ARTÍCULO

La hora redonda

Alfaguara, Madrid
286 pp. 17,50 €
 

«Lo mejor que podemos hacer es seguir adelante aunque no entendamos nada». La frase, de Enrique Vila-Matas, sirve de pórtico y conclusión a Perseguidoras, la cuarta novela de Clara Usón. Todo empieza como un eslalon gigante en la más gélida pista austríaca. Una llamada nocturna, con la inquietud que suscita el resonar del teléfono pasada la medianoche, conduce a una joven abogada hasta una casa de citas: acaba de expirar en manos de dos prostitutas un acaudalado cliente del bufete donde ella intenta despuntar como picapleitos. Agarrar el móvil y contestar supone asumir una responsabilidad que no entra en las competencias de una abogada con magro sueldo. Allegarse hasta la casa de citas en un barrio distinguido de Barcelona supone asumir la tarea de detective y enterrador que Ana, la protagonista, comparte con el jefe que la acompaña en tan espinosa misión. Pero lo peor está por llegar. Constatada la mala suerte del fiambre, sobrecargado por el pastilleo y los excitantes, Ana descubrirá en una habitación del lupanar a su propia hermana, una drogadicta que desvela la peculiar familia a la que pertenece la antiheroína de esta historia.
En la contraportada de Perseguidoras, un interrogante nos pone sobre una falsa pista del asunto de la novela: «¿Qué harías si sospecharas que tu hermana es una asesina?». Para los críticos que se toman su trabajo como un continuado tirar de las solapas de los libros que no leen, la pregunta es un campo minado que depara intuiciones equívocas. A pesar de ese atractivo inicio que coge de la solapa al lector y le lleva por una vertiginosa huida hacia delante que provoca vértigos. ¿O no es vertiginoso saber que tu hermana está metida en un caso criminal e intentar disimular su incidencia en el cuerpo del delito? Pese a que en un principio lo parezca, Perseguidoras no es una novela negra; ni un thriller judicial, aunque su autora conozca por experiencia la abogacía. La novela demuestra cómo una mujer joven sigue hacia delante aunque no entienda nada; al final de su extraño viaje acaba entendiéndolo todo: que el conocimiento es doloroso y necesario para aprender de qué va la vida y cuán cercana se halla la muerte.
Tras debutar literariamente con Noches de San Juan (premio femenino Lumen), donde el sexo, la violencia y el humor alimentaban la fogata de una verbena menorquina, Clara Usón (Barcelona, 1961) transitó en Primer vuelo y, sobre todo, en El viaje de las palabras por el Territorio Chéjov. Analista crítica del alma femenina, como el autor de La gaviota, Usón no juzga a sus personajes y prefiere empujarlos hacia delante hasta que comprendan el porqué de las cosas. Perseguidoras rinde homenaje a Las tres hermanas, enmarcadas en una extraña familia. Ana, la protagonista, quiso ser actriz, pero se quedó en el ejercicio alimenticio de la abogacía. Condenada a ser responsable, tiene la sensación de que deberá renunciar a su libertad para restañar in aeternum los estropicios de sus dos hermanas: Maite, que padece una agresiva esquizofrenia, y la bella Alicia, drogadicta y madre incapacitada por sus adicciones para cuidar de su hijo Diego. Sobre todas ellas, una madre que sigue disculpando los desvaríos mentales de Maite y alabando la belleza de Alicia, mientras considera normal que Ana asuma las responsabilidades de cuidar a la familia sin agradecérselo demasiado.
Quien haya conocido de cerca la arbitrariedad de los afectos consanguíneos sabe que en estos casos es mejor caer en gracia que ser gracioso; y esa es la sensación de Ana a propósito de sus impresentables hermanas. La muerte del acaudalado cliente y la presencia laboral de la drogadicta Alicia en la casa de putas es la enésima injerencia de esa familia de la que pretende independizarse. La familia como una superestructura a la vez odiosa y fascinante que no puede analizarse desde la racionalidad. Ana deberá seguir hacia delante con sus mentiras para ocultar la posible implicación de Alicia en la muerte del cliente potentado. Y no puede evitar la contradictoria sensación que le atenaza. ¿Por qué no dejarlas de una vez y librarse de las ataduras familiares para hacer su vida? «Ser yo sin mi familia. Pero, ¿qué haría en Londres, refugiada en una habitación del suburbio con derecho a baño y cocina compartidos? Me miraría al espejo y me detestaría, acusándome: “Eres indigna, has fallado a tu familia”. Sí, me sentiría culpable, la conciencia se me colaría en la maleta».
Lo que parecía una novela de intriga se transforma, a medida que avanza la narración, en un ejercicio de introspección sobre la madurez personal. Ana evoluciona del victimismo justificado y argumentable a la superación de sus deberes para con esas hermanas que la han puesto en un brete laboral. Comprenderá que, si tener una hermana esquizofrénica y otra drogadicta es grave, también puede serlo no saber a los treinta y dos años qué se quiere de la vida. Siempre intuyó que su destino como actriz era más bien mediocre, pero el ejercicio de la supervivencia le revela dotes interpretativas que nunca sospechó; colegirá que su trabajo de abogada tenía un papel más secundario y establecerá otro orden de prioridades. De la dubitación habrá pasado al aprendizaje en el caos y la impostura. Asumirá más responsa­bilidades familiares: el suicidio de su hermana enajenada, reconducir a la hermana enganchada, cuidar al hijo de ésta, reconciliarse con esa madre que nunca reconoció sus esfuerzos.
En Perseguidoras, Clara Usón demuestra que en esta sociedad la generosidad no es necesariamente recompensada, pero no se limita a compadecer a la protagonista ni a cultivar la moralina. La empuja hacia delante en un mundo complejo que no entiende y al final no se queda en la mera contemplación de los estigmas ajenos. Impelida por las maniobras sobre la marcha, Ana se equivocará y tendrá algún revés profesional, pero conseguirá a la postre que sus afectos sean verdaderamente humanos y no meras poses compasivas. Con una prosa límpida y eficaz, Usón conjuga la intriga con un análisis social que no cae en el tópico del buenismo: lleva a su protagonista a la toma de conciencia sobre su rol familiar y la reta al arbitrio de su destino. De la investigación que nos atrapa en las primeras líneas por su fácil identificación con la sociedad del ventajismo y el pelotazo, Usón nos lleva a aprehender, con artes chejovianas, la novela ejemplar. Una vez liberada de cargas familiares, resueltos los contenciosos que la encadenaban a sus hermanas, Ana habrá de plantearse cómo aprovechar el libre albedrío. Si sabrá manejar la soledad y entender en qué consiste la cuenta atrás que nos empuja hacia la muerte. Cuando todos han puesto solución a sus problemas, con su madre con nuevo compañero y su hermana desintoxicada, la protagonista se ve a sí misma como realmente es. Ya no hay excusas. Es la hora redonda. Tan redon­da como esta novela que supone la madurez de Clara Usón para adentrarse con perspicacia psicológica en los complejos de estos tiempos donde ya nadie es del todo inocente. Donde ya nadie puede erigirse en juez. Donde la actuación que no entiende de moral se impone sobre una reflexión que nos empujaría a ese abismo que, si nos asomamos, nos taladra las entrañas. 

01/12/2007

 
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