ARTÍCULO

A orillas del Besós

Tusquets, Barcelona
240 pp. 17 €
 

A orillas del río Besós, en una ciudad industrial junto a Barcelona, creció Javier Pérez Andújar (Sant Adriá del Besós, 1965). Creció leyendo, o más bien sólo para leer. Leía novelas, leía libros de divulgación, leía la Enciclopedia, leía series de televisión, leía tebeos, leía en los silencios de sus padres, leía las tiras de Fred Basset de La Vanguardia Española y los episodios de la Dimensión desconocida. Y todas esas lecturas las hacía en complicidad con su compañero Ruiz de Hita, con el que había sellado un pacto de amistad. Los príncipes valientes, primera novela de Javier Pérez Andújar, es la historia de un lector hasta el instante antes de convertirse en un adolescente.
Para Ruiz de Hita sólo había dos tipos de escritores posibles: «Los de mar y los de río. Entre los primeros los principales son Edgar Allan Poe, Herman Melville, Jack London, Joseph Conrad, Julio Verne y Pío Baroja. Entre los segundos, destacan Mark Twain, Jorge Manrique, Rafael Sánchez Ferlosio y Camilo José Cela. Los escritores de mar son más novelistas que los de río, y los escritores de río son más poetas que los de mar. Así están las cosas, amigo mío, y si alguna vez te metes a escritor tendrás que elegir entre los unos y los otros».
Javier Pérez Andújar es un escritor de río, de ese Besós industrial, con maleza frondosa y alta que crece en las orillas, rodeado de fábricas. En una de ellas, «retirada en la orilla de una carretera que es como un río embalsamado, rodeada de la niebla fría de las mañanas, y rodeada también de matas salvajes, plantas nitrófilas, y de pequeñas huertas de payeses», trabaja su padre, militante socialista completamente comprometido. Son emigrantes que vienen del sur e hijos de los que perdieron la Guerra Civil. Uno de sus tíos se llama Lenin, aunque, claro, no se puede llamar Lenin.
Como es un «escritor de río», es indudablemente más poeta que los de mar. De hecho, lo que se entendería como elementos novelísticos son escasos en Los príncipes valientes, y secundarios. Sí, está la aventura de subir a una torre de electricidad en la que han muerto varias personas. Y las historias susurradas a gritos de la Guerra Civil. Y la lucha sindical con paros y encierros. Y la homosexualidad que se vive con un pudor vergonzante. Pero lo que se ventila en el libro de Javier Pérez Andujar es la historia de un lector, que prefiere ser un «personaje secundario»: «De toda la vida preferiré ser amigo o compañero del protagonista antes que protagonista. Por decirlo con un ejemplo del Oeste, voy a ser de siempre más del Trampas que del Virginiano, porque quizás he visto que hay más literatura y más poesía en un Cid de Castilla que en un rey de Castilla».
El Trampas o El Virginiano no son los únicos personajes de televisión a los que lee. Encuentra en los detectives, en especial en Colombo, a su personaje de ficción favorito: «a distinción de los otros policías y detectives del resto de las series, que van armados con una pistola o con un revólver, Colombo sólo lleva un lápiz y un cuadernillo, y en su apuntar las cosas con el alfabeto en vez de apuntarlas con un arma de fuego, en su anotar todo lo que ocurre, voy a ver sobre todo la raza, el gesto del escritor. Si el policía de la televisión es el hombre que corre, el teniente Colombo es el hombre que escribe, y esta fascinación de la escritura va a ir contagiándomela el personaje episodio tras episodio».
En la televisión también se crea un hit parade cultural: «Si Walt Disney ha dibujado el ratón Mickey, Salvador Dalí ha creado el logotipo del Chupa Chups. Disney y Dalí, a la manera de Cela y Gloria Fuertes, son los dos artistas más conocidos de la televisión». Los dos amigos van entrando en la lectura como si entraran en una aventura de Julio Verne o de Edgar Allan Poe, dos de sus escritores preferidos, a los que han conocido primero en los libros ilustrados de Bruguera, Joyas Literarias.
La acción del libro tiene como escenario los últimos años del franquismo, con algún profesor que todavía siente en el pecho, profun­damente, las esencias españolas y con una lucha por las libertades que va poniéndose en primer plano. La ­línea de sombra que tiene que cruzar el protagonista no es una prueba física sino una prueba intelectual: «Voy a sentirme como una carcasa, como un instrumento crea­do por las palabras, que quieren perpetuarse, y entonces me presentiré atrapado en manos del flujo y reflujo de las palabras, y así constataré que me desplazo transportado por ella a lo largo y ancho del lenguaje». El lenguaje y las cosas son asuntos centrales en Los príncipes valientes.
Pérez Andújar y Ruiz de Hita puede que no corran las mismas aventuras que Tom Sawyer y Huckleberry Finn, pero han llegado a una verdad esencial: «Uno tiene que sentir por los libros un entusiasmo genuino, y verdadero hasta el meollo, incompatible con ninguna otra clase de entusiasmo». Es una afirmación demasiado rotunda para mí, que puedo haberla pensado en más de una ocasión, pero que resume a la perfección el espíritu de Los príncipes valientes, un libro muy hermoso sobre la pasión. Sobre las pasiones.
Además de los numerosísimos rastros que descubre, he encontrado en el libro el eco de Francisco Umbral (quizás a través de un González Ruano muy citado) y el de José María Conget en sus textos autobiográficos (en especial El olor de los tebeos), el de Ismael Grasa, con cuya novela La tercera guerra mundial comparte clima y estilo, el de los niños «prisioneros», «atrapados entre la retórica de la familia y la retórica del colegio, que es la estilística».
Los príncipes valientes es La infancia recuperada de la última remesa del baby boom. Sobre todo de los que nos hicimos lectores y luego escritores teniendo sólo a mano un río y una fábrica. 

01/12/2007

 
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