ARTÍCULO

Sobre la sociedad del riesgo

Trad. de Jorge Navarro, Daniel J iménez y Mª Rosa Borrás Paidós, Barcelona, 1998
Anthropos, Barcelona, 1996
Trad. de Celso Sánchez Capdequí
 

La sociología contemporánea está empeñada en un debate de diagnósticos. El consenso generalizado asegura que el mundo en el que estamos instalados está sometido a fuertes transformaciones y que, siendo éstas plurales y dispersas, la tarea analítica fundamental consiste en proporcionarles un sentido global o unitario. El problema es, pues, de diagnóstico: ¿qué tipo de sociedad ha emergido o está emergiendo? Las respuestas son variadas, aunque todas comparten el rasgo común de resumir la novedad en una imagen o etiqueta simple, vistosa y expresiva. Hay dos tipos de respuestas muy recurrentes. En uno de ellos, se diagnostica una desaparición sin que se sea capaz de retratar positivamente lo que viene a continuación: son los conocidos diagnósticos que apuestan por el prefijo post- (moderno, capitalista, industrial, etc.), tan dominantes en el mercado sociológico. En el otro, se opta por la retórica de las reapariciones y lo que se propone es la sorprendente resurrección de lo que parecía ya desaparecido. Surgen entonces los diagnósticos en términos de neo-, no menos populares que los anteriores.

¿Lázaro muerto o Lázaro resucitado? Tal parece ser el dilema que entretiene a una sociología fascinada por los ritos funerarios y abocada así a confesar desconcierto, pereza o nostalgia. Ante tal panorama, son muy de agradecer aquellos raros casos en los que se opta por dejar que los muertos descansen y el diagnóstico se atreve con el problema de la epifanía y asume la arriesgada tarea de darle nombre a la nueva criatura. Los trabajos de Ulrich Beck a que se hace referencia en esta reseña han seguido esta vía. Han propuesto un diagnóstico simple y expresivo y, además, se han atrevido a apostar por un retrato en positivo. Lo que nos dicen es que estamos instalados en un tipo social sin precedentes, la sociedad del riesgo, y que nuestro porvenir depende del modo en que seamos capaces de gestionarla.

Esta propuesta está argumentada por extenso en La sociedad del riesgo, el libro que ahora se nos brinda en su versión española. Aparecido en 1986 en Alemania y traducido al inglés en 1992, ha sido un libro que ha generado polémica y, sobre todo, ha tenido la inmensa virtud de instalar el problema del riesgo en el centro de los debates sociológicos actuales. Que por fin aparezca en español es algo muy de celebrar aunque, como la dicha nunca ha de ser completa, sea muy de lamentar que haya sido sometido a un vertido que justifica plenamente el viejo dicho que asimila la traducción a la traición, lo que obliga al lector a desconfiar continuamente de lo que tiene ante los ojos y a conjeturar lo que, en el original alemán, Beck tuvo a bien decir. Pero si el lector es animoso y no falto de imaginación sabrá superar las injustificables dificultades que el editor español ha puesto a la buena intelección del libro y, al final de la prueba, reconocerá que el esfuerzo ha valido la pena y que no se puede echar en saco roto lo que el autor propone.

La tesis de Beck es que hemos pasado, o estamos pasando, de sociedades en las que el centro crítico del debate era la escasez a sociedades en las que este problema es sustituido progresivamente por la definición, gestión y reparto de riesgos. Esta tesis la enmarca en una teoría general del cambio social en la que se propone que el proceso de modernización se ha cumplido en dos etapas: la primera fue la de la modernización simple y dio como resultado a la sociedad industrial tal como se fue asentando hasta mediados del presente siglo; la segunda es la de la modernización plenamente realizada o reflexiva, fase en la que la sociedad industrial es sustituida por la sociedad del riesgo. En lo que tienen de novedoso y apuntan al futuro, las actuales sociedades son de este tipo. En ellas, la modernización se encuentra por vez primera consigo misma y se ve enfrentada a sus propios productos y creaciones –de ahí el carácter reflexivo de la nueva situación–. Desaparecido el mundo de la tradición, desaparecido también el entramado pseudo-moderno característico de la sociedad industrial, la sociedad moderna puede ya mirarse en el espejo de su propia creación. Y lo que en él encuentra es la proliferación de riesgos que la exponen a daños que amenazan con su destrucción. Alarmada, la nueva sociedad puede, con todo, confiar en sus propios recursos, puede sobre todo aplicar sus propios procedimientos para paliar, controlar o limitar los daños a que ella misma se expone.

Tal es, en síntesis apretada, la tesis central del texto. La novedad del diagnóstico de Beck radica en el papel protagonista, definitorio, que concede al riesgo para dar cuenta del mundo en que nos encontramos. ¿En qué sentido las sociedades actuales son sociedades del riesgo? A la hora de justificar su diagnóstico, el autor parece dudar entre dos estrategias: una, extensiva, volcada en mostrar que en el mundo social en el que vivimos todo, hasta lo puramente personal, está sometido a riesgo; otra, más selectiva, en la que lo fundamental es destacar la novedad y alcance de algunos de los riesgos con los que nos encontramos, específicamente los que afectan al equilibrio medioambiental y resultan de la aplicación técnica del saber científico. La primera estrategia –dominante en la segunda parte del libro– tiene efectos contraproducentes, pues al situar el riesgo en las minucias no hace sino trivializarlo, mostrando además que es un concepto que no aporta nada nuevo para comprender fenómenos tan conocidos como la precarización del trabajo, la fragilidad de la biografía laboral, el desmoronamiento de los roles familiares o la problematización de las relaciones entre mujeres y varones. Es, por el contrario, la segunda estrategia la que explica el interés que el libro suscitó en su momento, pues muestra de qué manera una redefinición del complejo tecnocientíficoindustrial en términos de riesgo, en un mundo en el que las fronteras entre naturaleza y sociedad se han borrado, permite observar desde una perspectiva nueva el presente y el futuro del viejo sueño prometeico de la sociedad moderna. Es, pues, esta hipótesis la que tiene verdadero interés y la que nos permite retratar la crítica coyuntura en la que nos encontramos.

Beck no es un adalid del apocalipsis o un crítico romántico del mundo técnico. Si bien retrata con crudeza los riesgos que emergen de un tipo de civilización que ha apostado por el apoderamiento de la naturaleza y su explotación tecnocientífica, no hay en sus escritos rastro alguno del patetismo de los profetas de la desgracia o de ese romanticismo entusiasta de la magia de la montaña y sus cristalinos torrentes tan propio de la crítica del mundo técnico. Lo que nos propone se puede resumir así: hasta ahora el desarrollo ha ido de la mano de una política ciega para las externalidades, latencias, efectos secundarios y demás perversiones que se volcaban sobre el vertedero inagotable de la naturaleza; tal deriva de la sociedad industrial ha ido acumulando riesgos graves, globales, de efectos irreversibles y que ponen en peligro la vida humana o, incluso, la vida en general; es preciso que las sociedades actuales se hagan conscientes de que esos daños son producto de las propias decisiones y que sus causas han de ser sometidas a decisión, lo que ha de comportar profundas transformaciones en sus sistemas económico, político y jurídico; lo conseguirán cuando lo secundario se perciba como primario, o externo-natural se tenga por interno-social, lo latente se haga patente y el complejo científico-técnico que ha creado el problema se reconduzca para que se convierta en base de su solución.

¿Existen bases para que esto ocurra? El tono del libro está muy influido por los primeros éxitos «verdes» en la Alemania de finales de los ochenta y un optimismo neoilustrado tendente a creer que la humanidad está siempre a la altura de los problemas que enfrenta. Es por esto por lo que sus argumentaciones tienden a modelarse al modo de un cierto evolucionismo primario que asegura que, una vez alcanzada su fase final reflexiva, la sociedad plenamente modernizada estará en condiciones de abordar los problemas de los que se sabe creadora, resolviéndolos recurriendo al mismo saber que los engendró.

En escritos posteriores tal optimismo de fondo parece más cauto. Algunos de esos escritos están disponibles en castellano, como es el caso de su colaboración en el libro de Lash y Giddens o la selección de textos recogida en la compilación de Beriain, citados al principio de esta reseña. En ellos, Beck recualifica su diagnóstico: la modernidad aparece transida de ambivalencia –concepto que recoge de Bauman– y su porvenir queda abierto a una radical indecisión ya que el desastre final, sin ser inevitable, no deja de ser posible dada la característica situación de irresponsabilidad organizada en la que nos encontramos. La lectura de esos textos muestra a un Beck más alarmado y crítico que parece abandonar definitivamente el optimismo neoilustrado de su primer libro y subraya que el proyecto general de la sociedad moderna ha sido desde sus inicios indeciso y ambivalente. En este sentido son especialmente significativas sus nuevas tesis sobre la reflexividad en las que se subraya, en contra del optimismo reformista de autores como Giddens, su doble cara: la reflexividad como reflejo que provoca latencias autodestructivas y la reflexividad como reflejo que provoca latencias autodestructivas y la reflexividad como reflexión que permite percibirlas, evitarlas o paliarlas. Que al final se afirme una u otra cara es algo que queda indeciso y que sólo el futuro nos dirá, pues en la actualidad no es posible predecir si la sociedad del riesgo será capaz de reformarse a sí misma o se dejará deslizar hacia el desastre.

Beck es un pensador honesto y urgido. Al comienzo de La sociedad del riesgo hace dos declaraciones que no son frecuentes en trabajos tan ambiciosos. Advierte, por un lado, que las propuestas del libro reflejan un «proceso de descubrimiento y aprendizaje de su autor» (pág. 21); no son, pues, el eslabonamiento de un silogismo cerrado y cuyas premisas han sido construidas con paciencia y prudencia. Y reconoce, además, que «algunas cosas puedan haber quedado chillonas, excesivamente irónicas o precipitadas. Pero con la ponderación académica habitual no se puede ofrecer resistencia a la fuerza de gravedad del pensamiento viejo» (pág. 15). Lo importante, para él, es estar atento a lo que la realidad demanda, aun cuando no se cumpla a rajatabla con los cánones de la buena argumentación académica. La urgencia del objetivo parece, pues, justificar el sacrificio del rigor analítico y esto es muy visible en sus argumentaciones. Afecta a alguno de sus conceptos claves que, en razón de su utilización ubicua y contextual, tienden a ser gaseosos, inestables, proteicos.

Tal es el caso de ese concepto central de riesgo. Aparece como un torrente imparable que a todo se aplica y todo lo arrastra. Dos cosas quedan claras en su utilización: el riesgo se ha convertido en un concepto negativo que apunta a algo que ha de ser evitado y no, como en su larga historia, a una oportunidad positiva que arrastra una exposición a daños; el riesgo, por otro lado, es el representante del mal en un mundo que está configurado por decisiones y en el que las desgracias que nos puedan ocurrir no son imputables a oscuros poderes externos. Pero si se va más allá de esto, lo que significa riesgo resulta proteico: inseguridad, precariedad, incertidumbre, exposición actual a daños más allá de un umbral difícil de determinar, exposición a eventualidades impredecibles y no asegurables, amenaza de catástrofes masivamente destructivas, etc. Es evidente que estas oscilaciones cumplen un papel retórico de primer orden pues, siguiendo sus meandros, hacen más plausible la tesis general sobre la ubicuidad del riesgo en la sociedad contemporánea. Pero lo que se gana en términos retóricos se pierde en rigor analítico, lo que no puede dejar de provocar una cierta irritación en el lector. Con todo, estas limitaciones no arruinan lo sustantivo de las propuestas de Beck a quien hay que agradecer haber cumplido con su objetivo de proporcionar un soplo de aire fresco que oxigena anémicas tradiciones académicas y rescata para el análisis sociológico lo que está en la agenda de los tiempos y bulle en la conciencia alarmada de ciudadanos que, como él subraya, han aprendido a reconocer que «la miseria es jerárquica, el smog es democrático» (pág. 42), es decir, afecta a todos y a nadie deja exento.

01/11/1998

 
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