ARTÍCULO

Baroja, en tren de mercancías

Ed. de Miguel Sánchez-Ostiz Caro Raggio, Madrid
352 pp. 20,80 euros
 

A la vista de Miserias de la guerra, resulta casi imposible no dar alguna razón a Juan Ramón Jiménez, que escribió en una agria (e injusta) semblanza de Pío Baroja, con destino a Españoles de tres mundos: «Él no tiene afán de calor hondo, ni de volar alto.Va, va, va, como en un hormiguero.Y su obra toda viaja ante nosotros con un interminable vuelo bajo, con su sombra al lado, como un tren de mercancía».Y, sin embargo, resulta urgente añadir que ese convoy, que aparentemente no va a ninguna parte, encarna otra honda dimensión del siglo XX, la del hastío, la del nihilismo, y también seguramente llega mucho más lejos que las calesas enjaezadas o los automóviles veloces.
Miserias de la guerra es otro pecio (resto de naufragio) de los que nos vienen ofreciendo los herederos del escritor. Hay que felicitarse, por tanto, a cuenta de esa generosidad que ya ha recobrado un volumen inédito de las memorias (La guerra civil en la frontera) y ha completado nuestro conocimiento de los artículos periodísticos barojianos escritos en los años azarosos. Del texto que ahora se reproduce tuvimos noticia por Joan Mari Torrealdai (en su curioso libro La censura de Franco y los escritores vascos del 98, de 1998) y aquel original, presentado infructuosamente a censura en 1951, es el que ahora edita, epiloga y anota Miguel SánchezOstiz. Quien nos advierte oportunamente de su encaje en la incompleta trilogía Las saturnales, de la que ya conocíamos El cantor vagabundo, novela inserta en las Obras completas de 1948. Los barojianos estamos, pues, de enhorabuena, pero quizás algo alarmados también por la discutible oportunidad de este goteo de libros escasamente corregidos, un poco maniáticos, un mucho angustiados y demasiado iguales unos a otros. Seguramente, mucho mejor que esta sucesión de estaciones secundarias donde se para el barojiano tren de mercancías, hubiera sido confiar su acomodo a la espaciosa estación término de unas obras completas donde los nuevos textos hubieran dialogado con otros y donde este tramo final de la obra de Baroja hubiera ofrecido más completa perspectiva de sus dos grandes temas finales: por un lado, la amarga reflexión del escritor sobre la Guerra Civil (que le llegó después de haber revivido las del siglo XIX en la fascinante experiencia íntima de Memorias de un hombre de acción); de otro lado, la catástrofe europea, cuyas líneas de fuerza ya impregnaron la trilogía Agonías de nuestro tiempo.
Yo no creo, en tanto, que a nadie se le ocurra asociar estos textos (y, particularmente, Miserias de la guerra) a la ignara campaña revisionista acerca de la República y la Guerra Civil que alentó el segundo gobierno del Partido Popular y a la que viene sirviendo un variado elenco de oportunistas y arrepentidos. Pero el riesgo es evidente, y el lector habrá de saber desde dónde escribe Baroja esas páginas para no llamarse a error.Y no me refiero al lugar físico, ni a los años de su redacción, distantes unos y otros de los hechos, sino al emplazamiento moral y personal de sus angustias, que son tan explícitas en un párrafo como éste: «La clase media no provocó nunca la más ligera discusión con nadie, ni con los de arriba, jerarquías, etc., ni con los de abajo, pero, al mismo tiempo, perdió su empaque. ¿Sospecharía la clase media que aquella postura iba a ser la última manifestación de su existencia? Podía ser que, al terminar la guerra civil se acabara con el resto de esta clase y que no volviera, y que no hubiese más que una burguesía rica, millonaria, de grandes negocios, y después una clase de trabajadores pobres y sin medios». No podía ser ni más sincero ni más explícito el diagnóstico barojiano que, en el fondo, tenía todo el egoísmo involuntario y la patética convicción que alienta –ya lo he señalado alguna vez– en los textos de Fernández Flórez (Una isla en el Mar Rojo y La novela número 13). Baroja escribe, en fin, desde la clase media radical-conservadora que ha sido víctima de los dos bandos, de la vesania de unos y del desprecio de otros, y sabe muy bien que la victoria no es suya. Pero tampoco la derrota. Solamente el frío limbo de la extinción.
Por eso, Baroja está en todo el libro y no sólo destiñendo sobre algunos personajes.Y quizá, más que en éstos, lo hallamos en el que hubiera querido ser: su protagonista, Carlos Evans, que es británico, militar y diplomático, hombre curioso y valiente (como demuestra su impavidez ante el asalto de su pensión por parte de los milicianos), y capaz de enamorar a una mujer, la criada Lolita, y de renunciar a sus coqueteos. Evans es el autor de las notas que el escritor organiza e incluso el receptor de las que, en su ausencia, le remiten el chófer Will y el librero Hipólito: el hombre «frío, ecuánime y cortés» al que todo interesa pero nada concierne demasiado.Y quien representa algo muy evidente: la fascinación y la repugnancia que siente, a partes iguales, por la violencia. Un tema que, en puridad, está presente en la obra barojiana desde sus primeras experiencias narrativas y que se reactivó en la convivencia diaria con el horror: esa necesidad imperiosa de volver a pormenorizar lo que le han contado (acerca del asalto al Cuartel de la Montaña, las sacas de la Cárcel Modelo, los asaltos a los bancos o la ejecución de venganzas) tiene, a veces, algo de escándalo farisaico y un cierto temblor de atracción por lo mismo que le horroriza.
En la página 108, Baroja ha declarado su propósito de no dar los nombres de las víctimas (y así hace con José Calvo Sotelo), pero, pocas páginas después, detalla los antecedentes del padre Zacarías García Villada, asesinado por una patrulla. Y es que no resulta fácil saber cómo encararse con el espanto. Baroja y quienes lo sufrieron suscriben, sin duda, las frases lamentables que leemos en las primeras páginas de Miserias de la guerra: «El ideal sería que la masa fuera sumisa y sin carácter, y el elemento dirigente hábil y listo. Pero por ahora, no sólo aquí sino en todos los países, y sobre todo en los latinos, el pueblo es listo y la política, torpe [...]. Ahora, ¿esta listeza del pueblo es aprovechable? Por ahora, parece que no y se puede pensar que es más perjudicial que beneficiosa». Distingue, en todo caso, un pueblo de «chicos de Madrid», compuesto de «obreros, dependientes de comercio y estudiantes», que se bate con valor y hace «chistes sobre su miseria y los peligros», y la mayoría de «comunistas y anarquistas [que] se apoderan de hoteles y casas ricas, y allí llevan a las milicianas que se lucen en los balcones y miradores, con trajes elegantes y botas de color».
Hay que buscar con candil aquí un elogio de la inteligencia de Indalecio Prieto, allá una mirada –entre hostil y admirativa– dirigida a Azaña, o un semiencomio de Pasionaria («buen tipo de mujer apasionada e inteligente que hablaba con elocuencia y se veía que tenía fe ciega en sus doctrinas»).Pero,sin duda,no es ahí donde anidan los elementos de duda que rescatan este libro del rencor más elemental. Hemos señalado ya dos –la capacidad barojiana de reconocerse como representante de una clase en bancarrota y evidenciar, aunque secretamente, cierta turbadora ambigüedad ante el horror–, y el tercero de estos ingredientes es la construcción del personaje Hipólito, el modesto librero que convoca la tertulia «El Club del Papel» y que lee a Epícteto,Marco Aurelio y Kant. Hipólito es un anarquista teórico a quien se dedica el final del relato, quizás el momento de mayor y mejor intencionalidad literaria.Y en éste se produce la transcripción de un sueño perturbador y apocalíptico, en el que el librero oye una voz misteriosa que le pide: «Mira y cuenta a los hombres lo que has visto, porque nadie en el mundo ha visto nada igual».Y nosotros sabemos que, de algún modo, Baroja lo ha hecho en su nombre. Pero también que, detenido por los ocupantes franquistas, Hipólito se ha declarado miliciano de la FAI y que desdeña cualquier declaración amiga que pueda salvarle del paredón: «Prefiero la muerte. He vivido la ilusión de fraternidad entre los hombres. Ahora, después de esta guerra, veo que mi idea es una locura.Vivir sin esperanza, ¿para qué? Prefiero morir».
Baroja no murió, como es sabido, pero quizá lo hizo un poco a través de esta figura sacrificial que, al leer en el evangelio de Mateo los párrafos que conciernen a la puerta estrecha de la salvación, piensa que ésta sólo puede ser «vivir con dignidad y con libertad».Algo que Baroja sabía íntimamente que ya no podría volver a hacer.

 

01/09/2006

 
COMENTARIOS

David Fernández 28/11/14 23:51
No se entiende muy bien eso de las "clases". Desde luego sería descabellado sostener, a estas alturas de la historia, que a las clases medias, como tales, les aguardaba la "extinción" en el momento en que escribió Baroja estos libros. Ahora bien, el reseñista habla de clase media "radical conservadora" y uno hubiera agradecido alguna definición que ayudase a saber de qué está hablando, y en qué datos se basa para darla por extinguida, como si esto hubiera sido, qué sé yo, la Unión Soviética.

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