ARTÍCULO

La democracia como revolución

 

Los desmesurados aprestos propagandístico-festivos que se desplegaron ya en 1999, de modo prematuro por tanto, para celebrar (?) el cambio de siglo y milenio, pusieron de manifiesto una vez más la magia de los números, el fulgor de lo simbólico (en su vertiente más gratuita o discutible) en una sociedad pretendidamente tan racionalista y tecnificada como la occidental. Nada tiene de extraño por tanto que, desde los más variados ámbitos, se haya aprovechado el momento para efectuar, a imagen y semejanza del asentado balance anual, un arqueo de lo que ha dado de sí el siglo, o incluso el milenio, que según nuestro cómputo acabamos de abandonar en manos de los historiadores. Éstos, naturalmente, por cuestión de pedigrí o derechos adquiridos, se han lanzado vorazmente sobre el inmediato pasado, arrumbando quizás con preocupante frecuencia las tradicionales cautelas acerca de la perspectiva, los árboles, el bosque, etc. Al fin y al cabo, si la «historia del tiempo presente» ha tomado carta de naturaleza académica, nada impide que se desarrolle una apresurada carrera para dar una interpretación de conjunto a esta supuesta unidad que dejamos en el desván con la etiqueta «siglo XX ».

El problema, obviamente, no está en la búsqueda, en la investigación, en la empresa en sí de historiar, sino en los aledaños o, si se quiere más precisión, en determinadas actitudes por fortuna no generalizables (oportunismo, precipitación, superficialidad, dogmatismo...), y sobre todo en el empeño de dotar de una significación congruente a un período tan abierto, variopinto y convulso (pues se supone además que hay que ceñirse con más o menos rigidez el corsé de las fechas redondas, 1900-2000). Si la pretensión de rastrear motivaciones racionales en el devenir humano resulta de por sí tarea problemática y siempre controvertida, es evidente que la reducción de todos los avatares de la pasada centuria a un sentido único (cabal y procedente) se presta a todas las consideraciones críticas imaginables. Parece casi suicida presentar ese flanco al enemigo. Pues esto es lo que hace sin encomendarse a Dios ni al diablo Gabriel Tortella, una especie de triple salto sin red. Bastaría con salir ileso en estos casos, pero el éxito añadido en este peculiar tour de force pone más de manifiesto el virtuosismo del ejecutante.

Quien esto firma, que sinceramente empezó las primeras páginas con el escepticismo derivado de las consideraciones antes apuntadas, termina el libro con el convencimiento de que, si descartamos la enmienda a la totalidad, y acordamos en buscar al siglo pretérito un motor, una causa eficiente o hasta una causa final ––por expresarlo ya todo en términos aristotélicos–, las conclusiones no pueden distanciarse mucho de lo que Tortella expone y argumenta. Como el autor se manifiesta con una rotundidad deslumbrante, a veces hasta avasalladora, dejémosle a él directamente la palabra: «Al contrario de lo que piensa Hobsbawm, la revolución comunista no ha sido lo más importante que ha ocurrido durante el siglo XX, ni la Unión Soviética ha sido la gran protagonista del período. La Revolución rusa, con todo su drama y su repercusión, no ha sido más que una aberración, una patología de la revolución democrática, que ha sido la verdadera revolución del siglo XX » (pág. 384).

Insisto: como si de una obra de ficción se tratara, hay aquí que aceptar las reglas del juego que el autor propone. En este caso, el aludido reduccionismo para caracterizar un período definido apriorísticamente como unidad con sentido. (Aunque, dicho sea de paso, Tortella no tiene más remedio que tomar prestado casi un tercio del siglo anterior para formar un tramo político-económico coherente: 18701914, la belle époque.) Sentadas estas premisas, hay que convenir que el discurso de Tortella es impecable: el XX es «el siglo de la democracia» en el sentido de que ésta es su expresión política más sólida, flexible, operativa, exportable, difundida e intelectualmente defendible. Sin olvidar en ningún momento que la democracia (debe resultar ocioso, por obvio, el adjetivo «moderna») es el resultado final, el fruto último, de un proceso, un desarrollo económico y social que la posibilita y sustenta. Dicho de otro modo, el XX es el siglo del triunfo democrático porque es también (y ante todo) el siglo del crecimiento económico en unas proporciones inéditas en los anales de nuestra historia. A pesar de que la población del globo se cuadriplica, la renta media por habitante se ha visto multiplicada por nueve, lo que significa que la producción mundial aproximadamente se ha multiplicado por treinta y cinco en este período. Si se prefiere en otros términos, la esperanza de vida en el planeta se ha duplicado, e incluso para sectores tradicionalmente desfavorecidos, los niveles de vida, gracias a la tecnificación, han alcanzado cotas inimaginables en los albores de 1900.

Cuando se recuerdan estos datos, los agoreros, los instalados en el catastrofismo como esquema mental inalterable, truenan como profetas y en nombre de la desigual distribución de bienes, renta, riqueza y bienestar, descalifican aquel discurso en su totalidad. Tortella, con muy buen criterio (hasta con sentido común, si se me permite esta licencia, no muy ajena a determinados planteamientos del autor), considera que el reconocimiento de la desigualdad (incluso en términos de la gran lacra que el XX lega al siglo futuro) no debe llevar a la negación de lo evidente, el inmenso avance científico, tecnológico y productivo que ha revolucionado las perspectivas sanitarias, educativas, laborales, culturales, de participación política, etc., de millones de seres humanos. Evidentemente los frutos están muy mal repartidos a escala planetaria, pero ello no debe llevar a deslegitimar todo el proceso en esa línea demagógica o dogmática, heredera de un marxismo primario, que culpabiliza sistemáticamente al mundo desarrollado (los siniestros explotadores de siempre con caretas más o menos renovadas) de las tragedias del tercer mundo. Los países pobres, dice nuestro autor, no lo son debido a la rapiña o dependencia de los ricos (factor real, pero no único), sino a un conjunto complejo de causas –más internas que externas– que deben examinarse en términos económicos, científicos –no morales o ideológicos– y siempre lejos de cualquier maniqueísmo interesado o pueril: superpoblación, ínfimos niveles educativos, corrupción, escasez de capital humano, etc.

Ya antes, en su itinerario histórico, Tortella se había detenido en deshacer los tópicos ideológicos acerca del imperialismo y el colonialismo clásicos, mostrando frente a las difundidas teorías de Hobson y Lenin cómo no sólo carece de base empírica la consabida caracterización del imperialismo como «fase superior del capitalismo», sino hasta qué punto en muchas ocasiones, por más paradójico que resulte, la colonia constituyó un lastre económico para la metrópoli. En contra de muchas ideas aún vigentes, he aquí un campo –lo confiesa un economista– donde la economía no puede dar la explicación última, pues ésta se halla en la esfera política (nacionalismo, cuestiones de prestigio o liderazgo internacional, etc.). Por el contrario o, mejor dicho, complementariamente, Tortella subraya en diversas ocasiones y en distintos contextos cómo el gran logro del siglo, la democracia, es siempre el producto de una determinada evolución económica y social, hasta el punto de que sin éstas no es posible aquélla. Por eso los tradicionalmente llamados «países sin historia» de Asia y África no han podido acceder a dicha expresión política. No sirve la mimesis ni basta la buena voluntad, como no sea para construir un estereotipo sin sustancia.

Puede colegirse de todo lo dicho que no estamos ante una historia convencional del siglo XX, a pesar de que se ponderen, como no podía ser menos, todos los grandes eventos de estos años, desde el nacionalismo a las guerras mundiales, desde el fascismo a los experimentos socialistas, desde el proceso descolonizador a la globalización. Más bien el libro puede leerse como una larga respuesta, cuidadosa, matizada y plena de excursus a un interrogante que se hace explícito en las páginas iniciales: ¿por qué habiendo funcionado tan bien el patrón oro en el tramo inmediatamente anterior a la Gran Guerra, y habiendo general acuerdo tras ella sobre su restauración, no pudo esto llevarse a efecto, hasta el punto de convertirse pronto tal mecanismo en una antigualla? El autor articula su reflexión dividiendo el siglo XX en tres períodos, claramente positivos el primero y el último (pese a algunas crisis parciales) y absolutamente atroz el central, 1914-1945, caracterizado por las dos grandes contiendas y la barbarie de Hitler, Stalin y sus epígonos.

Según Tortella, fue en buena medida el éxito político de la belle époque el que arruinó el orden económico basado en el patrón oro: en efecto, los frutos del desarrollo económico, las medidas de reforma social y laboral, la extensión del sufragio, etc., se convirtieron en conquistas irrenunciables. Inmediatamente después la Gran Guerra potenció las tendencias socializantes: participación pública de la mujer, contaminación soviética, planificación a efectos bélicos... Todo ello, dicho muy simplificadamente, hizo imposible la aplicación de la famosa ley de Hume (la corrección del déficit con deflación). Así, no era factible bajar los salarios por la oposición organizada de sindicatos y partidos obreros, cada vez más potentes y necesarios para que funcionase el sistema. La estricta disciplina monetaria entraba así en colisión, como se demostró con los palos de ciego de los años veinte, con el incipiente Estado protector.

Las consecuencias, como es sabido, fueron terribles, de la hiperinflación alemana al crack del 29, y terminaron en última instancia coadyuvando a la gran guerra del 39. Tras el terremoto, se imponen por fin los mecanismos defendidos desde hacía varios años por John Maynard Keynes. Aunque aquí se reconoce que no es el inglés el único, ni siquiera (por lo menos a nivel inmediato) el principal artífice de las medidas de postguerra realmente aplicadas, se considera que a él le pertenece de modo natural la filosofía del intervencionismo estatal y el crecimiento con sana inflación, así como los complicados acuerdos internacionales que alumbraron un nuevo orden económico y monetario: por eso la indiscutida «era de Keynes» (reinar después de morir) se extenderá hasta casi mediados de los años setenta, cuando la crisis del petróleo dé entrada a un nuevo liberalismo (la «era de Friedman»).

Este recorrido lo hace Tortella con un estilo directo, un tono vibrante, yendo siempre al grano, perfilando las grandes líneas de evolución y desdeñando lo accidental o secundario. Bien es verdad que de ese modo incurre ––quizás era inevitable– en algunas simplificaciones, en determinadas esquematizaciones un tanto toscas, amén de algún que otro despiste en fechas o datos concretos (Canalejas, por ejemplo, no muere en 1909, sino tres años después; la doctrina CEPAL aparece alternativamente como «dependentista» e «independentista», págs. 343 y 364), pero son cosas tan irrelevantes desde una perspectiva de conjunto que no merece la pena detenerse en ellas. Esos mínimos deslices, además, quedan ampliamente compensados cuando el autor establece sus propios retos y entra a saco contra algunos tópicos todavía bien asentados (así, la supuesta inferioridad per se de los productores de materias primas), o fulmina sin complejos mitos como la planificación del socialismo real, tan chapucera en su diseño como catastrófica en su praxis. En definitiva, lo que queda, y de verdad importa, es uno de los mejores ensayos de divulgación aparecidos últimamente, que sabe a poco, que se lee con verdadera fruición.

01/05/2001

 
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