ARTÍCULO

Madres e hijas

 

¿Dónde situar hoy la lucha femenina? ¿Cabe siquiera esa lucha? ¿Se trata de profundizar más en la igualdad con los hombres? Con estas preguntas comienza El fraude de la igualdad, con estas preguntas y con la convicción de la autora de que la lucha por la igualdad ha dado todo lo que podía de sí y que ahora se trata, desde el campo que ha dejado, de explotar la diferencia (pág. 43), la verdadera diferencia que surge del cuerpo femenino. Tanto la lucha por la igualdad como la lucha por una «ginecotopia», se definen por el poder viril que rechazan, y en este sentido ninguna de esas dos opciones es consciente de la verdadera particularidad del cuerpo femenino; cuando las mujeres parten de sí, cuando se hacen cargo de su cuerpo, lo despliegan en el mundo a través del deseo y con ello consiguen una vida más humana (más femenina). Reconocer el propio cuerpo, para la autora, es contratar con la madre el universo de significados del mundo en el que la mujer se va a mover; un universo de significados que no es el universo masculino que sueñan las partidarias de la igualdad, sino que se establece en el estar siendo mujer en un mundo que la mayoría de las veces es opresor. La explicitación del deseo, del particular cuerpo femenino, en el mundo llevaría a las mujeres a olvidar la política con base en el poder por otra con base en la autoridad (que sin explicarlo muy bien la autora entiende como «ascendiente sobre alguien») que, como no podía ser menos, se enraíza en la «relación con la propia madre» (pág. 74). La igualdad de los sexos es rechazable porque rompe con esa relación con la madre (al ser igualdad o con un universo masculino o igualdad dentro de un ginouniverso) y porque rompe con la libertad al implicar un mundo de leyes y tolerancias democráticas que son incapaces de dar y dejarse dar como sabiamente hace la madre, que son incapaces de «perder parte de sí» y salir de su cascarón para relacionarse con el mundo.

No se pida a este resumen más explicaciones porque no las hay en el libro y aunque no hay que ser un genio para reconstruir el camino y sentir los pasos de la autora, lo cierto es que el libro continuamente deja caer conceptos sin explicar, sin saber la mayor parte de las veces por qué aparecen; tarea del lector es reconstruir lo que la autora quiere decir. Más que reconstruir, el lector ha de sentir, intuir, dejarse afectar por lo que la autora quiere decir. Esto no es algo rechazable de entrada, aunque tanto en la reflexión teórica, como en el cine o en los cuentos de hadas, cuando aparece un héroe salvador siempre gusta saber de dónde sale y que no está allí puesto por el mero deseo del escritor.

Podría ser este un cargo en lo que se refiere a la forma, pero en lo que atañe a lo que se nos cuenta, si es que realmente es posible separar ambas cosas, no deja de ser interesante –sobre todo los fascinantes ejemplos históricos que la autora maneja con autoridad y amable ligereza–. Tan interesante como el hecho de establecer la relación con la madre no desde la «filia», no en la igualdad, sino en el reconocimiento de ser diferentes, en el respeto de esa disimilitud y en saber que porque hay otros diferentes (otras mujeres diferentes para la autora) se puede tener relación con el mundo. Aquí es donde se funda la autoridad (pág. 77) que respeta y se establece sobre el partir de sí, sobre el propio deseo, sobre esa relación con la madre donde, por el hecho de habernos dado la vida y la palabra de modo gratuito, le reconocemos autoridad. Siempre cabe preguntarse, a lo largo del libro, por qué eso lo da, por ejemplo, la madre y no el padre, por qué es importante que el deseo se puede relacionar con un respeto a otras mujeres y no a otros seres en general. La madre da «aceptación de sí y una medida para el intercambio con los demás» (pág. 84), un modo de relacionarse con los demás en el que se sabe dar y dejarse dar, donde la autoridad significa el saber ser pasiva tanto como hacer uso de la propia libertad. Pero esto, que resulta tan claro para la autora, me pregunto si no será también propio de otras construcciones simbólicas (pienso por ejemplo en el amor sentimental), me pregunto, también, si el uso reiterado de «madre» y «hombre», así como de otros términos generales, no falsea una realidad en la que realmente hay madres y hombres, y me pregunto, por último, si eso que da la madre no lo podrá dar también otra mujer u otro hombre. A esto responde la autora que la madre es sólo un concepto simbólico (pág. 84) que se puede sustituir por otra cosa que nos haga conscientes de ser cuerpo y palabra (pág. 87), pero si eso es así, ¿por qué traer la relación con la madre a colación y no la propuesta de una «nueva autoridad política y social», de un modo distinto de relacionarnos con el «otro», la reclamación de la relación de «cuidado», etc., tal y como desde hace unos años parece ser el denominador común de todo el pensamiento social y político? Y si es sustituible por todo esto, es decir, si no es otra cosa que nuestro deseo fin de siglo de lograr una relación diferente con quienes nos acompañan en este mundo, ¿no es un poco forzado y excesivamente particularista centrarnos en la relación de la madre con las hijas? La autora no creería que este particularismo dijera nada malo de su tesis porque la madre puede dar unas cosas –a las mujeres– que la relación con el padre jamás podrá dar por ser una relación «de indoctrinamiento y manipulación» (pág. 89), pero, de nuevo, surge la pregunta ante la exclusividad de este libro sólo para mujeres: ¿no es aceptar esta división tajante entre padre adoctrinador y madre que otorga gratuitamente cariño y reconocimiento, una división que se sostiene en tanto se mantiene una visión patriarcal del mundo? Creo que sí, es más, creo que la función que la autora otorga a la madre –por muy universo simbólico que sea– es una función muy despegada de lo que hoy una madre y un padre en realidad son (ambos integrados en un proceso de producción que ha deshecho en mucho el tradicional concepto de familia y de dedicación a los hijos).

Que la sociedad patriarcal no entiende los significados y el orden simbólico de las mujeres, debería llevarnos a olvidar esa sociedad patriarcal y reclamar una comunidad donde existiera la posibilidad de traducir esos significados y dotarles de alguna relevancia (no lograr un esperanto, sino simplemente la posibilidad de poder hablar y manejar dialectos muy diferentes); pues bien, este es el interés de los trabajos «feministas». Obviamente no es el interés de la autora, más preocupada –con todo su derecho– por lanzar ideas sobre lo que un nuevo mundo femenino con base en una relación con el orden simbólico de la madre podría representar para las mujeres.

01/02/1998

 
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