ARTÍCULO

Las sombras de la caverna

Gedisa, Barcelona, 336 págs.
Debolsillo, Barcelona, 160 págs.
 

La fama de no ocuparse de lo inmediato y cotidiano les viene a los filósofos de antiguo. Ya al primero de ellos, Tales de Mileto, se le atribuye alguna anécdota entre ingenua y graciosa que abunda en el tema. Desde entonces acá los filósofos han dado motivos suficientes para justificar esta acusación. Pero no es menos cierto que tales generalizaciones suelen ser injustas y, para demostrarlo, aquí tenemos a dos filósofos, Gustavo Bueno y Enrique Lynch, ocupándose de algo tan cotidiano y concreto como la televisión. Pero ya se sabe: si algo mueve a los filósofos es la polémica, y la televisión es, hoy más que nunca, objeto de discusión constante. Ningún otro medio de comunicación suscita más escándalos y diatribas; quizá porque, a pesar del empuje de las nuevas tecnologías de la información, sigue siendo el más inevitable e influyente de todos ellos.

Hablar mal de la televisión se ha convertido en una obligación, sobre todo si quien habla de ella se considera a sí mismo miembro de la élite cultural o política. De ahí que los libros que sobre ella se escriben, si trascienden el ámbito de los estudios especializados en comunicación de masas, suelan ser bastante críticos. Adorno, Popper, Ezensberger, Bourdieu o Sartori son algunos de sus más conocidos detractores. Hay que tener hoy, además de cierto valor, argumentos bastante contundentes, no ya para defender públicamente la televisión (lo que, considerado en términos generales, habría que considerar una insensatez), sino, simplemente, para hacer un juicio ponderado sobre ella. Esto es, sin embargo, lo que hacen los dos autores que comentamos.

Hay entre ellos similitudes diversas, algunas de ellas inevitables, pero, en cualquier caso, estamos ante obras de naturaleza muy distinta. La de Lynch es, ante todo, una aproximación desde la experiencia personal: la del niño educado en la fobia a la televisión («la calle y la televisión eran los dos emblemas familiares de la mala vida»), y la del adulto que, desde una actitud reflexiva, se enfrenta a ese fenómeno insoslayable de la sociedad y la cultura de los últimos cincuenta años.

Expuesta en primera persona, la reflexión de Lynch pivota sobre dos ejes de claras connotaciones macluhianas: el medio y el mensaje. En su análisis del medio pone de manifiesto cómo la peculiar forma de ser de la televisión exige un tipo de experiencia también particular. Aunque basada en la visión, la ilusión óptica que produce da lugar a un tipo de experiencia muy diferente al ver o contemplar que otras realidades demandan: el esfuerzo y la concentración que exige explican en gran medida su carácter hipnótico, enajenante; su paradójica cercanía (un «formar parte» que sin embargo no es «compartir»); su reducción de todo tiempo al presente, de toda realidad a la simulación. Los contenidos que ofrece están determinados por la naturaleza misma de la televisión y sus imágenes (al fin al cabo, concluirá con McLuhan, «el medio es el mensaje»). En consecuencia, son banales, repetitivos, «aterradoramente homogéneos» a pesar de la aparente diversidad, cerrados sobre sí mismos, reproductores de los códigos y valores en boga, imposibilitados, en suma, para toda función crítica o renovadora.

Ingenuamente consideradas, estas propiedades de la televisión podrían servir como fundamento de los reproches que más frecuentemente se le hacen. Sin embargo, el discurso de Lynch se distancia de la mayoría de esas críticas cuando aluden a su carácter manipulador, redundante y mimético; a su inducción a la pasividad y a la idiotez, a la ficcionalización; a su potenciación de la anomia moral en cuanto suministradora de cantidades incontrolables de violencia y sexo, o a su responsabilidad en el fomento de índices bajísimos de lectura. Algunas de estas críticas yerran justamente porque no han sabido ver cuáles son las posibilidades y las carencias del medio, porquen sobrestiman su poder y la estulticia de la audiencia. Así por ejemplo, pedirle funciones emancipadoras o críticas es ignorar que en la televisión todo es redundante o previsible; criminalizarla por la violencia que ofrece, eximir a la sociedad de un cargo de la que ella es en gran medida culpable; responsabilizarla de la falta de lectura, desconocer que el modo de atención que leer y ver la televisión exigen son totalmente diferentes.

Dos son, para Lynch, las funciones fundamentales, aunque no únicas, de la televisión: la especular y la consuntiva. Por mucho que nos moleste, la televisión es (en cierto modo, como todos los medios de comunicación de masas), «el espejo del reino»: un lugar en el que se reproduce, tal cual es, el mundo en que vivimos. En este mundo, que tiene como ideal colectivo la diversión y el espectáculo, la televisión actúa como «disipador» de aquello que han generado nuestras tecnificadas tecnologías: el tiempo de ocio. ¿Qué haríamos muchos de nosotros si nos faltara la televisión?

La televisión y la sociedad se alimentan mutuamente. Especialmente significativa es, en este sentido, la función que cumple la publicidad («reina de la televisión, patrona del espejo»), el género de representación más auténtico de nuestra época y que no sólo mantiene el medio que la difunde, sino que perfila y modela los valores de la sociedad mediática. La televisión satisface así otras necesidades, pero lo hace a su manera. Y así cuando, por ejemplo, educa, lo hace con una educación «sin pauta ni programa, sin referencias nobles o ejemplarizantes y sin tradición» (pág. 131).

¿Cómo concebir desde este balance una postura crítica medianamente inteligente, sin caer en los excesos de los que se declaran felices habitantes de la caverna platónica (como Lipovetsky), o en los de aquellos que reclaman la intervención del Estado o de otros organismos (como el mismísimo Popper) para poner freno a los excesos de la televisión? Cree Lynch que para nada vale oponerse a la naturaleza de las cosas. La televisión no sólo reproduce la sociedad en que vivimos; es la que mejor expresa cómo queremos que sea. Nada se soluciona transformando el espejo: «es la sociedad, y no su espejo colectivo, la que debe ser transformada» (pág. 140). Otra cosa es que haya alguien dispuesto a ello.

La perspectiva de Bueno es muy diferente de la de Lynch; más que ante una reflexión personal estamos ante el discurso distanciado del filósofo que aborda, a propósito de la televisión, problemas inveterados. Lógicamente, los estilos son también muy distintos: fluido y cercano al lector medio, el del primero; técnico y, en ocasiones, disuasorio, el del segundo. Para comprender bien a Bueno es necesario conocer previamente algunos de los aspectos fundamentales de su sistema filosófico (la «teoría del cierre categorial»), o al menos estar familiarizado con la historia de la filosofía y con las convenciones de la lógica simbólica. Si a ello añadimos la dificultad de una expresión muchas veces demasiado técnica o su irrefrenable tendencia a introducir largas interpolaciones científicas, filosóficas o filológicas (el lector puede encontrarse en medio del análisis de la retransmisión del alunizaje del Apolo XI con referencias a las filosofías de Descartes, Malebranche, Berkeley o Hume), resulta bastante sorprendente el éxito que, al parecer, ha tenido esta obra en medios no filosóficos. Bien es verdad que, junto a lo que puede disuadir, encontraremos también a un Bueno que no duda en descender al terreno de lo concreto y embarcarse en análisis de programas polémicos como Gran Hermano (en el que incluso ha aceptado aparecer como invitado).

¿Por qué la televisión ha interesado a un filósofo como Gustavo Bueno hasta el punto de dedicarle una obra de más de 300 páginas? Hay, según explica, razones de carácter coyuntural, pero también una importante razón teórica: «Las principales alternativas mantenidas por los sistemas clásicos en torno a las Ideas de Apariencia y de Verdad reciben una reformulación nueva, tras su confrontación con las Ideas de Apariencia y de Verdad determinadas a través del análisis de la televisión» (pág. 25). Así pues, por más que sus juicios afecten a cuestiones diversas, el tema central es una reflexión teórica, ontológica, sobre la apariencia y la verdad, desde la que abordar un tópico: el de la realidad y la ficción televisiva. Esta teoría permite a Bueno, en primer lugar, elaborar cuatro modelos formales desde los que es posible no tanto dar una respuesta a la cuestión sobre la realidad y la ficción, como realizar una crítica de posiciones que van desde las actitudes ingenuas o gremialistas de la televisión a otras más intelectuales y «críticas» como las mantenidas por Adorno, Sartori o Bourdieu. El análisis de estos modelos permite anticipar cuál puede ser la respuesta de Bueno. Pero lo que se dice a propósito de ellos no es, sin embargo, suficiente. Hay que tener en cuenta, además, la naturaleza de la televisión como medio comunicativo. Dos son los atributos que según Bueno caracterizan a la televisión. El primero de ellos es, ante todo, una restricción: en sentido estricto, sólo puede considerarse televisión lo que él denomina «televisión formal»; simplificando, la televisión «en directo». Todo lo demás, ya sea por razones técnicas (todo aquello que aparece en la pantalla pero es resultado de una reproducción de imágenes desde el vídeo), ya sea porque se trata de contenidos pensados para otros medios (las contribuciones cinematográficas o literarias, por ejemplo), constituyen una «televisión material» (no auténtica).

El segundo atributo es la «clarividencia», expresión que utiliza Bueno para referirse a lo que verdaderamente ha aportado la televisión como medio: no la capacidad de ver «a distancia», como parece sugerir su nombre, sino el hecho de ser una tecnología que «permite al ojo orgánico ver objetos que están interceptados por cuerpos opacos» (pág. 190). A partir de aquí se conforma una teoría que, si bien tiene en cuenta que la televisión es una institución que no puede ser valorada al margen de otras instituciones sociales, no puede entenderse de un modo que la sitúe al margen de toda verdad: pertenece a la naturaleza de la televisión producir apariencias veraces. Esto es independiente de que, en la práctica, la mayor parte de tales apariencias sean falaces. Desde esta posición Bueno critica a todos aquellos que mantienen que la televisión está, por su estructura, encadenada al mundo de la doxa, al mundo de las sombras del mito de la caverna platónico. Tales concepciones están ligadas, por lo demás, a una concepción de «la audiencia domada», manipulada, que, en definitiva, termina eximiéndola de toda responsabilidad. Para Bueno este juicio es el resultado de un análisis equivocado. Lo que ocurre es más bien lo contrario: la audiencia es el soporte y causa última de lo que la televisión ofrece para ser consumido (es la demanda la que crea la oferta). En ella reside el verdadero poder; ella es la principal «culpable».

Como cabría esperar (no podría ser de otra manera tratándose de cuestión tan polémica), tras la lectura encontraremos en ambos autores motivos suficientes para la discusión y la discrepancia. En la obra de Lynch, volcada como está del lado de la experiencia personal, ciertas apreciaciones subjetivas, incluso alguna contradicción (por ejemplo, calificar la expresión «televisión-basura» como un pleonasmo es un exabrupto generalizador que le aproxima a aquellos a los que acertadamente critica). En la de Bueno, la pertinencia de algunas de sus frecuentes digresiones, lo ajustado de una teoría de las apariencias que no valora suficientemente la especificidad de lo sígnico, o una concepción de lo estrictamente televisivo (la «televisión formal») que reduce, innecesariamente a mi entender, un discurso que se alimenta de múltiples fuentes. Pero hay en ellos algo en lo que habría que estar de acuerdo y que les distancia de la crítica que generalmente hacen intelectuales como los citados más arriba. En primer lugar, la ausencia de una exasperación que, como decía Martín Barbero, es, sobre todo, irritante. Hay, sin duda, mucho que criticar en lo que la televisión ofrece; pero la crítica se descalifica a sí misma cuando no distingue ni matiza o atribuye a la televisión males de los que ella no es responsable. En segundo lugar, su negativa a considerarla como un instrumento necesariamente mentiroso que sólo puede servir a intereses espurios. Dos consecuencias, igualmente inaceptables, se derivan de una crítica tan poco matizada. La primera es que termina eximiendo de culpa a los que la hacen y a los que la ven, en definitiva a la sociedad que refleja. La segunda se refiere a que solamente deja una salida: la única política coherente con tal diagnóstico sería prohibir la televisión. Ni una cosa ni la otra parecen razonables. La televisión refleja, al menos parcialmente, la sociedad que la produce y que la consume. Cerrar por decreto la televisión no es que atente contra estas o aquellas libertades: es, antes que nada, tan estúpido como tratar de poner puertas al campo.

01/10/2001

 
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