ARTÍCULO

Marsé no defrauda

Lumen / Areté, Barcelona, 360 págs.
 

Rabos de lagartija confirma con creces algo que ya sabíamos, que Marsé es uno de esos privilegiados novelistas de raza, como lo fueron en su tiempo Galdós y Baroja, capaces de construir un mundo narrativo personal y coherente en el que el soporte de la realidad y la trama imaginaria de la ficción discurren hermanadas a través del movimiento, elemento esencial del arte novelesco, el cual se enhebra mediante una sólida caracterización de los personajes, el espacio y el tiempo. Marsé se ha decantado siempre por la novela de personajes y de espacio, dotados de una compacta verosimilitud, y por la novela de estructura poliédrica en los puntos de vista, por lo que la crítica, sobre todo desde Últimas tardes con Teresa (1966), suele incluirle en el período de renovación narrativa que logró conjugar el realismo testimonial y crítico con las estructuras y técnicas más novedosas.

Más de treinta años, pues, de fidelidad sin fisuras a una visión crítica de la realidad y a unas formas arriesgadas avalan su compromiso con la literatura. Rabos de lagartija insiste en ese compromiso, retomando el espacio concreto de los barrios de Barcelona, el tiempo yerto de la posguerra y los personajes de rasgos naturalistas, que perdieron casi todo, no sólo la guerra, sino también su sitio en la Historia. Su material narrativo forma así parte de ese peculiar contexto que Marsé ha ido creando en novelas inolvidables como Si te dicen que caí, Un día volveré o Ronda del Guinardó: muchachos que escapan de la dura realidad por medio de la fantasía, anarquistas represaliados o huidos, mujeres marcadas por la guerra y el hambre, policías franquistas de doble cara y buscavidas cercados por la marginación.

Con ellas comparte esta novela la narración de la soledad, o mejor, el enfrentamiento de varias soledades. Los personajes forman un grupo de individualidades en conflicto. Son náufragos en busca de una tabla a la que asir su desgracia, y sin embargo, actúan al modo de las fuerzas contrapuestas que sólo activan y desprenden su energía en el choque con las demás. Cada cual arrastra su derrota en la soledad, pero sólo consiguen activar y extraer de sí mismos la razón existencial para superarla cuando entran en confrontación o en contacto con los otros. El espacio del barrio es un páramo de esperanzas rotas y de ilusiones perdidas, pero también un territorio de conquista reclamado por la intimidad de unos supervivientes desesperados y agónicos.

Es como si la guerra siguiera alargando sus tentáculos sobre el barranco y el callejón en que se mece el destino de todos. Las dos salidas posibles, el amor y la fantasía, acaban cediendo su parcela de libertad frente a la fatalidad y la muerte. Amor y muerte son el destino de Rosa, la pelirroja maestra represaliada en la posguerra, que lleva en su vientre una nueva vida y en sus espaldas la soledad de un marido huido, de un hijo muerto en la guerra y de otro que vive aislado en su imaginación. El amor y la muerte rondan el destino de Galván, el policía de doble cara, enamorado de Rosa y esbirro de la político-social, y el de Paulino, adolescente homosexual que busca el amor en la oscuridad del cine Delicias y soporta la ignominia dentro de su familia.

çPero, ante todo, son el destino del muchacho protagonista. El amor y la fantasía de David constituyen los ejes sobre los que giran el conflicto y la trama de la novela. El amor a su madre, a su perro Chispa y a su amigo Paulino es el camino irreversible que conduce inevitablemente a su enfrentamiento con Galván, al desenlace mortal de Chispa, al final dramático de Rosa y a la suerte adversa de Paulino. La fantasía, por su parte, conmociona el motor oculto de la imaginación para reinventar su verdad por encima de la frágil apariencia de la verdad. David se refugia en ella como en el regazo de su madre y convierte su habitación en el reducto íntimo de sus fantasmagorías y confidencias con los ausentes y desaparecidos –su padre, su hermano muerto, el piloto Bryan O'Flynn y el doctor Rosón–. El refugio, sin embargo, no será sino la cortina de humo y el espejismo que a la postre aceleran el conflicto y anticipan el determinismo del personaje.

En medio de todos ellos se encuentra, como hilo conductor del relato, el cordón umbilical del narrador. La frase no es gratuita ya que el narrador es Víctor, el hijo que espera Rosa. Víctor cuenta la historia desde el vientre de su madre, con la información de su propio testimonio o con la de su hermano David. Ambos mantienen constantes diálogos silentes a través de la piel de su madre, de manera que sus palabras y sus insultos escapan a la percepción de los demás. Este recurso le sirve a Marsé para aligerar la tensión dramática y explícita de la trama, pues a través de su enunciación se articula el tono humorístico indispensable para que la novela se muestre ante el lector, no sólo como el testimonio estremecedor de una época desgarrada de nuestra Historia, sino también como el relato épico y distanciado de unas peripecias novelescas.

En cualquier caso, y aquí descansa la técnica narrativa de la novela, Víctor no funciona como el narrador único y despótico que maneja la narración a su antojo. Por el contrario, su cordón umbilical presenta una permeabilidad tan asombrosa que permite la alternancia de puntos de vista sucesivos, de modo que deja la voz a los demás personajes para que le cuenten cosas a las que él no tiene acceso y sean también ellos conductores del relato. Por ejemplo, la mayoría de las veces y de forma directa, el narrador es David, a quien le zumban los oídos de continuo, pero otras, y de manera indirecta, es Paulino el que proporciona una información que, contemplada desde la coherencia novelesca, estaría vedada para los dos hermanos.

Esta estructura poliédrica de puntos de vista provoca como consecuencia inmediata la ruptura del enunciado y del decurso temporal de la historia. De sobra conocido es el gusto de Marsé por dejar hablar a los personajes y reflejar en sus novelas los caracteres de la oralidad. La trama no puede ceñirse, con estas premisas, a un orden sucesivo y lineal, sino que se amolda a un sistema de secuencias circulares y envolventes, cuya meta es contar las anécdotas en tiempos narrativos diferentes y desde distintas perspectivas. Marsé, por tanto, sigue siendo un maestro y un novelista de raza a quien las incorrecciones gramaticales, que alguna hay, pueden perdonársele.

01/08/2000

 
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