ARTÍCULO

Mucho más de seis personajes

 

Todavía en 1905, un joven universitario español, que estaba a punto de cumplir los veintidós años en Leipzig, dejaba claro cuál era su ideal de mujer independiente: «Hace falta marchar en ideas al lado del hombre, no estar jamás atrás, ser para él lo que un poeta inglés, Shelley, decía a su amada: “Tú eres mi mejor yo”. Quiero que seas fuerte, que seas independiente, que seas tú. Te quiero tanto que deseo, que necesito, que puedas defenderte y no dejarte ganar por las ideas ni las voluntades de nadie, aunque ese alguien sea yo»José Ortega y Gasset, Cartas de un joven español (1891-1908), Madrid, El Arquero, 1990, p. 354..
Esa forma de ver el papel de la mujer significaba entonces una gran novedad porque, veinte años antes, uno de los padres del liberalismo español había expresado su desdén por los dictámenes «de tanto propagandista indigesto» y su «antipatía a la sabiduría facultativa de las mujeres y a que anduviese en faldas el ejercicio de las profesiones propias del hombre»Benito Pérez Galdós, El amigo Manso (1882), capítulo XIV..
El principio liberal de la radical igualdad entre todos los seres humanos tuvo siempre dificultades de aplicación en la práctica, y las mujeres, desde luego, constituyeron el grupo más numeroso entre los que experimentaron la discriminación por parte de quienes definían los principios sobre los que se asentaba la nueva sociedad surgida de la Ilustración y de los ciclos revolucionarios iniciados a finales del siglo XVIII.
Las mujeres de la Europa occidental y de los países americanos carecieron durante mucho tiempo de la plena capacidad jurídica, así como del acceso a todos los niveles de la educación y, por supuesto, al ejercicio del voto. A cambio, la retórica liberal les asignaba el papel de ángeles del hogar«The Angel in the House» (1854), poema de Coventry Patmore., que perduraría durante muchos años. A lo largo del siglo XIX se crearían en Estados Unidos los primeros centros universitarios femeninos (Mount Holyoke, Vassar) y, desde mitad de siglo, su número no haría sino incrementarse, como también creció el número de chicas universitarias en otros países de la Europa occidental.
En España las iniciativas más tempranas correspondieron a elementos krausistas, como Fernando de Castro, que inspiró la Escuela de Institutrices o las conferencias dominicales para la educación de la mujer en los momentos posteriores a la revolución de 1868. En la década siguiente se matricularía la primera española en la universidad. Lo hizo en la Facultad de Medicina, pero se le negaría el ejercicio de la profesión. Al terminar el siglo XIX sólo había nueve mujeres universitarias en España. El verdadero crecimiento no llegaría hasta después de 1910, de manera que las alumnas de enseñanza secundaria, que eran poco más de cinco mil en 1900, se multiplicaron por diez en los treinta años siguientes.
Algunas de ellas podrían ser las protagonistas del libro que nos ofrecen José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro, que ya se ha¬bían interesado por la presencia social de las mujeres en un libro de hace pocos añosJosé Antonio Marina, La revolución de las mujeres. Crónica gráfica de una evolución silenciosa, Madrid, J de J Editores, 2006.. En esta ocasión, el objetivo de su indagación –porque nos presentan el libro mediante el juego literario de una investigación detectivesca– es el Lyceum Club, una asociación cultural femenina que se fundó en Madrid en 1926. Eran los años de la dictadura de Primo de Rivera, en los que se asistió a profundos cambios de la sociedad española y, entre ellos, el de la aparición masiva de la mujer en las aulas y en el mundo del trabajo. Las que animaban aquel club recogían la antorcha de iniciativas muy cercanas, como podía ser la creación, en 1915, de la Residencia de Señoritas, que fue la contrapartida femenina de la Residencia de Estudiantes. Allí se formaría un nuevo tipo de mujer, dispuesta a ocupar en la sociedad el lugar que se le había negado hasta entonces.
Así describía el fenómeno José Castillejo a sus hermanas, que vivían en Ciudad Real, ajenas a tan portentosas novedades: «Este nuevo tipo de mujer es un ser etéreo. Come unos granos de semilla, unas galletas o una manzana y, en una vuelta al estado primitivo, ha reducido el traje a un símbolo: cuatro cintas que se adivinan cruzando el cuerpo en el interior y un par de cintas y un echarpe al exterior, quedando el cuerpo tenuamente velado como tras un vapor coloreado de marrón o de verde claro. Cientos de estos seres flotan por las calles y praderas sobre un fondo terso, limpio, pulimentado, de asfalto o de yerba, se encaraman en ómnibus y tranvías, invaden teatros y museos, y cuando se cansan de bailar y correr van a posarse en el rincón de un hogar y encienden una conversación humorística que chispea de vez en cuando bajo la capa grisácea de los tópicos indiferentes»José Castillejo, Epistolario, III, Madrid, Castalia, 1999, p. 497..
Marina y Rodríguez de Castro nos ponen en contacto con ellas a través de una lectura muy inteligente y amena de la excelente bibliografía que todas ellas han suscitado en los últimos años. Y los autores nos ponen en la pista de una serie de personajes –María de Maeztu, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, María Lejárraga, Ernestina de Champourcin y muchas otras– sobre las que aún nos quedamos con las ganas de saber un poquito más, que es justamente uno de los mejores frutos que pueden quedar tras la lectura de un buen libro.

01/05/2010

 
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