ARTÍCULO

La CNT en los años treinta

 

Julián Casanova es el más destacado especialista actual sobre el anarquismo español de la época de la República y la guerra civil. Su fidelidad a este tema ha sido constante, desde aquella tesis doctoral sobre las colectividades libertarias y el Consejo de Aragón en 1936-1937 que al publicarse fue saludada por Raymond Carr como el mejor libro aparecido sobre la guerra civil española a principios de los ochenta. Ahora, con este De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España (1931-1939) ofrece una interpretación global y sintética que da la impresión de cerrar todo un ciclo personal de investigación y reflexión sobre el asunto.

No todo lo que se dice en este libro es original, sino que se beneficia –como el autor reconoce– de muy buenas investigaciones firmadas a lo largo de estos años por Aurora Bosch, Susana Tavera, José Manuel Macarro, Mercedes Vilanova y otros. Pero, se crea o no, esta es la primera historia global de la CNT en los años treinta desde la escrita por John Brademas hace ya casi medio siglo.

La versión actual cuestiona, como no podía por menos, muchas de las verdades aceptadas hasta hace poco. En vez de explicar, por ejemplo, el enfrentamiento inicial de la CNT con la República a partir de los principios doctrinales libertarios, parte de la rivalidad con la otra gran central sindical, la UGT, enconada tras la colaboración de ésta con la administración estatal en los años de Primo de Rivera y llevada al extremo por el descarado favorecimiento de los intereses ugetistas por Largo Caballero como ministro de Trabajo de la República. Una rivalidad que fue el origen de muchos de los problemas de la coalición republicano-socialista, cosa que tantos, empezando por Azaña, no supieron ver.

El autor desmonta también las visiones idealizadas de la CNT como organización popular, inspirada por el antipoliticismo y con un número creciente de seguidores obreros debido al desencanto por la lentitud e ineficacia de las reformas republicanas. «Popular», por supuesto, encarnación esencial del pueblo trabajador, es lo que decían los órganos libertarios que era; pero Casanova observa que el pueblo real estuvo masivamente en la calle celebrando el 14 de abril mientras ellos se reunían para ponerle reservas. Tampoco se trataba de una organización unida, ni de una maquinaria que funcionara de manera ágil, engrasada por la espontaneidad proletaria. Era, por el contrario, un mundo complejo y duro, tan lleno de tendencias en pugna como cualquier otro grupo político. Con la diferencia de que aquí estamos hablando de un sindicato sin fondos, mal gestionado y con la opacidad que produce la ausencia de reglas de juego. Casanova se refiere a las «tenebrosas» relaciones de la familia Urales con la CNT y proporciona duras descripciones de la FAI, la vanguardia elitista y clandestina (nada más lejos a la espontaneidad) que entre 1931 y 1932 se adueñó de los puestos claves dentro de la central sindical. Describe también los mecanismos insurreccionales, tan ensayados en 1932-1933: en ocasiones –raras–, fue la propia dirección confederal la que aprobó llamamientos a huelgas generales en toda España, que casi nadie siguió; en otras, la mayoría, fueron «grupos anarquistas iluminados por visiones catastrofistas» quienes se presentaron en los pueblos y se lanzaron a aventuras que la dirección se veía obligada después a avalar. Luego, con los derrotados en la cárcel, la fuerza de los radicales contra los moderados residía en los comités de presos, que explotaban la mala conciencia de los sindicalistas. En muchos de estos rasgos, el mundo confederal recuerda al del radicalismo abertzale actual.

Analiza también el libro la evolución en cifras y composición sociológica de aquel sindicalismo, que en buena medida explican diferencias de orientación estratégica. Los obreros industriales cualificados tendían a apoyar a sindicalistas clásicos del estilo de Peiró o Pestaña, pero su peso relativo fue disminuyendo frente al de los albañiles, que alimentaban el radicalismo. En cuanto al supuesto «crecimiento imparable» de la CNT en años republicanos, no fue tal: del despegue espectacular que siguió al 14 de abril se pasó a una caída de unos 300.000 afiliados en 1932-1934. El «Bienio Negro», concluye Casanova, no fue tan negro para la CNT; los negros habían sido los dos años anteriores, justamente los del período insurreccional.

Todo ello lleva al momento crucial de 1936. La observación novedosa en relación con aquella fatídica primavera es que la CNT no estaba tan lanzada hacia la vía revolucionaria como suele suponerse. A partir de 1934 era más bien la UGT, y dentro de ésta la rama campesina –la FNTT–, la que estaba contribuyendo, por parte de la izquierda, a la creación de un clima prebélico. Iniciada la sublevación, tampoco fue «el pueblo» quien venció a los rebeldes, sino «la resistencia aliada de fuerzas de seguridad leales a la República y de militantes de las organizaciones políticas y sindicales». Como no fue el pueblo quien creó la oportunidad revolucionaria del 19 de julio, sino la coyuntura política, el hundimiento del Estado ante la insubordinación de un sector del ejército. Por último, hay que anotar que los principales esfuerzos de los dirigentes y militantes cenetistas durante el verano de 1936 no se dedicaron a hacer la revolución social, sino a destruir símbolos (en cierta manera, a eso llamaban hacer la revolución) y a ejecutar a «facciosos». Lo cual implica que aquel movimiento que tenía como principio la renuncia al poder, en el momento supremo ejerció el poder, y en particular el poder por excelencia de quitar la vida a otros; y que las muchas muertes de las que la CNTFAI fue responsable no fueron respuesta a conductas delictivas de los ejecutados sino que obedecieron a criterios, como Casanova escribe un tanto ambiguamente, «específicos»; entiendo que quiere decir por el hecho de ser curas, o terratenientes –no necesariamente grandes–, votantes de la CEDA, afiliados a sindicatos católicos o pequeños industriales.

Pero que la CNT ejerciera poder no significa que hubiera, en la España republicana de 1936-1937, una situación de «doble poder». Contra la interpretación de Trotski y contra los Broué-Témime a los que antaño leímos fervorosamente, no había una pugna entre un poder popular, constituido por milicias, tribunales populares y comités espontáneos, y otro gubernamental debilitado que intentaba encauzar el desbordado torrente revolucionario. Lo que había era caos. También es un mito el enfrentamiento, dentro de las filas anarquistas, entre faístas y treintistas sobre la aceptación o no de la entrada en el poder. En noviembre de 1936 todos estaban a favor de entrar en el Gobierno, aunque luego algunos lo denunciaran. De hecho, los dos sectores entraron, el moderado representado por Peiró y Juan López y el radical por García Oliver y la Montseny.

Sobre las colectividades agrarias de Aragón o la participación de las mujeres en los batallones libertarios, el relato de Casanova se aleja mucho de recientes versiones rosas tituladas Libertarias (Vicente Aranda) o Tierra y libertad (Ken Loach). Las milicianas vestidas de mono fueron pocas, no representaban a la población femenina; y provocaban la repulsa tanto de otras mujeres como de los hombres («esto no es un carnaval»); el esfuerzo anarquista por movilizar a la mujer se expresó con discursos muy tradicionales, invocando el deber maternal de defender a sus hijos de la amenaza fascista; y ni siquiera la organización feminista por excelencia, «Mujeres Libres», se opuso a la decisión de que las milicianas abandonaran el frente. En cuanto a las colectivizaciones, del relato se deduce con claridad que fueron un fenómeno nada espontáneo, impuesto, armas en mano, por grupos revolucionarios urbanos. El autor observa, por ejemplo, que las fuerzas del territorio dominado por los anarquistas en Aragón no estaban mandadas por ningún militante cenetista aragonés. La conclusión de su análisis es, sin embargo, evasiva: «Resulta poco riguroso conceptualizar aquel proceso de espontáneo, pero también lo es afirmar que el campesinado aragonés rechazó frontalmente el colectivismo». ¿Cómo iban a rechazar los campesinos, y mucho menos frontalmente, las propuestas de unas columnas armadas, dirigidas por temibles «hombre de acción», que entraban en los pueblos ejecutando unos cuantos fusilamientos? Tampoco se opusieron al desmantelamiento de las colectividades un año después, efectuado con los mismos métodos por los hombres de Líster.

El libro evita, pues, compromisos tajantes en las conclusiones, e incluso los elude en algunos momentos del desarrollo del relato. En el enfrentamiento inicial entre la CNT y la República, no acaba de estar claro quién comienza la escalada. El autor culpa implícitamente a la segunda, más que a la primera, subrayando repetidas veces «la represión e intolerancia del poder», «la intimidación y la ausencia de garantías para el ejercicio de los derechos fundamentales» o «la subordinación y entrega del orden público al poder militar [...] desde la misma proclamación de la República». Pero la cronología no es clara: el reto de la CNT parece haber comenzado antes (según Azaña, en julio del 31 ya había huelgas de la CNT «por todas partes»), y la Ley de Defensa de la República sería una respuesta a este reto. Casanova tiende a culpar de los conflictos al «poder», al «sistema». Igual que, cuando los anarquistas se rebelaban contra la República, nos recuerda que la Guardia Civil era muy represora, cuando explica que tendían a no votar inserta una referencia a la tradición caciquil y cuando habla de los «paseos» del verano del 36 los considera «respuesta a los numerosos asesinatos cometidos por los militares en la otra zona». Un conservador haría lo contrario: diría que el caciquismo era una respuesta racional al apoliticismo de las masas o que las ejecuciones efectuadas por los «nacionales» eran represalias por los asesinatos de los «rojos». Ambos argumentos son igualmente indemostrables. Ni siquiera una cronología cuidadosa probaría nada. Los seres humanos hacen muchas cosas –entre ellas, matar– por el convencimiento de que, si no, se lo van a hacer a ellos.

Pese a la dureza con que les trata en ocasiones, Casanova tiene una cierta tendencia, pues, a exculpar a los anarquistas. Llega a poner en duda la subversión agraria de la primavera del 36, cuando hay múltiples testimonios, como el de Arturo Barea en La llama, sobre el clima, no ya de subversión, sino de preguerra civil, que se vivía en el campo español en esa primavera. Que no fueran tanto los anarquistas como los socialistas sus creadores es otro problema. Pero todo fue obra de «iluminados», por ponerlo en términos que Casanova usa, pero se resiste a llevar a su conclusión. Quizás haya llegado la hora de ver esta historia en términos más elitistas y descartar la imagen, tan venerada por partidos y sindicatos, que los presenta como encarnación de fuerzas sociales numerosas. No creo, por ejemplo, que podamos seguir refiriéndonos, como hace este autor, a las «nuevas oportunidades» abiertas a los campesinos por la revolución social de 1936-1937, o a que éstos «ganaron poder y dignidad» con las colectivizaciones. Más de acuerdo estoy con él cuando dice que se había desatado una lucha entre comunistas y anarquistas «por el control político del campesinado». Una lucha por el poder (terrible, por cierto, sólo resuelta con los 400 muertos de Barcelona en mayo del 37) entre grupos minoritarios, con una población campesina que era mero sujeto pasivo; casi igual –quizás un poco menos; pero habría que demostrarlo– de lo que lo había sido desde tiempos inmemoriales.

Hablando del mundo rural, en el libro se insinúan, pero tampoco se exploran con suficiente profundidad, las abismales diferencias y difíciles relaciones entre éste y el urbano. En diversas ocasiones se refiere el autor a la escasa fuerza rural de la CNT y su casi nula preocupación por los problemas campesinos. Los anarquistas fueron incapaces de elaborar un programa agrario durante la Segunda República (como lo habían sido a lo largo de su primer medio siglo de existencia, algo que ya me sorprendió a mí hace años, al estudiar esa época), y ni siquiera diseñaron una estrategia frente a la reforma agraria republicana. La CNT no constituyó una Federación Nacional Campesina hasta ¡junio de 1937!, e incluso en el famoso Consejo de Aragón, que supervisaba y dirigía las colectividades de 1936-1937, no hubo ningún campesino. Que todo esto ocurriera en una organización que a la vez preconizaba en sus congresos la constitución de «comunas libertarias» de inspiración ruralista y al que los historiadores siguen presentando como expresión de un movimiento social agrario es algo que debería dar lugar a mayor reflexión.

Se dejan de lado, para terminar, en la obra las percepciones culturales en favor de la historia político-institucional, a veces apoyada, al menos implícitamente, en una causalidad objetivo-economicista que muchos historiadores actuales no compartirían. La República no era reformista de verdad –y fracasó por ello– «porque detrás de esas propuestas no había una clase capitalista fuerte que pudiera responder con las concesiones necesarias»; la crisis económica, y el paro como consecuencia de la misma, originaban las protestas e invasiones de fincas. Uno tendería a sospechar que más que una clase capitalista fuerte hubiera sido importante tener unos empresarios, y sobre todo unos terratenientes, menos acostumbrados a relaciones autoritario-paternalistas y con mayor confianza en un sistema democrático. Como sospecharía que el paro fue más una consecuencia de la retracción punitiva del capital que de la crisis económica; y que las acciones «proactivas» de los trabajadores militantes se debieron al envalentonamiento causado por la nueva coyuntura política más que a unos niveles de miseria o paro superiores a los habituales. Es decir, que se debería dar mayor importancia a los aspectos relacionados con la cultura y con la oportunidad política. Ucelay Da Cal escribió no hace mucho páginas muy clarividentes sobre la legitimidad del insurreccionalismo y de la ocupación de la calle para las fuerzas políticas españolas de la época. Y en cuanto a la represión, habría que subrayar, no tanto las muertes causadas por la Guardia Civil como la nueva percepción de estas muertes, derivada de la coyuntura política abierta con el advenimiento del nuevo régimen. Para una sensibilidad actual, hay pocas dudas de que la Guardia Civil reprimía brutalmente las protestas rurales, pero venía haciéndolo desde casi un siglo antes sin que ello hubiera provocado las reacciones de la era republicana. Lo que el 14 de abril inauguró fue un conjunto de oportunidades y expectativas políticas nuevas; un régimen cuya legitimidad básica había cambiado, no sólo porque se apoyaba en la soberanía popular sino porque era una república «de trabajadores». Al no producirse cambios tangibles e inmediatos en las condiciones de vida y las relaciones sociales –y no porque las condiciones «objetivas» hubieran empeorado–, surgió la protesta. La autoridad entonces no supo cómo enfrentarse con esa protesta y no poseía además otros medios que los tradicionales. La situación de 1931 no era, pues, tan distinta a la de 1936 que Casanova analiza tan acertadamente, cuando no es que el pueblo hiciera la revolución sino que el hundimiento del Estado creó la oportunidad para la revolución.

El tema del anarquismo español durante la República y la guerra civil sigue, por tanto, siendo apasionante y abierto a la reflexión. Julián Casanova ofrece en esta obra la más completa y equilibrada síntesis de lo que sabemos sobre el mismo, con un conjunto de información incomparablemente superior a lo que existía antes, bien sintetizada y guiada por un esfuerzo de objetividad que es perceptible en cada línea. Quizás este libro marque el momento de emprender otros caminos, o bien usando fuentes distintas o explotándolas de manera diferente: pasar de la ideología, las instituciones y las pugnas políticas a la sociabilidad (los lugares de reunión, las asambleas, los procesos informales de tomas de decisiones), la vida diaria (la conducta sexual, por ejemplo; ¿qué sabemos, de verdad, de lo que significaba para los anarquistas el «amor libre»?, ¿qué sabemos de las relaciones padres-hijos?), la alimentación (formas de abastecimiento durante la guerra), la cultura, el mundo mental... El libro de Julián Casanova es un excelente trampolín para dar ese salto.

01/04/1998

 
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