ARTÍCULO

El crack: narrativa a cinco voces

Muchnik Editores, Barcelona, 237 págs.
Muchnik editores, Barcelona, 293 págs.
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Hace algunos años me tocó presenciar un hecho ciertamente paradójico. Durante un encuentro de jóvenes creadores escuché el manifiesto de la que entonces se llamó la generación fría y que más adelante, en una de sus variantes, daría nacimiento al grupo conocido como del crack. El autor de la propuesta era el cuentista Ricardo Chávez, parte del crack y su promotor en el ámbito académico del sur de los Estados Unidos. La paradoja y el sincretismo de esta manifestación de principios estaba en el hecho de que el lugar en que se leyó, Texcoco, al oriente de la ciudad de México, era el mismo en que había nacido y tuvo su palacio de fábula el poeta Nezahualcóyotl. Allí, además, se localiza el primer alfabeto castellano de América, tallado en la piedra de su catedral.

¿Qué fue lo que Chávez dijo en esa oportunidad? Pues que esta generación de narradores tenía entre sus características el no imponer propuestas ni admirar a nadie; el aceptar la heterogeneidad de sus miembros como un aglutinante; el no ser un grupo de escritores sino el estar agrupados en bloques que comenzaban a definirse; el haberse formado todos en el sistema de taller. Y, quizá la principal, que los acontecimientos mediatos e inmediatos con repercusión social influían en el producto literario de cada uno de ellos, no como una presencia obvia sino de manera velada.

De este autor recogí más adelante una idea medular en cuanto al camino que han seguido las obras del grupo. Escribir narrativa significaba para ellos moverse entre las situaciones límite, como queriendo «construir un mapa de lo humano». Nada de drogas –otra curiosa paradoja tratándose de la generación del crack–, pero además el no considerarse jóvenes incomprendidos, serían otras dos marcas de origen e identificación. Obviamente, las reacciones en México no se hicieron esperar.

Buena parte de la crítica censuró el atrevimiento de que los autores se autoconsideraran una generación, y desde los sectores más diversos de la narrativa nacional surgieron opiniones diversas. Cercano en edad a los miembros del crack pero sin formar equipo con ellos, Álvaro Enrigue vería a los crackeros como escritores «de grandes temas, de grandes palabras». Otro joven autor, José Alberto Castro, opinó que las obras del movimiento tenían un «aliento apocalíptico». La propia generación del crack definía por entonces sus novelas como «obras de la desesperanza, de los ideales rotos y de los escenarios poco alentadores». Autores que nacieron «sin el 68» –agregaría Javier Sicilia, escritor católico de mayor edad–, se vieron de pronto ante «batallas cada vez menos claras, con el espectáculo del agotamiento de los recursos no renovables y la realidad de la contaminación del planeta [...], la pérdida de los referentes éticos, la caída de los regímenes totalitarios, el industrialismo voraz y la posmodernidad».

Después de repasar viejas opiniones propias y ajenas sobre la generación fría, con sus vertientes conocidas como la sin contienda y la del crack, me parece que la postura actual del grupo muestra algunos rasgos heredados de dos ramas sustanciales de la literatura mexicana del siglo XX. En principio, la insistencia en considerar la heterogeneidad de sus miembros como una marca distintiva es un hecho que se manifestaba ya dentro de una generación que, además, y desde mucho antes del surgimiento del crack, había influido sobre escritores y artistas que hoy rondan la cincuentena. Me refiero a la conocida como generación de medio siglo o de la Casa del Lago. En ella, entremezclados con los del boom internacional, han convivido autores tan distintos como Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, Inés Arredondo, Amparo Dávila, Juan García Ponce, Juan Rulfo y Octavio Paz. Otro hecho compartido entre los anteriores y los autores del crack es que varias de sus obras han sido escritas dentro del sistema de talleres. Esta costumbre de origen anglosajón se hizo práctica habitual en México a partir de la fundación del Centro Mexicano de Escritores a mediados de los años cincuenta. El trabajo en taller de esta institución produjo, entre muchos otros, libros tan importantes como Pedro Páramo, de Juan Rulfo, La región más transparente o El hipogeo secreto, de Carlos Fuentes y Salvador Elizondo.

En relación con este punto habría que señalar una aportación original del crack, y es que el campo de reflexión colectiva establecido por el grupo ha sido sobre todo virtual. Lo que Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Pedro Ángel Palou, Ricardo Chávez, Eloy Urroz o Vicente Herrasti han hecho desde lo que consideran una suerte de exilio –y que yo veo más bien como una experiencia académica–, es allegarse desde la enorme distancia geográfica que los separa, gracias a Internet, cada uno de los libros en proceso del grupo. Por otro lado, la crítica se ha referido al concepto de ruptura, identificado por lo general con la generación de medio siglo, cuando se habla del movimiento crack. Pero Octavio Paz había acudido ya al término cuando escribió sobre contemporáneos. Y al menos dos de los novelistas del grupo, Palau y Volpi, han manifestado afinidades con esta generación e incluso escrito sendas novelas dedicadas a los poetas Xavier Villaurrutia y Jorge Cuesta. La última paradoja encerrada en el asunto de las identificaciones está en el hecho de que los autores del crack, nacidos alrededor del 68 –y con Volpi, estudioso del ámbito político e intelectual de entonces, a la cabeza–, no mencionen como modelo de su desempeño a la generación mexicana más próxima, en tiempo y espíritu, al movimiento estudiantil del 68: la de la onda.

Creo que quizá la mayor diferencia entre el crack y otros grupos generacionales mexicanos estaría en un detalle que ya sugerí antes: el que los crackeros no hayan considerado como antiliterario al ámbito académico. De hecho, los libros más recientes del crack fueron escritos y han sido comentados, antes que en su propio país, en universidades y publicaciones de los Estados Unidos, España y Escocia. El crack es un movimiento de especialistas, de autores que dominan los entresijos de la intertextualidad y de la escritura con marcas de estilo. Se trata, en resumidas cuentas, de narradores profesionales que apostaron desde el inicio por una creación de altos vuelos; pero también por la invención de una poética.

A partir de un vistazo panorámico frente a novelas que significan, por su ambición y logros, un verdadero parteaguas en la literatura mexicana reciente, veo que las narraciones agrupadas en Tres bosquejos del mal, Diorama y Paraíso clausurado manifiestan similitudes entre sus autores. Sobre todo en cuanto a la intención creativa. Pero también claras diferencias en lo tocante a aspectos propiamente literarios. La bandera del crack, que sirvió en un principio para dar cohesión al grupo, en el momento actual pareciera más bien una limitante. Y la invitación a un nuevo proceso de ruptura que concluya en la individualización definitiva.

Las noveletas incluidas por Volpi y Padilla en Tres bosquejos del mal remiten en cierta forma a la narrativa inicial de autores como Salvador Elizondo o Carlos Fuentes y fueron el anticipo de Amphitryon y En busca de Klingsor, las obras mayores del crack, sólo comparables, en cuanto a lujo estilístico, con las novelas y cuentos del ninguneado Jesús Gardea. Por otro lado, Vicente Herrasti y Eloy Urroz, en un ejercicio absolutamente cosmopolita, procuraron en ese mismo libro colectivo y en Diorama llevar al punto límite sugerido por Chávez una temática narrativa con claras resonancias europeas practicada en México por Juan García Ponce. Como Volpi y Padilla, Pedro Ángel Palau se propuso en Paraíso clausurado, obra rica y compleja, quizá demasiado erudita, una exploración, un desmontaje del ámbito académico que tan bien conoce. El suyo es un ejercicio narrativo, como en los demás cracks, llevado hasta sus últimas consecuencias.

En un cierto sentido, tan interesante o más que la resolución de las tramas resultarán el armazón literario y el proceso seguido en la escritura de algunas obras del crack. Y es que las narraciones del grupo, unas más astutas que otras, resultan artificios de relojería en los que la arquitectura experimental y la magia literaria se entremezclan y confunden. Son trabajos ceñidos y precisos, claros en sus líneas de diseño y enigmáticos en sus contenidos.

Vicente Quirarte, autor de una generación inmediatamente anterior, opinó frente a las primeras entregas del crack que eran «un conjunto de propuestas para leer el mundo». Las obras que circulan hoy en España no traicionan ese espíritu.

01/01/2001

 
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