ARTÍCULO

Intelectuales en fuga

 

De un tiempo a esta parte, el viejo problema de la relación entre el Estado y la religión ha revivido con inusual virulencia, traído de la mano de acontecimientos que no figuraban en el horizonte de expectativas del intelectual medio europeo o americano, quizá porque tienen su origen en otra parte, a saber, Oriente Próximo. Algunos autores estiman que la primera gran llamada de alerta fue la fatwa contra Salman Rushdie, esto es, la desvergonzada injerencia de un sistema de valores religiosos en la vida pública europea. Lo que acabó restregando la religión en el rostro de los azorados intelectuales modernos fueron, qué duda cabe, acontecimientos como el ataque al World Trade Center por miembros de Al Qaeda, las bombas en Madrid y Londres, las guerras de Afganistán e Irak. Pero hechos menos dramáticos, aunque no menos importantes, han contribuido a este renovado interés por el tema, como es la inmigración masiva desde países de religión islámica a muchas ciudades europeas, y el aumento de su presencia política y social. Ante este problema ya ineludible ha habido reacciones diversas, pero pueden encuadrarse en general en dos bandos: el de quienes creen que el mundo occidental tiene que hacer todo lo que sea posible legalmente para defender las conquistas de la Ilustración, amenazadas por la religión (el islam sobre todo), y el de quienes creen que las relaciones entre la religión y la política son más complejas de lo que el secularismo haría suponer, y los Estados modernos pueden, por tanto, acomodar formas diversas de vida religiosa en su seno sin tener que sacrificar sus principios (y sin necesidad de recurrir a campanas de alarma) por medio de la integración de las variopintas identidades en un marco legal y social común, lo que se ha dado en llamar multiculturalismo en general. Habermas, nos recuerda uno de los autores aquí tratados, considera que Europa está inmersa en estos tiempos en una verdadera Kulturkampf, o batalla cultural, cuyo resultado es aún prematuro predecir.
El título del primer libro que nos ocupa, The Flight of the Intellectuals, del escritor, periodista y polemista estadounidense Paul Berman, es una referencia a libros como el de Julien Benda, La trahison des clercs (traducido habitualmente como La traición de los intelectuales), o el de Raymond Aron, L’opium des intellectuels, en los que se postula que el apego de la clase intelectual a intereses particulares, étnicos, nacionalistas o políticos ha tenido como consecuencia el abandono de principios de orden universal, en un proceso que puede ser interpretado como una traición, o como un delirio, puesto que el intelectual es precisamente quien debiera custodiar dichos principios y no abandonarlos, cualquiera que sea el pretexto. Al remitirse a esta tradición crítica, Berman sugiere que el tema de su libro es la versión actual de esta traición o huida del intelectual, lo cual resulta exagerado, porque su libro trata de una polémica muy específica y porque es erróneo pretender que el islam político sea la única o principal amenaza de la civilización occidental.
El libro de Berman se plantea como una continuación de su trabajo anterior sobre el terrorismo y el liberalismo y constituye una contribución a una polémica aireada en algunos prestigiosos medios de comunicación norteamericanos, y expresada en algunos libros, además de en la red (la página www.signandsight.com contiene la mayoría de artículos relevantes al respecto, una serie instigada por la crítica de Pascal Bruckner al multiculturalismo). En este sentido, carece del vuelo generalista que parece evocar en su título, pero no deja de hacer aseveraciones generales sobre el tema mientras se ocupa de los detalles que constituyen el meollo de su análisis. En su anterior libro, Berman se había referido a Tariq Ramadan, un carismático escritor de libros sobre el islam en los tiempos modernos y su relación con la civilización occidental, que se define a sí mismo como un reformador salafista. Tariq nació y se educó en Suiza, adonde había emigrado su padre, Said Ramadan, huyendo de la represión del gobierno egipcio. Berman combina aquí el análisis de pasajes escogidos de su obra con el desvelamiento de la genealogía de Tariq Ramadan, algo que no le parece irrelevante dado el respeto y admiración que Ramadan siempre ha expresado por su familia. Resulta que el abuelo materno de Ramadan es nada menos que Hassan al-Banna, el venerado fundador de los Hermanos Musulmanes, una de las organizaciones musulmanas más importantes de la historia reciente, vinculada a la vez a un proyecto de revitalización de la religión islámica en una sociedad corrompida por las dictaduras y los actos de violencia política. Said Ramadan, el padre de Tariq, había sido uno de sus discípulos más aplicados, hasta el punto de que llegó a llamársele el «pequeño Hassan al-Banna», herencia de la que Tariq se siente muy orgulloso. Berman, sin embargo, recuerda al lector que este personaje no está exento de algunas conexiones siniestras en su pasado. Al-Banna fue muy cercano al mufti de Jerusalén y le ofreció el apoyo de su organización en momentos claves de su trayectoria política. El mufti, o Haj Amin al-Husseini, se alió con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, e incitó al genocidio contra los judíos. Berman cita algunos pasajes de sus emisiones radiofónicas, que no habían sido estudiadas hasta hace relativamente poco tiempo, y sólo un estómago fuerte podría resistirlos. Al-Banna, sugiere Berman, supo todo esto y jamás condenó al mufti: al contrario, fue recibido como un héroe cuando logró regresar a tierras musulmanas.
De otro lado, Berman concede que los libros de Ramadan se orientan en la dirección del diálogo y la moderación, pero un análisis más detenido le hace descubrir que algunas de sus lealtades más enraizadas son de dudosa moderación. Ramadan muestra una enorme admiración, por ejemplo, por uno de los clérigos musulmanes más respetados y escuchados de la actualidad en el mundo musulmán, Yusuf al-Qaradawi, a quien no le han dolido prendas a la hora de condonar los actos de terrorismo suicida en territorio palestino. En cierta ocasión, cuando Sarkozy era ministro francés del interior, se produjo una polémica con Ramadan, y Sarkozy emplazó a Ramadan a decirle claramente si estaba o no en contra de la lapidación como castigo por el adulterio. La respuesta de Ramadan –sugiere Berman– es típica de su actitud general como intelectual musulmán en diálogo con el Occidente secular: Ramadan estaría a favor de una moratoria aplicada a penas como ésta, propias de la sharia tradicional, pero no llega a condenarlas sin tapujos. Entretanto, se daría tiempo a la comunidad islámica para entablar un debate al respecto, y sería de dicho debate de donde procedería una reforma, no de las opiniones personales de ningún intelectual, por representativo que fuera. En un libro suyo, Ramadan postula la creación de algo así como comités de debate y consulta que darían solución a estos problemas, en los que habría de incluirse también a intelectuales de Occidente. El problema, apunta Berman, es que uno de los más importantes miembros de dichos comités sería nada menos que el clérigo que ha dado el visto bueno a jóvenes palestinos para que se hagan estallar por los aires, Al-Qaradawi.
En otras palabras, Berman acusa a Ramadan de deliberada ambigüedad y aun de hipocresía. Visto lo anterior, ¿por qué existen entonces algunos intelectuales de Occidente que siguen considerando a Ramadan como interlocutor válido de una versión moderada del islam? Berman examina en particular el caso de dos de ellos, Timothy Garton Ash y Ian Buruma, quienes han expresado en diversos medios su respeto por Ramadan y la necesidad de entablar diálogo con intelectuales como él, cuyo talante abierto y occidentalizado ofrece mejores perspectivas que un imposible diálogo con los extremistas o con personas de mentalidad más tradicional. Berman se muestra sobre todo irritado por el trato que estos autores han dispensado a la activista y escritora de origen somalí Ayaan Hirsi Ali, nacionalizada holandesa y ahora residente en Estados Unidos, quien ha expresado en inequívocos términos su rechazo al islam –ahora se considera atea y defensora de los valores de la Ilustración– y su condena a la opresión que sufren las mujeres en los países musulmanes, e incluso en Occidente, donde se producen asesinatos por honor o abusos domésticos. Berman acusa a estos autores de una actitud condescendiente y hasta machista hacia ella, habiendo llegado uno de ellos a afirmar que, si no fuera por su belleza y elegancia, nadie la escucharía como la escuchan ahora.
Como buen polemista, Berman se ve obligado a simplificar, no obstante, y la pregunta es entonces si dicha simplificación está justificada por los hechos o las circunstancias, y si no contribuye más a enfangar las aguas del debate que a clarificarlas. El segundo libro aquí reseñado es, sin duda, un ejercicio de clarificación de las complejas relaciones entre religión y democracia en diferentes sociedades, llevada a cabo por un intelectual que, a pesar de las acusaciones de Berman, no casa con la imagen planteada por éste en el libro recién reseñado. Buruma es un escritor y periodista holandés afincado en el mundo anglosajón, de producción variada y talante equilibrado, con preferencia por los temas históricos y poco dado a las estridencias polémicas. Buen conocedor del mundo asiático, donde pasó algunos años de su vida, reflexionó también sobre el problema del islam en Europa en su libro Murder in Amsterdam, escrito a raíz del asesinato de Theo van Gogh por un descarriado joven de origen marroquí y nacido en Holanda, y que le valió el escarnio de Berman. En Taming the Gods, un breve ensayo de unas ciento veinte páginas, vuelve al tema en su último capítulo, pero no sin antes repasar la relación entre la religión y el Estado en el mundo europeo y americano antes de que asumiéramos el secularismo actual como natural y de hacer una breve introducción histórica del mismo tema en China y Japón.
El punto de partida de Buruma es que no resulta posible analizar la relación entre religión y democracia en abstracto, sino que es imprescindible situarla en el contexto en que se desarrolla, pues las circunstancias históricas y sociales pueden alterar sustancialmente lo que se conciba como Estado, religión o democracia, y las funciones actuales y simbólicas que estas instituciones puedan tener en una sociedad. Ya es lugar común para los europeos el considerar a la estadounidense una sociedad donde la religión sigue teniendo una presencia hasta cierto punto incomprensible para la mentalidad secular que caracteriza a la Europa moderna, pero Buruma nos recuerda que esto no fue siempre así, y que nada nos asegura que vaya a seguir siéndolo. Tampoco es cierto que la religión haya sido siempre un obstáculo para la democratización. Hasta hace muy poco, varios Estados europeos seguían dominados por lealtades religiosas que, a pesar de estar segregadas al reino de lo privado, no dejaban de ejercer su influencia en la política y la cosa pública. En fin de cuentas, la separación de religión y Estado no fue sólo promovida por revolucionarios a fin de liberar al Estado del poder de las iglesias, sino que fue impulsada por las mismas comunidades religiosas para proteger sus doctrinas y prácticas de la injerencia del Estado, como en los Estados Unidos que Tocqueville visitó y en cuya religiosidad pudo distinguir la clave de su cohesión social y de la fortaleza de su democracia.
Los casos de China y Japón, por su propia distancia cultural, resultan también muy instructivos para comprender la complejidad de las relaciones entre Estado y religión. El confucianismo, por mencionar uno de los sistemas de creencias más importantes del Lejano Oriente, sirvió de base a un gigantesco Estado burocrático basado en la meritocracia y la armonía social, con pocas pretensiones metafísicas, y provisto de códigos morales de honor y de veneración de los ancestros que, en la práctica, dejaba las creencias populares al libre albedrío del pueblo gobernado, fueran éstas taoístas, budistas o animistas. Más tarde, el confucianismo fue considerado enemigo del Estado por los comunistas y sólo en los últimos tiempos ha vuelto como forma de cohesión social.
En Japón, por circunstancias históricas distintas, se dio también en la práctica una separación de las labores estatales de las religiosas cuando los samurais y los shogunes tomaron el poder y dejaron al emperador y su influencia cultural y religiosa en Kioto, mientras que ellos se encargaban de gobernar en Edo, la actual Tokio. Este desarrollo pudo llevar a una democratización que no se produjo, pues la casta militarista revertió el proceso creando una religiosidad nueva que excluía dicha posibilidad. Buruma cree que los gobiernos harían mal en pretender decidir quiénes son los interlocutores moderados que puedan ofrecer mejores perspectivas de integración para las minorías musulmanas en Europa o puntos de apoyo en la lucha contra el fundamentalismo y el terrorismo, pues no le compete al Estado inmiscuirse en disputas teológicas. Sí le compete, en cambio, asegurarse de que todo ciudadano respete la ley y entienda su funcionamiento y necesidad. Más allá de esta competencia, las creencias religiosas son potestad del individuo. Es comprensible, claro está, que el secularismo europeo, por ejemplo, se sienta amenazado por la presencia de velos y burkas, pues la Europa moderna se instauró bajo esta ideología y la considera esencial a su identidad. Pero el problema no puede ser teológico, ni siquiera moral, sino social e histórico, esto es, justamente de identidades. Tanto el habitante moderno y secular como el inmigrante musulmán están atravesando un proceso de reformulación de sus identidades que no puede sino acarrear temor, y el temor puede conducir a la violencia. Quizá sea cierto afirmar, con el filósofo Simon Blackburn, que es muy fácil sentir miedo al principio del siglo xxi y que una de las cosas más atemorizantes son las mentes de las otras personas. Buruma intenta disminuir este miedo con conocimiento y una de sus críticas más importantes a los así llamados «fundamentalistas de la Ilustración» (entre los que se encontraría la mencionada Hirsi Ali) es que azuzan el temor, no la comprensión. En este sentido, este libro es una contribución mesurada y pertinente al que sea tal vez el tema de nuestros tiempos.

01/05/2011

 
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