ARTÍCULO

Intelectuales: ¿especie en peligro?

 

Un amigo solía decir que el problema de los intelectuales era más bien el problema de los intelectuales. Su problema, vaya, no el nuestro. Algo de eso parece haber, porque la preocupada proliferación de textos y argumentos que se alarman por su posible desaparición procede de la pluma de intelectuales y, en mucha menor medida, de la de políticos o ciudadanos de a pie.También es cierto, por lo demás, que hay quien saluda con alegría esta deflación de los intelectuales. Sobre todo si de lo que hablamos es del «clásico» intelectual de izquierda. No hace mucho, Paul Johnson afirmaba, con un estilo feroz que comparte en buena medida con aquellos que critica: «Una docena de personas elegidas al azar en la calle es probable que nos den opiniones sobre asuntos de moral o de política por lo menos tan sensatas como las de un grupo representativo de los miembros de la clase intelectual. Pero yo iría más lejos. Una de las principales lecciones de nuestro trágico siglo [ XX ], que ha visto tantos millones de vidas humanas sacrificadas en proyectos para mejorar el destino de la humanidad, es: cuidado con los intelectuales» (pp. 404-405). De este modo, Johnson nos anima a mantenerlos lejos del poder, hacerles objeto de especial sospecha, desconfiar de sus grupos y manifiestos, y recelar de sus opiniones e intervenciones públicas. Porque –dice– olvidan con una frecuencia letal que las personas importan más que los conceptos. De hecho, los desmanes a que los intelectuales pueden movernos son de un calibre y producen riesgos tan marcados que el autor acaba recomendándonos huir del peor de todos los despotismos: «la tiranía desalmada de las ideas». Claro que hay quien ha pretendido que el problema no está en los intelectuales críticos, sino en los mandarines del establishment. De eso trata el libro de Noam Chomsky cuyo título en castellano es bastante equívoco. Los nuevos intelectuales no son muy nuevos, después de todo. El texto traduce el American Power and the New Mandarines de 1967. Por esa razón la descarnada crítica a los intelectuales integrados que sirven al poder estadounidense, elitistas, manipuladores, conservadores e ignorantes, profundamente indoctrinados... se refiere a los tiempos de la guerra del Vietnam. Aunque, hay que confesar que la posición de Chomsky en aquellas polémicas no ha variado demasiado de la posición que hoy, cuarenta años después, mantiene nuestro intelectual lingüista: no creo que se haya movido un ápice en sus opiniones, aunque dudo que esto sea exactamente una virtud. Sea como fuere, parece cundir la alarma sobre los intelectuales entre los intelectuales contemporáneos.Vean si no algunos títulos de libros relativamente recientes: Intelectuales públicos, ¿especie en peligro?; ¿Dónde fueron todos los intelectuales?; ¿Sigue haciendo falta escuchar a los intelectuales?; ¿Existen los intelectuales?, etc. Parece que todos comparten y temen el diagnóstico que Bernard-Henri Lévy nos ofreció hace algún tiempo en su definición del intelectual: sustantivo masculino, categoría social y cultural, nacido en París durante el affaire Dreyfus, muerto en la capital francesa a finales del siglo XX. Es cierto que cuando uno lee con cierto cuidado el uso de estas u otras afirmaciones «alarmantes» advierte de inmediato que puede que las quejas sean ubicuas, pero son muy diferentes entre sí. De hecho, parecen responder a causas distintas: es como si quien echa de menos la influencia de los intelectuales en realidad añorara únicamente la fuerza o la potencia de sus propias ideas. En efecto, los liberales sienten nostalgia por los intelectuales liberales, los críticos por los críticos, los utópicos por los utópicos... y así sucesivamente. Por ejemplo, en la obra de Russell Jacoby, tanto en The Last Intellectuals como en The End of Utopia, o en su muy reciente Picture Imperfect. Utopian Thought for an Anti-Utopian Age, el lamento preferente se refiere siempre a la ausencia cada vez más clara del componente utópico en el discurso público de los intelectuales. Si en el primer libro examina el cambio profesional de los intelectuales como origen del problema (de independientes y bohemios a profesores universitarios), en el segundo sugiere ciertas transformaciones políticas contemporáneas lesivas para el pensamiento utópico (como el multiculturalismo convertido en el «opio de los intelectuales»).Y, finalmente, en el tercer libro de la serie analiza en detalle la tradición de crítica de la utopía para identificar el animus antiutópico y explicar de ese modo su debilidad actual. Obsérvese que esa debilidad es compartida: lo es al tiempo de los intelectuales y de la utopía como género. Lo que Russell Jacoby viene a señalar como solución a esta crisis es que hay que abandonar aquel género utópico que ha desembocado en las peores pesadillas del siglo XX (los totalitarismos fascistas y comunistas) y que amenaza seriamente al siglo XXI (los identitarios terroristas o los nacionalistas radicales). En su opinión, hay que retirar a esas formas de pensamiento el título de utópicas.Y, del mismo modo, para preservar la «buena tradición utópica» hemos de eliminar sus tendencias a programar el futuro de manera pormenorizada y maníaca (siguiendo aquí nuestro autor una línea de pensamiento presente hace tiempo en liberales como Karl Popper o Isaiah Berlin). Por eso hay que reivindicar a los «utópicos iconoclastas», preocupados únicamente por la protesta, la crítica y la oposición a lo existente. Como dirían Theodor Adorno y Max Horkheimer, la negatividad como actitud teórica y vital debe reemplazar a una peligrosa inclinación hacia la ingeniería social en el utopismo. Un enfoque radicalmente opuesto al de Jacoby lo encontramos en el libro de Raymond Boudon Pourquoi les intellectuels n'aiment pas le libéralisme? En él, el autor se sorprende de que una visión del mundo como la del liberalismo, cuyo nudo central es la dignidad y la autonomía de los individuos, se haya convertido para la mayoría de los intelectuales (los intelectuales «continentales», es decir, de matriz francesa, me atrevería a añadir) en algo deleznable. En efecto, el liberalismo se considera desde esta perspectiva como un culto al mercado, que genera desigualdad, que establece el derecho del más fuerte, que resulta economicista y enemigo de la cultura, aliado de los poderosos, siendo de todo ello Estados Unidos el (anti)modelo por excelencia. Es cierto que estos intelectuales de izquierda tienen que bregar hoy con el hecho de que el marxismo, que era el instrumento teórico que usualmente ayudaba a justificar estas críticas, se halla completamente desprestigiado. Sin embargo, sugiere Boudon, sus «esquemas explicativos» (pp. 34-36) siguen muy vivos. En particular aquellos que sugieren simplezas (en mi opinión, con muy poca base en la teoría marxista seria) tales como la teoría de la conspiración o el complot permanente de los poderosos. Sin embargo, la «Vulgata» marxista se ha visto, nos dice Boudon, también desplazada, y a menudo reemplazada, por un neonietzscheanismo que sugiere que todo orden o institución que pretende encarnar la justicia o el bien común no hace más que encubrir voluntad de poder y aplastamiento del débil. En esa línea se leen las acusaciones de sexismo, racismo, desprecio de lo diferente, xenofobia, etc., que acaban desplazando a (o yuxtaponiéndose con) las vindicaciones de la vieja lucha de clases. Por otro lado, nuestro autor sugiere que el rechazo al liberalismo igualmente se debe a una coyuntura cultural en la que ciertas convicciones profundamente sentidas (por ejemplo, la proliferación de buenos sentimientos morales y la simplicidad en la resolución de los problemas) son contemporáneamente exigencias ineludibles del público. Esto desemboca en una devaluación del pensamiento a la que se une una sobrevaloración de la moral, es decir, la génesis de lo políticamente correcto (pp. 81 y ss., y pp. 147 y ss.). En una coincidencia ideológicamente curiosa, Régis Debray ya había escrito en una dirección similar: los intelectuales occidentales que hoy promueven una filantropía sin límites en el ámbito global acaban generando una posición «moralista» (moralitaire), irrespetuosa con la otredad, que convierte a la emoción en solución, que toma una postura moralmente inatacable, aun cuando sea políticamente dudosa, e invierte en una suerte de «Internacional del corazón» que usualmente acaba generando una escalada de la violencia Debray se refiere en este caso a la guerra de Kosovo y, aunque no comparto en absoluto sus juicios al respecto (véase el atinado comentario de Christian Delachampagne,Le philosophe et letyran, París, PUF, 2000, pp. 150 y ss.), me parece, sin embargo, que esta descripción que antecede se ajustaría como un guante tanto a las justificaciones del neoconservadurismo estadounidense para la invasión de Irak –guerra de liberación, etc.– como a algunos de los argumentos que proliferan entre cierta izquierda europea contrarios a «cualquier» guerra.. Por otro lado, Boudon localiza una fuente alternativa de crisis de los intelectuales en el relativismo que se sigue del determinismo cultural. La desaparición de ideas vinculadas a la verdad científica, o a la verdad a secas, y su sustitución por la utilidad social del conocimiento, por aquello que conviene para la liberación de la opresión, reconvierte todo el problema del saber en un asunto de mera conveniencia (p. 138). Pero esa traslación no resulta inocua. En realidad produce una extraña alianza de antiliberales: las iglesias que ven en el liberalismo múltiples riesgos, los conservadores que idealizan el pasado, los románticos que entienden la política como lucha sin cuartel, los nacionalistas donde el individuo desaparece bajo el peso de lo colectivo, los comunitaristas preocupados por proteger su homogeneidad, etc. Creo que podríamos añadir a este listado, sin demasiado miedo a equivocarnos, a los visionarios de la antiglobalización, a indigenistas varios, populistas autoritarios, neoconservadores decididos a destruir el Estado de derecho con tal de promover sus fines, posmodernos radicales, y un largo etcétera de antiliberalismo rampante con orígenes ideológicos más que plurales. La pregunta sería: ¿por qué los intelectuales aman estas cosas? ¿Por qué se inclinan ante un pensamiento opresivo antes que reconocer las ventajas del liberalismo democrático? Quizá porque luchan denodadamente por reencantar el mundo, por darle un sentido, por ofrecer religiones seculares allí donde las regulares se retiran.Y entonces la buena voluntad, el deseo de ayudar a los oprimidos de todo tipo y condición, de apoyar proyectos espléndidos y sin mácula, de extender la democracia mediante la guerra, etc., construyen una alianza entre moralismo, determinismo y relativismo, que tensa la situación hasta convertir al intelectual en abanderado de la intolerancia. Seguro de sus buenos fines, empuja hacia el pensamiento único, hacia la homogeneidad de la opinión, e inicia la deriva hacia lo emotivo, lo indudable, lo obligatorio, lo ineluctable. Una vez hallada la verdad moral incontrovertible, y una vez determinada la identidad de la víctima del caso, el resto es rutina: la conversación puede terminar. En un texto de Pierluigi Battista que se centra en el caso italiano, pero que fácilmente puede extenderse a Occidente entero, se ha dicho que estas tendencias aquí analizadas han convertido al intelectual en «centinela de la pureza» y que eso ha generado una extremada rigidez con la disidencia y la proliferación de una cultura de la sospecha frente a todos aquellos que ponen en cuestión la hegemonía de ciertas verdades. Un enfoque menos militante sobre este tema de la desaparición de los intelectuales lo encontramos en el muy reciente libro colectivo editado por Amitai Etzioni y Alyssa Bowditch: Public Intellectuals:An Endangered Species? Se trata de un conjunto de textos que, además de interpretativos, son extremadamente descriptivos y sociológicos (como manda la tradición anglosajona en estos temas), y que reúnen un buen puñado de fechas, enfoques y autores variados. Así, en él encontramos intervenciones públicas, de los cincuenta a la actualidad, de personajes como Lewis Coser o C.Wright Mills, así como de Richard Posner o Edward Said. Como puede verse, el libro resulta muy centrado en Estados Unidos y, pese a la pluralidad de perspectivas que se manejan en él, aparece una tesis prácticamente común respecto del problema que nos ocupa: en lo que hace a los intelectuales, siempre estuvimos en crisis. El trabajo de Etzioni que encabeza la selección tiene un particular interés porque nos ofrece un abanico de definiciones, estudios y publicaciones sobre el intelectual público (IP) que puede resultar muy útil al lector interesado en la evolución de estos asuntos en Estados Unidos. Comienza subrayando una definición del IP como intelectual que se expresa de manera accesible al público sobre asuntos de interés general, político e ideológico. Esta definición concita un apoyo unánime entre los especialistas. Pero confieso que a mí me resultan bastante más interesantes las reflexiones que en este mismo sentido (pp. 10 y ss., y pp. 79 y ss., por ejemplo) pueden encontrarse en la reciente obra de Santos Juliá,Historias de las dos Españas No comento este libro porque estas páginas ya han acogido un comentario sobre esta obra de Manuel Pérez Ledesma, «Grandes relatos sobre las dos Españas», en Revista de Libros, núm. 100 (abril de 2005), pp. 32-38. (lo que me sirve para aclarar que, con muy pocas excepciones, el género de la reflexión sobre los intelectuales hoy no tiene muchos practicantes en España, a pesar de que buenos libros sobre sus variadas historias del pasado sí que proliferan entre nosotros). Sea como fuere, el citado texto de Etzioni aborda igualmente un análisis de parte de la bibliografía relevante sobre el perfil ideológico de los intelectuales. Es decir, del controvertido tema de si este IP debe entenderse como un personaje esencialmente crítico, al estilo de JeanPaul Sartre o del ya citado Russell Jacoby, o de Edward Said, o bien necesitamos un concepto que abarque una mayor amplitud ideológica y se centre en contribuciones similares a las ya citadas de Johnson o Boudon. En realidad, parece que la tendencia a la crítica y a la adopción de puntos de vista fuertemente normativos resulta consustancial al intelectual. Pero eso no significaría que el IP sea necesariamente de izquierdas o antisistema. Esta aparente paradoja, que Etzioni no explica, creo que se debe a lo siguiente. Sí existe un elemento que es común a todos los intelectuales, sean «de derechas» o «de izquierdas», a saber: su pensamiento trata explícitamente de producir efectos en el mundo.Y pensar de ese modo, pensar activamente, intervenir mediante la reflexividad, exige redescribir, ver las cosas desde otro punto de vista, contribuir a relegitimar o deslegitimar ciertas prácticas e instituciones y, en definitiva, poner en cuestión el discurso y el mundo que nos vienen dados. Como señala Etzioni, una de las funciones que los IP deben desarrollar es lo que él llama cuidar de las «communities of assumptions» (asunciones compartidas) que sostienen los ciudadanos. E igualmente –diría yo– renovar, recrear, rehacer, reconstruir, abrir, imaginar o transformar esas asunciones sociales compartidas que, resistentes al cambio, tienden a rutinizar su existencia en términos de tradiciones establecidas. Si queremos promover una sociedad abierta, estas asunciones deben poder ser desafiadas. Esto exige reflexión y trabajo cívico, porque el cambio es costoso y complejo, y porque siempre parece más sencillo no pensar, dejarse llevar y acomodarse a las interpretaciones hegemónicas.Ahora bien, resulta que la función de los intelectuales siempre ha sido crítica de este modo, lo que de ninguna manera significa que esa función sea monopolio de la izquierda o de los antisistema o de los que propugnan la novedad por la novedad. Ni tampoco, claro está, de la derecha y sus epígonos. Lo que digo es más simple: el intelectual, al abrir las esclusas de las interpretaciones alternativas de la realidad, al urgirnos a la reflexividad, amplía la perspectiva de los ciudadanos y trata de transformar el mundo mediante la palabra. Esto hace que, tarde o temprano, su labor se encuentre atrapada en los problemas implícitos en el cambio y la transformación del mundo. No obstante, en su contribución al libro que comento, Paul Berman opina que el problema con el que actualmente nos encontramos no es estrictamente el problema de los intelectuales, sino que más bien procede de la pérdida de un público atento que escuche, como en otros tiempos se escuchaba, a intelectuales como Arendt,Adorno, Sartre, Camus, Shaw, Ortega, etc. Esto significaría que, a la postre, nuestros dilemas contemporáneos no proceden de los intelectuales, sino del público.Y esto, a su vez, explicaría la aparición en el mercado de las ideas del intelectual entendido como celebridad («the intellectual as celebrity», en expresión de Lewis Coser), que se dirige a un gran público semieducado, apela a una opinión pública amorfa, escapa a cualquier control de los pares y empobrece el discurso público. La verdad es que, según creo, el triunfo en ese mercado pasaría no por enfrentar al público a las complejidades del pensamiento y de la acción, sino precisamente por lo contrario, por halagar prejuicios que garanticen una cuota de mercado y garanticen el éxito. Si, como ha señalado Pierre Bourdieu, antes el intelectual invertía el prestigio y la autoridad conseguida en otras áreas en el ámbito de la acción política, ahora parece que la cosa ha cambiado de dirección. En efecto, el intelectual se adapta al público, trata de sorprenderlo y complacerlo y adularlo y consentirlo para extraer de ahí un éxito «comercial» que, convenientemente aderezado, pueda reenviar a los pares (académicos o no) en forma de éxito de ventas o de relevancia pública. Acaso lleve razón Richard Posner en su contribución cuando sugiere que estos y otros defectos contemporáneos sólo pueden eludirse si logramos establecer ciertos mecanismos para hacer responsables a los intelectuales de sus intervenciones públicas y de sus consejos. En realidad, Posner reafirma aquí una tesis que elaboró en detalle en un libro anterior, Public Intellectuals. A Study on Decline Este libro no se comenta en este trabajo porque ya recibió una recensión firmada por Félix Ovejero en estas mismas páginas: «El precio de los intelectuales», en Revista de Libros, núm. 89 (mayo de 2004), pp. 3-7.. Dado que los intelectuales públicos son muy poco cuidadosos con los hechos, a menudo inexactos en sus apreciaciones, están mal informados, tratan sobre todo de ser originales e impresionar a su audiencia, es necesario un «control de calidad» en el mercado intelectual. Para mejorar su rendición de cuentas (accountability) y enfrentarles al riesgo de pagar por sus errores y sus afirmaciones absurdas, sugiere la publicación sistemática de sus intervenciones públicas en la web de su universidad o de su lugar de trabajo. Me parece, en todo caso, que resulta dudoso que esta solución sea suficiente para abordar este problema, sobre todo si consideramos la proliferación de intervenciones públicas, la memoria de pez que muestran nuestros espacios públicos y la enorme fragmentación del mercado de las ideas. Porque lo cierto es que lo que yo llamaría la jerga de la irresponsabilidad existe y goza de una excelente salud. El intelectual contemporáneo se topa, desde luego, con toda clase de problemas, pero personalmente no veo por ningún lado el riesgo de su desaparición. La figura del intelectual, por tanto, lejos de languidecer, ha multiplicado su impacto público, su éxito comercial, su influencia y también su cercanía al poder y a los centros de decisión (como muestra el caso de los «neocons»).Y lo ha hecho sin verse forzado por ello a abandonar los espacios críticos y el gesto desafiante con el sistema. Así pues, lo que ocurre con los intelectuales no es que desaparezcan: es que mutan. Sin embargo, cuando lo hacen, también innovan: trasladan su discurso hacia el ámbito de la democracia y acaban alabando a aquellos liberales y demócratas que, como Raymond Aron, John Dewey o Albert Camus, fueron adelantados en esa tarea. Aparece entonces un cierto reformismo pragmático, una huida de soluciones simplistas y extremas, de explicaciones cerradas, de dogmatismo, determinismo o ingenuidad moralista bienintencionada. Buena prueba de ello sería el reciente Manifiesto de Euston Véase www.eustonmanifesto.org., en el que el grupo de intelectuales firmantes afirman cosas tales como: la identificación con la democracia, la reivindicación de la pluralidad, la oposición a la tiranía (se ejerza en nombre de lo que se ejerza).Y también un compromiso sin fisuras con la defensa de los derechos humanos y de la igualdad, o una comprensión del desarrollo económico como base de la libertad. Destaca la referencia, en estos tiempos que corren, a una solución justa (dos Estados) al conflicto palestino-israelí (en lugar del habitual antisemitismo larvado de muchas soluciones «taxativas»). Por fin, el manifiesto hace explícita su oposición al racismo, al antiamericanismo superficial, al terrorismo, al negacionismo histórico de fascismos y comunismos, al fanatismo y al dogmatismo y, paralelamente, una vindicación de la libertad, la crítica y el diálogo abierto. Un programa, como puede verse, fuertemente ligado a la democracia en su versión progresista e igualmente alejado de la izquierda populista, posmoderna, culturalista o tradicional, y de la derecha neoconservadora, xenófoba o igualmente populista. Un programa que podría llamar la atención, e incluso concitar quizás un apoyo parcial, de grupos de centristas, neoliberales y conservadores. De todos los comentados en esta nota, el libro de Sandra Laugier es probablemente el que mejor podría fundamentar este giro hacia el intelectual demócrata. Su autora –experta en Ludwig Wittgenstein y Stanley Cavell, esto es, en la filosofía del lenguaje– trata de analizar el enfoque sobre el papel de los intelectuales centrándose en el lenguaje, el diálogo y la conversación y, con ellos, subrayando el poder de la palabra y de la comprensión mutua. Porque, en realidad, el hombre ordinario, el hablante corriente, tiene lecciones que dar a quienes dan lecciones (p. 49). Después de todo, el lenguaje ordinario es nuestra condición. Y nuestra condición, nuestro hablar juntos, unos con otros, es lo que nos define. Todo un conjunto de importantes pensadores, de Emerson o Thoureau a Gadamer, Rorty o Habermas, reivindican la vida política como diálogo orientado hacia la consecución de acciones concertadas, rechazan el elitismo dominante en la figura tradicional del intelectual y se escoran hacia la democracia, la discusión, la crítica mutua y la innovación. Por lo demás, esta toma de postura tiene importantes consecuencias, porque sugiere que somos nosotros, la comunidad de hablantes, los que somos fuente de validez (pp. 112 y ss).Y eso significa una vuelta a lo concreto, a los seres humanos corrientes junto con los que deliberamos, un retorno a la realidad, una proximidad respecto del mundo y sus problemas. Este enfoque sobre el papel de los intelectuales no necesita resbalar ni hacia el nihilismo ni hacia el relativismo. Siguen existiendo buenas razones para mantener una idea intersubjetiva de la verdad y la libertad.Abandonar una metafísica de lo indudable no es sino dejar de lado el dogmatismo y hacer de la reflexividad y la discusión mutua la fuente de nuestra vida política. Los nuevos intelectuales se convertirían, así, en cuidadores del logos, de la palabra, del discurso y, al mismo tiempo, inevitablemente, también del ámbito de libertades que le permite florecer. Cuidadores del mundo y del logos que lo habita, refinando y puliendo el lenguaje ordinario que genera el medio democrático en el que vivimos. Porque esas son precisamente hoy nuestras obligaciones.


BIBLIOGRAFÍA

Hans Joas, G. H. Mead. A Contemporary Reexamination of his Thought, 2.ª ed. rev., Cambridge,The MIT Press, 1985.

Amitai Etzioni y Alyssa Bowditch (eds.), Public Intellectuals:An Endangered Species?, Lanham, Rowman & Littlefield, 2006.

Russell Jacoby, Picture Imperfect. Utopian Thought for An Anti-Utopian Age, Nueva York, Columbia University Press, 2005. Russell Jacoby, The Last Intellectuals, Nueva York, Basic Books, 1987.

Russell Jacoby, The End of Utopia, Nueva York, Basic Books, 1999.

Noam Chomsky, Los nuevos intelectuales, trad. de Juan Ramón Capella e Isabel González-Gallarza, Barcelona, Península, 2006. Raymond Boudon, Pourquoi les intellectuels n'aiment pas le libéralisme?, París, Odile Jacob, 2004.

Sandra Laugier, Faut-il encore écouter les intellectuels?, París, Bayard, 2003.

Paul Johnson, Intelectuales, trad. de Clotilde Rezzano, Barcelona, Javier Vergara, 2000.

Louis Bodin, Les intellectuels, existent-ils?, París, Bayard, 1997.

Frank Furedi, Where Have all the Intellectuals Gone?, Londres, Continuum, 2004.

Bernard-Henri Lévy, Éloge des intellectuels, París, Grasset, 1987.

Régis Debray, i.f. suite et fin, París, Gallimard, 2000.

Pierluigi Battista, Il partito degli intellettuali, Roma, Laterza, 2001.

Santos Juliá, Historias de las dos Españas, Madrid, Taurus, 2004.

Richard Posner, Public Intellectuals. A Study on Decline, Cambridge, Harvard University Press, 2001.

01/11/2006

 
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