ARTÍCULO

Taxistas y proletarios de Egipto: ¡leed a Dostoievski!

DeParís Ediciones, Lérida
Trad. de Álvaro Abella
134 pp. 14 €
Almuzara, Córdoba
Trad. de Alberto Canto García y Khaled Musa Sánchez
224 pp. 15 €
 

Tras un período marcado por cierto costumbrismo estilístico, se ha confirmado ya, en la literatura egipcia, una tendencia robusta hacia la búsqueda de nuevas técnicas y modos de expresión narrativa. Autores consagrados como Ibrahim San’a Allah, Muhammad al-Busati, Eduard al-Jarrat o Bahaa Tahir, por citar algunos, han ido puliendo y afinando su ya de por sí estilo innovador; al mismo tiempo, las hornadas de jóvenes escritores que tarde o temprano terminan confluyendo y bregando en El Cairo hacen gala de una concepción propia y particular del quehacer literario. Esta predisposición a plantearse cuestiones estilísticas y teleológicas que, quizás, resultaban extrañas a sus antecesores, confiere a sus trabajos un cariz especial.
Un caso prototípico de esto lo encarna, sin duda, el escritor Hamdi Abu Golayyel (Al Fayyum, 1968), autor de Ladrones jubilados (Lusus mutada’idun, 2002) y, antes, de varias colecciones de relatos. Además de escribir novelas y cuentos, Abu Golayyel ha desempeñado labores relevantes en el ámbito de la edición en Egipto y escribe de forma periódica en la prensa árabe. Por sus manos pasaron, en su momento, novelas que tiempo después de ser publicadas en su primera edición suscitaron un formidable escándalo en Egipto, como Banquete de algas (Walima li a’shab al-bahr, 1983), del sirio Haydar Haydar, motejada de irreverente y atea y prohibida en 2000. En ocasiones se le ha vinculado con una especie de corriente narrativa modernista obsesionada por reestructurar el formato del relato tradicional y desarrollar un lenguaje «innovador», a despecho del contenido y la intención social del mensaje. Un ademán, en esencia, displicente con respecto a la novela tradicional egipcia, jerarquizada y proclive a impartir de una manera más o menos explícita conminaciones de orden moral. El propio Abu Golayyel ha negado en varias ocasiones tal displicencia, máxime si se trata de asimilar su visión de modernidad y modernismo a la que, supuestamente, es la «iconoclasta» del gran vate de la renovación literaria árabe, el poeta siriolibanés Ali Ahmad Said, «Adonis». No sabemos hasta qué punto Abu Golayyel habrá asimilado el «vanguardismo» de Adonis, pero sus juicios de valor sobre el afán demoledor atribuido al vate insigne («Adonis destruyó la poesía») revelan que, en cualquier caso, su ánimo no es derribar para crear algo «original», sino buscar una forma gozosa y atrayente de comunicarse con el lector allende las limitaciones impuestas por el diccionario y las estructuras articulatorias imperantes. En ese sentido, pues, innovar es buscar el modo de sortear nuestra «incapacidad» para decir las cosas cuando nos vemos compelidos a usar las palabras y construcciones al usoDeclaraciones recogidas por el periódico libanés al-Ajbar el 17 de diciembre de 2008..
Los condicionantes artísticos de Khaled al-Khamissi (El Cairo, 1962) difieren de los de Abu Golayyel, pero tiene en la originalidad formal de su novela Taxi. Trayectos y conversaciones (Hawadit al-mashawir, 2006) un punto en común. Al-Khamissi no es un literato profesional; más allá de sus colaboraciones periodísticas, sus aventuras editoriales y sus guiones televisivos, no había mantenido ningún contacto directo con la narrativa hasta Taxi y el formidable éxito de ventas y difusión del mismo (más de doce ediciones en Egipto). En esencia, el objetivo declarado de esta obra no es otro que exponer las conversaciones mantenidas con los taxistas de El Cairo a lo largo de cincuenta y ocho carreras. Reflexiones de todo tipo sobre cuestiones políticas, sociales, económicas, culturales y deportivas que sirven para hacerse una idea fidedigna de cómo es la vida en El Cairo o, al menos, de cómo la ven los egipcios de a pie. El autor, usuario empedernido de los taxis cairotas, se limita, en principio, a reproducir los diálogos mantenidos con los conductores, aderezados con valoraciones y comentarios propios. De todos los grandes asuntos sobre los que un egipcio en general y un taxista en particular podría platicar, puestos a deliberar sobre lo divino y lo humano, sólo se echa en falta el de la homosexualidad y el travestismo, suscitado con cierta virulencia en los últimos años gracias a la proliferación de ciertas efemérides sociales (supuestas orgías sodomíticas en notorias embarcaciones) que, por supuesto, no tardaron en convertirse en comidillas estacionales. Empero, el mérito de al-Khamissi no radica en el discurso: basta hablar con los egipcios, en El Cairo y otras ciudades, y leer los periódicos para ver que las quejas y apostillas de los taxistas sobre la corrupción galopante, la ineptitud de la administración, la crisis económica, la pantomima democrática del sistema y la degradación moral son de uso corriente. Su singular contribución consiste en haberlo hecho con una desinhibida amenidad y un sentido de la burla (hay una secuencia dedicada a los «chistes de taxistas») ciertamente sugerente para el lector egipcio y árabe, poco acostumbrado a disfrutar de ocasiones tan jugosas como ésta para ajustar cuentas, aunque sólo sea durante unos minutos, con sus regímenes.
Mas nadie espere excelencia literaria en Taxi. El libro no va de eso ni pretende ser más que un objeto de entretenimiento, lectura fácil y directa y, a su manera, denuncia de lo que está pasando en Egipto ahora, por parafrasear el título de una conocida novela del escritor Yusfu al-Qa’id. No tiene al-Khamissi trazas de escritor avezado y ducho en usos y maneras; resulta evidente que el experimento podría haber dado lugar, en otras plumas, a combinaciones estilísticas y argumentativas más sutiles. Quizá le falte algo de bilis y coraje, pues, más allá de las ironías y los tristes sarcasmos, late por doquier el orgullo patrio de ser, a pesar de todo, egipcio. Además de la inveterada costumbre egipcia de mirarse a sí mismo con cierto deleite, no debe subestimarse la sombra ominosa de la censura a la hora de reprimir determinados extremos.
Otra cosa es Ladrones jubilados. No estamos tampoco ante una gran obra –adolece, sin duda, de ciertas taras narrativas y el ritmo y la acción son desiguales–, y su intento de convertirse en una especie de «fresco coral» se ve lastrado por lo abigarrado de sus personajes. Aun cuando se ha tendido a establecer paralelismos de trama y disposición entre el cosmos descrito en Ladrones jubilados y la novela El edificio Yacobián (’Imarat Ya’qubian, Madrid, Maeva, 2007) de Alaa Al Aswany, el otro gran boom literario egipcio de los últimos años, la definición de caracteres y arquetipos está mucho más lograda en la segunda. En 2008, Abu Golayyel obtuvo el prestigioso premio Naguib Mahfuz, concedido por la Universidad Americana de El Cairo, por El peón, trabajo en el que se aprecia una mayor madurez y equilibrio, esbozados ambos en una curiosa obra anterior, El Cairo, calles e historias, donde recoge anécdotas y semblanzas de la relación mantenida por un nutrido grupo de intelectuales con la capital egipcia. De hecho, el propio autor definió El peón como la primera plasmación de su «proyecto literario propio»Ibídem..
Si Taxi es una enunciación de lo que es El Cairo de hoy, Ladrones jubilados constituye una transposición alegórica de la gran urbe a partir de una peculiar comunidad de vecinos de una barriada periférica. A los nuevos escritores egipcios se les ha imputado una hostilidad evidente hacia la herencia del premio Nobel Naguib Mahfuz, adalid para ellos del costumbrismo estilístico señalado en la primera línea de esta reseña; sin embargo, su concepción en mosaico de la sociedad cairota y su afición por convertir los sucesos y personajes de una calle o un barrio en una suerte de alegoría nacional remiten de forma indefectible al legado mahfuziano. Con todo, Abu Golayyel –el cual, por cierto, aprovechó el premio de 2008 para reconciliarse públicamente con Mahfuz y reconocer su mérito (y zarandear de paso a Adonis)– no aspira a fijar tipos y comportamientos que pudieran servir de referentes de supuestas actitudes egipcias. En su novela, todos los protagonistas entran dentro de la categoría de pícaros, más o menos ruines, y todos guardan un poso de vileza, o debilidad, que caracteriza su condición humana. Al final, queda claro que el más infame es el narrador, pues el resto, sobre todo el clan de los Yamal, actúa con innata espontaneidad. Aquél, al contrario, sufre una degradación progresiva que lo termina abocando a la premeditación criminal. Tal vez resulte excesivo sugerir que esta novela aporta una parábola más de la condición de la sociedad egipcia; pero es evidente que las alusiones a la desaprensión de los funcionarios públicos, la hipocresía de las convenciones sociales, las vicisitudes de los coptos o las chanzas explícitas o implícitas sobre la censura guardan concomitancias con los contenidos quejosos de Taxi. Capítulo aparte merece la homosexualidad, el travestismo y el bestialismo, tratados en Ladrones jubilados con un desparpajo inusual en la literatura moderna árabe, que se remonta a algunas obras eróticas clásicas árabes, sobre todo en el percance de la «mujer fingida».
En fin, al-Khamissi y Abu Golayyel harán, o tratarán al menos, cosas originales pero deben cargar también con los ineludibles estereotipos. El primero, por su condición de sociólogo metido a escritor inopinado; el segundo, por su oficio de narrador «beduino» (procedente de una familia de «árabes nómadas», Abu Golayyel terminó asentándose en El Cairo). En Egipto es habitual oír hablar de escritores que representan voces «nubias», «coptas» o «rurales», según los casos, y a éste le ha tocado la función de ejemplarizar el cometido de los beduinos en la literatura local, entre otras razones porque en su obra abundan los personajes beduinos (más aún, el título de Ladrones retirados parece hacer referencia a la fama de rateros que padecen los árabes del desierto reconvertidos en urbanitas). He ahí el velicomen con que ha sido festejada su confirmación literaria. Pero también confluyen en algo más: su pasión por Dostoievski. Al escritor ruso, parece, no dejan de verlo como a un maestro de la descripción: de la sociedad humana, la «profundidad psicológica de los personajes» y el progresivo deterioro de la condición del individuo. Su figura planea, sui géneris, sobre Taxi, impresión corroborada por el mismo al-Khamissi («un autor que me ha influido mucho es Dostoievski [...] Si me hubiera sido dado nacer en Rusia habría querido ser... Dostoievski»Declaraciones a la página www.horytna.net/Articles/Details>aspx?TID=2&2ID=2598AID=13321.). En Ladrones jubilados, el pendenciero, depravado y narcotraficante Gamal reflexiona sobre Los hermanos Karamazov (p. 43); y el narrador mismo compara a la histriónica madre de aquél con la usurera asesinada de Crimen y castigo (p. 71). Microcosmos dostoievskiano, pues, que resume una mirada peculiar sobre el Egipto de hoy.

01/11/2009

 
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