Desarraigo y violencia

MI NOMBRE ES LEGIÓN

Antonio Lobo Antunes

Mondadori, Barcelona

Trad. de Mario Merlino

356 pp.

22,90 €

Las repercusiones de la guerra de Angola en la vida portuguesa es uno de los temas recurrentes en la obra de António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), como se pone de manifiesto una vez más en su novela Mi nombre es legión. La cita evangélica que le da título y en la que el diablo se autodenomina con un apelativo que tiene una connotación militar, le sirve al escritor para enmarcar una situación de violencia y marginación, donde los protagonistas proceden, en su mayor parte, de uno de los continentes más depauperados del planeta. La Lisboa que retrata Lobo Antunes es la de los barrios periféricos, donde se acumulan las basuras y, luego veremos, también los cadáveres. Desde el informe policial del primer capítulo hasta el monólogo final en el que parece repetirse la escena desde otro punto de vista, la narración se articula con una técnica que el escritor lisboeta ha ido depurando en su prolongada carrera. Los monólogos interiores a la manera de Joyce o Faulkner se intercalan unos con otros como los vasos comunicantes de las primeras novelas de Vargas Llosa, pero con una clara impronta personal en el caso de Antunes: las frases se quiebran, rompiéndose en cualquier parte, incluso en la mitad de las palabras, como sucede con esas conversaciones fragmentarias que podemos escuchar en el trayecto en un transporte urbano o en la calle de una gran ciudad si estamos atentos a las voces que nos rodean y envuelven. En esa suma de frases y pensamientos interrumpidos y reiniciados colaboran todos los personajes y hasta el mismo autor, que nos confiesa que tal vez sea éste uno de sus últimos libros o que, en la confección del libro, «la mano escribe lo que las voces le dictan». Ello, unido a un tiempo narrativo donde pasado y presente se confunden en un bloque único y ensordecedor, puede resultar complejo al lector poco avisado, que no tardará en descubrir el secreto de las novelas de este autor: no se trata tanto de saber quién habla, aunque el discurso nos ofrezca atisbos de dónde procede la voz, sino de dar relevancia a los hechos narrados, a la soledad y desolación de sus personajes, que son una multitud –legión– de desheredados a los que la historia oficial ha privado de palabra. El lector se enfrenta a esta doble coordenada espacio-temporal del discurso de Antunes con la certeza de que lo importante no es comprender a la manera del lector del siglo XIX, como pasivo espectador de la historia, sino que debe intervenir en la misma, interpretar, sumar sus impresiones a las ofrecidas por el libro, concienciarse ante unos hechos que están sucediendo en el discurso escrito como le ocurre en su propia vida, asaltada continuamente por noticias de diversa procedencia, por conversaciones o pensamientos que se acumulan en su conciencia. Para orientarse en ésta sirven los mismos mecanismos de los que nos servimos para ordenar nuestra propia mente y la suma de informaciones que recibimos a lo largo del día. En Mi nombre es legión, publicada originalmente en 2007, un grupo de adolescentes mulatos, negros o mestizos practican una violencia que no es más que una respuesta a la que sufren en los ámbitos de su propia miseria cotidiana y que, finalmente, acabarán masacrados impunemente por una fuerza que antepone el orden a la justicia. El policía divorciado, que convive con la prostituta mestiza y amante de uno de los delincuentes asesinados, es uno de los personajes que señalan el límite ético entre los de arriba y los de abajo, entre blancos y no blancos, europeos y africanos, entre las clases medias y burguesas y el lumpen. Su informe policial preciso en los hechos de violencia no puede evitar quedar enturbiado por el propio flujo de su conciencia, donde amor y traición, verdad y mentira son intercambiables. Quizás en esta figura fracasada y agónica pueda hallarse un retrato del propio escritor, que nos avisa de las falacias y los cuentos con los que pretendemos acallar nuestras conciencias. Son, sin duda, las personalidades del policía y de la prostituta –blanca o mestiza dependiendo de qué ojos la miren– las que mejor reflejan la fluctuante frontera que separa a los protegidos por la ley de sus presuntos agresores.
Mi nombre es legión es un libro polifónico, con una estructura cuidada hasta el mínimo detalle, de indiscutible complejidad, que debería ser leído con la misma atención con que escuchamos una pieza musical, ya que son el tono y el ritmo sus conductores o narradores sin voz. Descubriremos así los acordes disonantes de una realidad a la que apenas prestamos atención y que no deja de vociferar, aunque sea en silencio.

Ficha técnica

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