De Acteón a Dioniso

EL HOMBRE CIERVO Y LA MUJER ARAÑA. FIGURAS GRIEGAS DE LA METAMORFOSIS

Françoise Frontisi-Ducroux

Abada, Madrid

Trad. de Maysi Veuthey

290 pp.

23 euros

DIONISO Y LA DIOSA TIERRA

Maria Daraki

Abada, Madrid,

Trad. de Belén Gala y Fernando Guerrero

316 pp.

22 euros

Entre el hombre y el dios –nos recuerdan los mitos griegos– siempre media la metamorfosis, la ruptura de las barreras que contienen las formas de nuestro orden racional en pos de un mundo primordial y subterráneo como el que patrocina el multiforme Dioniso.

Dos ensayos sobre mitología y religión griega de reciente publicación abordan esta mediación, coincidiendo en el tema de la metamorfosis y la vida cíclica, que tan bien encarnan las antiguas divinidades de la tierra y el mundo vegetal en el oriente del Mediterráneo. Tal es el caso de Dioniso, acaso el dios más sugerente del panteón griego, de una ambivalencia que ha fascinado a pensadores y artistas, desde Nietszche a Tennessee Williams. Dioniso saca a los hombres de sí mismos, de su esfera cívica, y les conduce al gran misterio de la vida, siempre como intermediario cercano y placentero, pero a la vez extraño y peligroso. «Evoca la idea de la vida cíclica este antiguo dios de la vegetación, vinculado a la gran madre tierra, que devino en dios de la máscara, los misterios y él». Todo ello lo examina con rigor el excelente trabajo de Maria Daraki, por fin publicado en castellano.

Su libro Dioniso y la diosa Tierra tiene ya veinte años de vida y reconocimiento en el mundo académico. Quienes hemos conocido su versión francesa, publicada por primera vez en 1985, podemos decir que se trató en su momento de un trabajo de gran importancia dentro de los estudios dedicados al dionisismo, después de los libros de Otto (1933), Jeanmarie (1951) y Kerényi (1976) –el primero y el último publicados en español–, una puesta al día y una nueva propuesta de exégesis de este dios enigmático y liberador de la humanidad. Como reza la cita de Nietszche que abre el libro, es fundamental desentrañar qué significaba Dioniso para los griegos si queremos comprender el mundo de la antigüedad no sólo clásica, sino también helenística y tardía. Hasta que otra figura divina, en principio muy parecida, vino a sustituirlo en el anhelo de inmortalidad y salvación mistérica de los antiguos: Jesús de Nazaret.

El estudio de Daraki propone una completa visión de la religión dioni­sía­ca desde una perspectiva que combina la antropología, el profundo conocimiento de la religión griega y un manejo admirable de las fuentes. A lo largo de seis apartados van analizándose varias caras de Dioniso, como, en el primer capítulo, su faceta de dios viajero, que viene y va del mundo de los muertos, en relación con las festividades populares atenienses. También se dedican apartados al Dioniso nutricio, que trae de nuevo la Edad de Oro; y al Dioniso ritual y eleusino, esposo e hijo a la vez de la diosa de la Tierra. Mención aparte merece el sexto capítulo, «La rueda y lo irreversible», que trata del pensamiento circular característico del arcaísmo griego y simbolizado por Dioniso, para terminar concluyendo con un repaso sobre sus distintas funciones de mediador: entre los misterios y la religión olímpica, lo viejo y lo nuevo, lo femenino y lo mascu­lino, la vida y la muerte. En definitiva, un libro altamente recomendable, riguroso, ameno y de ágil escritura para entender mejor la figura de este dios de muchos rostros.

En segundo lugar, la profesora Frontisi-Ducroux pasa revista en El hombre ciervo y la mujer araña (publicado por Gallimard en 2003) a algunos de los mitos más conocidos de metamorfosis. Ésta suele resultar de la inte­racción directa entre dioses y hombres, ya provocada por un castigo a la hybris o soberbia del mortal (como en el caso de la petrificada Níobe), ya como vía de escape (Dafne transformada en laurel) o recompensa eterna a los amados por los dioses (Ámpelo mudado en vid, Jacinto en flor). A veces, en la literatura griega, se pone en relación la metamorfosis con el más allá y la inmortalidad (Tetis y Peleo, Minos y Glauco, etc.). Son mitos sugerentes que han ejercido un influjo muy notable en todas las épocas: los artistas plásticos han tratado de reflejar el momento del cambio en sus diversos pasos y con sus variadas motivaciones, y los escritores han adaptado el tema a sus pulsiones creativas y a las inquietudes de su propia época, como en el conocido caso de Kafka.

Mucho más irregular resulta, a nuestro ver, este libro, que queda oscurecido por interpretaciones arriesgadas y, sobre todo, por una trabazón de los argumentos demasiado ligera. En el fondo, con ideas interesantes pero algo difusas, se niega a la metamorfosis un papel pertinente en el pensamiento mítico griego. Sin embargo, aunque al principio se anuncia que no se hará «ni mucho menos, una exploración exhaustiva del mundo de las metamorfosis» (p. 16), el trabajo, estructurado en seis capítulos, se complace en presentar uno tras otros los mitos más y menos conocidos relacionados con este tema, enlazados entre sí de manera confusa. (por ejemplo, pp. 107, 133 y 166). Muchas veces no acaba de verse el sentido de la abigarrada combinación, en pinceladas ligeras, entre temas literarios e iconográficos, usos lingüísticos (pp. 87-88, 154), alusiones a la posteridad del mito y vagos conceptos de antropología general e historia de las religiones: resulta que la yuxtaposición de tantos materiales no acaba de ser convincente y se incurre en cierta dispersión y falta de profundidad.

La propia obra resulta lábil y multiforme, como el escurridizo Proteo, y pese a su falta de conclusiones tiene a su favor un interesante catálogo de imágenes y versiones de estos mitos, siempre sugerentes y atractivos. En los momentos de tales análisis (por ejemplo, pp. 78-84) está lo mejor de este libro, ya que su autora es experta en la iconografía de los vasos griegos. Son interpretaciones que deben mucho al estupendo Lexicon Iconographicum Mythologiae Classicae (Zurich/Múnich, Artemis, 1981-1999), pero en ellas se observa verdadera agilidad. Lo que también ha de notarse negativamente es la ausencia de índices apropiados, del todo necesarios para su consulta: especialmente se echan de menos un índice de autores, de materias (del que sí cuenta, al menos, Dioniso y la madre tierra) y un index locorum, que hubiera sido fundamental.

Una mención final merece la metamorfosis como castigo por violación de algún tabú: la virginidad, el incesto o la desnudez son algunos de ellos. Recordamos, cómo no, el martirio de Acteón por sus perros, por haber visto a la también virgen Ártemis, que versificó Ovidio. En este último caso, el libro acierta en el tratamiento del deseo, aduciendo algunos lienzos del Barroco (como el de Louis Galloche) que han sabido recoger las pulsiones del deseo de Acteón, presente también en Quevedo, que no en vano intituló un soneto «Significa el mal que entra a la alma por los ojos con la fábula de Acteón».

Y de Acteón volvemos a Dioniso, pues la dinastía tebana de Cadmo y Harmonía concentra la mayoría de estos mitos de hondo significado: Acteón, el hijo de Autónoe, es primo carnal de Dioniso, hijo de Sémele, ambas progenie del antiguo fundador de Tebas, la ciudad de siete puertas, de estirpes ambiguas, entre lo humano y lo divino. Ya el Himno homérico a Dioniso ofrece el vínculo final entre las metamorfosis y el dios, cuando se narra su rapto iniciático del dios por unos piratas tirrenos, que acabaron transformados en delfines, como cuenta también Ovidio.

Los encuentros entre dioses y humanos, saldados en transformaciones insólitas por castigo o recompensa, retornan al mediador Dioniso, el dios que encarna la eterna metamorfosis de la vida circular. Así nos lo recuerdan estos dos títulos de valor dispar pero que ofrecen nuevas lecturas, siempre necesarias, sobre la antigua mitología a partir de imágenes y textos de la literatura clásica. 

 

Ficha técnica

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