ARTÍCULO

La costumbre de escribir

 

El nombre y apellidos de José Manuel Caballero Bonald componen un endecasílabo cuya noble escansión adopta la variedad de la gaita gallega, mientras que el título de su libro de memorias, La costumbre de vivir, se inclina por el octosílabo. El emparejamiento de estas formas métricas expresa mediante su ambigua relación, entre lo culto y lo popular, otras ambiguas relaciones que se aprecian en las páginas de un libro que recoge recuerdos desde el decenio de 1950 hasta la muerte de Franco. Estas páginas traen al lector de forma muy oportuna la vida literaria, artística, social y política de una época cuyo recuerdo empieza a estar afianzado de forma precaria en la memoria viva de la sociedad.

En las memorias de un escritor ocupan, de forma imperativa, un lugar eminente todos aquellos recuerdos asociados al propio oficio del que se ofrece testimonio. Se le imponen hondos desacuerdos al lector cuando el afán de independencia de criterio o las reacciones insuficientemente matizadas sobrepujan a la pasión por la iluminación. Las opiniones de José Manuel Caballero Bonald sobre El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio («insulsa consecuencia formal del behaviorismo») o Agustín García Calvo («verbenas contraculturales y otras coñas parecidas») son estremecedoramente sencillas, su silencio sobre fenómenos como los novísimos es alarmante, pero sus opiniones sobre lo que podría constituir parte de la condensación del programa estético del escritor, póngase por caso, Kafka, son desalentadoras: «La cucaracha kafkiana tal vez sea –lo es de hecho– una metáfora del absurdo, de la alienación, pero no es un embeleco desconectado de la realidad o de la vinculación del autor con esa realidad». No es lo mismo, claro está, el absurdo que la alienación, ni es indiferente que la «cucaracha» kafkiana sea un «embeleco desconectado de la realidad», como acaso tampoco será precisamente poco importante que esa misma cucaracha sea un embeleco desconectado de la vinculación del autor con esa realidad (!). En el fondo, sabidas estas cosas, aceptados estos importantes matices, es razonablemente superfluo que el escritor avise a sus lectores de que no va a profundizar en sus opiniones sobre el narrador checo, de que no va a meterse en ningún «berenjenal ontológico», ni de que «la irrealidad elegida por Kafka es su realidad».

No debe pasarse por alto, tampoco, el hecho de que se recuerde a Juan Benet en las memorias de José Manuel Caballero Bonald por su actividad como conspirador político, mientras que la única obra citada del novelista madrileño sea la magnífica semblanza que dedicó al matemático José Gallego Díaz. Ni debe dejar de señalarse que alguien, de forma harto inoportuna, le haya hablado al escritor sobre la deconstrucción, porque lo que le contó a éste de la mencionada escuela crítica y de pensamiento, a juzgar por lo que ha llegado a las páginas de estas memorias, («tratar de descubrir cuál pueda ser el verdadero sentido de un texto dentro de su pluralidad»), guarda una más que remota relación con nada que pudiera identificarse con la deconstrucción.

Sería muy injusto, sin embargo, representar este libro de memorias levantando la proyección cartográfica exclusivamente sobre los vértices geodésicos de los puntos mencionados y de otros parecidos que pudieran allegarse, identificados según los intereses personales o los gustos de cada lector. Aunque estos puntos son representativos de una deficiencia estructural del mapa así proyectado, sin embargo no dan ellos solos la medida de sus éxitos, de las fidelidades y hallazgos que expresan su capacidad para reconstruir a la escala más conveniente un mundo ya irremediablemente desaparecido.

Los mundos literarios madrileño y barcelonés son siempre interesantes desde la perspectiva caballera que invariablemente elige el escritor, se ve todo en este libro sobre un plano, se contempla desde lo alto, conservan los objetos y los personajes la proporción debida de sus formas y de las distancias que los separan. Que esa perspectiva admita pocos matices individuales, que sea algo estática, que no autorice a los lectores a profundizar en ninguno de los personajes, que incluso algunos de éstos se vean de forma borrosa o apenas lleguen a estar esbozados es poco importante si se compara con las satisfacciones que reporta la visión panorámica, el mapamundi de las dificultades y mezquindades de un mundo cultural angosto y políticamente servil. Algunas comarcas de la vida cultural de aquellos tiempos se han reproducido primorosamente mediante las más avanzadas técnicas cartográficas, y consiguen proporcionar estos mapas una información tan rica, precisa y variada que será forzoso consultarlos en el futuro.

Lo que puede decirse de la valoración que se hace del mundo cultural puede extrapolarse a otras esferas de la experiencia reproducida en este libro. Si se contraponen, por ejemplo, las estancias e impresiones del escritor en sus visitas a París y Frankfurt a las estancias e impresiones en lugares como Palma de Mallorca, Colombia (especialmente el impagable viaje por el río Magdalena, aunque ya se hubiera publicado anteriormente) o Cuba, el interés debe medirse de forma diferente. No es que la decepción comparativa de las ciudades europeas refleje una escala de valores que pudiera impugnarse, sino que la decepción del escritor no llega a expresarse de una manera que revista pretensiones estéticas de alguna consideración. El vivo interés y la luz en la que se bañan las atinadas reproducciones de Palma de Mallorca, Colombia y Cuba ensombrecen, como contrapartida, los rasgos indistintos de París y Frankfurt.

Quedan, sí, muchos aspectos que atraerán la atención del lector. Por ejemplo, la indeclinable y vehemente firmeza de las convicciones políticas del autor resultará vagamente anacrónica en una sociedad que, todo parece indicarlo, ha perdido el interés por la política. Mejor dicho, no es que no haya aquel interés o aquella intensidad, sino que la calidad de la preocupación política se ha deteriorado de forma inquietante, y lo que queda de ella prefiere presentarse como crítica social. Aquella firmeza traerá una nostalgia más que melancólica a no pocos lectores.

Y queda, además, un aspecto capital en todo libro de memorias: el autorretrato. Acaso sea esta representación la que más esquinadamente aguarde al lector. Quizás el escritor no sea muy complaciente consigo mismo, quizá la mucha abundancia de alcohol y burdeles, una suerte de obbligato, invite al tedio, quizá la sospechosa condescendencia con la que se asoma a todo lo que no le gusta propicie la desconfianza, quizá su propia severidad consigo mismo le impida ver cuándo, de verdad, ha incurrido en flagrantes errores de apreciación. Pondré un solo ejemplo de esto último. Los ocasionales arrebatos de energumenismo del narrador se describen y reconocen en esta obra con autocrítica humildad y con cuaresmal arrepentimiento, pero tal vez haya lectores más inclinados a perdonar que el escritor, ofendido por un individuo que, después de todo, se había limitado a exhibir de forma ostentosa las llaves de un automóvil que ni siquiera era descapotable, se abalanzase sobre él dispuesto a partirle la cara, antes que aceptar una explicación de su propia conducta, descontada incluso la posible ironía, en los siguientes términos: «La vida cotidiana podía remitir entonces a esa clase de concordancias, digamos que a escala pedestre, con lo que el físico Hesienberg llamaba principio de indeterminación o el matemático Lofti Zadech la lógica difusa». Explicaciones como esta anuncian prolépticamente la frase con la que el autor ha querido concluir esta obra: «Siempre digo cosas como ésas cuando no se me ocurre nada que decir». A su modo, algún valor de generalización encierran estas palabras, un valor que puede hallarse representado en los incontrolados impulsos del escritor y en la desigual valoración de su propia experiencia.

01/01/2002

 
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