ARTÍCULO

Cosas de la nieve

Esasa-Calpe, Madrid, 170 págs.
 

Cuando un escritor decide redactar una novela que pertenece a un género, el género de novelas de detectives y policías, póngase por caso, un género al que se le reconocen rasgos estables y bien definidos, y en esa misma novela se propicia, además, el empleo de técnicas y modos de composición de índole más bien experimental y, por lo tanto, en desacuerdo con las formas narrativamente sencillas que suelen atribuírseles a las novelas de detectives, corre el escritor el riesgo de no satisfacer ni a unos ni a otros; corre el riesgo de no satisfacer a quienes deseen leer una novela de detectives respetuosa con las reglas de composición del género, ni a quienes piensen que el experimentalismo metaficticio es mejor reservarlo, en contextos adecuados, a seis o, mejor, a seiscientos personajes en busca de un autor. Que el escritor no salga descalabrado de semejante empeño, ya es, en sí, no poco indicio de su pericia y acierto. Este es el caso de la novela de Benjamín Prado La nieve está vacía, de la que puede decirse que sale airosa de la prueba de los condicionamientos de la novela de género, y cumple también con la poética que pide a la literatura que se ocupe, sobre todo, de la necesidad de reflexionar sobre el propio proceso de la escritura, sobre los diferentes artificios de la narración, sobre la naturaleza de los personajes, sobre las mudables fronteras entre literatura y vida.

Puede decirse que la naturaleza imita al arte en esta obra, ya que es la vida misma, la vida del prosaico realismo, la que se afana, mediante uno de los personajes, por buscar argumentos y por crear unas condiciones adecuadas en el mundo real que sirvan para que otro personaje de la obra halle motivos e inspiraciones para escribir esa novela que dice que va a escribir, pero nunca pasa de ser un proyecto. El destino de ese personaje que busca argumentos y propicia ocasiones para que la vida se parezca a la literatura es todo lo trágico que pudiera desear el más pesimista sociólogo de la literatura.

Aunque no dejen de tener su gracia los juegos de la incertidumbre de las identidades («en este relato las cosas funcionan justo al revés de lo habitual, porque los personajes son auténticos y el narrador es inventado»); ni sean inoportunas las reflexiones sobre las convenciones del género («me he limitado a escribir, más o menos, con el estilo de las novelas policiacas»), que se subvierten cuando el autor anuncia al lector en el capítulo XXIV, a tres capítulos del final, que «aquí es donde comienza esta historia», y, posteriormente, vuelven a sufrir una nueva vuelta de tuerca cuando el mismo lector recibe la triste información de que también su vida, la vida del lector, depende de un capricho de la textualidad: «ya me dirán qué les parece, si es que alguna vez me decido a que existan, a que haya alguien a este lado de la historia»; como digo, aunque no dejen de tener su gracia todas estas consideraciones, sin embargo, no concluye ahí lo que de interesante pudiera ofrecer esta obra. Ni siquiera agota ese interés la intriga puramente policiaca.

Uno de los rasgos de esta novela que más llamará la atención de los lectores será, sin duda, la capacidad de naturalizar a los habitantes de Madrid, con sus ocupaciones y preocupaciones, en un contexto novelesco que pide acción, rascacielos, palmeras californianas, moteles y lugares llenos de carisma urbano posmoderno como Times Square o Sunset Boulevard. Competir con todos estos elementos, contando sólo con un material de construcción compuesto por oficinistas que trabajen en el ramo de los seguros de automóviles, con funcionarios municipales que se dediquen a sacrificar a las palomas enfermas y con vendedoras de agencias inmobiliarias, exige bastante atrevimiento y habilidad por parte del autor. Por otra parte, competir con el sentido del humor de Chandler, corriendo el peligro cierto de parecer un Chandler de Chamberí, tiene su ambigua dificultad, la dificultad que entraña describir unos cigarrillos mentolados como la «basura sofisticada» que te proporciona un «cáncer verde y elegante». Y además de todas estas pruebas circunstanciales de talento, el autor consigue que la prosa interponga, repentinamente, una distancia entre lo descrito y el lector, una distancia que, en lugares sabiamente distribuidos, despega al lector de la obra y lo obliga a mirar por la ventana: «era un día despejado y frío, de esos en que la gente parece muy frágil y el cielo muy sereno»; o bien era un día «de esos en los que el mundo parece un decorado y las historias trágicas resultan inconcebibles»; o le obliga a mirar en torno a sí y hacia su propio interior: «qué raro parecía todo, qué raros los archivadores, los tubos fluorescentes, los escritorios, las papeleras. El corazón se le desquiciaba dentro del pecho». Las mayores preocupaciones humanas, las que se juegan a la cara o cruz de la vida o la muerte, son de naturaleza temporal e histórica. Las huellas del lobo sobre la nieve desaparecen con la propia nieve, con el tiempo, dice Benjamín Prado, son cosas de la nieve, la de antaño y la de hogaño. Quien en la lectura de esta novela busque el esparcimiento y entretenimiento que se le atribuía a la literatura en el pretérito anterior será gratificado; y el superrefinado, el exigente y el esteta, a nada que se empeñen, no dejarán de encontrar un buen puñado de páginas en las que se sentirán más que gratificados.

01/06/2001

 
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