ARTÍCULO

Para hacernos más sabios

Seix Barral, Barcelona
174 pp. 17,50 €
 

Joven aún, camino de la madurez (nació en 1971), y con varios libros publicados, entre ellos ocho novelas, Menéndez Salmón no es ya una firme promesa de nuestra narrativa, sino uno de los novelistas españoles más sólidos de nuestro tiempo. Sus firmes credenciales son los mundos que recrea para intentar comprender el mundo, su amplísima cultura que fundamenta los cimientos de todo lo que escribe, su innovadora forma de concebir y entender la literatura que, partiendo de la tradición, busca caminos distintos a los del mercado editorial y, sobre todo, su espléndida escritura que en todo momento logra el ritmo adecuado del lenguaje en la armonía de las palabras.
En su obra, y también en esta última, y quizá su mejor novela, el autor traza sin ambigüedad y combina en una unidad complementaria las dos perspectivas esenciales del arte y la literatura, la ética y la estética. Ninguna tiene sentido sin la otra. Y es en el sentido donde sus libros se despegan de la mayoría de sus coetáneos, pero no sólo en el de la intención y la reflexión morales que se convierten en indagación para desvelar los conflictos y contradicciones del mundo en que vive, sino también en el de la intención y la reflexión estéticas que se proponen como búsqueda de formas, si no inexploradas, sí al menos nada complacientes.
Desde el punto de vista ético y moral, Menéndez Salmón planteaba en sus anteriores novelas los temas del miedo y el mal como componentes connaturales, y no ocasionales, de la existencia humana; ahora recoge el testigo para mostrar varios temas consustanciales al ser humano, como son el dolor y el fracaso, de un lado, y, de otro, la libertad y el misterio de la creación artística enfrentadas en su génesis al gran poder de la Iglesia, del mercado y del sistema político –asuntos estos, no exclusivos del arte, que pueden extrapolarse a cualquier ámbito de la vida social– o, lo que es peor, a su propia situación espiritual.
El mundo creado por Menéndez Salmón en La luz es más antigua que el amor es sin duda terrible. El autor quiere contar y cantar el dolor y el fracaso humanos frente a los poderes exteriores. No bastan el éxito, el reconocimiento o el dinero; todo en la vida de los personajes parece ponerse en su contra. Ahora bien, esta novela no es una elegía o un lamento jeremíaco, porque la solución final, por extrema que sea, mantiene en pie la dignidad humana que sobrevive a la enfermedad, el suicidio o la locura.
Elige el novelista como soporte de su reflexión las figuras de tres pintores de distintas épocas, uno real y dos imaginarios. Por defender su dignidad y libertad creadora, el pintor del Trecento, Adriano de Robertis, acaba dejando la pintura y muriendo en un lazareto después de que sufriera cincuenta años atrás el atentado censor del futuro papa Gregorio XI contra su cuadro La Virgen barbuda. Por defender su dignidad frente a la tiranía del mercado, Mark Rothko, rico y reconocido, se suicida en Nueva York en 1970 después de muchos años de búsqueda para captar y pintar la nada. Por defender su dignidad, en fin, el pintor ruso Vsévolod Semiasin se refugia en la locura tras años de desesperación creativa causada por la censura dictatorial de Stalin a su primera pintura de juventud. Y, entre ellos, el escritor Bocanegra, del que se narran tres momentos clave en su vida (pensar en un alter ego del novelista se lo dejo al lector), que va redactando en un libro, de igual título que la novela, las tres historias.
La actitud ética –decía– se funde con la estética. No sólo se trata de reflexionar sobre la acción del hombre en la Historia y en el progreso de la cultura, sino también de encontrar las formas adecuadas para enunciar la reflexión. En este punto la novela alcanza niveles espléndidos, pues Menéndez Salmón apuesta por una trama sutil cuya estructura descansa en los recursos intertextuales que van cosiendo la narración. En primer lugar, hilvana una narración especular que proyecta unas en otras las historias en la voz de dos narradores diferentes en tercera persona, el que escribe la novela, Bocanegra, y el que repasa su peripecia. En segundo lugar, dota al texto de una apariencia fragmentaria, pero no para que las partes independientes, como suele ocurrir, den un sentido simplista a la totalidad: las historias no son fragmentos o relatos con vida propia, sino capítulos cohesivos de una novela fuertemente armada, tanto por los elementos suspensivos (entre otros, el misterio del cuadro de La Virgen barbuda o el castillo italiano de Sansepolcro donde se pintó, que de forma velada van urdiendo la trama) como por los motivos temáticos, ya comentados antes, que van forjando de modo especular las líneas argumentales.
Y, por último, la escritura. Menéndez Salmón rehúye la expresión vulgar y adocenada, sin pretensiones estéticas, del realismo costumbrista y el vacuo juego vanguardista; por el contrario, intensifica en cada novela el gusto por el lenguaje literario, culto y preñado de sentidos. Tampoco cede a la molicie del significado explícito y transparente, sino que intenta en todo momento hacer cómplice al lector en la interpretación de nuevas significaciones valiéndose de un discurso que tiende al aforismo o la sentencia con sus elipsis y sus recursos retóricos. Todo ello da al conjunto, como ya dije, un ritmo y una melodía que ante todo persiguen sorprender y no dejar a nadie indiferente. Fascinar con la música de las frases y las palabras para animar a seguir leyendo con fruición, como hace Menéndez Salmón, es una cualidad bastante escasa hoy día.

01/03/2011

 
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