ARTÍCULO

Los demonios de la modernidad

 

¿Qué tenían que ver las creencias en brujas y demonios con los más avanzados logros intelectuales de la modernidad? ¿Acaso el despertar cultural que tuvo lugar en Europa a partir de finales del siglo XV no se contradecía con ese «lado oscuro» representado por todas las supersticiones de la época? Dejando atrás el tipo de estudios que durante mucho tiempo asumieron que creer en brujas era esencialmente incorrecto e irracional, Stuart Clark dedica su última –enciclopédica– obra a demostrar la íntima conexión de la brujería y de la demonología con el resto de las ideologías de su tiempo, y lo hace de forma magistral.

En los últimos años, el viejo problema de la brujería y la demonología ha seguido suscitando el interés de historiadores y antropólogos, que han abordado su estudio desde perspectivas muy diferentes. Valgan, de entre muchos, tres ejemplos significativos: Keith Thomas (Religionand the Decline of Magic, un clásico imprescindible) lo hizo en 1971 desde la historia cultural; Carlo Ginzburg (Storia notturna, una propuesta controvertida pero de lectura obligada) se centró en 1986 en la dimensión simbólica de las creencias populares; más recientemente, Robin Briggs (Witches and Neighbours, una de las últimas aportaciones de la prolífica escuela británica) ha analizado la vida cotidiana en el seno de las comunidades donde se fraguaban las acusaciones. La obra de Clark enfoca ahora el tema desde una óptica mucho más general y, por así decirlo, globalizadora, una vía nueva y apenas explorada que bien podría servir de inspiración y punto de partida para un estudio español que superase los consabidos regionalismos y particularismos.

No se trata ya de analizar la llamada «caza de brujas», o los porqués del auge y la decadencia de una persecución que para el hombre actual se ha convertido en el símbolo por antonomasia de la brutalidad y la intolerancia. Tampoco se pretende desbrozar las claves intrínsecas del pensamiento demonológico, residuo de una escolástica tenaz que habría de prolongarse todavía varios siglos. Por primera vez nos encontramos ante una lectura de ambos fenómenos desde dentro, desde la comprensión de la historia como un abismo interoceánico; de ahí el sentimiento gozoso de inmersión que experimenta el lector al introducirse en cada una de las cinco partes que constituyen el libro (Lenguaje, Ciencia, Historia, Religión y Política), cinco caras de una misma realidad que a menudo se trasvasa salpicándolo todo.

Si a lo largo de la Edad Moderna el lenguaje se hallaba básicamente estructurado en torno a oposiciones binarias (bien/mal, sabiduría/locura, masculino/ femenino, cuaresma/carnaval); si la retórica de los contrarios determinaba no sólo la literatura (antítesis barrocas) o las doctrinas morales (espíritu/carne, vicio/virtud), sino también otras ramas del saber como la medicina («contraria contrariis curantur», «similia similibus curantur») o la física (simpatía/antipatía), la idea de la brujería constituía sin duda alguna el ejemplo supremo de la contrariedad o, mejor aún, de la pura inversión. Reinventada por los demonólogos como antítesis de sus propias creencias, la brujería no era sino la perfecta parodia de la religión, la otra cara de una misma moneda. En realidad, toda la ciencia demonológica suponía un poderoso recurso al servicio de la ortodoxia: la estrategia del lenguaje de los teólogos consistió precisamente en construir un sistema de signos con la finalidad conservadora de mantener ciertas normas mediante la descripción de sus opuestos más abyectos. Así, en consonancia con la inversión ritual característica de las fiestas populares, el sabbat representaba el ejemplo máximo del «mundo al revés»; sus innumerables y variadas descripciones constituían auténticos «bosques de símbolos» donde cualquiera podía identificar fácilmente el reverso de lo que estaba obligado a hacer en buena conciencia. De ahí los infinitos paralelismos de las descripciones sabbáticas entre lo lícito y lo condenado, desde algunos motivos concretos como unciones/untos, bautismo/pacto demoníaco, trono de Dios/trono del Diablo, hasta conceptos más abstractos como el éxtasis místico transformado ahora en el vuelo nocturno al lugar del aquelarre.

Como si se tratara de un antropólogo de la semántica, Clark bucea a través de las convenciones, los recursos y el repertorio del lenguaje demonológico; un lenguaje que al fin y al cabo se ajustaba a las categorías de la mentalidad predominante. No es casual, por ejemplo, que en una sociedad patriarcal en la que la polaridad masculino/femenino simbolizaba la jerarquía de lo superior (sagrado, civilizado, diestro) frente a lo inferior (profano, salvaje, izquierdo), las brujas fueran concebidas como mujeres. Una cosa era la realidad (de hecho, hubo muchos hombres acusados de maleficio) y otra el sistema de representación: la bruja llegó a ser un poderoso vehículo simbólico capaz de concentrar los polos negativos de diferentes pares de opuestos en un solo estereotipo.

Sin embargo, más allá del dualismo lingüístico, para la mayoría de los científicos modernos seguían vigentes las viejas teorías medievales acerca de la división tripartita de la naturaleza. Se trataba de tener en cuenta no sólo los sucesos naturales y los sobrenaturales (milagros), sino también aquellos considerados preternaturales (maravillas). Estos últimos eran los atribuidos a la acción de los demonios, que obrarían de forma extraordinaria y oculta para la limitada comprensión humana. Como resalta el autor, lo cierto es que el interés por la demonología suponía un interés por avanzar en el conocimiento de las parcelas más desconocidas del mundo. La atracción renacentista por las desviaciones, lo monstruoso, lo diferente, lo que se hallaba en los límites de lo catalogado, fomentaba la evolución de la ciencia al replantear las viejas clasificaciones. Así, la denominada magia natural (o demoníaca: los límites nunca estuvieron claros) venía a ser la ciencia de los fenómenos ocultos, es decir, de aquellos que estaban descubriéndose justamente entonces.

Una de las cuestiones clásicas que más ha preocupado a los historiadores actuales es: ¿por qué se produjo la persecución de la brujería entre los siglos XV y XVII y no en otro momento? Los teóricos contemporáneos, no obstante, se plantearon el problema desde una perspectiva bastante diferente: ¿por qué de pronto tanta proliferación de brujas, hechiceras y magos? ¿Por qué el diablo y sus agentes eran más activos entonces que nunca? Clark vuelve a encontrar respuesta en otra de las principales obsesiones de la época: la escatología. La moda de las profecías, la creencia en la inminente llegada del Anticristo o la insistencia en el florecimiento de portentos no eran más que síntomas evidentes de una sensación generalizada de estar viviendo en los últimos tiempos, aquellos que precederían al Juicio Final. En este ambiente apocalíptico, la abundancia de magos y brujas constituía para los demonólogos un signo inequívoco de la batalla terminal que estaba teniendo lugar entre Cristo y Satán, batalla que se encarnaría dramáticamente en los frecuentes combates entre exorcistas y posesos.

Quizás menos innovadores, pero no por ello menos clarificadores e inteligentes, los dos últimos capítulos dedicados específicamente a las facetas espiritual (Religión) y práctica (Política) de la brujería completan el paisaje cultural de un período caracterizado por profundos y constantes cambios. Como resalta Clark, a pesar de las diferencias entre reformadores católicos y protestantes, ambos se mostraron igualmente vehementes en su hostilidad hacia la religiosidad popular, identificada cada vez más con la magia o con el concepto clave de superstición. Los nuevos estados, por su parte, alentaron la persecución de aquellos que se consideraban una amenaza para el orden público. Representación alegórica de los últimos coletazos de la justicia divina, la lucha contra la brujería suponía una forma de legitimar el carácter carismático de unos jueces cuyo poder sagrado no duraría mucho tiempo. En medio de aquella atmósfera de agitación y turbulencia, de desorden generalizado, de subversión incesante de viejos valores y jerarquías, flotaban todavía muchos fantasmas del pasado reciente. No tardarían en convertirse en sombras, meros símbolos de una época que pronto sería calificada de irracional, pero durante varios siglos mantuvieron su carácter terrorífico: eran los demonios de la modernidad.

01/09/1999

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
7 - 5  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE MARÍA TAUSIET
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL