ARTÍCULO

Las piezas del nacionalismo

 

A diferencia del catálogo de catálogos imaginado por Borges para la biblioteca de Babel, una enciclopedia perfecta del nacionalismo sería finita. Andrés de Blas y su equipo emprendieron la tarea colosal de escribirla, pero probablemente no albergaron nunca la esperanza de llegar hasta la última página. Borges olvidó que para el ser humano (ese imperfecto bibliotecario) «finito» no es sinónimo de «abarcable». El nacionalismo parece ser simultáneamente finito e inabarcable. No obstante haber topado con lo inconmensurable, el trabajo es extraordinariamente ambicioso y de gran valor. No se conoce una obra de estas características hasta la fecha. Doscientas once voces bailan alrededor del verbo que fue en el principio, nacionalismo, como no podía ser de otra manera. En efecto, la definición de «nacionalismo» lo condiciona casi todo. Condiciona la selección de voces, condiciona los contenidos teóricos considerados relevantes dentro de cada voz y condiciona, por supuesto, las valoraciones. No debe sorprendernos, pues no parece que las descripciones del nacionalismo sean nunca pacíficas. Además de inabarcable, es un objeto de estudio escurridizo. A medida que las publicaciones sobre él aumentan en número (ya hace tiempo que es imposible leerlas todas en una vida longeva), disminuye el acuerdo sobre cómo describirlo. Su descripción necesariamente está vinculada a una teoría. Detrás de la Enciclopediadel nacionalismo, por supuesto, hay una teoría general, que aquí se nos presenta desmontada en cada una de sus piezas.

La teoría de Andrés de Blas sobre el nacionalismo ya era muy conocida antes de esta Enciclopedia. Su punto de partida es una distinción entre dos tipos ideales de nación, la cultural y la política. De la adopción de uno u otro dependen dos tipos de nacionalismo. El cultural aspira a un Estado, es emocional y disfuncional. El político ya tiene un Estado propio, es pragmático y funcional. ¿Funcional para qué? Para los ideales democráticos liberales. Esta tipología, propuesta por primera vez por Meinecke, presenta problemas de los que no deseo ocuparme en este momento. Lo que importa ahora es notar que condiciona al resto de las voces, y muy especial a los vocablos «teóricos», uno de los tres ejes imaginarios de la Enciclopedia. No se trata de un fenómeno perverso, sino prueba de la buena coordinación de la obra y un efecto insoslayable del carácter controvertido del término central. Así, la autodeterminación es vista desde el prisma de su disfuncionalidad; las nacionalidades son consideradas naciones culturales en el sentido Meinecke, y el principio de las nacionalidades, rechazado; se destaca el papel de la soberanía nacional en la emergencia y consolidación del Estado liberal, pero no se admite que las naciones culturales puedan acceder a titularidad, etc. En el eje conceptual, por lo tanto, la valoración de las voces depende del juicio de valor inicial sobre el nacionalismo: la ciudadanía, las nacionalidades, las minorías, el patriotismo, la soberanía... son juzgadas aceptables cuando se demuestran compatibles con el Estado liberal, y son descritas en función de éste. Sin duda, es una regla que tiene excepciones, pero no por ello deja de ser una característica general del libro.

El segundo eje de la Enciclopedia se ocupa del nacionalismo en España, tanto del españolista como de los particularistas. Hace tiempo que Andrés de Blas ha dado a conocer su teoría sobre el nacionalismo español. Considera a España un ejemplo de nación política, una nación producto de un Estado previo que generó un proceso de nation-building al que juzga positivo y funcional para los valores democráticos del liberalismo. Con independencia de la opinión que nos merezca esa descripción y valoración del españolismo, su perspectiva tiene una virtud rara en nuestro entorno: habla sin reparos del nacionalismo español y lo adopta como objeto de estudio, lo cual ya es una novedad en un contexto académico que ha tendido a pasarlo por alto. Este interés del editor se manifiesta con claridad en la obra, que ofrece un amplio grupo de voces en las que se indaga sobre las relaciones del nacionalismo español con el krausismo, la Institución Libre de Enseñanza, el 98, el Centro de Estudios Históricos, el ejército, el franquismo..., además de doce estudios sobre el nacionalismo de autores relevantes, desde Ortega a Américo Castro. Esta sección imaginaria comparte dos problemas comunes con la que agruparía a las voces de los nacionalismos periféricos. El primero es formal y menor: el índice de materias no es amable con el usuario que no desee leer de una sentada la enciclopedia, sino sólo consultarla, pues no se le ofrece ningún mecanismo para buscar los términos relacionados con un nacionalismo específico. Habría sido deseable que en el índice de materias se hubieran agrupado los términos relacionados con Cataluña, País Vasco, Galicia, etc., y no fiar su búsqueda a los conocimientos previos del lector y a su paciencia para recorrer el listado de doscientas entradas. El otro defecto es material y algo más importante: se aprecian ausencias llamativas, pues Baroja, Azorín o Machado no tienen voz propia, ni tampoco Adalvert, Muntanyola, Guimerá, Puig i Cadafalch, Domenech i Montaner, Alfredo Brañas, Rosalía de Castro, Pondal, Chaho, Ibarreche..., aunque algunos de ellos son mencionados en varias voces y son localizables a través del índice de nombres. Sin duda, el número de literatos, artistas plásticos, gacetilleros y políticos a caballo entre el casticismo, el regionalismo y el nacionalismo es enorme, pero dedicarle un pequeño espacio a cada uno en el que se le identifique y ubique habría sido de una gran utilidad, y esta Enciclopedia una ocasión inmejorable para hacerlo.

El tercer eje imaginario de la obra recoge la historia de los movimientos nacionalistas en el mundo. En contra de lo que cabría esperar, encontramos cuarenta y dos nacionalismos estatales contra sólo seis no estatales. De entre las ausencias estatales, se echa especialmente de menos el estudio del papel del nacionalismo en Latinoamérica, siquiera en algún país. En cuanto a la escasez de nacionalismos no estatales, se trata de la carencia más llamativa de la Enciclopedia. No hay ni una sola reflexión sobre Bretaña, Córcega, Schlewig, Kosovo, Cerdeña, Timor, los tamiles de Sri Lanka...; aparece «Sionismo», pero no «Palestina», encontramos «Marruecos», pero no «Sahara Occidental». Sin lugar a dudas, la dificultad de acercarse a la exhaustividad en esta materia son enormes, y constituyen por sí solas un factor muy poderoso para explicar las lagunas en la obra. No obstante, cuando la laguna parece ser sistemática hay que recurrir a alguna otra explicación. Me permito a aventurar que acaso, una vez más, la predilección de Andrés de Blas por los procesos de nation-building que favorecen la estabilidad el Estado haya condicionado el establecimiento de prioridades a la hora de seleccionar las voces.

El mérito de reunir a más de sesenta colaboradores y de coordinar sus artículos es incuestionable, y el resultado de conjunto, más que satisfactorio. Se pueden tener reservas sobre la teoría adoptada, pero no dudar de la seriedad de la obra. Apenas sí se echa de menos la presencia de especialistas en unas pocas voces que, por evidente falta de pericia de sus redactores, quedan por debajo del nivel medio de los demás artículos. La irregularidad es el defecto endémico de todo libro colectivo. Sin duda, conoceremos futuras ediciones de la Enciclopedia en las que habrá ocasión de reparar ésta y otras faltas y de añadir nuevas voces que hoy no podemos ni imaginar. El nacionalismo como doctrina política quizá tenga un número finito de elementos, pero la cantidad de movimientos nacionalistas aumenta a cada minuto, y el final de sus pequeñas y grandes historias no se barrunta próximo. Vaya, puede que Borges tuviera razón, después de todo.

01/09/1997

 
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