta de cómo se produce esa activación de las normas. Interpretar y comprender una situación social supone compararla con otras similares que hemos experimentado en el pasado. La semejanza, que encontramos o atribuimos, desencadena el esquema normativo que aplicaremos a la nueva situación. El proceso nada tiene que ver, como muestran mil experimentos, con un proceso de evaluación racional. No hay comparación, evaluación y jerarquía de las alternativas. Somos bastante más pedestres o, por mejor decir, más complicados. Arrojamos al mundo heurísticas, estructuras cognitivas deudoras de experiencias sedimentadas en el trato con el mundo y sus gentes y, con ese tamiz, encuadramos una situación y ejercemos el comportamiento correspondiente. Actuaremos de modo muy diferente ante un intercambio, según lo cataloguemos: como una relación de mercado, de reciprocidad o como un soborno.
Para controlar empíricamente sus modelos, la autora acude a diversos experimentos de la psicología social clásica y de la más reciente, casi toda ella desarrollada bajo la etiqueta de «economía experimental». Recurre casi siempre, para tasar su reconstrucción racional de las normas, en particular, a las de cooperación y las de justicia. Sin embargo, se muestra más remisa a la hora de buscar avales empíricos en la parte alta de su argumentación, en los andamios que sostienen su teoría, incluidos los más originales, como las heurísticas, los mecanismos cognitivos que intervienen en la formación de las expectativas normativas y empíricas, centrales en su idea de la emergencia de las normas. Y eso que, por lo general, hablarían a favor de sus puntos de vista, como sucede con la conjetura según la cual tenemos una disposición «esencialista» a ir por el mundo con esteriotipos, una disposición, «inductiva» si se quiere, que nos lleva a generalizar a partir de características superficiales, como rasgos físicos o laborales («peluquero», «madrileño», «joven»), y a extraer conclusiones que atañen a rasgos esenciales, profundos («sensible», «orgulloso», «irresponsable»). Esa heurística, que convierte a los otros en «clases naturales» y que resulta fundamental en la interacción normativa, en tanto dota a los demás de una única «identidad» estable en el tiempo en la que basar inferencias y predicciones sobre su comportamiento, tiene sólidos avales en antropología cognitiva que no parecen interesar a BicchieriVéase el clásico trabajo de Scott Atran, Folkbiology, Cambridge, The MIT Press, 1993..
La despreocupación de la autora por las garantías extrasociológicas quizás hay que atribuirla a su proclamado «constructivismo», aquella perspectiva, en sus propias palabras, que se limita a «explicar las normas en términos de las expectativas y las preferencias de quienes las siguen». Y, desde luego, recorre bastante camino sin salirse de la senda sociológica. Aun así, resulta difícil de entender que no acuda a desarrollos que no sólo resultan compatibles con sus tesis, sino que éstas parecen demandar y que parecen razonablemente exploradosSobre las bases biológicas de las emociones y las normas, un panorama exhaustivo en Walter Sinnott-Armstrong (ed.), Moral Psychology, 3 vols., Cambridge, The MIT Press, 2008.. No digo que en estos tiempos de pasión biologicista, con más promesas que resultados contables, algo así como el esquema Ponzi de la teoría social, no resulte digna de elogio la prudente actitud de limitarse a hablar del territorio que uno mismo está en condiciones de pisar, pero no es menos cierto que su argumentación es menos autónoma de lo que afirma: el paisaje de las normas difícilmente se puede entender sin el de las emociones y éstas, guste o no, tienen cimientos biológicosAlgo que han hecho con muy buen tino economistas que se han ocupado prácticamente de lo mismo que Bicchieri, y con herramientas parecidas, como la teoría de juegos, además de los resultados de la biología evolutiva, a la hora de abordar la explicación de normas e instituciones. Véase Samuel Bowles, Microeconomics: Behavior, Institutions and Evolution, Princeton, Princeton University Press, 2004..

EL PROGRAMA: LAS GENTES Y SUS INSTITUCIONES

Explaining Social Behavior es otra cosaEn principio se presenta como una nueva edición de Nuts and Bolts for the Social Sciences, de 1989. Pero se trata, esta vez sí, de un libro completamente nuevo.. La misma perspectiva analítica, pero otra cosa. No es un libro de tesis, ceñido a la justificación de una estrategia explicativa, como el de Hedström, o a un asunto, a las normas, como el de Bicchieri. Eso no quita para que dedique muchas páginas a cuestiones de método, a cómo explicar, y bastantes más a diversos asuntos de teoría social contemporánea, incluyendo las normas. Hay de todo eso y mucho másSeguramente, el programa de la sociología analítica encontrará su expresión más madura en el anunciado volumen editado por Peter Hedström y Peter Bearman, The Oxford Handbook of Analytical Sociology, Oxford, Oxford University Press, 2009. Entretanto no está de más destacar que, entre nosotros, también tiene sus frutos en forma de números monográficos de revistas sobre «analytical sociological theory», en Papers, núm. 80 (2006); sobre «acción colectiva» en la Revista Internacional de Sociología, núm. 46 (2007); sobre «sociología analítica», en Revista Internacional de Sociología, núm. 67 (2009). En el mismo lote habría que incluir el volumen coordinado por Fernando Aguiar, Julia Barragán y Nelson Lara, Economía, sociedad y teoría de juegos, Madrid, McGraw Hill, 2007.. Si se me permite el énfasis, aliviado por la primera persona, diría que es la mejor introducción a la teoría social de los últimos veinte años que ha caído en mis manos. Lo es por el grado de información sobre las más dispares investigaciones, por la ponderada acribia de la exposición y, no menos, por la trabazón con que unas cosas y otras se exponen, sin asomo de enciclopedismo, sin que en ningún momento parezca que los resultados se arrojen a las páginas a bulto, sin orden ni propósito.
No hay de qué extrañarse. Estamos ante una obra de madurez, de decantación, de un autor que ha realizado contribuciones en los ámbitos más diversos de la teoría social. Ese caminar por territorios fronterizos es de mucha importancia en teoría social, en la que los mayores hallazgos, antes que las grandes teorías, son las explicaciones de este o aquel acontecimiento, algo que requiere del entrecruzamiento de diferentes tramas causales, de los resultados de distintas disciplinas o, para decirlo con Marx, de la «síntesis de multiplicidad de determinaciones». Elster repetirá, con ligeras variaciones, la tesis de Hedström: no cabe, en teoría social, una «ciencia de leyes universales». Cualquier generalización está sometida a interferencias, a secuencias causales que emborronan la limpieza del «Siempre que X, entonces Y». Es verdad que hay una relación establecida entre padres e hijos dados a la bebida, pero también hay una secuencia que lleva a los hijos, que han visto lo que han visto, a la abstinencia. Lo único que cabe en cada caso es identificar lo que pasa, a seguir un hilo causal inevitablemente contingente.
Su convencimiento de que los mejores hallazgos de la ciencia social se encuentran en las explicaciones, antes que las macroteorías, lo argumenta y, sobre todo, lo ilustra. Basta con ver a los clásicos a los que vuelve una y otra vez (Tocqueville en primer lugar), o las lecturas que hacia el final de libro recomienda para el buen entrenamiento de los investigadores: casi todas caen en el apartado administrativo de la historia. Eso no quita para que reconozca aportaciones de vuelo alto, la gran teoría, como los teoremas de la elección social, las teorías del progreso técnico o los modelos de selección natural, por citar tan solo algunos a los que ha dedicado trabajos y sobre los que vuelve en este libro. Reconoce sus méritos, pero con los justos entusiasmos de quien ha hecho las lecturas debidas a la edad conveniente, de quien ha visto casi todas las modas que periódicamente han fascinado a la teoría social. La prudencia la muestra incluso con lo que juzga «el avance más significativo de las ciencias sociales en el siglo XX», la teoría de juegos, cuando nos advierte de los peligros de las formalizaciones gratuitas, de los desarrollos faltos de previsible aplicación empírica, como es el caso de buena parte de lo que llama «ciencia ficción económica», cuyo delirante cultivo –que condujo a Econometrica, revista puntera, a imponer una moratoria en la publicación de artículos de teoría de la elección social– sólo cabe explicarlo –conjetura Elster– con una inconveniente excrecencia del sistema de incentivos de la academia norteamericana, que no siempre garantiza que los caminos de la buena investigación coinciden con los de la buena vida de los investigadores. Y, desde luego, en el mismo lote hay que incluir su prudencia respecto a lo que podemos esperar de las ciencias cognitivas, muy apreciable ante la proliferación de literatura que parece creer que basta con anteponer el prefijo «neuro» a cualquier materia (economía, ética) para que, por arte de birlibirloque, se resuelvan sus problemas de toda la vida. Aunque en esto último, bien es verdad, que no es la única voz, informada, que invita a la cautelaVéanse los trabajos incluidos en el número monográfico dedicado a neuroeconomía de Economics and Philosophy, vol. 24, núm. 3 (2008)..
Que Explaining Social Behavior no defienda un «sistema» o una «doctrina» sociológica no quiere decir que esté por las ocurrencias o la novelería. Como sucede con los otros dos trabajos, no faltan aquí las relaciones funcionales y los gráficos. Elster tampoco cree que podamos esperar una física, una mecánica de lo social, pero sí lo que podríamos llamar un álgebra, una estrategia de modelización, cuyo esqueleto conceptual último serían la racionalidad y los mecanismos, y que, en sus diversas variaciones, permitiría analizar las tramas causales de los procesos sociales, esos imprecisos «contextos», tan frecuentemente invocados cuando no se quiere acabar de explicar algo y que muchos parecen entender como sinónimos de «neblina», para repetir la clarificadora imagen del noruego. Para él, la aplicabilidad, el realismo, importa más que la sofisticación formal.
El libro se abre con una exposición de lo que el autor entiende por correcta explicación en teoría social, en lo esencial, la idea de mecanismos, y cuya fecundidad tasará a lo largo de veintiséis capítulos agrupados en cuatro partes: la mente, la acción, lecciones de las ciencias naturales e interacción. Estas etiquetas, tan solemnes, son un mero expediente para ordenar asuntos un poco más mundanos, clásicos de la teoría social, entre los que se incluyen egoísmo, emociones, racionalidad, interpretación, neurociencias, selección natural, normas sociales, acción colectiva e instituciones. En realidad, el autor ajusta un poco más el foco y, en un eficaz gesto de captatio benevolente, abre el libro con medio centenar de preguntas, bien precisas, que son las que, trabadas en la exposición de los temas mencionados, encuentran respuesta, más o menos provisional, en las páginas del libro: ¿por qué es verdad que «quien ha ofendido, nunca podrá perdonar»? ¿Por qué somos renuentes a reconocer que somos envidiosos? ¿Por qué en algunas culturas la vergüenza es más importante que la culpa? ¿Por qué algunas gentes ayudaron a los judíos bajo el régimen nazi? ¿Por qué las tasas de suicidio disminuyeron después de que los medicamentos peligrosos se vendieran en ampollas y no en botellas? ¿Por qué es menos probable que emigren las poblaciones pobres? ¿Por qué muchos países cuando se independizan adoptan como lengua oficial la del país que los dominaba? ¿Por qué el presidente Nixon alentó ante los rusos la imagen de una persona irracional?
Estas y otras cuestiones no menos sugestivas proporcionan la urdimbre sobre la que avanza la exposición de sus conjeturas sobre cómo funcionan las gentes, sus razones, sus interacciones y sus instituciones. Una urdimbre en la que también se traman otros materiales menos frecuentados por la teoría social, pero cuyo uso Elster ha justificado en su exacto alcance en diversos lugares: la sabiduría decantada en los refranes, los personajes y las situaciones literarias (de Proust, Stendhal o Jane Austen) y el ensayismo moralista, de los clásicos de la autoayuda, por así decir, como La Rouchefoucauld, Montaigne, Pascal o La Bruyère.
Las debilidades del libro puede anticiparlas el lector a la vista de lo contado. Quien mucho abarca, poco aprieta. Sencillamente, es imposible llegar a cada rincón de la argumentación. Con todo, para encontrar descosidos hay que rebuscar no poco. Desde luego, no sucede en los capítulos imprescindibles del proyecto. Por ejemplo, pocas veces se han contado tan claramente y en tan pocas páginas los «fallos de la racionalidad», de la teórica, la asociada a la idea de utilidad, y de la real, la de las gentes. Seguramente, los especialistas podrán pensar que a los capítulos sobre la elección colectiva les falta un último hilván. Y, por supuesto, como sucede con aquellos que han visto pasar muchas modas bajos los puentes, a veces asoma una oreja escéptica que exime del argumento y el autor, como si estuviera de vuelta de todo, no se creyese en la obligación de darle el último hervor a sus críticas. Es lo que pasa, por ejemplo, cuando en mitad del último capítulo, en un apreciable balance del futuro de la teoría social, al justificar con razones atendibles su escasa confianza en las posibilidades de la ciencia social cuantitativa –que no es lo mismo que la ciencia social formalizada, matemática– avala sus opiniones apelando al menesteroso estado de la teoría macroeconómica. Aunque nos advierte de que hace tiempo que dejó de seguirle la pista a la disciplina, lo cierto es que el aplomo de las opiniones no está a la altura de información que las sustentan. A la misma circunstancia, quizás, hay que achacar algún que otro paso en el que el juicio personal o la cita literaria laxamente interpretada ofician como premisas intermedias al basar las conjeturas.
Pero, con todo, un abismo respecto al preceder de aquella teoría social con la que se abría este comentario. En su propia descripción, «[una teoría] de “lenguaje deslumbrante” pero cuyas “enseñanzas” no son enseñables. No hay libros de textos de deconstruccionismo how-to-do-it (aunque hay muchos panoramas de “cartografías” o “negociaciones”), fundamentalmente porque sus cultivadores proceden mediante insinuaciones y preguntas retóricas antes que jugarse el tipo haciendo aserciones rotundas». En la sociología analítica, los errores, al menos, son reconocibles. Por lo menos, entender el qué.

01/07/2009

 
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