ARTÍCULO

De lecturas, lectores y obsesiones

Alba, Barcelona
Trad. de Ricardo Pochtar
142 págs. 2.400 ptas
Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, Madrid
Trad. de Miguel Martínez-Lage
242 págs. 2.404 ptas.
Anagrama, Barcelona
Trad. de Marcelo Cohen
307 págs. 2.500 ptas.
Alba, Barcelona
Trad. de Isabel Ferrer Morrades
166 págs. 2.200 ptas.
Anagrama, Barcelona
222 págs. 2.200 ptas.
Alianza, Madrid
396 págs. 3.775 ptas.
 

Al igual que escribir es un verbo intransitivo, según la tesis acuñada por Roland Barthes, también leer puede y debe llegar a serlo en tantos casos: allí donde la lectura se convierte en una actividad gratuita y gozosa en sí misma.

«Los grandes lectores –dice Borges, que es uno de ellos– son más escasos que los grandes escritores», pero, como afirma Walter Benjamin, todo buen lector propende a la escritura; se trata en cualquier caso de dos actividades indisolublemente unidas y reflejadas, cada una, a un lado de ese «espejo» que llamamos el texto. Un espejo que nace (Dámaso Alonso dixit) de una intuición creadora en un artista motivado a plasmar en palabras esa «e-moción», ese movimiento del alma, y recreada en una segunda intuición, la del lector, que reorganiza desde su horizonte de expectativas interpretativo esa materia textual para transformarla, mediante un proceso metabólico y germinativo cercano al de cualquier sistema nutritivo, en material memoria de la propia vida o, si se prefiere, en argamasa (simbólica, esto es, real) de ese Sueño compartido que llamamos Cultura.

Sin olvidar tampoco que la moderna Estética de la Recepción (Jauss, Iser, etc.) nace sobre la tesis de que «el acto de leer» es el que culmina el proceso de escritura textual, pues hasta que el libro no se ha confrontado con un lector, una sociedad o una tradición específica, la materia o energía potencial del mismo no ha devenido, por así decirlo, en cinética. Es en cada «caída» o movimiento del texto, desplazado desde su cómoda e inútil ubicación en el anaquel de la biblioteca o en la falaz (T. S. Eliot, I. A. Richards, R. Selden, etc.) intentio auctoris, cuando la obra literaria adquiere su «verdadero» y relativo sentido.

Desde esta perspectiva, advierten estos teóricos, el clásico se define como aquel escrito que supera cualquier metodología de análisis o perspectiva epocal, precisamente porque su carga potencial de significado atraviesa cada contexto o situación de lectura y, a su vez, se enriquece sucesivamente con cada una de ellas; bien, como opinan los deconstructivos, porque el texto siempre remite a un contexto que se desplaza constantemente; bien, porque, como afirman sus detractores, un clásico lo es precisamente porque ya ha previsto, acaso sólo tácitamente, todas esas lecturas en su propio entramado, cifrado o codificado desde el origen en distintos estratos o niveles de interpretación: cada época, cada lector, en fin, se «limitaría» a subrayar aquellos aspectos de la obra más en consonancia con su propia sensibilidad, cultura, ideología o capacidad de asimilación artística.

Insisto, el verdadero clásico es el que resiste una y otra vez todos esos cedazos, como si, además, en cada criba se fuera haciendo más sutil, permeable y resistente a los sucesivos «acercamientos», que en muchas ocasiones habría que denominar lisa y llanamente de manipulaciones interesadas. Como en su día demostrara Francisco RicoFrancisco Rico, «Las dos interpretaciones del Quijote», en Breve biblioteca de autores españoles, Barcelona, Seix Barral, 1990., el Quijote barroco, el que hacía las delicias de los lectores en la España del siglo XVII , era exclusivamente un libro de burlas (y podemos saber cómo «se leía» porque ahí está como testimonio la apócrifa continuación de Avellaneda o las interpretaciones cómicas de Calderón y otros), mientras que el Quijote romántico lo era «de veras», sombrío y pesimista, en tanto que su acción reflejaba la lucha del Ideal y su sed de imposible contra la prosaica y cruda Realidad, hasta el punto de que la novela se convirtió (Schlegel, Schiller, Schelling) en «la más triste de todas las historias».

Para ello, basta con leer el mismo libro hacia adelante o hacia atrás, esto es, desde su comienzo claramente burlesco, ejemplar y paródico, o bien hacerlo desde el final, más oscuro, desesperanzado y «moderno». Un lector, una sociedad, una época, subraya más estos rasgos que aquéllos. Por no hablar de la lectura noventayochista, como «expresión del ser de España» (Unamuno, Baroja, etc.), o la contemporánea y posmoderna, que tiende a acentuar el carácter lúdico, «el Quijote como juego» (Torrente Ballester), el metaficcional o el directamente nihilista y a-moral. ¿Y qué decir de Shakespeare, señor Bloom? Et caetera.

Y es que tantas veces se nos olvida eso que Pero Grullo nos debe recordar constantemente, que las obras literarias no se escriben para comentaristas o críticos, aunque a veces éstos se crean otra cosa, sino para «un ser tierno, inocentísimo y profundamente interesante: "el lector." Las obras literarias no nacieron para ser estudiadas y analizadas, sino para ser leídas y directamente intuidas»Dámaso Alonso, Poesía española, Madrid, Gredos, 1950..

En un estupendo y ya clásico ensayo sobre la lectura en la Edad Moderna, el francés Roger ChartierRoger Chartier, Libros, lecturas y lectoresen la Edad Moderna, Madrid, Alianza Universidad, 1993.reflexiona sobre unas palabras del autor de La Celestina, Fernando de Rojas, quien en el prólogo a la edición valenciana de 1514 se hacía ya eco de las numerosas y diferentes lecturas e interpretaciones que había tenido su obra, desde su primera aparición en Burgos quince años atrás. En efecto, su ya famoso libro se había convertido para cuantos lo leyeron en «un instrumento de lid o contienda [...] para ponerlos en diferencias, dando cada uno una sentencia sobre ella a sabor de su voluntad». Piensa Fernando de Rojas que los contrastes en la recepción del texto que en su día propuso al público se deben, ante todo, a los lectores mismos, cuyos contradictorios y encontrados juicios deben cargarse a cuenta de la diversidad de los caracteres y humores, «tantas y tan diferentes condiciones», pero también (y obsérvese la modernidad crítica de este juicio, pues a veces parece que en poética se ha inventado todo en el siglo XX ) a la pluralidad de aptitudes y de expectativas, ya que éstas varían según la edad y formación del público: «niños, mozos, mancebos, viejos» no manejan («usan», habría escrito Umberto EcoUmberto Eco, Interpretación y sobreinterpretación, Universidad de Cambridge, 1995.) su libro de la misma forma, porque unos no saben leerlo, otros no quieren y el resto no puede.

Son tres los usos diferentes que el propio Rojas atribuye a su Tragicomedia (cuyo título, idealista y realista a un tiempo, ya es de por sí un astuto y ambiguo «horizonte de expectativas» que culmina, como hemos señalado arriba, en el Quijote), la primera lectura es aquella que no se fija en la obra como totalidad, sino que sólo repara en algunos episodios para usarlos como un cuento de camino. Otra actitud es aquella que sólo retiene del texto aquellas fórmulas fácilmente memorizables, esto es, los donayres y refranes que (a modo de polianteas de andar por casa) proporcionan clisés y expresiones hechas, recolectadas al cabo de una lectura que no ha establecido ninguna conexión íntima (ninguna segunda intuición) entre el lector y lo que lee. A estos dos usos mutiladores, su autor propone el que para él es la lectura correcta, aquella que capta el texto en su totalidad sin reducirlo a los episodios de su intriga. De esta suerte, las buenas lecturas «coligen la suma para su provecho, ríen lo donoso, las sentencias y dichos de philósofos guardan en su memoria para trasponer en lugares convenibles a sus autos o propósitos».

Es obvio que Rojas escribe pensando en un lector ideal, o modelo, aquel que lee en la soledad y silencio de su «retrete», pero él es asimismo bien consciente de que hay tantas lecturas como lectores, y que esa diversidad de caracteres que acontece cada vez que diez personas se juntan a «escuchar la lectura» de su libro, puede poner incluso en entredicho un concepto tan «sagrado» como el de la presunta autonomía de la obra creadora.

Como puede verse, a su modo, el prólogo de Rojas indica con exactitud la tensión central de toda historia o reflexión sobre la lecturaPara obtener un amplio «estado de la cuestión» en nuestro país, pueden consultarse también estos libros: –Máxime Chevalier, Lecturas y lectoresen la España de los siglos XVI y XVII, Madrid, Turner, 1976. –El libro antiguo español, Actas del I Congreso Internacional, al cuidado de M. L. LópezVidriero y Pedro M. Cátedra, Salamanca, 1988. – Jesús A. Martínez, Lecturas y lectores enel Madrid del sigloXIX, Madrid, CSIC, 1991., pues no es otro el motivo de esta reseña, que quiere dar cuenta de una gavilla de libros que este año se han concitado en la edición española al socaire de una variada y amena reflexión sobre eso que llama Dámaso Alonso «la segunda intuición», o Wolgang Iser, titulando así su conocido libro, «el acto de leer».

En efecto, el primer libro que nos ocupa es una feliz reedición de la reciente y tristemente desaparecida escritora Carmen Martín Gaite. Se trata de una colección de ensayos escritos en los años sesenta y setenta. De 1966 es el que da título al volumen, y en él intuye y hasta anticipa Martín Gaite algunas de las nociones que, luego, la moderna teoría literaria ha elaborado científica y despaciosamente; como, por ejemplo, la noción arriba citada de «lector modelo», acuñada por Eco (pág. 27), el problema de la interlocución al configurar un texto narrativo, o cómo la búsqueda de un destinatario representa no sólo una condición ineludible para la propia arquitectura del texto, sino que el receptor (o narratario, o lector implícito, o implicado, o...) se convierte en entramado funcional y ficcional del mismo hasta extremos que la sutileza crítica puede taxonomizar infinita y escolásticamente.

Anne Fadiman, periodista y editora, hija de un corrector de pruebas y una escritora, nos ofrece este delicioso Ex libris, un libro sencillo, entusiasta y excelente, que lleva como subtítulo el muy apropiado de «Confesiones de una lectora», cuya lectura recomiendo encarecidamente porque como pocos sabe compartir la complicidad y la felicidad del acto de leer. Se trata de un refrescante y enamorado libro sobre los libros y la lectura, en el que aparecen todos los tópicos imaginables sobre el tema, desde un capítulo inicial autobiográfico y descacharrante a propósito del «matrimonio de las bibliotecas», verdadera prueba de fuego en una pareja (como la suya propia) de lectores; otro breve capítulo sobre las estanterías y la ordenación de los libros; el placer, casi nunca posible, de leer in situ, es decir allí donde sucede la acción; la corrección de pruebas; el uso del ordenador; un muy brillante capítulo sobre los catálogos; el arte de anotar un libro; de curiosear en la biblioteca ajena, de prestar; otro sobre los libros usados... Un ensayo, en fin, lleno de inteligencia, pasión, humor y sensibilidad. No se lo pierdan.

Igualmente inteligente, biográficamente implicado, pero desde un punto de vista académico, que no erudito, se reimprime ahora en bolsillo un texto que cabría ya calificar de clásico; me refiero a Una historia de la lectura, del argentino Alberto Manguel, escritor y traductor, autor en colaboración con Gianni Guadalupi de una deliciosa Guía de lugares imaginarios y lector de Borges durante unos años, época que recrea en uno de los capítulos de este libro hermoso e imprescindible, que no es sólo una invitación o reflexión sobre la lectura, sino un verdadero y divulgativo a ratos tratado de hermenéutica (en donde, como buen judío –culturalmente al menos– Alberto Manguel despunta), sociología, psicología, y, sobre todo, un necesario capítulo de la historia del arte y la cultura.

¿Sabía usted, amable lector, que la frase clásica scripta manent, verba volant, que en nuestro tiempo ha pasado a significar que lo escrito permanece y las palabras se las lleva el aire, significaba antiguamente lo contrario? De hecho, este adagio se acuñó en alabanza de la palabra dicha en voz alta, que tiene alas y puede volar, en comparación con la palabra silenciosa fijada en escritura, inmóvil, muerta. Hasta que una palabra no es pronunciada no se convierte en verba, en logos, en palabra hablada, espíritu.

Un libro que organiza un centón de lugares comunes, insólitos o maravillosos sobre el mundo de la lectura en el que el docere está tan garantizado como el delectare: el lector descubrirá cómo se enseñaba a leer en las distintas épocas, o los diversos y sucesivos formatos que ha tenido el libro (del «rollo» judío al «nuevo rollo» en que se ha convertido la escritura –y lectura– en ordenador), las guardas del libro, el autor como lector (un capítulo particularmente interesante, en el que se reflexiona sobre ese hábito perdido no hace tanto de las lecturas públicas que daba un escritor, previas a la publicación de su obra), las metáforas sobre la lectura o el robo de libros, la censura, anécdotas de escritores y sus hábitos lectores (Stevenson, por ejemplo, que no quería aprender a leer para no privarse del placer que le producían las lecturas de su niñera), la lectura masculina y la femenina, la medieval y la moderna, la occidental y la oriental, la silenciosa y la pública...

Muy distintos, pero no menos interesantes, dos libros de escritores que ahora se editan (o rescatan del olvido, habría que decir): La experiencia de leer, de C. S. Lewis, y El ABC de la lectura, de Ezra Pound. Este último surge de un encargo que el poeta recibe para elaborar un «manual pedagógico» sobre la lectura. Pound convierte el presuntamente académico manual en una diatriba desconfiada contra la crítica por su obsesión biografista o su incapacidad para colocarse en el lado de la creación («es fácil descubrir al mal crítico cuando empieza a hacer comentarios sobre el poeta en vez de sobre el poema»), en una reflexión sobre la educación («el profesor ideal debe abordar cualquier obra maestra que presente en su clase casi como si nunca la hubiese visto con anterioridad»), o sobre la función concreta que compete a la literatura en esa pedagogía, y, sobre todo, en una taracea de textos de autores queridos y admirados que el poeta de los Cantos ofrece como «invitación a la lectura». Algo muy cercano a lo que hace Bloom en el libro que luego comentaremos.

Ambos, Pound y Bloom, por cierto, coinciden en varias cosas: en que Chaucer fue el más grande poeta de su época, por encima incluso de Dante; en su desconfianza hacia la crítica «de segunda mano», la crítica de la crítica; y en la convicción de que los hombres no comprenden los libros hasta que han vivido una considerable porción de vida.

Intenso, arbitrario, a trancos vitriólico y hasta cascarrabias, personalísimo, El ABC de la lectura descubre más al poeta que reflexiona sobre literatura que a los autores que antologa. Un libro, en fin, que a buen seguro estará sobre las mesas de los talleres de literatura o en las aulas de algún afortunado instituto, allí donde todavía sobreviva ese benemérito profesor que no haya perdido, o le hayan arrebatado, el amor y el entusiasmo por la literatura.

De ese entusiasmo habla C. S. Lewis, en tanto que este A Experiment in Criticism, que es su verdadero título, propone hacer la crítica literaria al revés, desde la lectura, no desde la escritura, hablando para ello no de buenos o malos libros, sino de buenos o malos lectores; lo cual, en 1961, fecha de su redacción, es de una enorme modernidad. Lo que viene a decir el profesor y escritor inglés es que la capacidad del texto no está en lo que dice, y menos aún, claro, en lo que su autor quiso decir (según la distinción inglesa entre to say y to mean), sino en su capacidad para revivir sus imágenes en un lector determinado. De esa forma, el buen libro es el que permite, propone o incluso impone un buen lector o una buena lectura (pág. 107).

Se completa el ensayo con una reivindicación de la lectura como fin en sí mismo, una serie de arremetidas profilácticas contra los excesos de la crítica: se escandaliza el autor de Cartas del diablo a su sobrino de que muchos colegiales, a la hora de abordar un texto, conozcan más o exclusivamente lo que la crítica ha escrito sobre el mismo, que la obra en sí, y una revisión del concepto aristotélico de catarsis, que confiesa no comprender, dadas las múltiples y encontradas interpretaciones del término a lo largo de la historia. Un libro breve, practicable, lleno de sugerentes iluminaciones y de «llamadas al orden» sobre la crítica literaria y la pedagogía que, en absoluto, y casi cuarenta años después, han perdido un ápice de su pertinencia.

Y last but not least, el último ensayo de Harold Bloom, Cómo leer y por qué, el cual no añadirá nada nuevo a los seguidores del crítico americano, sobre todo a los que conozcan su Canon occidental, o su reciente ensayo sobre Shakespeare del que este libro no es sino corolario. De nuevo Bloom arremete contra los de siempre, esto es, contra la posmoderna y desconstructiva crítica del resentimiento (sic), aboga por la lectura como forma insuperable de adquirir espíritu crítico, pone en cuarentena la convicción de que la lectura y los placeres indudables que conlleva contribuyan al bien común (una reflexión, sobre la presunta función moral del arte, a la que ha contribuido Woody Allen con una gran película, Acuerdos y desacuerdos, en donde un auténtico patán humano se convierte en indiscutible ángel con una guitarra en la mano y sólo mientras toca) y una declaración de principios: la verdadera crítica consiste, ni más ni menos, que en hacer explícito a cualquier lector lo que en el texto sólo está implícito o tácito, para luego, y siguiendo la tradicional subdivisión en géneros: relato, poesía, novela y teatro, dar su opinión sobre algunos de los textos que la Literatura ha convertido o va a convertir en clásicos y que, a su juicio, deberían ser de «obligado cumplimiento» para aquellos lectores que, precisamente por tener ahora mismo este libro entre las manos, en principio se fían de su capacidad de análisis y comparten sus gustos literarios. Y este lector de Bloom que suscribe, sin tener nada que objetar a sus gustos literarios, antes al contrario: Cervantes, Chejov, Maupassant, Nabokov, Borges, Calvino, Proust, Dostoievski, Melville, Faulkner o Pynchon (cito al azar y sólo narradores), discrepa en cambio de su método de análisis, porque el que aquí usa Bloom es, sencillamente, aplicar a cualquier autor y género literario la plantilla del más excelso que, como todo el mundo sabe, es William Shakespeare. De esta guisa, el Quijote es genial allí donde se aproxima al dramaturgo inglés en cualquiera de sus obras de tema o aliento cercano. Y así, una y otra vez, hasta llegar a ser cargante, aplicando el mismo esquema en todos y cada uno de los autores que reivindica, a la sazón más de cuarenta. Qué exceso, señores. Por eso, las brillantes intuiciones, relaciones entre obras, juicios y matizaciones que el tan brillante y entusiasta lector Bloom proporciona sobre cada uno de los textos que trata, se oscurecen de inmediato por la preeminencia fatal y un poco insoportable del autor de Hamlet.

Tal forma de ejercer la crítica me recuerda el caso de un cura, profesor mío de Historia de la Filosofía en bachillerato, que para explicar a cualquier autor lo hacía pasar inexorablemente por las horcas caudinas y escolásticas de Tomás de Aquino: ya pueden ustedes imaginar que los filósofos eran mejores o peores cuanto más se aproximaran en su sutilezas sobre el Ser al dominico. Pues algo parecido. Y que conste que no hay sólo que discrepar del tomismo (vale decir, rechazar que Shakespeare sea el sumum final de la Historia de la Literatura) para poner en cuestión ese método.

En cualquier caso, los lectores de nuestra revista tienen ahora la posibilidad de acceder a estos seis libros que reflexionan, desde puntos de vista tan interesantes como complementarios, sobre esa pasión compartida y solitaria que nos reúne también ante estas páginas.

Por eso, deseo terminar este artículo con unos versos del poeta Richard Wilbur (extraídos del libro de Alberto Manguel) que resumen la tragedia que supone para una civilización perder a sus lectores y romper, por tanto, cualquier contacto con la Tradición, con nuestro Ahora:

A los poetas etruscos

Soñad en paz, hermanos inmóviles,
[que de niños
Mamasteis, con la leche, la lengua
[materna,
En cuya matriz inmaculada, uniendo
[mundo y mente,
Os esforzasteis por dejar, para la
[posteridad, algunos versos
Semejantes a una huella sobre un
[campo nevado,
Sin prever que todo pudiera derretirse
[y desaparecer.

01/04/2001

 
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