ARTÍCULO

Recuerdos de Max Aub

 

Uno tras otro, los centenarios de los escritores del exilio van abonando una vieja deuda colectiva y puede que además vayan alimentando las buenas conciencias de quienes creen que bien está lo que bien acaba. Max Aub no lo creyó nunca así, ni seguramente Luis Cernuda. Éste arremetió tempranamente contra el naciente canon de la poesía española contemporánea que, mediados los años cincuenta, reservaba un buen lugar a la llamada «generación del 27» pero no precisamente a él. Aub se enfadaba en 1969 con aquellos locuaces jóvenes españoles que no le habían leído y parecían aceptar como un logro propio la muy relativa comodidad de la España desarrollista: lo contó en las páginas dramáticas de La gallina ciega que, muy oportunamente, Ignacio Soldevila vio cómo una nueva versión de la leyenda de Rip van Winckle, el viajero del tiempo que no acepta el cambio de los demás. Y se enfurruñaba cuando advertía en los escaparates mexicanos que al lado de las novelas de Rulfo, Fuentes, Yáñez o Leñero no estaban las suyas...

Tampoco creen que la deuda histórica esté pagada los jóvenes integrantes del grupo barcelonés del GEXEL, en su mayoría docentes de enseñanzas medias y que ha sabido aglutinar Manuel Aznar Soler, bajo el designio explícito de que no se olvide la dimensión política del exilio. Y no está de más recordar estas discrepancias en un clima como el nuestro y cuando rescatar en su plenitud aquella dimensión resulta la única manera seria de afrontar las cuestiones –ideológicas y literarias– que todavía plantea el mejor conocimiento de nuestra cultura desterrada: su incardinación en el curso internacional de las ideas (que, por obvias razones, fue mucho más vivaz que intramuros del franquismo), su obligada (y no siempre fácil ni fluida) relación con culturas emergentes de fuerte sabor nacionalista en América Latina, la configuración peculiar de algunos temas y actitudes, sólo a partir de las cuales podrá empezarse a discutir el modo de conjunción de las letras y las artes del destierro y las del interior (a Claudio Guillén, sobre todo, y a José María Naharro-Calderón debemos ya algunas fértiles hipótesis para colocar el hecho del exilio en precisas coordenadas literarias).

EL CAMINO DE UNA RECUPERACIÓN

En tanto, casi resulta inevitable evocar con nostalgia los primeros pasos de una recuperación que fue una prenda de honor intelectual de los ya lejanos años sesenta. Años en los que Papeles de Son Armadans e Ínsula (pero también el arbitrario Índice, de Juan Fernández Figueroa) publicaban y reseñaban algunos escritos del exilio. O en que se difundía aquella benemérita colección «El Puente», de EDHASA, pensada por Guillermo de Torre como una biblioteca transatlántica. Y en que José Ramón Marra-López (cuya muerte nos sobrecogió hace poco) publicaba su libro Narrativa española fuera de España (1963), vademécum de una generación de lectores que buscábamos ardorosamente los títulos que citaba. En 1973 Ignacio Soldevila dio a conocer su monografía La obra narrativa de Max Aub, pero ya ¡en 1954! había presentado una tesis de licenciatura en la Universidad de Madrid sobre el teatro del escritor. ¡Raro destino éste que hizo que la bibliografía se anticipara al conocimiento público de la obra! La citada serie «El Puente» editó, sin embargo, El zopilote y otros cuentos mexicanos (1964), primer libro de Aux entre nosotros, precedido por un fragmento de La calle de Valverde que madrugó en el marco de Papeles de Son Armadans en 1958. Y luego vinieron, si no recuerdo mal, La calle de Valverde, en la efímera Editorial Andorra; las obras teatrales San Juan (publicada en Primer Acto), No, que lo fue en Edicusa, y Morir por cerrar los ojos, en Aymá, para acabar con Luis Álvarez Petreña, en Seix-Barral (y un volumen de narrativa escogida en Aguilar, fechado en 1970, con prólogo de Manuel Tuñón de Lara, pero que no se distribuía en España). Sin olvidar la edición por la revista Triunfo, en 1972, del precioso discurso apócrifo de recepción en la Academia Española. Sólo con la libertad, y tras la muerte de Franco, llegó la edición completa de los Campos, en Alfaguara...

Y luego, sobrevino un extraño y espeso silencio. Como si la transición hubiera sentido la vergüenza de sus orígenes... La misma España que vio morir a Cuadernos para el Diálogo y Triunfo, archivó el recuerdo de Max Aub. Que prácticamente volvió a la actualidad por obra de la admirable y voluntariosa Fundación Max Aub, de Segorbe, y al calor de un congreso valenciano, Max Aub y el laberinto español, que tuvo lugar en 1993 y que demostró que no eran pocos ni poco empeñosos los conocedores del escritor. Tres años después, Antonio Muñoz Molina elegía a Max Aub como tema de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, justo cuarenta años después de aquella recepción imaginaria donde el autor había imaginado el futurible de una cultura española liberal y progresista que hubiera ganado la guerra. No había sido así, pero no dejaba de ser significativo que el académico que respondió a Muñoz Molina fuera Francisco Ayala: el pesimista incorregible que fue Aub no hubiera esperado tanto...

EN EL CENTENARIO DEL ESCRITOR

Valga este largo exordio como implícita demostración de una cosa: hablar de Max Aub es hablar de historia viva. Pocos escritores han sido tan conscientes de su tiempo histórico, tan lúcidamente apegados a él, ya sea para luchar a brazo partido o para encontrar en sus revueltas aguas los signos de su destino. Claro que esto era obligado para quien fue huérfano de tantas cosas: su identidad mezclaba la Alemania de sus orígenes familiares, la Francia de su nacimiento y la España de su bachillerato, pero también su condición de judío y el México de su madurez; su encasillamiento literario llegó un poco tarde a la generación del 27 y muy pronto a la que llamamos del 36, aunque el autor prefirió buscar su arrimo –recuérdese su inolvidable carta de 1948 al hispanista Roy Temple House– en una línea testimonial que conjuntaba a O'Neill y Vittorini, Faulkner y Malraux (el libro Cuerpos presentes, que edité hace poco, plasma muy bien esa voluntad de agrupación). Tampoco en lo político tuvo un encaje fácil. Fue un socialista que no quiso ser anticomunista y un liberal de corazón que no quería renunciar al radicalismo. Y que aborreció las maniobras tácticas de Indalecio Prieto y a quien no divirtió demasiado la Cuba castrista, que conoció cuando fue jurado del premio Casa de las Américas. En teorías estéticas también fue un descontento: nunca renunció al vanguardismo inicial porque gustaba del juego y del disfraz, pero también supo ver lo que tenían de escapatoria o de cinismo. Sobre la responsabilidad de la vanguardia versan, en el fondo, sus espléndidas indagaciones acerca de su pintor imaginario Jusep Torres Campalans (toda una lección sobre el cubismo en el marco de 19001930) y su inconcluso proyecto sobre Buñuel, que supone su ajuste de cuentas con la generación del 27 y con la naturaleza (y los equívocos) del surrealismo.

Me parece que este nuevo horizonte de comprensión de Max Aub viene muy bien reflejado en la exposición El universo de Max Aub que ha coordinado Manuel García y cuyo catálogo es un apetitoso regalo para los lectores del escritor El universo de Max Aub, catálogo de la exposición del Museo de Bellas Artes de Valencia, del 20 de enero al 30 de marzo de 2003, coordinación Manuel García, diseño y maquetación Espirelius, Bancaja y otros, Valencia, 2003, ISBN 84-482-3370-0. . Dos trabajos –el de Consuelo Císcar y el más sistemático de Ricardo Bellveser– abordan la etapa valenciana y no por motivaciones localistas, sino porque aquél fue su referente formativo y porque la Valencia de 19201936 fue un contexto muy caracterizado en la vida española del momento. Ha sido una excelente idea reunir cuadros (de Genaro Lahuerta, Ricardo Boix o Pedro de Valencia, pero también fotomontajes y carteles de Renau) y libros o revistas de unos años febriles. Y oportunísima es la inclusión de un artículo de Andrés Trapiello, «Max Aub, caballero de la orden del cícero», que rescata las iniciativas tipográficas del escritor. Y obligado era el recuerdo del arte en la Guerra Civil y del Pabellón Español de la Exposición parisina de 1937, presente en los trabajos de Gloria Picazo y del propio Manuel García. Pero el bloque más nutrido concierne, sin duda, al exilio: las páginas de Juan Goytisolo al propósito son tan previsibles como las de Jorge Semprún acerca de la guerra, pero el trabajo de Jordi Soler, «Don Max frente al mar», es notable y el de José Monleón («Max Aub: regresar ¿adónde?») tiene la emoción legítima de lo vivido, como la excelente entrevista de 1967 que ha aportado André Camp. Por su lado, José María Espinasa apunta un tema («Tener cien vidas para enterarse. La escritura autobiográfica en Max Aub») que daría para muchas páginas y que resuelve, sin embargo, con destreza. Al fin y a la postre, como nos recuerda, Max Aub dejó dicho que «escribir es ir descubriendo lo que se quiere decir». Una poética que conoce muy bien Antonio Muñoz Molina («Max Aub, una mirada española y judía sobre las ruinas de Europa»), que ha esbozado, con la convicción y el calor de siempre, un singular paralelo biográfico entre Aub y Nabokov (¿cómo no pensar que Sefarad es entre otras cosas de mucho peso, un homenaje al autor de San Juan y de Morir por cerrar los ojos ?). Una cuidadosa cronología de Manuel García y una bibliografía, a cargo de Ignacio Soldevila, completan la parte literaria del libro. 

Pero un catálogo es un objeto visual y aquí los ojos se van tras las fotos. Las miramos y nos miran: Max Aub en la Sala Blava en 1929 con motivo de una exposición de sus amigos y en 1937 con los actores de El Búho; Malraux en Valencia y en Barcelona, y Breton en la Marsella de 1941 (cuando entre todos hacían el Tarot de Marsella); el Pabellón de 1937, cerca del carnet de la Alianza de Intelectuales y el documento del Servicio de Inmigración en México (con fotos de frente y de perfil); el retrato de Peua y Max en el México de 1946, al lado de los recuerdos del rodaje de Los olvidados y antes los del más accidentado de Sierra de Teruel...

MÁS LIBROS DE MAX AUB

Esperamos de los centenarios que ganen lectores para los homenajeados pero, sobre todo, que ganen lectores conscientes de lo que leen. Por eso, bueno es saludar en esta fecha la excelente marcha de las Obras completas (que edita la Biblioteca Valenciana, bajo la dirección de Joan Oleza: ya son seis volúmenes a los que no hay más que pedir) y las recuperaciones en que se afana la Fundación Max Aub: epistolarios (como el intercambiado con Francisco Ayala), libros poco conocidos o facsímiles tan bienvenidos como el de la revista Sala de Espera o los carteles de El Correo de Euclides. Para empezar a leer a Max Aub, o para releerlo, resulta una estupenda herramienta la selección de Aforismos en el laberinto que ha preparado Javier Quiñones y que forma parte de una serie ad hoc de EDHASA 2 Max Aub, Aforismos en el laberinto, prólogo de José Antonio Marina, edición e introducción de Javier Quiñones, EDHASA, Barcelona, 2003, ISBN 84-350-9161-9.. Es curioso: vivimos en un tiempo de escrituras profusas pero, a la vez, de escrituras sintéticas. ¿No serán lo mismo, en el fondo? A Baroja he pedido leerlo al azar de lecturas prolijas y sin rumbo, pero no sabría dejar de recomendar vivamente los dicta que recientemente ha sabido seleccionar Miguel Sánchez-Ostiz. Con Aub sucede lo mismo: es escritor de laberintos pero también de sentencias, para las que resulta muy adecuada su prosa unamuniana y como erizada, y su afición indisimulable por el calambur y la elipsis. Todo lo cual lo apunta muy bien Quiñones en un prólogo extenso y valioso.

Retengo un par de aforismos de Paremiología particular : «Tres clases de hombres: los que cuentan su historia, los que no la cuentan, los que no la tienen». Aub fue, sin duda, de los primeros. Y supo también que eso comportaba una servidumbre: «El artista es el único ser que paga su muerte a plazos». Ya la tiene cumplidamente rescatada, creo, en este su primer centenario.

01/10/2003

 
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