ARTÍCULO

MEDARDO FRAILE Contrasombras

Contrasombras, de Medardo Fraile, está publicado en Pre-textos.
 

Hace más de treinta años que Medardo Fraile vive lejos de España, país –o lo que haya venido a ser– tan dispuesto siempre al cruel olvido como al caprichoso descubrimiento. Por eso no es extraño que su nombre resulte poco familiar, sobre todo en los medios que implican en la cultura otro tipo de fenómenos, marcados por el éxito social y la moda de temporada. Sin embargo, para los lectores aficionados al cuento literario es una estupenda noticia la aparición de un nuevo libro suyo, porque Medardo Fraile, miembro mayor de la imprescindible generación del medio siglo, ha practicado el género cuentístico de modo magistral. Dentro del cuento literario, y según la temática general, hay diversos subgéneros y formas, pero también es cierto que todos los creadores importantes elaboran un modelo de cuento característico y distinto, en concordancia con sus preocupaciones éticas y estéticas. Medardo Fraile ha acuñado un tipo de cuento que se distingue claramente de la obra de los demás autores de su promoción. Raro espécimen en el panorama literario de aquellos años, tan constreñidos por determinados factores de carácter político y social, las preocupaciones temáticas de Medardo Fraile, aunque impregnadas de interrogantes morales, tienen más que ver con los aspectos internos de la persona que con sus solicitaciones externas, más con su drama existencial que con su peripecia social.

Medardo Fraile crea sus cuentos a partir de sucesos o momentos nimios, elementos explícitamente intrascendentes, anécdotas de apariencia banal, con personajes por lo general también oscuros, para darles su significación profunda, que comporta una consideración sobre algún aspecto de lo humano, mediante una mirada alejada de lo convencional. Esta mirada lleva consigo un especial cuidado del detalle, una gran sutileza en el uso de la ironía y un lenguaje preciso, cuya mayor o menor complejidad está en función del asunto concreto de cada cuento. En su gusto por captar cierto sustrato dramático de una situación corriente, acaso queden restos de una inicial inclinación teatral, pues cuando Medardo Fraile aún no tenía veinte años, en los azarosos cuarenta, escribía obras para un tipo de teatro –Arte Nuevo– que se declaraba de vanguardia. Sus cuentos, aunque en apariencia pueden clasificarse dentro de un realismo no naturalista, algunas veces se convierten en apólogos, otras escapan hacia lo onírico, e incluso llegan a asomarse a lo fantástico. En una voluntaria indeterminación, en cierta evanescencia, está el meollo de su estilo.

Lo primero que debe pedírsele a un texto literario que quiera tener la gracia de un cuento, cualquiera que sea su género o el propósito de su autor, es que dentro de él se produzca lo que no sé llamar de otra manera que el hecho narrativo. Durante una época, que empieza a coincidir con los años en que Fraile publica sus primeros libros, y quizá para distinguir la ficción literaria breve de otro tipo de fábulas –los cuentos maravillosos, los populares, los infantiles–, se impuso la costumbre de llamar relato al cuento literario. Claro que dentro del concepto de relato entraban los de Ernest Hemingway, pero también otros productos que no se distinguían del tradicional cuadro de costumbres, aquejado de una inmovilidad que es la que lo separa tajantemente del cuento. Hay que señalar que ya desde su primer libro –que apareció en 1954–, Medardo Fraile no tuvo empacho en dar a sus ficciones ese nombre de cuentos, asumiendo, con la ambigüedad del concepto, el sentido claro del movimiento –el hechonarrativo– que debe producirse siempre dentro de toda pieza que pretenda adscribirse a este campo literario.

En Contrasombras, Medardo Fraile nos ofrece, esta vez a través de textos muy breves –algunos no superan las once líneas– 29 nuevos cuentos. Algunos temas son recurrentes en su obra, como esas clases en que profesores un poco atrabiliarios –colegas acaso de Eloy Millán, personaje de otros cuentos suyos– se enfrentan a sus alumnos para explicarles las conquistas árabes en la España visigoda o el desastre del 98. Otros –como la historia del hombre que muere varias veces atropellado por el mismo automóvil, o la del niño que pisa la huella divina– remiten a una temática, de voluntad metafísica, que linda con otros cuentos del autor. También hay varios que parten de un suceso chusco, de un juego de palabras, de un chiste. En esta vertiente de la obra de Medardo Fraile me parece encontrar continuidad con una muy antigua tradición de nuestra literatura –la de la facecia medieval– que han seguido también en algunas de sus obras otros grandes cuentistas contemporáneos, como Francisco Ayala. El caso es que el libro, dentro de una gran unidad estética, ofrece muestras de ficciones muy diversas.

Conforme con el estilo del autor, los cuentos se levantan sobre anécdotas menudas, hechos en apariencia triviales, que le sirven para tratar con la finura habitual, pero acaso con algo más de sarcasmo, y en ocasiones con decidido y explícito humor, momentos humanos muy diversos: recuerdos melancólicos, situaciones personales y colectivas que resumen una historia de soledad o de decadencia, otras de especial vulnerabilidad, y también ciertas epifanías. El mundo de la infancia, las gentes oscuras –criadas, rateros, suicidas, accidentados–, los momentos en que se adivina alguna penosa dependencia sentimental, o una forma de crueldad, y también sucesos grotescos, o absurdos, con otros propios de una fábula, o de un relato fantástico.

En fin, un libro de ficciones breves en que hay humor, ternura, piedad, misterio, y esa sutil e intensa vibración narrativa con que Medardo Fraile nos enseña otra vez que un cuento es algo que puede pasar en cualquier momento, y que cuando pasa nos ayuda a entender mejor la extrañeza del mundo.

01/08/1998

 
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