ARTÍCULO

Ortega y el franquismo

 

Hace unos años el establishment filosófico se convulsionó con las revelaciones de la profunda connivencia de Heidegger con el nacionalsocialismo. De un tiempo a esta parte, con resultados más o menos escandalosos, le ha tocado el turno de la desmitificación, o al menos la controversia sobre sus actitudes políticas y ciudadanas, a pensadores tan dispares como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Bertolt Brecht, Bertrand Russell o el recientemente fallecido Ernst Jünger. Siendo obviamente distintas las circunstancias de cada uno de los implicados, la clave de la polémica era la misma en todos los casos: ¿hasta qué punto las debilidades o incoherencias personales (pero no privadas) afectaban a sus obras y, sobre todo, a la consideración global que se les había tributado hasta entonces como referentes intelectuales?

La respuesta más pertinente en la mayoría de los casos pasaba por arrumbar definitivamente las idealizaciones o incluso las mitologías, asumiendo con todas sus consecuencias la complejidad de cada personaje en su circunstancia histórica concreta. Así, la cuestión había perdido gas últimamente, y hasta podíamos presumir de estar ya a estas alturas curados de cualquier espanto en este sentido, cuando, con el fino olfato del que había dado muestra en anteriores ocasiones, el periodista Gregorio Morán pone el dedo en la llaga mal cerrada de los primeros años del franquismo.

Obviamente, a nuestro autor no le interesan la dictadura en sí ni su contexto político-ideológico-cultural, un erial (por utilizar su caracterización) que apenas ofrece nada, ni siquiera posibilidad de polémica. No perdamos de vista este factor para encuadrar adecuadamente el libro que comentamos. Porque por ahí van los tiros –en este caso, nunca mejor dicho– de Gregorio Morán. El objetivo (en el doble sentido de temática y diana) es nada menos que don José Ortega y Gasset, el maestro indiscutible de varias generaciones de nuestro siglo. Mejor dicho, el Ortega maduro, el filósofo o, más exactamente, el hombre que vuelve a España a vivir la última etapa de su vida (1945-1955).

¿Magisterio indiscutible, habíamos dicho? ¿Modelo de agitador intelectual y político, guía de una España convulsa, punto de referencia indispensable incluso en sus dubitaciones y zigzagueos? Morán atisba la presa y se lanza sobre ella, sobre la zona oscura –vital y profesional– de Ortega, esos diez años de encuentros y desencuentros con el franquismo. Lo que sigue es, como puede suponerse, el típico espectáculo del elefante en la cacharrería. Ocioso es decir que no deja un plato sano y salvo. Los lamentos de los propietarios o herederos de la firma se mezclan con el regocijo de la competencia. Aún dura la algarabía. Misión cumplida.

Vayamos directamente al grano. Las dos tesis fundamentales de Morán son las siguientes: primera y principal, el supuesto silencio de Ortega ante el franquismo nunca existió; se trata de un mito, mejor dicho, una mistificación urdida por el propio Ortega (siempre cauto) y sus seguidores para tergiversar escandalosamente la realidad del colaboracionismo, y a veces hasta la sumisión, del filósofo con respecto al Régimen. Segundo, esa oscura y atroz etapa de la cultura franquista (entendida en su más amplia acepción política, propagandística y represiva) ha sido también deliberadamente manipulada por sus principales fautores o protagonistas (empezando por los Laín, Tovar, Ridruejo y compañía) para construirse un pasado «al gusto», un punto de partida decente que posibilitara su posterior «evolución» y que no amenazara con cuestionar su pedigrí democrático ya en el tardofranquismo.

Con respecto a la primera tesis, lo menos que puede decirse es que los argumentos y pruebas de Morán son muy discutibles. Desde una perspectiva más crítica, podría incluso sostenerse que una lectura atenta del propio libro conduciría de un modo natural a la conclusión contraria. Vamos a explicarnos. El autor basa la presunta colaboración del filósofo con el Régimen en un puñado de gestos, palabras y actitudes que, en más de un caso –el pretendido ofrecimiento como autor de los discursos del Caudillo–, requerirían más sólidas pruebas documentales y, en otros –el famoso discurso en el Ateneo madrileño sobre la «indecente salud» española–, necesitarían de una continuidad de actos en el mismo sentido para conformar un talante inequívoco de sumisión.

Pero es que en este último aspecto sucede todo lo contrario, como se va desgranando parsimoniosamente en las propias páginas del libro. Los guiños de Ortega al franquismo –que los hubo, sería absurdo negarlo en pro de un retrato impecable– fueron atemperados y contrarrestados por otros tantos gestos de distanciamiento y crítica más o menos velada (otro tipo de crítica hubiera sido incompatible con la permanencia en España); y, lo que es más importante, el resultado final no fue otro que la divergencia y la incompatibilidad más absoluta (que ni los más bienintencionados mediadores pudieron salvar) entre la cosmovisión orteguiana y la cultura oficial. Como el propio Morán reconoce, el laico Ortega sentía una repulsión casi visceral por el nacionalcatolicismo imperante, de la misma manera que aquella escolástica de mediocres y fanáticos no podía asimilar la modernidad del filósofo ni, en el aspecto político o ciudadano, perdonarle su pasado.

Puestas así las cosas, ¿qué queda? ¿Que el conservador Ortega, temeroso de la marejada comunista, o izquierdista en general, condescendiera con el franquismo como un mal menor y, sobre todo, a ser posible, pasajero, una especie de dictadura provisional que restableciera el orden? Morán es lo suficientemente perspicaz para darse cuenta de que eso sería tanto como descubrir el Mediterráneo, y carga las tintas en los aspectos más vulnerables de Ortega, no ya como filósofo, sino como ser humano: su falta de valor personal, su egocentrismo, su vanidad, su ingenua debilidad por el sexo femenino, su distanciamiento hacia la familia, sus depresiones, sus improvisaciones menos afortunadas, sus contradicciones, sus más sonoras meteduras de pata o su insoportable desdén hacia los que pretendían ser discípulos (y en este nivel no hay más remedio que abrir un paréntesis para hacernos eco de la saña que se despliega en cada página que aparece «Juliancico» Marías).

Ya desde las páginas iniciales Ortega se nos aparece fatuo y ridículo atravesando la frontera hispano-portuguesa en agosto del 45 en un «magnífico Packard blanco», entre alusiones a la necesidad masculina de ponerse «corbatas llamativas», lo único que le queda al hombre «del gallo que fue». Así es el tono, luego continuado por repetidas menciones despectivas (págs. 13-14, 486) al «intelectual comprado», literalmente hablando, por percibir hasta su jubilación su sueldo de catedrático sin pisar la universidad. Y culmina con la recreación de un Ortega en su decrepitud, exhausto física e intelectualmente, deprimido, solo, a veces hasta patético (págs. 506-507 y ss.).

Pero aquí también debe decirse que una lectura vigilante del libro, rebelde a los vericuetos que el autor quiere imponernos, arroja un balance muy distinto, aunque sólo sea porque nos encontramos –¡nada menos!– con el autor de La idea de principio en Leibniz o los Papeles sobre Velázquez y Goya, por citar tan sólo dos obras cumbres de estos años que Morán, pese a todo, con un fair play que le honra, reconoce como aportaciones absolutamente excepcionales, cada una en su terreno. Ellas solas, aunque no estén analizadas con la profundidad que requerirían (el autor enumera «temas» con habilidad, pero sin mojarse), bastan para desmentir la imagen global de un Ortega profundamente fracasado (pág. 267), y por ello mismo refugiado en el casticismo, y hasta en la chulería chabacana (págs. 88-89, 164-165, 327-328, etc.), que Morán reitera con cierta delectación.

No salen mejor parados –aludimos ahora a la segunda tesis– los grandes nombres de la cultura de la época. Nos encontramos aquí nuevamente con que el autor intuye con perspicacia que sería muy fácil tirar contra el padre Félix García, Eugenio Montes, Pemán, Foxá, Sánchez Mazas, Javier García Conde, González Álvarez, Todolí, Pérez Embid y demás polígrafos estrechamente emparentados con el primer franquismo. No son éstos los que le interesan. Morán guarda su pólvora para mejores piezas: Tovar, Laín, Ridruejo, Torrente Ballester, Rosales, José M.ª Valverde, Aranguren, Marías, Vivanco... En especial se despacha a gusto con los tres primeros, en la medida en que considera que ejercieron plenamente y con todas sus consecuencias de «pensadores totalitarios», auténticos ideólogos del Régimen, censores y manipuladores, discípulos intachables del insigne «caballerete» llamado José Antonio Primo de Rivera.

Estamos una vez más ante un problema de tono y perspectivas. Descubrir a estas alturas el pasado fascista de aquellos autores es empeño inútil, por sabido. Morán es perfectamente consciente de ello, y como consecuencia se ve obligado nuevamente a cargar las tintas. El problema no está en lo que el libro dice, sino en la incapacidad de su autor para entender y valorar la evolución –más o menos sincera– de unos hombres, comprometidos con el Régimen desde su más temprana hora, a posiciones cada vez más liberales que, en algún caso, les costaron algún que otro disgusto y su inclusión en ese gueto que dio en llamarse «exilio interior». Cierto es, como dice el autor, que a veces se ha tendido a magnificar esa disidencia privilegiada y que más de uno se construyó, aprovechando el río revuelto, una biografía falsa de demócrata silenciado, como quien se hace un traje a medida. Pero las cosas son como son, y no como nos gustarían que fuesen: el franquismo duró cuarenta años –para muchos, «toda una vida»–, y cada uno hizo lo que pudo. El intelectual es, como cualquier hijo de vecino, un ser poco dado a la osadía y al heroísmo, sobre todo cuando no hay en el horizonte mucho que ganar. Es muy fácil ahora ser cruel con quienes vivieron aquellos tiempos difíciles.

Es una lástima que el tono permanentemente combativo de Gregorio Morán desluzca –aunque sin llegar a malograrlas– unas páginas ricas en información, testimonios y sugerencias. Pese a todas las distorsiones apuntadas, El maestro en el erial constituye un fresco impresionante de la cultura de la época, y una aportación fundamental para seguir el rastro al Ortega maduro. No es (aviso para incautos) un estudio específicamente filosófico, aunque sea su protagonista el mayor filósofo español del siglo XX , ni siquiera una biografía intelectual, sino un recorrido de marcado carácter periodístico –con todos los inconvenientes y ventajas que ello conlleva– por un tiempo y un país que, como diría Raimon, ya no son los nuestros. Afortunadamente.

01/05/1998

 
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