Un tiempo tremebundo

La nave de Baco

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Espasa Calpe, Madrid


Pocos españoles habrá que vivan en un estado de cabreo permanente y encrespado de la magnitud del de Miguel Sánchez-Ostiz. Eso, al menos, es lo que sugieren sus libros, siempre enardecidos, polémicos, guerreros, desafiantes a toda corrección mental y política, de un pensamiento libre e inconformista hasta la provocación. Y ninguno hay, que yo sepa, capaz de convertir esa situación anímica exasperada en materia prima de una gigantesca alegoría literaria del tiempo actual. En estos parámetros descansa la ya amplia, y muy valiosa y muy personal, obra narrativa de este Savonarola navarro. A la cual ahora añade otro jalón más, La nave de Baco. No es un libro distinto de los suyos anteriores, a lo sumo un poco más escorado hacia el esperpento grotesco. La temática es la ya sabida, y tampoco aporta una originalidad en la trama anecdótica. Me explicaré: lo que cuenta sí es nuevo, pero sólo en el detalle, no en su sentido de muestrario de comportamientos de una clase media urbana bárbara. Umbría, nombre simbólico que ha dado en otras ocasiones a su ciudad natal, se menciona aquí sin subterfugios: Pamplona. De modo que La nave de Baco es la novela de Pamplona con una voluntad abarcadora de su esencia a lo largo del tiempo. La acción externa arranca de un presente actual, pero recupera el pasado y se centra, sobre todo, en la primera posguerra, años muy significativos por la influencia que los círculos navarros falangistas tuvieron en la España franquista. El propósito de establecer puentes a lo largo del tiempo lo resuelve Sánchez-Ostiz con una afortunada idea formal. Alguien, un abogado madrileño, que asume la voz enjuiciadora del propio autor, y, por tanto, actúa como un narrador omnisciente y no limitado, recibe el encargo de encontrar las pistas que desvelen una misteriosa paternidad. Este hilo, a modo de relato de intriga, y gracias a la colaboración de un buen número de informantes, lleva a otro que conduce a la biografía del «extravagante» pintor y escritor Gustavo de Maeztu (1887-1947), partícipe en las vanguardias de entreguerras y hermano de Ramiro, el ensayista conservador fusilado en 1936. La deriva hacia el olvido de este Maeztu artista, amigo de Ramón y tertuliano de Pombo, centra una línea del relato, la que se mueve en torno a los habituales de un café cantante pamplonés que da título a la novela. La personalidad solitaria de Maeztu, su vagabundeo y modo independiente de afrontar la vida en un entorno degradado tienen en sí mismos un valor existencial frente a las muchas falacias del mundo. Figuración viva del fracaso, también el fracaso puede entenderse como un triunfo personal, «íntimo e irrenunciable». La contracara de una sociedad de apariencias, engaños, trapacerías, mentiras, y otros cuantos sustantivos más de la misma área semántica que definen el absurdo ámbito de la provincia cerril. El contraste entre el ayer y el hoy no arroja un saldo de grandes diferencias, y así se define la mentalidad esencial de la provincia. En la ciudad pululan toda clase de logreros, inútiles, vagos, incompetentes, dogmáticos… El tiempo no pasa por la fauna urbana, ni la modifica. El autor, de este modo, pinta una alegoría. Pero se preocupa mucho de que la abstracción no invalide la vida real que da lugar a la imagen. Y esa vida real se centra en buena medida en personajes del mundillo cultural navarro de los años cuarenta. Aquí sí introduce Sánchez-Ostiz algo novedoso, aunque no desconocido entre sus preocupaciones. Se trata del gran espacio que ocupa en la novela una reflexión artística cercana a la crítica literaria. El motivo son los escritores franquistas relacionados con aquella Pamplona del periódico Arriba España, o de la revista negra de la Falange, Jerarquía, comandada por el cura Fermín Yzurdiaga. Imposible encontrar dos concepciones literarias más opuestas que el discurso arrebatado de Sánchez-Ostiz, todo tripas y pasión, y el estilismo preciosista («el arte elegante de no decir nada») de aquel grupo de literatos falangistas. De esta confrontación salen las contundentes valoraciones expuestas por Sánchez-Ostiz, bien razonadas. Especial atención le presta a Ángel María Pascual, el escritor (poeta, ensayista y narrador) y periodista de quien en el año 2000 recogió en dos volúmenes los artículos Glosas a la ciudad. El lirismo provinciano de Pascual, que a Sánchez-Ostiz casi le repele tanto como le fascina, ofrece un magnífico contrapunto de la realidad común, con su dosis de melancolía y evasión, con su civilizada evocación de un tiempo irremediablemente perdido. El relato, un tanto o un mucho barojiano de Sánchez-Ostiz (admirador, además de estudioso, del gran narrador vasco), desemboca en una visión muy negativa: el certificado de «un tiempo tremebundo», el testimonio de «la trastienda de un país», como se denomina con desparpajo a lo que Unamuno llamaría intrahistoria. Se debe este resultado a la suma de dos factores distintos. Primero, la lista de peripecias o comportamientos aberrantes: los asesinatos de cuando la guerra (los de la Falange con la complicidad de la Iglesia), los atentados de ETA, los chanchullos de todo tiempo, la permanente mentira de la amistad o el chaqueterismo político más indecente. Segundo, una prosa que acumula interpelaciones y condenas al tiempo que hace gran gasto de un léxico denigratorio. Entre tanto conformismo mental y tanta entrega a las preferencias del mercado más ramplón, La nave de Baco, al igual que la restante narrativa de Sánchez-Ostiz, supone una bocanada de aire fresco. Encarna, con su gusto por no dejar títere con cabeza, un tipo de literatura necesario por su compromiso ético expresado artísticamente. Por eso aplaudo y celebro esta novelística a contracorriente, heredera, con modos personales, modernos pero de raíz barroca, de la narrativa social. Sin embargo, a estas alturas de la trayectoria del autor, tengo un serio reparo hacia ella. La perseverancia del escritor en unos mismos asuntos y en un idéntico tratamiento, aunque posea la virtud de reforzar cada poco tiempo un mundo unitario, produce una sensación de algo repetitivo. Desde luego, lo que elimina es un fundamental efecto de sorpresa. Tiene ante sí Sánchez-Ostiz un gran reto, capital para su futuro: evitar que el feliz y original modo de afrontar la vida que le distingue se convierta en un manierismo.

Ficha técnica

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