ARTÍCULO

Las disquisiciones del chapelaundi

Edición de José Carlos Mainer. Prólogo y revisión de los textos de Juan Carlos Ara Torralba. Círculo de Lectores, Barcelona,
1.696 págs. 5.600 ptas.
Caro Raggio Editor / Tusquets, Barcelona,
Prólogo y selección de Miguel Sánchez-Ostiz
274 págs. 2.000 ptas
 

Baroja gustaba de atribuirse en artículos y ensayos el calificativo «chapelaundi», que, traducido literalmente del euskera macarrónico, significa «boina grande». Esta denominación desenfadada les cuadra en sus escritos a lugareños dados a la buena vida y al buen saber, que emplean su cerebro para ocuparse de cualesquiera curiosidades y ciencias. Tan atento siempre a los estudios fisiológicos, el novelista daba jocosamente por buena la consecuencia lógica que de dichas aficiones deducía la opinión pública de aldea: que los tales deben de tener más desarrollado el cráneo y precisan para cubrirlo algo de dimensiones mayores que las usuales. El chapelaundi es el sabio modesto, el curioso o el informado. Nada lo une, sino los azares de la vecindad, con la estrechez mental del chapelchiqui, ignorante, cerril. Pero tampoco le es propia la seriedad infranqueable del académico. Chapelaundi es, por paródico, el doctor Guezurtegui (otro terminacho, que cabría traducir por embustero, fabulador): el escritor donostiarra se encarnó en este «profesor agregado a la –imaginaria– Universidad de Lezo» en La caverna del humorismo (1919), para dar rienda suelta a algunas opiniones literarias y llevar la contraria con desenfado a la seriedad académica y filosófica de su eterno discutidor Ortega y Gasset. Chapelaundi es también Juan de Itzea, que fue portavoz del novelista en Momentum catastrophicum y soñaba con «un pequeño país limpio, agradable, sin moscas, sin frailes y sin carabineros» en la zona fronteriza del Bidasoa en que Baroja fijó su residencia.

Uno imagina que el escritor se gloriaba de esa denominación burlesca porque representaba a la perfección su curiosidad vagabunda y descontentadiza. Con ella, reivindicaba lo que en su origen fue probablemente un insulto para denigrar al vecino dado a los libros, desdeñando la cazurrería de los que lo concibieron, y marcaba sus distancias también con respecto al saber sistemático y reglado, tan venerable. Ese talante que no se casa con nadie es el que impera siempre en los textos del de Itzea. Un día dejó escrita sobre el cine esta frase, que podría resumir sus posturas ante la realidad que conoció en su conjunto: «En esto, como en muchas cosas, me siento un poco murciélago: a veces pájaro, a veces ratón» (Obra dispersa y epistolario, pág. 76). Baroja no titubeaba al opinar sobre esto o aquello ni se contenía al denigrar cualquier vaca sagrada: la respetabilidad y la pompa lo incitaban al desacato. Por lo mismo, tampoco se avenía a medias tintas o compromisos, de modo que el chapelaundi de Itzea le resulta a cualquier lector, hoy como ayer y repetidamente, más que cabezón, cabezota. Pero esa fue su personalidad y ese su encanto perdurable, contra modas, opiniones indiscutibles y prejuicios.

Baroja el chapelaundi se muestra tal sobre todo en artículos y ensayos, cuando la divagación y la reflexión priman sobre el relato ficticio, aunque éste casi nunca está ausente del todo, sólo sea como medio para relativizar opiniones o desprestigiar las rigideces del tratado sistemático; del mismo modo que, a la recíproca, su ficción nunca se libra de intrusiones comentativas de ese filósofo rústico. Estas dos ediciones de textos suyos son una buena muestra de sus maneras y de sus manías.

Obra dispersa y epistolario, tomo decimosexto y último de la edición de las obras completas de Baroja que ha preparado José Carlos Mainer, es un volumen mucho más interesante de lo que parece augurar su título, que sugiere una rebañadura general de restos. Se trata, sí, de una recopilación de obras que es difícil incluir en el canon barojiano junto con las de creación, como la guía El País Vasco (1953), pero también de otras irremediablemente polémicas, como Ayer y hoy (1939), que reúne artículos redactados durante la guerra civil y acerca de ésta, o Comunistas, judíos y demás ralea (1938), compilado por un Giménez Caballero que necesitaba firmas de relumbrón para dar lustre a su propaganda fascista. Materiales tan espinosos ilustran, de forma paradigmática, el proceder de un Baroja ajeno del todo a lo oportuno: podía, pongamos por caso, divagar acerca de los hipotéticos caracteres raciales de tirios o troyanos en aquella Europa que veía extenderse como por un contagio funesto los racismos genocidas, pero eso no le impedía, de seguido, chotearse con sorna de las leyendas de la raza que prodigaban sus paisanos nacionalistas. Ese su candor huraño, mezcla de curiosidad heredada de la fe decimonónica en la ciencia y escepticismo, ese errar siempre entre el despiste del meditabundo y la independencia feroz del egotista, procuró pasto en más de una ocasión a manipuladores como Gecé y no ha dejado de irritar, siquiera de vez en cuando, hasta a sus lectores más devotos.

El cuerpo principal del volumen lo constituyen, con todo, dos centenares largos de artículos, publicados desde que se estrenó como joven periodista, en la última década del XIX , hasta las postrimerías de su existencia. Dan fe de la permanencia de ese modo suyo de ver y opinar, pero ilustran su escritura también en otros sentidos. Baroja no los reunió luego, como tales, en sus libros, pero abundan entre ellos las versiones previas de algunos de sus relatos breves o reflexiones que luego retomó en ensayos más extensos y conocidos.

Anticipaciones y repeticiones plantean problemas espinosos a los responsables de una edición de esta índole: han de decidir qué incluir como material significativo y qué desdeñar. Ésta resuelve bien los casos más sobresalientes. Es así, por ejemplo, en lo que los editores han rotulado aquí «Páginas de autocrítica» (págs. 501-535). Se trata de los textos con que Baroja aderezó su antología Páginas escogidas, editada por Calleja en 1918, que lo consagró como un clásico vivo. Contienen comentarios a veces jugosos acerca de las obras representadas en la selección. El prólogo está además entre las primeras y más sustanciosas divagaciones barojianas acerca del arte de novelar. Sus páginas engrosaron luego títulos posteriores, en particular el tomo quinto de sus memorias, La intuición y el estilo (1948), pero merecía la pena recuperar aquella exposición temprana en su integridad y ponerla a disposición del lector actual. Tales repeticiones no sólo demuestran la picardía del Baroja maduro, que pirateaba sin pudor sus textos de décadas precedentes, sino también su terquedad: él no estaría en posesión de la verdad, como no se cansaba de reconocer, pero sí era poseedor de su opinión y la reiteraba sin descanso, con una asiduidad que probaba su franqueza tanto como su obstinación.

También tienen mucho interés, claro está, los artículos resueltos como relatos, a veces llamativamente concisos y certeros, que aportan versiones previas de sus narraciones. Más discutible, como reconoce la nota previa a la edición, es la opción de incorporar al volumen algunos artículos que, por estar firmados con seudónimos diversos, son de autoría dudosa. Y resulta lamentablemente escueta la selección de cartas –a veces, sólo fragmentos– incorporada al epistolario: las renuencias de los herederos del escritor impiden dar publicidad a materiales de esa índole que, por las muestras, habrán de confirmar la silueta definida por sus obras y aportarán numerosas e interesantes precisiones biográficas. Pero una edición íntegra de obra tan extensa y dispersa como la de Baroja, igual que la de cualquier otra de similares dimensiones, no puede aspirar a la exactitud acabada de un plano. Ha de conformarse con reflejar el estado de las investigaciones en curso acerca del autor. Es la edición posible en estas fechas y mejora sustancialmente las existentes hasta el momento.

La antología Opiniones y paradojas se apoya en ella para localizar los textos que la integran. La ha compuesto un barojiano de excepción y de largo trayecto, Miguel Sánchez-Ostiz, a partir de las obras ensayísticas de don Pío, las menos frecuentadas hoy día entre las de su pluma. También en este caso, este título concreto forma parte de un programa más amplio, que está devolviendo a las librerías algunos títulos barojianos.

Sánchez-Ostiz ha seleccionado, a modo de centón personal y caprichoso, fragmentos que ha ordenado alfabéticamente por sus asuntos, como un diccionario. Incluyen un buen número de retratos de literatos, artistas o políticos que el novelista conoció y a los que describe con la misma técnica vivaz y tajante que empleaba en sus novelas: un gesto o una anécdota y un par de apreciaciones personales que bastan para dibujar su perfil, en el que siempre se reconoce, inequívoca, la mano del retratista. Pero componen las entradas, sobre todo, opiniones acerca de otros personajes con los que nunca se cruzó (escritores o pensadores ilustres de su pasado) y acerca de valores, modas, hechos sociales o intelectuales, vicios o virtudes. Pese a la selección, abundan los ecos y las repeticiones de un fragmento a otro. Tampoco faltan contradicciones, que no desdicen la continuidad y coherencia de la mirada del escritor. El lector puede abordar esta curiosa y mínima enciclopedia barojiana por cualquiera de sus voces o de sus páginas y encontrará sin falta al escritor donostiarra. Y probablemente también, en cada una de sus páginas, la misma impresión mixta: de encanto ante la frescura y vigor de una pluma que no se aviene a componendas y, al tiempo, de hastío ante el tozudo acartonamiento en sus convicciones, a lo largo de más de medio siglo, del chapelaundi de Itzea.

Eduardo Gil Bera traza su biografía «no autorizada» del donostiarra sin mixtura de sentimiento alguna. Baroja, decididamente, no le cae bien y se diría que apenas tolera alguna de sus páginas. Se propone demoler la versión de sí que compuso el escritor, que una crítica proclive a la hagiografía ha difundido, bobalicona. Baroja, explica, fue miedoso y, en consecuencia, engreído y rencoroso, desagradecido y falso, además de misógino y antisemita. Mal estudiante, dio en peor médico, panadero inepto, político fracasado y escritor que desconocía sus bazas, porque, dotado apenas de cierto talento para «la estampa impresionista», lo malgastó revistiendo «tramas y personajes de problemática pertinencia y nula consistencia» (pág. 172). Afectó un desaliento crónico y, cuando tuvo arranques de entusiasmo, «parece un catequista de la causa burguesa y resulta de un cursi vomitivo» (pág. 173). Etcétera. Achaques tan funestos aquejan también a sus familiares; y a sus críticos, que pecan de servilismo y estupidez, que desconocen y hasta alucinan. Todos conchabados para cimentar la única invención afortunada del escritor, la del personaje Baroja.

Asombra en esta biografía la perseverancia en la ferocidad: el lector se pregunta tarde o temprano qué sostiene ese empeño a lo largo de tantas páginas. La afean algunos procedimientos recurrentes: citas textuales que no remiten a obra ni página determinadas o que, se infiere, proceden de títulos excluidos de la bibliografía final; afirmaciones tajantes, como las numerosas acusaciones de plagio, a las que no respaldan datos concretos que el lector pueda valorar por sí mismo; notas al pie que prolongan los comentarios, en vez de aportar precisiones. Gil Bera afirma que, contra la tradición barojiana, que apenas «conoce un dato de su vida que no proceda de su propia versión» (pág. 11), su libro prodiga las informaciones novedosas. Bien pudiera ser, pero es fatigoso desbrozar tanto denuesto para dar con ellas. Con todo, a la postre, completa un retrato del escritor y de su entorno mucho más fascinante que el anodino que conocíamos y, crédulos, dábamos por bueno.

01/06/2001

 
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