ARTÍCULO

La ética del propio interés mitigado por la simpatía

Alianza, 1997
Edición de Carlos Rodríguez Braun
616 págs.
 

La edición de Carlos Rodríguez Braun de La teoría de los sentimientos morales de Adam Smith ha venido a llenar un importante vacío en la bibliografía en castellano de la historia del pensamiento. Salvadas las servidumbres de las ediciones de bolsillo, se trata de una excelente edición, la primera versión completa en castellano de la obra a la que Adam Smith dedicó mayor atención a lo largo de su vida. La traducción se ajusta rigurosamente al original inglés, al tiempo que su claridad y agilidad hacen que la lectura sea verdaderamente placentera, pero además tiene un estudio introductorio en el que de una forma sintética se abordan los problemas fundamentales del pensamiento de Adam Smith.

Decía que la edición que presentamos ha llenado un importante vacío no sólo en el ámbito de la filosofía, ya que La teoría de los sentimientos morales es un libro de la filosofía moral, sino también en el ámbito de la economía pues la exposición y defensa del sistema de libertad económica y de la competencia que realiza Adam Smith en La riqueza de las naciones se entiende mucho mejor tras la lectura de La teoría de los sentimientos morales.

Esta fue la obra que hizo famoso a Adam Smith en su tiempo. Pero no parece exagerado afirmar que el propio autor la consideraba su obra más importante e incluso fue en la que puso mayor interés y a la que dedicó mayor atención. El ilustre escocés fue, y así se sentía él, un moralista preocupado por las normas reguladoras de la conducta humana. Miembro de la comunidad filosófica de su tiempo, fue nombrado catedrático de Lógica en la Universidad de Glasgow en 1751, y al año siguiente pasó a ocupar la cátedra de Filosofía Moral. Parece que la primera edición de La teoría de los sentimientos morales fue el resultado de las lecciones de filosofía moral, que fueron perfeccionándose entre 1752 y 1758, año en que estaría el libro listo para la imprenta.

Bajo la influencia de la hipótesis altruista de Shaftesbury y su concepto de simpatía, el sentido moral de Hutcheson que conduce a la benevolencia, y la idea de Hume de que las afecciones benévolas de los individuos tomadas en su conjunto superan al egoísmo, Adam Smith siguiendo la tradición escocesa de la ley natural, que resaltaba la naturaleza intrínsecamente sociable del hombre, intentó corregir las concepciones pesimistas de Mandeville, Hobbes e incluso Rousseau. Es muy probable, aunque esto no quede claro de forma suficiente, que Adam Smith con quien se sintiera en realidad incómodo fuera con Hobbes y su imagen del hombre radicalmente egoísta en el estado de naturaleza. Para Hobbes es el homo homini lupus, que tomó prestado de Plauto, lo que explica la inclinación natural del hombre a la sociedad, pues cuando no hay sociedad «hay un constante miedo y un constante peligro de perecer con muerte violenta. Y la vida del hombre es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta» (Leviathan, I, 13). Pero con quien se enfrenta A. Smith es con Mandeville y su cinismo. Mandeville había dicho que los vicios de los hombres, la lujuria, la ambición y el deseo de ganancia en todas sus formas eran la causa de la riqueza, mientras que la autonegación, la verdadera virtud, era generalmente conocida pero afortunadamente no practicada por la generalidad. En definitiva La fábula de las abejas de Mandeville atribuye al egoísmo los orígenes y lento desarrollo de la sociedad humana. En palabras del propio Adam Smith, Rousseau «suavizó, mejoró y adornó» los principios expuestos por Mandeville y «los despojó de toda tendencia a la corrupción y al libertinaje», y aunque a diferencia de Mandeville concebía el estado de naturaleza como un estado de felicidad en que los hombres disfrutaban de su bondad natural, sin embargo ambos autores coincidían en suponer la no sociabilidad natural del hombre, pero diferían de nuevo en cuanto a las consecuencias de la sociedad; para Mandeville fue la miseria del hombre lo que le impulsó a dar el paso hacia la sociedad, en el caso de Rousseau la organización social despertó las pasiones antinaturales de la ambición y el deseo de poder.

Frente a ellos A. Smith acepta que el hombre se mueve por el interés propio, pero también posee la tendencia a sufrir y sentir con sus semejantes. Para mostrar cómo operaban los sentimientos para convertir al individuo en un miembro disciplinado de un grupo social armonioso introdujo el concepto de «espectador imparcial», y denominó simpatía a ese complejo mecanismo psicológico de respuesta del hombre a los sentimientos de aprobación o desaprobación de sus vecinos. La simpatía supone, según Adam Smith, no sólo el deseo de obtener alabanza o aprobación de los otros, sino también el deseo de ser digno de alabanza. Así pues, la simpatía o capacidad de ponerse en el sitio de los demás llevaba a que apareciese en cada uno de nosotros un hombre dentro del pecho, «un espectador imparcial», que es quien aprueba o desaprueba nuestra conducta. De esa forma la simpatía es un freno para el amor propio dotando a los individuos de un autocontrol a la manera estoica que los convierte en naturalmente bondadosos. En este sentido cabe hacer una breve mención al que se denominó el problema de Adam Smith, esto es la dificultad de conciliar la existencia en el individuo de «algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de los otros», que encontramos en Lateoría de los sentimientos morales, con lo que escribió en La riqueza de las naciones al afirmar que: «No es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigimos a una humanidad sino a su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas».

Sin embargo pensamos que las proposiciones de La riqueza de las naciones son coherentes con las ideas morales de Adam Smith, y que, el hombre guiado por el amor propio (self-love), por el deseo de mejorar la propia condición, es el mismo de La teoría de los sentimientosmorales. Tampoco encontramos en La riqueza de las naciones ni el adjetivo selfish ni el sustantivo selfishness aunque self-love en las traducciones al español de La riqueza de las naciones se traduzca indistintamente por amor propio o por egoísmo.

Pues bien, se ha escrito recientemente que «desde Adam Smith hasta mediados del siglo XIX existe una gran semejanza entre los escritos económicos y políticos de los principales pensadores sociales en cuanto a la utilización fundamentalmente de argumentos verbales dominados por preocupaciones normativas» Gary J. Miller, «The Impact of Economics on Contemporary Political Science», Journal of Economic Literature, vol. XXX (septiembre 1997), págs. 1173-1204.. Pero en realidad debajo del concepto de homo oeconomicus subyace una concepción de la naturaleza humana que ha venido configurándose a lo largo de la historia de las ideas y cuyas notas definitorias consisten en la búsqueda del amor propio y la no maleabilidad. La no maleabilidad de los individuos nos advierte que siendo el móvil fundamental de los seres humanos el propio interés, los intentos de convertir a los hombres en solidarios por decreto lo único que conseguirán será alterar la estructura de incentivos con unas consecuencias no queridas de efectos incalculables. Los economistas tomaron prestado de la filosofía política aquella concepción de la naturaleza humana elaborada por los autores de los siglos XVII y XVIII , que desde un enfoque positivo derivaron del estudio de las características de los sentimientos, pasiones y afecciones de los hombres ciertos rasgos universales de la naturaleza humana que les permitiera deducir proposiciones coherentes capaces de explicar su comportamiento.

Pero el protagonista principal de esta historia es Adam Smith y su Teoría de lossentimientos morales. Fue A. Smith, quien tras suavizar las concepciones más pesimistas de los estudiosos de la naturaleza humana se encargó de asentar la economía como disciplina sobre los fundamentos filosóficos que había heredado y que él adoptó de forma magistral a las exigencias de la nueva disciplina.

01/03/1998

 
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