ARTÍCULO

Gatas de ojos bicolores

Bartleby, Madrid
128 pp. 14 €
 

En la contracubierta de este libro se lee: «Si Giovanna Rivero fuera una escritora mexicana, hace tiempo que estaría publicando en alguna una [sic] de las editoriales españolas más consolidadas y conocidas; si una argentina, ya habría ganado un par de premios importantes y habría sido traducida al francés o al alemán». Este es un argumento que conozco bien porque yo mismo lo he empleado al hablar de la obra gráfica del costarricense Francisco Amighetti, por ejemplo. Pero, como todo futurible, es un arma de doble filo. Porque si dice la verdad, no hace otra cosa que documentar la impotencia. Pero si no da en la diana, es vana retórica de contracubierta. Y este pudiera ser el caso con la narradora que nos ocupa.
He leído dos veces el libro (la segunda vez de manera diagonal) para asegurarme de que mi primera impresión se mantenía firme, y así es. Y mi primera impresión es que si Giovanna Rivero fuese una escritora mexicana, haría tanto tiempo que estaría publicando en España como –en el mejor de los casos– su homónima boliviana, es decir, desde el 2009... y eso considerando que la Giovanna Rivero homónima contó a su favor con el plus de exotismo que le concede su nacionalidad. En otras palabras, nada de echar a repicar las campanas de júbilo por el hallazgo de un gran talento ninguneado a causa de lo recóndito de su país de origen.
Quien como yo se pasa muchas horas surfeando en los blogs narrativos de Internet, puede asegurar sin género de dudas que hay muchas voces en todo comparables, y no pocas de una mayor enjundia, a la que nos habla en este primer volumen de Giovanna Rivero publicado en España. Autores que han preferido el medio virtual porque les permite una publicación rápida y no sometida a las leyes del mercado editorial en soporte clásico. Y para el cual, tal como están las cosas, sólo vale la literatura de diseño.
Los cuentos y los dos fragmentos de la novela Tukzon, historias colaterales antologados en Niñas y detectives. Y otros cuentos con sangre dulce (su título completo, que no aparece así en la cubierta), no están nada mal escritos, en absoluto, pero son tan previsibles como gratuitos, y en la mayoría de los casos no puede uno sustraerse a la impresión de que fueron concebidos y pergeñados sencillamente «pour épater le Bolivien». De seguro que en la súper pacata Santa Cruz de la Sierra (la ciudad con mayor densidad de estatuas públicas por km2 en la ecúmene), estos relatos de Giovanna Rivero tienen que haber escandalizado a sus lectores, y la autora estará estigmatizada a ciencia cierta como una transgresora de órdago a la grande. Pero una vez que dichos relatos salen al mundo exterior, lo primero que nos llama la atención es su falta de originalidad, y que la presunta transgresión también es de diseño. Todo en ellos se nos antoja un déjà-vu (un déjà-lu, claro) cuya única virtud reside en no resultar aburridores, pues debe de quedar claro que Giovanna Rivero sabe escribir y entretener con su escritura.
Quede claro también que su capacidad de reflexión sobre lo observado no está muy aguzada, así, por ejemplo, cuando habla de la puerta de un balcón que puede haberse abierto con el viento, y leemos esta frase: «Te descuidabas un minuto y una ardilla se metía en tu departamento». Resulta evidente que la narradora tiene poca idea de lo que dura un minuto y mucho menos de la velocidad a la que se mueven las ardillas, porque si no sabría calcular cuántas docenas de ardillas pueden colarse en un departamento a lo largo de un minuto.
En otro cuento, «Perras y soldaditos», por lo demás muy bien compuesto, la narradora habla varias veces de «gatas de ojos bicolores», un prodigio zoológico que hubiera hecho las delicias del padrecito Darwin: porque una cosa es que un gato (o cualquier otro animal, incluido el bípedo implume) tenga cada ojo de un color, y otra muy distinta que los tenga bicolores.
Y por lo que se refiere a las escenas de sexo explícito, nunca me cansaré de repetir lo que dice sabiamente Jonathan Franzen en su ensayo Libros en la cama: «Las crudas exigencias de nombrar partes y movimientos del cuerpo –algo tan monótono– pinchan la frágil burbuja del mundo imaginativo [...] y mi deseo de inmersión en la bioquímica de un desconocido tiene sus límites».
Regreso a la contracubierta, donde a continuación del futurible citado al comienzo, seguimos leyendo: «Como no lo es [ni mexicana, ni argentina], las cosas tardan más de lo que debieran. No importa: los que conocemos el secreto sabemos que es sólo cuestión de tiempo el que los lectores de fuera de Bolivia se enteren de que Giovanna ya es una escritora latinoamericana de primer nivel».
A lo cual puede responderse que eso no pasa de ser una opinión personal, igual de respetable que esta reseña, pero nada más. Y que puestos a dar a conocer extramuros la narrativa boliviana,ya iría siendo hora de que alguna editorial se cuidara de publicar, en vez de unas historietas epigonales como Niñas y detectives, los libros seminales de la misma: Raza de bronce (1919) de Alcides Arguedas, Sangre de mestizos (1936) de Augusto Céspedes, La laguna H 3 (1967) de Adolfo Costa du Rels, Sujnapura (1971) de Jesús Lara, esa maravilla que es Manchay Puytu: el amor que quiso ocultar Dios (1978) de Néstor Taboada Terán, y Felipe Delgado (1979) de Jaime Sáenz. Porque a tenor de las fechas de publicación originales, hay que terminar por darle la razón al contraportadista: «las cosas tardan más de lo que debieran».

01/04/2010

 
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