ARTÍCULO

La guerra que no cesa

 

Cada vez va siendo más difícil sostener la existencia de un pacto de silencio que, en aras del consenso y la reconciliación, habría sepultado en el olvido los momentos más dramáticos de la reciente historia de España. El volumen de lo publicado en los últimos años sobre la Guerra Civil alcanza tal magnitud, que el tópico de la amnesia colectiva impuesta por la transición debería ser urgentemente sustituido por la afirmación de Manuel Azaña de que el pueblo español tiene una relación morbosa con su historia, que explicaría por qué, según sus palabras, «desenterrar a los muertos es pasión nacional». Una pasión que no es ajena a la insaciable demanda del mercado de títulos sobre un período del que, efectivamente, y pese a todo lo publicado, aún no se ha dicho la última palabra. Lo demuestran los dos magníficos libros que Sandra Souto y Jorge Reverte han dedicado, respectivamente, a la revolución de octubre de 1934 en Madrid y a la vida en la capital en la primera etapa de la Guerra Civil.
Si Madrid es el escenario común de estas dos obras, a la izquierda obrera le corresponde en ambas el papel de protagonista colectivo, en un caso como responsable de una revolución fallida y en el otro como artífice de la defensa de Madrid en los primeros meses de guerra, en un momento en que su caída en poder de Franco pareció hasta tal punto inevitable, que el gobierno de Largo Caballero tomó la controvertida decisión de abandonar la ciudad y refugiarse en Valencia. La propia figura de Largo Caballero sirve de hilo conductor entre uno y otro episodio, pues si en el primero puede considerarse el principal promotor de la revolución de octubre –aunque el Tribunal Supremo le absolviera de tal cargo por falta de pruebas–, en el segundo interviene como presidente del gobierno del Frente Popular nombrado en septiembre de 1936 y saludado por la propaganda republicana con el pomposo nombre de «Gobierno de la Victoria». No faltan, como se ve, razones para establecer una línea de continuidad entre la insurrección obrera de 1934 y el comienzo de la contienda, y aún se podría añadir el uso retórico que la izquierda del PSOE venía haciendo desde tiempo atrás del concepto mismo de guerra civil –«Estamos en plena guerra civil», había afirmado Caballero a finales de 1933– y la aparición en algunos textos revolucionarios de octubre de 1934 citados por Sandra Souto del «¡No pasarán!» que se hará célebre dos años después en la batalla de Madrid. Hay que decir, sin embargo, que la apelación a la guerra civil como solución a los males del país estaba muy extendida entre los sectores ideológicos más extremistas y que el propio «¡No pasarán!» fue utilizado por José Antonio Primo de Rivera en un artículo publicado en julio de 1934. Una y otra fórmula pertenecen, pues, al acervo común de una retórica de la violencia, moneda corriente en la España republicana, característica de eso que George Mosse, refiriéndose a la Europa de entreguerras, ha llamado la «brutalización de la política».

El libro de Sandra Souto –tesis doctoral de la autora– se inserta, precisamente, en el estudio de la violencia social y política en aquella época, en línea con una corriente historiográfica que en los últimos años ha prestado gran atención a este fenómeno.Apoyándose en un amplísimo y variado corpus documental, la autora desarrolla y en parte renueva la línea interpretativa que cabe considerar como más solvente sobre el proceso de radicalización que vivió la izquierda obrera española a partir, principalmente, de 1933, como consecuencia del agotamiento del programa reformista del gobierno Azaña y de su ministro de Trabajo, Francisco Largo Caballero, del miedo al fascismo y a la crisis económica y de la propia transformación interna de los sindicatos obreros, en particular de la UGT. En este punto, siguen plenamente vigentes las conclusiones a las que llegó Santos Juliá –con el que, no obstante, en varios momentos del libro polemiza la autora– en sus distintas investigaciones sobre el socialismo madrileño y español en la etapa republicana: el extraordinario crecimiento de la militancia ugetista modificó notablemente la composición social y el propio proyecto del sindicato socialista, que pasó –afirma Sandra Souto citando a Juliá– de un «sindicalismo societario» a un «sindicalismo de masas» y de su tradicional estrategia reformista a una espiral revolucionaria que condujo a la huelga general de octubre de 1934. La pregunta que todo ello plantea, y a la que responde en parte este libro, es por qué una fuerza de tal calibre fracasó con estrépito en un movimiento minuciosamente preparado por sus dirigentes en los meses anteriores, con acopio de armas, encuadramiento militar de los más jóvenes y hasta designación de un gobierno en la sombra.

Nada ocurrió como estaba previsto, pero del libro de Sandra Souto se desprende que la huelga general convocada contra el gobierno radical-cedista tuvo en Madrid un alcance mayor del que se pensaba. El problema, tal como fue concebida la revolución de octubre, es que el éxito de la huelga sería por completo estéril si no iba acompañado de una insurrección armada al estilo bolchevique, protagonizada por milicias formadas por jóvenes socialistas y militares profesionales implicados en el movimiento. Destacados dirigentes de la izquierda coincidieron posteriormente en que ni aquellas milicias estaban preparadas para enfrentarse a las fuerzas gubernamentales, ni los militares simpatizantes –según Santiago Carrillo, había hasta un capitán general comprometido– aparecieron por ningún lado. Descoordinación, retraimiento, divisiones internas..., a estos factores, oportunamente señalados por la autora, hay que añadir el desbordamiento de la dirección socialista por un movimiento insurreccional contrario a las tradicionales formas de lucha del socialismo español y cuyo éxito dependía de dos elementos ajenos a la clase obrera socialista: los militares revolucionarios y los jóvenes –estudiantes, empleados de banca, parados...– recientemente incorporados a la organización y decididos a romper, si fuera necesario, con los usos gerontocráticos de la dirección. «Si hay que saltar por encima de los dirigentes viejos se salta, se les arrolla o se les mata», llegaron a decir, según recuerda Souto, algunos jóvenes socialistas.

«Y ¿Madrid? ¿Qué hace Madrid?». La pregunta sirve de título a su libro y anticipa una de sus conclusiones: «El fracaso en Madrid, centro del poder económico y político, suponía el fracaso de la revolución en el ámbito estatal [sic]». Es una forma de decir que sólo un efecto dominó a partir del triunfo de la insurrección en la capital pudo haber inclinado los acontecimientos del lado de la izquierda. Lo que vino después –la brutal represión, el desmantelamiento parcial de las organizaciones obreras y el giro de la izquierda hacia una estrategia unitaria– formaría parte de lo que la autora llama «la reestructuración de las oportunidades políticas», acudiendo a una expresión claramente tributaria, como otros aspectos de su trabajo, de las últimas tendencias de la ciencia política. El libro no se ha despojado del todo de las adherencias académicas de toda tesis doctoral e incurre a veces en una excesiva servidumbre respecto al marco teórico y metodológico –algo rígido– en que se inscribe, con cierta reiteración de citas y referencias bibliográficas ajenas al tema que lastran un tanto la narración de los hechos. Dicho esto, el estudio de Sandra Souto clarifica aspectos fundamentales de un acontecimiento que habría de marcar, probablemente más de lo que la autora cree, la deriva de la España republicana hacia una guerra civil que algunos líderes políticos consideraban, desde hacía tiempo, no sólo inevitable, sino hasta deseable.

Si en 1934 falló el efecto dominó que la izquierda buscaba en la revolución de octubre, dos años después la resistencia de la capital ante sus sitiadores impidió un posible efecto dominó al revés, es decir, que la entrada del ejército de Franco en Madrid provocara la desbandada republicana y el fin de la guerra.Así sucedió en marzo de 1939 y no es descartable que lo mismo hubiera ocurrido en el otoño de 1936 de haber tenido la batalla de Madrid un desenlace distinto. Las razones por las que entonces fracasó la ofensiva franquista sobre la capital son muy diversas y, en general, bien conocidas, desde la oportuna llegada de las Brigadas Internacionales cuando el enemigo se aprestaba al asalto, hasta el instinto de supervivencia de muchos madrileños, entregados en cuerpo y alma a la defensa de una ciudad abandonada a su suerte. Reverte subraya en su libro ese plus de combatividad de una población desesperada, que oía con pavor las truculencias que contaban los refugiados llegados de localidades tomadas a sangre y fuego por legionarios y regulares. El miedo de la población, la ayuda exterior y el sistema defensivo construido entre los Carabancheles y la Ciudad Universitaria hicieron inexpugnable una ciudad que muchos –el presidente del Gobierno entre ellos– consideraban indefendible.

Todas estas circunstancias se van desgranando con agilidad y viveza en este día a día de la batalla de Madrid escrito por Reverte. No es frecuente que un libro como éste, de clara factura periodística, que puede leerse como la crónica de un corresponsal de guerra, supere con creces la prueba del rigor histórico, apenas empañado por algún pequeño desliz, como la afirmación de que Martínez Anido, en su época de gobernador civil de Barcelona, aplicó la ley de fugas a quinientos militantes de la FAI, una organización que no se fundó hasta cinco años después de la salida de Martínez Anido del Gobierno Civil de Barcelona. Una parte de su calidad hay que atribuirla a la pericia narrativa de Jorge Reverte, demostrada ya en su anterior libro sobre la batalla del Ebro, y a la abundante información oral y escrita reunida por él, como los partes diarios de uno y otro ejército con que se cierra cada capítulo. Así, entre fantasiosos partes de guerra de los contendientes, fueron pasando los días entre septiembre de 1936, con la llegada de los hombres de Franco a los arrabales del sur, y enero de 1937.A partir de entonces, el frente quedó más o menos estabilizado hasta el final de la guerra, según ciertas interpretaciones, porque Franco prefirió ahorrarse el enorme coste del asalto a Madrid y, de paso, alargar una guerra que facilitaba su política de exterminio del adversario. Claro que también en la retaguardia republicana se instaló desde el principio eso que Reverte llama «una rutina de la muerte», cuyo funcionamiento describe con todo detalle basándose en documentación escrita y en testimonios orales de algunos supervivientes. Son los horrores de la guerra en Madrid: la vida en las trincheras, el hambre, los bombardeos diarios, el sufrimiento de la población civil y las sacas de presos que se sucedieron sobre todo durante los primeros meses. Una práctica no tan incontrolada como se ha dicho a veces, a tenor del acta que reproduce Reverte en el apéndice de su libro de una reunión del Comité Nacional de la CNT en que se recoge un acuerdo con la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa sobre «ejecución inmediata, cubriendo responsabilidad» de «fascistas y elementos peligrosos».

Dado el desbarajuste que imperaba en la ciudad, las carencias de todo tipo y la escasa profesionalidad de las tropas que la defendían, parece un milagro que finalmente resistiera dos años y medio. Nadie lo hubiera dicho a principios de noviembre de 1936, cuando el gobierno republicano abandonó precipitadamente y en secreto la capital.Tan precipitadamente, que, según un testimonio recogido por el autor, al llegar a Valencia el presidente Largo Caballero se dio cuenta de que sus hombres se habían dejado la mantelería y la vajilla del Ministerio de la Guerra y tuvo que escribir al general Miaja, responsable de la defensa de Madrid, para que con la mayor brevedad se las hiciera llegar a Valencia. Es fácil imaginar la indignación de Miaja ante un incidente que, en su nimiedad, preludiaba el abismo insalvable que se abriría entre quienes permanecieron en la capital en una situación límite y quienes la abandonaron a las primeras de cambio. No deja de ser curioso que la ciudad cayera finalmente en poder del enemigo tras un nuevo golpe militar, esta vez protagonizado por las mismas fuerzas que, bajo la dirección de Miaja, venían defendiéndola desde noviembre de 1936 y que en marzo de 1939, contraviniendo las órdenes del gobierno Negrín, decidieron negociar su rendición con Franco. Fue el detonante de una nueva guerra civil a pequeña escala librada en el perímetro de la capital entre socialistas, republicanos y anarquistas, por un lado, y comunistas y negrinistas, por otro. ¡Y aún decía don Manuel Azaña que en Madrid nunca pasaba nada!

01/06/2005

 
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