ARTÍCULO

La utopía de la atopía

Gedisa, Barcelona, 1996
Trad. de José Ángel Álvarez
381 págs.
Gedisa, Barcelona, 1996
Trad. de Nélida Machain
160 págs.
 

No ha mucho un amigo, con un cierto deje irónico, venía a decirme que tenemos que rendirnos a la evidencia: la discusión acerca de la posmodernidad está a punto de fenecer por inanición. Una vez ocurrida, podrá decirse sin ningún temor a que la profecía no se cumpla que se trataba de una muerte anunciada. Uno de los indicios que presagiaba este final podíamos haberlo encontrado en la falta de imaginación con la que se inauguraba el debate: ni siquiera se tenía un nombre para la nueva época. Que después de la modernidad haya venido la posmodernidad no es más que una insustancial tautología. Pero ahora estamos ya en una situación distinta. La nueva era ya tiene un nombre y de esta manera se ha conseguido centrar la discusión. La palabra clave es información, aunque quizás debiéramos precisar: la información tecnificada.

Más allá de cualquier interpretación cínica o irónica de lo que antecede, es opinión común que muchas son las cosas que están cambiando gracias a las tecnologías de la información. Otra cosa es que resulte fácil evaluar e incluso constatar las importantes mutaciones que se están produciendo o están a punto de producirse. Los más despistados –o los menos sensibles– para estas cosas pueden acudir a una abundante bibliografía en la que hallarán descripciones detalladas del presente y del futuro inmediato. Las obras que comentamos pueden considerarse bastante prototípicas: una nos habla del presente, la otra del futuro. Las une, a parte de la similitud de los títulos, el entusiasmo con el que están escritas. Una de las cosas que hay que saber de la nueva situación es que términos como «realidad» o «lugar» –por ejemplo–, ya no significan lo que significaban. Por eso suelen ir acompañados del adjetivo «virtual», lo que inmediatamente convierte estas expresiones en oximorones. La «realidad virtual» no es auténticamente real y el «lugar virtual» es un «no-lugar». Si se dice que la sociedad de los nuevos medios es una «sociedad virtual», hay que entender que lo que la caracteriza es que sus relaciones se producen en ese no-lugar que algunos llaman el «ciberespacio». Cómo nos vamos a desenvolver en este nuevo espacio es, pues, un buen motivo de reflexión.

H. Rheingold es un miembro activo de diversas comunidades virtuales y desde la doble condición de «informante nativo y científico social sin credenciales» nos presenta un panorama que puede sorprender, sobre todo, a los lectores que sólo conocen el fenómeno de las «redes» por lo que los medios de comunicación cuentan de Internet. Descubrirán entonces, que, aunque Internet desapareciera, aún habría millones de personas de diferentes países que seguirían conectados a través de sus ordenadores personales. Quizá se sorprendan también al saber que, del mismo modo que la industria de los PC fue creada por jóvenes iconoclastas que habían visto desinflarse la revolución del LSD y el fracaso de la revolución política, en muchas ocasiones, la creación y el mantenimiento de esas redes ha sido también posible gracias al esfuerzo de gente que venía del ambiente contracultural de los sesenta. Para mucha de esa gente, «ordenadores para el pueblo fue la última batalla de la misma campaña» (pág. 72).

Rheingold cree que las comunidades mediadas por computadoras pueden cambiar nuestras vidas, sobre todo en los niveles psicólogico, interrelacional y político. Sobre los cambios perceptivos que introducirán esas nuevas formas de representación a las que se denomina «realidad virtual», se viene discutiendo desde hace ya algún tiempo, pero quizás no se ha hablado tanto de lo que puede afectar a nuestra personalidad. Del mismo modo que ya ocurriera con la escritura y la imprenta, las nuevas tecnologías de la información han cambiado la forma en que los individuos se piensan a sí mismos y, al igual que aquéllas disolvieron las fronteras sociales relacionadas con el tiempo y el espacio, las comunicaciones mediadas por ordenador parecen también disolver las fronteras de la identidad. Las nuevas tecnologías están posibilitando un juego que tiene muchos adeptos: pretender ser alguien más o, incluso, ser varias personas diferentes al mismo tiempo. Las relaciones que permiten las nuevas tecnologías tienen bastante que ver con el tipo de gente que «pueblan» estas comunidades. Rheingold habla de «economía de obsequios y contratos sociales». Lo más corriente es que unos hagan de «agentes de información» de otros, ayudándose mutuamente a superar uno de los principales efectos sobrevenidos: la sobrecarga de información. Pero también –en los grupos que han establecido relaciones frecuentes y estables– en aspectos personales y familiares. Y es que, como ocurre en comunidades de pocos miembros y muy cohesionados, el que da también recibe, aunque sea una ganancia en forma de prestigio. Las nuevas formas de identidad han generado por su parte unos contratos sociales en las que las jerarquías desaparecen y la comunicación se hace más franca. Está por ver no obstante cómo se modifica el imaginario respecto a las formas de pertenencia a la comunidad virtual. El mismo Rheingold reconoce que «uno de los grandes problemas que tiene la atmósfera de libre expresión actualmente tolerada por la Red es la fragilidad de las comunidades y la susceptibilidad a la disolución» (pág. 92).

Las redes ofrecen nuevas formas de participación política. No se trata simplemente de que las comunidades virtuales se conviertan en alternativas a los medios de comunicación de masas convencionales, inevitablemente sometidos al control de unos pocos propietarios. Para muchos constituyen un modelo que permite pensar en la construcción de una sociedad civil global. Al igual que J. Quaterman, se pregunta Rheingold qué pasará cuando los usuarios de la Red se conviertan en uno de los países más grandes del mundo (pág. 112). Si las redes, como ha ocurrido hasta ahora, fueran capaces de sustraerse al control de los estados y de los grandes grupos económicos, quizá sería posible seguir soñando con la utopía de un «ágora electrónica», de una «Atenas sin esclavos».

En los últimos tiempos están surgiendo voces críticas que tratan de advertir sobre los excesos y peligros de un fenómeno que cada vez afecta a mayor número de gente. Rheingold, no es un crítico; es un entusiasta moderado que está dispuesto a reconocer y a discutir con los críticos para descubrir dónde se encuentran las limitaciones. Hasta en esto es optimista.

La perspectiva de Brauner y Bickman es, como decía más arriba, distinta. Ellos son dos técnicos empresariales que se han tomado en serio el lema de «pensar el futuro». Su reflexión no pretende presentar un panorama completo de la nueva sociedad, sino tan sólo algunos ejemplos que esbocen los cambios que se avecinan. Sin embargo el lector no debiera quedarse en lo anecdótico. Cuando los autores advierten que no han tratado de escribir una obra filosófica aunque en ella hay una filosofía subyacente (pág. 23), o cuando proclaman solemnemente que se trata de «un alegato en favor del coraje de la utopía, en favor de la valentía de lanzarse hacia el futuro» (pág. 153), no están haciendo retórica barata. Y es precisamente esto lo más llamativo del libro. Cuando analizan los cambios que se producirán en el mundo del trabajo, en la enseñanza y el aprendizaje, en el tiempo libre, en los modos de participación política, en la dirección de las empresas o los impactos medioambientales, están bosquejando esa utopía. Nadie puede extrañarse entonces si se dice que la «dimensión del futuro será el conocimiento al alcance de todos» (pág. 47); o que «el hombre no está al servicio del trabajo sino el trabajo al servicio del hombre –habremos terminado, ¡por fin!, con la alienación del trabajo–» (pág. 55); o que en el aprendizaje conseguiremos el ideal perseguido durante siglos: «estudiar por placer» (pág. 94). No menor importancia adquiere el que desaparezca el antagonismo entre trabajo y tiempo libre –¡tiempo de vivir!–, o que podamos terminar con el hartazgo de la política, gracias a las posibilidades de intervenir en la vida interna de los partidos (se podrá decir de nuevo: «¡Nosotros somos el pueblo!»). Y desde luego habrá otros beneficios. La actividad en las redes llevará el silencio a las calles; viviremos así en «una sociedad tranquilizada desde el punto de vista del tráfico» (pág. 135), con menos atascos y menos contaminación.

Sin duda –reconocen nuestros autores–, surgirán nuevos problemas, pero «si se toma en serio la imagen del hombre apoyada en la autonomía de la persona y en el ideal de la autodeterminación, las posibilidades recién señaladas merecen una buena acogida» (pág. 60). En definitiva, estamos ante una situación que no deja de ser curiosa. Después de haberse anunciado la muerte de las grandes utopías, he aquí que surgen de nuevo aunque de forma bastante curiosa: la utopía se realizará en las redes, es decir, en el no-lugar, en la «atopía». Del entusiasmo que ha suscitado la conquista de esa nueva tierra prometida que está en todos sitios y en ninguno de ellos es muestra el creciente aumento de los cibernautas. La lectura del libro de Rheingold nos hace sospechar, sin embargo, que no todo es tan previsible y que el nuevo fármaco también tiene sus contraindicaciones.

01/09/1997

 
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