ARTÍCULO

Añicos de Irán

Alianza, Madrid
Trad. de María Hernández Díaz
312 pp. 19 €
 

 El megalómano título del libro objeto de esta recensión presagia su contenido. Un extenso y pretencioso prólogo, lleno de artimañas y gratuitos desaires –en primer lugar, a los iranólogos, luego se tilda de «lunático» a Michel Foucault sin razón explícita y el tono sigue siendo despectivo incluso cuando Serge Michel se refiere al prestigioso y comprometido periodista Akbar Ganji, de cuyas investigaciones él mismo se nutre para poder deleitarse en los detalles de su narración de los «asesinatos en serie» de intelectuales–, desvela la falta de rigor (su uso del islam atemporal, la no distinción entre islam como fe, como cultura o como ideología, la sesgada utilización de la ética del javânmard, su pobre y lamentable bibliografía) y análisis del libro. La selección de sus retratados –mayoritariamente procedentes de los grupos más tradicionalistas y conservadores, beneficiarios de las prebendas del régimen– y de sus temas, está encaminada a proporcionar espectáculo. Se trata de un libro sensacionalista que refuerza, sin novedad, los tópicos sobre la sociedad iraní y que, aunque entretenga en ocasiones, rebosa banalidad y adolece de falta de sutileza.

Tal vez su consideración de la sociedad iraní como un «milhojas» (sic), obviando su complejidad producto de la interrelación de diversas variables, ha propiciado la falta de estructura del libro, que no suple la prolija y conocida información de su «prólogo».
Ardua tarea, por tanto, la de encontrar un tema-guía en la desestructurada yuxtaposición de erráticos flashes que ofrece el libro. Me limitaré a presentar algunas reflexiones que puedan ser útiles para entender el diverso Irán actual. Prejuicios, estereotipos, ignorancia e intereses geoestratégicos han ensombrecido los múltiples cambios que se han producido en la sociedad iraní, que emerge como una sociedad afable, posmoderna, inmersa en el «éxtasis de la comunicación». La crisis sociopolítica de junio de 2009 reveló al mundo la capacidad emancipadora de la sociedad iraní, fruto de los cambios sociológicos experimentados que erosionan el sistema patriarcal dominante y perforan el régimen.
La sociedad iraní es una sociedad urbanizada (el 69,9% de sus setenta millones de habitantes vive en ciudades) y mayoritariamente joven: el 60% tiene menos de veinticinco años. Los estudiantes universitarios suponen el 55% de la población actual; entre ellos, las mujeres constituyen un alto porcentaje y ocupan cargos importantes en las asociaciones estudiantiles. Otros datos son reveladores del nivel cultural: en 2010, doscientos editores asistieron a la Feria del Libro de Teherán y anualmente se publican treinta y cinco mil libros (el 40% son novedades y el 21%, traducciones). Desafortunadamente, desde la llegada de Ahmadineyad a la presidencia, la censura se ha endurecido, empobreciendo la producción. 
Esta sociedad muestra los pasos en la conquista de su autonomía mediante significativos comportamientos que atañen a su vida privada: la edad media de matrimonio entre los jóvenes ha pasado de los diecinueve a los veinticinco años; la tasa de natalidad ha descendido desde los 7,2 hasta los 2,02 hijos por mujer; han aumentado masivamente los divorcios y se han modificado sus hábitos de sociabilidad a través de grupos artísticos, literarios, políticos o religiosos no estatales.
Estas conmociones –sociales y culturales– favorecen la crisis de los grupos de solidaridad tradicional, dando impulso al individuo. Y revelan una sociedad moderna combativa y vanguardista, encarnada en movimientos sociopolíticos de protesta y resistencia, que no se ha acantonado en el conformismo y la sumisión, sino que reivindica un espacio social público, abierto y no ideologizado para poner fin a cierta clandestinidad impuesta, y exige autonomía de la sociedad civil respecto al Estado. Las iniciativas para conseguir un cambio gradual y no violento se plantean desde la convicción de que, si el sistema no es una democracia, es indiscutiblemente una república islámica, y será esta dimensión republicana la que habrá que reforzar para avanzar en el mermado Estado de derecho.
En este contexto de aspiraciones y vulnerabilidad, las posibilidades que brindan los nuevos medios de comunicación de masas revisten una gran trascendencia. La población iraní que articula bien islam, nacionalismo y mundialización, es hábil y versátil en el manejo de las nuevas tecnologías de la comunicación, haciendo de Irán uno de los países pioneros en su uso: el ordenador y el teléfono móvil se convirtieron en los iconos de las manifestaciones de 2009. La ciberdisidencia iraní, en relación con la tunecina, la egipcia, etc., de 2011, exhibió una de las características de su sociedad: la creatividad como contrapoder, rebosando humor y sátira, denunciando la corrupción y la inmoralidad. 
Las manifestaciones de junio de 2009 no son más que la explosión mediática de este fructífero movimiento sociocultural reformista, en el que hombres y mujeres de diversas edades y procedencias profesionales –intelectuales, políticos, periodistas, tecnócratas, profesores, cineastas, artistas, clérigos, etc.– confrontan sus ideas, replanteándose los problemas que aquejan a la sociedad: libertad, igualdad, tolerancia, diversidad y derechos humanos. Su común aspiración se centra en sacar a Irán de la situación actual. Pero, ¿cuáles son las causas que avalan sus reivindicaciones?
El original sistema político iraní, se convirtió, desde sus orígenes, en centro de controversias dentro del propio Irán. Se trata de un sistema constitucional, formado por instituciones democráticas y representativas (Presidencia de la República y Parlamento) y toda una serie de mecanismos de control autoritario de dichas instituciones, producto de la incorporación por el imán Jomeini de su personal teoría del Velayat-é faqih, sin precedente en la tradición shií, como confirman los grandes ayatolás críticos con esta figura. Con esta interpretación, Jomeini invirtió la trascendencia tradicional de la sharía, trasladándola al jurisconsulto –el «Guía», encarnado actualmente por Jamenei–, de tal forma que cualquier acto de gobierno que este crea apropiado podría ser definido como «islámico». La primacía de lo político en el concepto de gobierno islámico de Jomeini ha dotado a la tutela del jurisconsulto de una dimensión casi absoluta, incluso si no se acomoda a la sharía. Se desacraliza así la política, aunque se clericalice su función.
¿Puede afirmarse con rigor que el régimen es teocrático e infalible, o es más acertado hablar, como hacen los iraníes, de un régimen dictatorial, despojándole de la supuesta sacralización que los más ultraconservadores quieren atribuirle para defender sus prácticas? Más aún cuando la tradición shií se caracteriza por la inclinación de los hombres de religión por la aplicación del ijtihad (razonamiento) y el tachid (renovación), así como por la pluralidad de escuelas teológicas existentes, sin que la institución religiosa haya podido acabar con esta diversidad de interpretaciones para ofrecer respuestas adecuadas a los tiempos actuales. Porque el islam, como toda religión, tiene un acervo de textos sin que se explique cómo deben interpretarse, por lo que su contenido brinda una diversidad de posibilidades de lectura. De idéntica forma ocurre en el campo jurídico, el de la sharía. La limitación de normas del Corán se debe a que deja un amplio campo a la iniciativa legal del creyente o, al menos, del jurisconsulto.
Esta tradición de dinamismo y pluralidad avala los razonamientos críticos de clérigos como Kadivar o el ayatolá Montazeri acerca del Velayat-é faqih. En la práctica y en la confrontación política, se trata de cuál será la lectura de la religión y la articulación entre ambas, si la utilización de una lectura ultraconservadora y patriarcal, convirtiéndola en ideología única, o una interpretación abierta y racional que responda a los nuevos problemas y necesidades del siglo xxi, retomando la tradición dinámica del shiismo. La cuestión no es baladí, puesto que el islam es una religión de normas colectivas que pretende organizar las prácticas de la vida social y, sobre todo, de la vida familiar.
La articulación entre religión y política exige un análisis en clave comparada, observando lo que ocurre en otros países (Estados Unidos, España, la moral confuciana en China o Japón, etc.). En Irán son los reformistas quienes, en nombre de la religión, llevan a cabo un proceso de secularización para liberar a aquella de los desmanes de la política. La polémica aportación de Soroush del concepto «sociedad civil religiosa» compatibiliza la dimensión espiritual religiosa mayoritaria de la sociedad iraní con su dimensión civil y política, y permite diferenciar entre una sociedad religiosa y una sociedad ideológica.
El régimen iraní, desacreditado y deslegitimado, es objeto de mofa entre la propia sociedad. Así las cosas, ¿quién respalda al régimen? La respuesta reside en el otro factor de la metástasis iraní: el funcionamiento de la economía. Economía estatista, basada en la renta petrolera, que mantiene un sistema de subvenciones, creado como medida de urgencia durante el desabastecimiento de la guerra con Irak, con un reparto nada equitativo. Simultáneamente existen una serie de fundaciones benéficas, como las Fundaciones de los Desheredados y de los Mártires, nacidas para ayudar a los afectados durante la guerra, que se caracterizan por su opacidad financiera, ya que dependen directamente del «Guía». Estas fundaciones gestionan cientos de fábricas y empresas, tanto industriales como comerciales, controlando el 40% del PIB. Cobijan a una amplia población, ya que en ellas trabajan miles de asalariados, un buen número de profesionales y quienes gozan de sus beneficios (licencias para el comercio, subvenciones, -acceso a diferentes bienes de consumo, etc.) en el marco de unas relaciones clientelares. Son estas insti-tuciones benéficas, que facilitan a sus redes clientelares abundantes beneficios y alientan la especulación inmobiliaria y comercial, las que introducen mayor distorsión en las prácticas económicas y enturbian la transparencia del mercado. Son estos grupos –las fuerzas militares revolucionarias o pasdarán, y el bassiyi o voluntarios de la guerra procedentes, en muchos casos, del lumpen urbano y algunos otros grupos– los que, interesados en que nada cambie, apoyarán incondicionalmente al «Guía», quien, en reciprocidad, para afianzar esta alianza, incorporará las costumbres de estas clases más tradicionales y conservadoras a la moral de «reislamización» que pretende imponerse. Buena parte de la corrupción procede de los grupos en el poder y de estos clientes beneficiarios de tales prácticas irregulares. Además, las «fundaciones» se han convertido en canales de promoción social, económica y política de una élite procedente, especialmente, de los pasdarán u organismos afines, que han sido recompensados en la actualidad con sustanciosas carteras ministeriales, dotando de un carácter pretoriano al régimen. 
Los bassiyi o aquellos que se han incorporado de nuevas para aprovecharse de las prebendas que les ofrece el régimen (acceso rápido y en óptimas condiciones a las materias primas, a los préstamos o las divisas, licencias para montar una pequeña empresa, integración en las diferentes instituciones estatales, acceso a la universidad, en la que tienen reservadas numerosas plazas, etc.), reconvertidos en vigilantes de la moral pública y política, reforzarán su celo represor en busca de méritos para su consideración y promoción. Son ellos también quienes han coadyuvado a la creación del estereotipo del «martirismo» iraní, utilizado por el régimen para su legitimación. Temidos y despreciados socialmente, han pasado a formar grupos, a veces incontrolables.
El enquistamiento económico y la violenta represión tienen como corolario el aumento de las prácticas corruptas y especulativas, el empobrecimiento de las clases más vulnerables, una tasa de paro muy elevada para unos jóvenes bien formados que buscan variadas formas de escape, el fomento de la disidencia y un incremento del número de exiliados. 
Mientras el foso no deja de abrirse en Irán entre la sociedad civil y el Estado, las mujeres se colocan en primera línea para reclamar derechos específicos de los que consideran se encuentran injustamente privadas. Muchas mujeres iraníes sí integradas –ocupan los puestos más variados en la vida social: ingenieras, médicos, abogadas, periodistas, cineastas, profesoras, teólogas, diputadas, peluqueras, etc.– se han vuelto insumisas al no aceptar con pasividad los efectos discriminatorios que el ámbito jurídico reserva para ellas (como el valor del testimonio y de la sangre o la desigualdad en los derechos del matrimonio y el divorcio). Conscientes de la necesidad de defender unos derechos que les conciernen, han creado un cohesionado y autónomo movimiento feminista que, desde registros diversos, cuestionan el sistema judicial patriarcal que ha concedido a los hombres el monopolio de la interpretación de las leyes y los criterios exegéticos de los clérigos en el poder y llevan a cabo una reconstrucción no patriarcal de los preceptos religiosos, conscientes de que la dominación del hombre sobre la mujer se articula a través de mitos, ritos y tradiciones que, en momentos históricos, se sacralizan mediante el uso conservador de las religiones, reduciendo a las mujeres a su dimensión reproductora y depositando en ellas la garantía del honor familiar.
Reivindican sus derechos invocando la exigencia del cumplimiento de igualdad que contempla la Constitución, los preceptos coránicos y los convenios internacionales firmados sobre derechos humanos, y exigiendo la aplicación del ijtihad a las nuevas realidades sociales en las que ellas desempeñan un papel esencial. Su movilización en temas que atañen a la esfera privada y familiar ha propiciado su presencia en la esfera pública (medios de comunicación, manifestaciones, tribunales, parlamento o Internet, donde su campaña por «un millón de firmas» consiguió un éxito clamoroso), que, en reciprocidad, les ha permitido modificar a su favor las relaciones asimétricas en el espacio familiar. Pragmáticas y comprometidas, elaboran sutiles estrategias para burlar las normas y aprovechar a su favor los resquicios del sistema, poniendo en práctica su lema «No necesitamos tutela» en esa permanente reivindicación de ser consideradas autónomas. El papel significativo desempeñado por las mujeres en el proceso de cambio y su contribución a la formulación de nuevas reivindicaciones en esa sociedad patriarcal forman parte de las dimensiones estructurales de la dinámica actual de Irán. 
Las críticas y aportaciones de los reformistas para solventar los problemas- de su país se encuadran dentro del arraigado nacionalismo iraní: un nacionalismo inclusivo y abierto al mundo, pues la sociedad iraní articula armoniosamente nacionalismo y cosmopolitismo, quebrando la retórica occidentofóbica del régimen. El fuerte nacionalismo iraní se nutre de su dimensión geoestratégica y su singularidad histórica y cultural. Su centralidad en Oriente Medio lo convierte en lugar de reencuentro de varios espacios y diversos mundos (árabe, turco, indio, caucásico y ruso). Tradicional nexo cultural entre Oriente y Occidente, e importante enclave en las relaciones bipolares y en el control de los recursos energéticos de la región, Irán ha vivido entre Occidente y el tercer mundo en unas coordenadas occidentales y asiáticas.
Irán se percibe desde su característica singularidad histórica y cultural. Los persas no conservaron únicamente su lengua de raíz indoeuropea, sino una fuerte conciencia de su tierra como una entidad en principio cultural y, posteriormente, política, origen de uno de los primeros imperios de la historia. Irán ha conocido una simbiosis entre islam, sufismo y pasado preislámico que se asumió con fervor. Hablar de Irán es hacer referencia a la imbricación de tres referentes culturales: el persa, el islam y el occidental.
Por otra parte, la religión siempre ha desempeñado en Irán un papel importante, desde el zoroastrismo al shiismo que, adoptado como religión oficial del Estado en 1501, ha terminado por confundirse con el milenario nacionalismo persa. A lo largo del siglo xx el país ha sido un laboratorio político en el que se han desarrollado grandes acontecimientos del Oriente Medio. Pionero en este aspecto en el siglo xx, ha protagonizado cuatro revoluciones populares: la constitucionalista de 1906-1908; la nacionalista en 1951-1953; la islámica de 1979; y la cuarta, que se desarrolla en la actualidad, es una revolución en la vida cotidiana. La revolución constitucional de 1906 supuso que Irán fuera el primer país de Oriente Medio que se dotó de una constitución democrática dos años antes que Turquía. Fue el primer país de la región donde se descubrió petróleo (1908) y el primer país musulmán miembro de la Sociedad de Naciones. 
Las permanentes relaciones entre Irán y Occidente han sido cambiantes y azarosas. En momentos de su historia, Occidente pudo aparecer como modelo, especialmente por las innovaciones tecnocientíficas, dando luego paso a una etapa de «occidentofilia». La rapacidad de rusos y británicos durante su ocupación de parte del país (monopolio del tabaco, del petróleo, etc.), el hecho de que toda iniciativa de emancipación de la sociedad iraní que no coincidiera con los intereses occidentales fuera sistemáticamente abortada (revolución constitucionalista, revolución nacionalista de Mossadeq), el apoyo provechoso a dirigentes «occidentalizados» pero tiránicos (al Sah o a Sadam Hussein en la guerra de 1980-1988) o la inclusión de Irán en el «eje del mal» han facilitado su desencuentro y esta última circunstancia ha inaugurado la etapa de «occidentofobia» ante la injerencia política occidental. Por lo demás, los iraníes viajan frecuentemente a Occidente: para comerciar, estudiar, visitar parientes o amigos, y las aportaciones tecnocientíficas o culturales occidentales son bien conocidas y leídas por los iraníes.
Los intelectuales contemporáneos, en busca de una vía de modernización endógena y no impuesta, no renuncian a seleccionar y reelaborar préstamos provechosos de otras culturas que les faciliten, reafirmando su especificidad, su participación en el proceso actual de mundialización. De ahí que el filósofo Abdolkarim Soroush, premio Erasmus, en su atractiva oratoria, recurra a poetas sufíes y al vigor científico de los métodos occidentales. Él representa la posibilidad de ser religioso, moderno y nacionalista. Esta relación, basada en el conocimiento racional de Occidente se conocerá como «occidentología» y será formulada por el presidente Khatamí en su propuesta de «alianza de civilizaciones». Esta invitación al conocimiento mutuo implica el reconocimiento de que toda cultura es híbrida, que se fabrica tomando préstamos.
En suma, el atractivo y la fuerza de Irán no es su bomba atómica, todavía virtual, sino esta sociedad moderna capaz de alterar el orden en crisis en que vive y perturbar así nuestras percepciones.

01/10/2011

 
COMENTARIOS

Carlos Campos Acero 25/11/14 23:15
Me sorprende la dura reseña de la profesora Merinero al libro de Michel y Woods, al que descalifica por completo. Desde luego desconozco personalmente la realidad actual de Irán pero me cuesta mucho admitir la calificación del régimen "impuesto" por los ayatolás y sus seguidores como "constitucional" cuando todas las instituciones representativas están supeditadas a una determinada jerarquía religiosa como última instancia. 585 ejecuciones en lo que va de año, certificadas por organismos internacionales, me parecen que merecen un comentario un poco más crítico de lo que la reseñadora hace. Y que conste que yo no estoy calificando al pueblo iraní, solo a su régimen político, que me parece indeseable. Tampoco entiendo la virulencia del ataque de la profesora Merinero a libro de Serge Michel y Paolo Woods. Y lo que dicen en su prólogo, que es lo que parece molestar a la profesora Merinero, es lo que dicen las noticias un día sí y otro también.

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