ARTÍCULO

Mallorca, verano del 36

Anagrama, Barcelona
330 pp. 19 €
 

Playa de Porto Cristo, Mallorca. El sol declina en eso que los baleares denominan «s’hora baixa». Dos hombres se encuentran. El primero es el escritor Georges Bernanos. Anda buscando a un colega periodista –el barón Guy de Traversay–, secretario del diario conservador L’Intransigeant, que había acompañado a los anarquistas del capitán Bayo durante la frustrada invasión de la isla. El segundo es Arconovaldo Bonacorsi, pero todo el mundo lo llama conde Rossi, aunque de aristócrata no tiene nada. Funcionario italiano y miembro de los Camisas Negras, Rossi acabó con los conatos revolucionarios y ejerce ahora la dictadura del fascio. Bernanos, católico proveniente de la Acción Francesa de Maurras, conoce a Bonacorsi porque su hijo Yves se ha enrolado en los Dragones de la Muerte, una cincuentena de falangistas uniformados que cada noche, casa por casa, siembran el terror. En Los grandes cementerios bajo la luna (reeditado este año por Lumen), Bernanos recuerda a Rossi «enfundado en un mono negro con una enorme cruz blanca en el pecho». Gigantón pendenciero, Rossi necesitaba «una mujer diaria» y asistía a los oficios religiosos en lugar preferente después de cumplir sus afanes criminales. En aquellas siniestras correrías, que causaron dos mil muertos en cuatro meses, le acompañaron el sacerdote Julián Adrover, intérprete y receptor de las últimas confidencias de los ejecutados, el jerarca falangista marqués de Zayas y el periodista Francisco Ferrari, autor del diario de guerra Mallorca contra los rojos.
Pero volvamos a los hombres que chocan. Bernanos inquiere sobre el paradero de su amigo y el italiano bravucón zanja el asunto. Lo que verá el escritor le llevará a abjurar de unas convicciones que, ideológicamente, debían ser próximas al bando de los sublevados. En la playa, los dragones de Rossi lanzaban al fuego los cadáveres de los últimos fusilamientos: «Frente a él, un montón de cuerpos ennegrecidos y brillantes se retorcían entre las llamas. Ahora podíamos ver el fuego moldeando los cuerpos en posturas obscenas; el alquitrán maloliente goteando de esas figuras que humeaban bajo el sol de la tarde». El escritor reconoce los restos del barón de Traversay, se santigua con gesto de horror y escucha con desprecio la sentencia sarcástica de Rossi: «La guerra es una ceremonia de fuego, monsieur. Espero que su amigo elija mejor la próxima vez».
En esos fragmentos de Apocalipsis bucearía meses después Bernanos en Los grandes cementerios bajo la luna; en palabras de Hannah Arendt, «el panfleto más importante que jamás se ha escrito contra el fascismo», y en esos testimonios ha bebido Miguel Dalmau para novelar en La noche del diablo las andanzas del conde Rossi utilizando como narrador a aquel cura Adrover que iba vestido con pantalones y botas, cruz blanca en el pecho y pistolón al cinto. Aunque Bernanos afirmó en su libro de 1938 que al mosén «lo fusilaron luego los militares», Adrover (en la novela, Alcover) murió en Roma en 1965 como procurador de los teatinos ante el Vaticano.
Más allá de esas precisiones biográficas, La noche del diablo cumple con la definición camusiana de que la novela es «filosofía en imágenes». La represión que acaudilla Rossi en Mallorca ilustra la seducción diabólica del fascismo en la Europa de los años veinte y treinta. Cada frase que el conde comparte con el sacerdote ratifica las arengas de Mussolini a sus ex combatientes de la Gran Guerra y los jóvenes airados y desocupados que le siguieron en la marcha sobre Roma. Cada frase de Rossi es una consecuencia brutal de la barbarie que predicó Marinetti a sus futuristas y D’Annunzio «sensualizó» en su aventura del Fiume: «La esencia de la guerra es provocar el máximo dolor en el adversario. Necesito sangre», proclama el conde; la burguesía local, atemorizada por la posible invasión republicana, le seguirá en un primer momento, hasta que acabe superada por el fanatismo asesino y sexual del italiano.
Dalmau muestra cómo la creación del monstruo fascista se volvió contra la «gente de orden» que lo cebó: «Rossi tomó el mando de Mallorca, y cual dios creador llegó a transformarla a su imagen y semejanza. Con él, la isla llegó a ser el teatro de una tormentosa aventura que él capitaneaba a lomos de un corcel desbocado». No es extraño que un católico ortodoxo como Bernanos se sintiera asqueado al ver como garantes de la religión a personajes como Rossi y Mussolini, representantes de un paganismo violento y fornicador. En cada expedición de exterminio el conde va ajustando con sus frases el garrote vil del horror. Lo histriónico de su personalidad, «con un rostro de mejillas carnosas que adornaba con una barba de perilla y un mechón de cabellos rojos que a distancia brillaba como la cresta de un gallo», no impide el tono definitivo de unas reflexiones: el cura las anota mentalmente mientras repara, atemorizado, en aquellos ojos «ardientes, azules, mortales». Vivir peligrosamente, creer, obedecer y combatir: una orgía de sangre y semen. Así lo ve el conde, corazón de las tinieblas conradiano: «La gente cree que la guerra es asunto de militares. Falso. Le aseguro que la guerra es cosa de todos los hombres, incluidos los niños. ¿Y sabe por qué? Porque la guerra nos libera de cualquier responsabilidad individual. Es decir, permite que toda la tribu actúe siguiendo el dictado de sus entrañas. Y eso es maravilloso».
El fascismo fascina a los jóvenes y con ellos prospera. No es casualidad que el himno mussoliniano fuera Giovinezza. Balas, alcohol y rijosas groserías. La experiencia mallorquina sirvió a Bernanos para confirmar que los totalitarismos derrochaban juventud: «Siempre pensé que el mundo moderno pecaba contra el espíritu de la juventud y que moriría por este crimen». El heroísmo confundido con una crueldad convertida en virtud viril. El sacerdote Adrover se acerca a uno de los jóvenes dragones que montan guardia junto al convoy de Rossi: «¿Qué piensas, hijo mío? Y él se me quedó mirando con una perplejidad casi animal: Nada, mosén... ¿Qué quiere que piense? Apunten, fuego, adiós».
Los excesos de Rossi y su pretensión de dar un golpe de Estado fascista provocaron su destitución en el bando franquista. Para entonces había dejado un reguero de sangre y una acrisolada fama de semental entre las mallorquinas de abolengo, a las que dio sexo perverso y de las que recibió piropos y joyas de oro. El periplo de Rossi anduvo en paralelo al verano de la anarquía barcelonés. Tampoco es casualidad que el falso conde se llevara con él una bandera de la FAI: «Rojo y negro. El rojo de la sangre y el sexo, el negro de la anarquía y la noche sin Dios» observa el capellán narrador. La memoria paradójica. Para defenderse del ateísmo revolucionario, la Iglesia hubo de confiar su alma al diablo. «¿De qué sirve tratar de reprimir la anarquía política y social si los métodos empleados, con su total falta de escrúpulos, fomentan una clase de anarquía moral de la que tarde o temprano surgirá una anarquía política y social peor que la anterior?», se preguntaba Bernanos en enero del 37. Aquella pregunta continúa hoy sin respuesta.

01/01/2010

 
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