ARTÍCULO

¿Existe Europa?

Academia Europea de Ciencias y Artes, Madrid
624 pp. 14 14 €
 

 Nadie en 1945, al acabar la Segunda Guerra Mundial, hubiera podido prever la historia de éxitos que ha sido la europea desde entonces. Ayudada en la económico, en lo politico y en lo militar por Estados Unidos, y propulsada por la visión de gentes como Adenauer, Schuman y De Gasperi, el germen de la unidad continental, causa y efecto de los desarrollos posteriores, no solo ha sabido sellar la reconciliación de pueblos que durante generaciones se habían tenido por enemigos mortales, sino que además ha generalizado la estabilidad que encuentra su raíz en el funcionamiento de la democracia y la prosperidad asociada a la economía –que en su momento se adjetivaba como «social»– de mercado. Por si no fuera suficiente el catálogo de las consecuciones para certificar la calidad y la cantidad de los logros, bastaría con observar el poderoso efecto de atracción que hoy la Unión Europea –y lo que antes había sido el Mercado Común o la Comunidad Económica Europea– ha ejercido y sigue ejerciendo sobre la vecindad de sus fronteras. Con las conspicuas y, si se quiere, irrelevantes excepciones de Suiza, Noruega e Islandia, no hay hoy país europeo que no haya sido acogido en la gran familia –veintisiete son ahora los miembros de una agrupación que comenzó con seis– y raro es el que, reclamando esa cualidad geográfica e ideológica, no desee llegar a serlo. Hasta los que se mueven en fronteras tradicionalmente no tenidas en exclusiva por europeas, como es el caso de Turquía, espera ocupar un sitio en la mesa bruselense. Los exégetas de la Unión cuentan y no acaban los hitos del fenómeno en su extensión territorial, en su potencia demográfica, en su capacidad comercial, en su poderío económico, incluso en su buena reputación internacional, que se caracterizaría sobre todo por la habilidad para «hacer el bien» sin los perfiles hostiles y belicosos que suelen asociarse al comportamiento de las grandes potencias. Esa Europa, potencia benéfica, armada de su imbatible «soft power», el poder blando posmoderno, aparecería como la estación de llegada ansiada por tantos en un mundo hasta ahora dominado por la lógica guerrera imperial. Es decir, la de Estados Unidos.

Y, sin embargo, Europa, entrados ya en el segundo decenio del siglo xxi, no acaba de redondear los anhelos de su propuesta y tanto debate sobre su naturaleza que, a la postre, la ola de entusiasmo que despertó su nacimiento y desarrollo sufre ahora, y ya desde hace algún tiempo, los embates de los escépticos que ponen en duda la razón última de su existencia o los métodos de su puesta en práctica. Pareció en su momento que la Europa creada en los Tratados de Roma debería acabar siendo una confederación o incluso una federación de Estados, pero lo mejor que los teóricos encuentran para definirla son las nacientes e inciertas calidades de un ser de naturaleza especial del que no se espera que culmine nunca en una unidad política. Europa sigue siendo, dentro de esa perspectiva, un ente de razón sobre el que planea, tres décadas después de que fuera pronunciado, el famoso y cruel dictum kissingeriano: «¿Alguien conoce el teléfono del responsable de la política exterior europea?». Las sucesivas ampliaciones, cuyos benéficos resultados para la prosperidad y la estabilidad del continente nunca serán suficientemente ponderados, han hecho perder en profundidad lo que se ganaba en tamaño, y los más poderosos del conjunto, nunca propicios a dejar de lado sus prerrogativas nacionales –véase la cara de franceses o ingleses cuando oyen hablar de la conveniencia de ceder sus puestos permanentes en el Consejo de Seguridad de la ONU para entregarlos a una representación unitaria de la Unión, por ejemplo–, son cada vez más dados a la reafirmación nacional de su políticas, incluso al margen de las que bajo su influencia adopta el conjunto.
La contraposición entre el gigantismo económico de la agrupación y su enanez política ha confirmado en la realidad su carácter tópico y, en el marco de la inevitable comparación entre Europa y Estados Unidos –¿no debían ser los miembros de la Unión los integrantes de los Estados Unidos de Europa, en un paralelo fácil y atractivo con la realidad americana?–, no ha pasado de ser un bienintencionado diseño académico. Europa ha conseguido la consolidación de su sistema bajo el paraguas de la pax americana garantizada por el aparato militar estadounidense mientras abandonaba en manos del hegemón sus principales exigencias de seguridad. Y si el agregado demográfico, comercial y económico de los europeos resiste la comparación con el de los estadounidenses, no puede, sin embargo, ocultar su artificiosidad: con excepción de algunas áreas de políticas comunitarizadas, sobre todo en el terreno comercial y agrícola, la Unión no posee la capacidad de acción de un país dotado de una contundente voluntad unitaria de proyección interior y exterior y que, además, posee también un componente de «soft power» al menos tan convincente como aquel del que presumen los europeos. A ello cabría añadir la incomprensible y talmúdica complejidad del aparato institucional y decisorio de la Unión –que hace todavía más difícil responder hoy a la pregunta de Henry Kissinger– y los embates recientes de la crisis sobre el edificio comunitario y las dudas, preguntas y desánimos que ello ha generado.
Sobre ese gran tema de nuestro tiempo ha volcado su ilustrada atención el profesor y académico Emilio Lamo de Espinosa, una de las mentes más lúcidas del panorama académico e intelectual español, al prologar y dirigir un volumen colectivo de indispensable lectura para todo aquel, profesional o lego, interesado en la evolución de la Unión Europea, su presencia en el mundo y la participación y futuro de España en su seno. El volumen se abre con un rotundo y matizado análisis de Lamo de Espinosa y se articula en nueve capítulos que, ordenada y coherentemente, estudian la economía, la energía, la demografía, el «poder blando» de la Unión, la fragmentación europea, la evolución institucional, Europa y la seguridad mundial, y España en Europa. El libro se cierra con un capítulo de conclusiones, a la manera de destilado desiderativo de lo que los autores ofrecen en sus respectivas aportaciones. Los nombres de los autores de los estudios parciales, todos ellos reconocidos y apreciados especialistas en sus respectivos terrenos, deben figurar en la recensión del volumen: se trata de José María de Areilza Carvajal, Paul Isbell, Javier Noya, Florentino Portero, Charles Powell, Jaime Requeijo, Rick Sandell y José Ignacio Torreblanca. La diversidad de las voces no afecta a la unidad de propósito del libro, en general escrito con precisión e incluso elegancia, y en ello debe ser reconocida tanto la capacidad directora del coordinador y prologuista como la disciplina intelectual de quienes han elaborado las diferentes partes. Es este un texto armónico y cohesionado donde las diferentes plumas se escuchan mutuamente para evitar disonancias o repeticiones, tantas veces presentes en los libros colectivos.
Emilio Lamo y sus coescritores nos ofrecen una visión apasionada, a la par que razonable, de Europa y su futuro en el universo cambiante que bien pudiera resultar tan posestadounidense como poseuropeo. Y en la descripción de las posibilidades, retos y oportunidades abiertas para los europeos en ese panorama, los autores evitan los peligros paralelos del «euroentusiasmo» o del «euroescepticismo». Es la suya una mirada clara y sin complacencias, teñida, en cualquier caso, de la única manera de entender el fenómeno europeo y, en general, las relaciones internacionales del momento: el tan denostado y siempre imprescindible realismo. En buena hora llega al lector español una reflexión sobre Europa que no está sometida a las versiones prefabricadas de lo políticamente correcto, coloreadas según las preferencias ideológicas habituales: la izquierda proeuropea y la derecha euroescéptica. Bien es verdad que la propuesta de Lamo y los suyos resulta cualquier cosa menos aséptica: no existe la dicotomía Europa/Estados Unidos, sino la mantenida urgencia de colaboración entre los dos; la Europa del milagro está económica y demográficamente para pocos trotes si no se revisan profundamente algunos de sus elementos de funcionamiento hasta ahora tenidos por básicos; es urgente, en la medida en que ello sea posible, devolver a la Unión el sentido político de innovación e impulso que caracterizó el período fundacional, aunque sea en detrimento de la expansiva burocracia que hoy rige los destinos de la pesada maquinaria que tiene su acomodo en la capital belga.
En el trasfondo, España, forzada a realizar, como todos los demás, sus propios acomodos en función de las circunstancias. Pasados los tiempos de las primeras y necesarias ilusiones, cuando la Comunidad Económica Europea incluía las esperanzas de prosperidad y democracia que los ciudadanos esperaban tras el largo ciclo franquista, y cuando todo lo que venía de Bruselas parecía de antemano bendecido por la sabiduría del oráculo, llegados los momentos de la consolidación, cuando España hace de su participación en el club un motor exigente para alcanzar prioridades internas y externas o, el último y desviado trecho, cuando desde 2004 se ha creído ingenuamente que la respuesta estaba en retornar al europeísmo acrítico y milagrero, debemos, como Lamo y los demás recomiendan, equilibrar las exigencias de la construcción europea, en sus posibilidades y en sus límites, con la demanda de nuestros propios intereses nacionales. Seríamos los únicos en no hacerlo. Lo demás sería caer en la bobaliconería pacata de quienes todavía piensan que de Bruselas cabe esperar milagros de bondad. Las exigencias del momento son hoy muy otras y Europa después de Europa nos lo recuerda en cada una de sus seis centenares de páginas. 
Este es el texto de personas a las que, a la manera unamuniana, les duele Europa tanto como España. No hacen de su sentimiento un panfleto, pero sí una sobria reflexión que debería ser cuidadosamente atendida. Aunque solo fuera para evitar que, como en algún lugar del volumen se evoca, la Europa de hoy, y quien dice Europa dice también España, se convierta en el «parque temático» histórico-turístico-cultural del mañana para uso de potentados americanos y asiáticos. Está en nuestras manos el conseguirlo. ¿Seremos capaces de articularlo?

01/10/2011

 
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