ARTÍCULO

La isla inventada

Akal, Madrid
Trad. de María del Mar Llinares
186 pp. 18 €
 

Aunque el motivo de esta reseña es el de comentar su libro más reciente, no puedo evitar ahora un breve recordatorio de la biografía de Pierre Vidal-Naquet, que ha sido no sólo uno de los más destacados historiadores actuales del mundo griego, sino un valeroso intelectual comprometido a fondo, ejemplarmente engagé, en el mejor sentido del término, contra las injusticias y horrores de su tiempo. Pierre Vidal-Naquet ha muerto en Niza el 29 de julio. Había nacido en París en 1930. En 1944 perdió a sus padres, deportados por la Gestapo desde Francia a Auschwitz. Su ascendencia judía y las experiencias de su juventud fueron decisivas en su actitud militante contra la tortura en la guerra de Argelia o en la dictadura griega de los coroneles. Enemigo de la violencia y defensor de los derechos humanos, ha criticado tenazmente los abusos del poder sionista en Israel y ha luchado por el reconocimiento de los derechos del pueblo palestino. Como historiador del mundo griego antiguo, así como del mundo judío, se empeñó siempre en avanzar a fondo hacia la verdad histórica, en una perspectiva crítica expresada en una prosa densa y clara, a veces no exenta de pasión. Fue un marxista sin adscripción a ningún partido, humanista resuelto e independiente, con la libertad que, según él, da el conocimiento de la historia y la pasión por la verdad: «L’historien, cet homme libre par excellence, ne se partage pas». El historiador, como señaló Chateaubriand en un pasaje que Vidal-Naquet se sabía muy bien, escribe su testimonio perdurable contra el tirano, es decir, contra cualquier forma de tiranía. Desde 1966 fue profesor de investigación en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, donde tuvo grandes amigos, como Jean-Pierre Vernant, y muchos agradecidos discípulos.
De sus libros recordemos que están traducidos al castellano los más conocidos sobre el mundo griego: Formas de pensamiento y formas de sociedad en el mundo griego (Barcelona, Península, 1983), Mito y tragedia en la Grecia antigua (en colaboración con Jean-Pierre Vernant; Madrid, Taurus, 1987, y Barcelona, Paidós, 2002), Ensayos de historiografía (Madrid, Alianza, 1990), La democracia griega, una nueva visión (Madrid, Akal, 1992), El espejo roto: tragedia ateniense y política (Madrid, Abada, 2004), El mundo de Homero (Barcelona, Península, 2002)y el que ahora se comenta(no se han traducido, en cambio, que yo sepa, ni sus Mémoires –en dos volúmenes, de 1998–, ni sus textos contra la tortura, ni los tres que versan sobre los judíos y la memoria).
Con respecto a los estudios sobre el mundo antiguo, podríamos distinguir los que ofrecen un análisis de textos o de alguna figura histórica, como el penetrante retrato del escritor judío Flavio Josefo –incluido en Ensayos de historiografía– y aquellos que interpretan textos, motivos y sucesos, en claves propias de las «formas del pensamiento» griego, donde junto a la historia convive el mito en sus variadas combinaciones con lo fáctico. Vidal-Naquet es historiador siempre, pero su perspectiva está ligada a la hermenéutica textual de la parisina Escuela de Altos Estudios –en su productiva colaboración con Jean-Pierre Vernant, por ejemplo– y viene enriquecida por una erudición precisa y variadísima. De esto es una buena muestra esta Pequeña historia de un mito platónico, donde rastrea los ecos y reflejos del mito de la Atlántida a lo largo de muchos siglos y de escritores muy diversos con una agudeza singular y una riqueza de datos impresionante.
Comienza su último libro (de 2005) recordando que el tema de la Atlántida platónica ha sido para él un motivo recurrente durante cincuenta años: desde sus estudios de licenciatura (donde redactó su tesina sobre «la concepción platónica de la historia») hasta esta reciente compilación crítica de lecturas y reflexiones. Sobre el mito platónico han surgido en época moderna multitud de hipótesis buscando en la historia remota y en las geografías más disparatadas restos de esa utopía inventada por Platón. Algunos creyeron rastrear ecos de la catástrofe volcánica que casi destruyó en el Egeo la isla de Tera, en el segundo milenio antes de Cristo, otros imaginaron que la «verdadera Atlántida» estuvo en tierras escandinavas, o bien que el continente sumergido se vinculaba al Nuevo Mundo americano. En fin, el muestrario de las hipótesis es muy variado y llega con renovada fuerza ideológica y aun nacionalista hasta el siglo XX. El recorrido de esas teorías y supersticiones es divertido y sus acentos van de la mística a la ciencia-ficción. Platón era un magnífico inventor de mitos y la creación de la Atlántida está ligada a su ideología personal: frente a la Atenas democrática, Platón inventó un espejismo en esa Atlántida, un imperio isleño y colosal que se enfrentó en la guerra a una Atenas primitiva y austera, y que acabó desapareciendo sumergida bajo las aguas del fiero océano.
Sobre esa fabulación platónica y su trasfondo ideológico Vidal-Naquet había escrito un excelente artículo en 1964: «Atenas y la Atlántida. Estructura y estatuto de un mito platónico» (recogido posteriormente en Formas de pensamiento y formas de sociedad en el mundo griego). Sigue siendo fundamental ese ensayo en la interpretación del mito que aquí se mantiene. Frente a ese análisis del relato mítico pueden situarse luego, a modo de contraste, todas las fabulaciones y reflejos derivados. En rigor, la tesis de Vidal-Naquet es clara: nada hay de histórico detrás de esa fabulación, a no ser que se diga que también la fantasía del filósofo construye su objeto desde su contexto histórico y sobre su crítica de la democracia y la hegemonía naval ateniense. No hay, por lo tanto, fuentes del mito, sino modelos de la imaginación mitológica que fabrica esas imágenes políticas. Y luego el mito produce sus secuelas, a modo de espejismos, coloreados según las diversas épocas, desde el mundo antiguo hasta el si­glo XX: los reflejos de esa Atlántida (del Timeo y del Critias) se mezclan con otros rasgos utópicos (tomados de la ciudad ideal diseñada en la República platónica) en la configuración de otras utopías, unas de sabor más filosófico y otras más novelescas, pero todas ellas como ecos de la isla inventada por Platón. También se dan aquí las Atlántidas dibujadas en sugestivos mapas falsos. La nómina de los que hicieron resonar nuevas Atlántidas, desde prosistas como Teopompo a Francis Bacon y Olaf Rudbeck, y poetas como Jacinto Verdaguer (con música de Falla al fondo) es muy amplia y muy curiosa, de modo que esta «pequeña historia» del continente perdido o la isla fantasma constituye una muestra de cómo un buen mito, con su fuerte carga simbólica, puede tener reflejos muy diversos según los tiempos y los lectores.
Por todo ello, con su amplia erudición, su agudeza crítica y su fina ironía en los comentarios, este libro nos recuerda de nuevo cómo en Vidal-Naquet confluyen el rigor histórico y una atención sincera a la literatura y a la poesía del mundo imaginario de lo mítico, que no está reñida con la mirada comprensiva del investigador. Recordando su decidida vocación juvenil por el quehacer histórico, él mismo escribió: «Hacer historia era para mí el mejor medio de interesarme por todo cuanto me apasionaba, la historia en sí misma, bien entendido, sobre todo la contemporánea, que yo aprehendía con algunos esquemas marxistas, la filosofía y la literatura, es decir, la poesía, la novela y el teatro. Más allá de esa búsqueda de la totalidad, la historia para mí ha nacido de una reflexión sobre la tragedia». En El mundo de Homero, que es un libro de refinada divulgación y amable tono autobiográfico, y también en El espejo roto, otro libro menor, pero de reflexiones muy meditadas sobre la tragedia y su entorno, se deja ver, al igual que en esta pesquisa erudita sobre los pintorescos ecos de la Atlántida, ese mismo saber abierto, ese talante inquisitivo, ese intenso empeño humanista. 

 

01/12/2006

 
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