La montaña del dolor

ARARAT. TRAS EL ARCA DE NOÉ, UN VIAJE ENTRE EL MITO Y LA CIENCIA

Frank Westerman

Siruela, Madrid

Trad. de Goedele de Sterck

296 pp.

25 €

El monte Ararat es un volcán inactivo coronado por nieves perpetuas. «Montaña del Dolor» y símbolo nacional para los armenios, su altura de 5.165 metros lo convierte en el pico más alto de Turquía. La capa salina que se extiende por la llanura insinúa que un primitivo mar cubría la zona, un dato geológico que presta una frágil credibilidad al relato bíblico. Según el Génesis, el arca de Noé se posó en el monte Ararat tras ciento cincuenta días de horribles lluvias, que exterminaron a hombres y bestias. Sin olvidar el trasfondo mítico y teológico, Frank Westerman (Emmen, Países Bajos, 1964) aborda el Ararat con la perspectiva de la ciencia y los ojos de la poesía. Agnóstico desde sus años de estudiante de instituto, el afecto hacia su abuelo le inculcó un apasionado interés por los escenarios del Antiguo Testamento.

Antes de viajar hasta el monte Ararat, Westerman reencuentra por azar a su viejo profesor de geología, Salle Kroonenberg. Escéptico radical, Kroonenberg manifiesta su indiferencia hacia la religión («un teatro concebido y escenificado por el hombre») y sólo acepta un proverbio bíblico: «Polvo eres y en polvo te convertirás». Cuando su antiguo alumno le pregunta con cierta tristeza si ese es el destino de nuestra especie, le contesta que a la naturaleza no le importa el dolor del ser humano. Sin embargo, casi nadie se atreve a encarar ese hecho. Las conversaciones entre profesor y alumno recuerdan la atmósfera de Davos, antes de que se convirtiera en una referencia del poder global. En La montaña mágica, el sanatorio levantado en el cantón de los Grisones refleja los conflictos de una Europa reacia a desprenderse de lo irracional, hostil al liberalismo y nostálgica del Antiguo Régimen. El genio narrativo de Thomas Mann prefigura el rumbo de la prosa contemporánea. Desde el punto de vista del género, Ararat podría encajarse en la literatura de viajes, pero la combinación de teología, filosofía, geología, política e historia sólo puede explicarse como un proceso de transformación que cada vez tolera menos la simple ficción, exigiendo al escritor la confrontación con la realidad. Ararat se mueve en la misma línea que Los anillos de Saturno. Al igual que Sebald, Westerman se desplaza por el mapa, comprendiendo que el relieve del paisaje no está configurado por los accidentes geológicos, sino por la poesía, el mito y la sensibilidad del yo en su devenir hacia el autoconocimiento. Es la lección de Chatwin, que invierte el tránsito de la literatura convencional. Lo esencial no es reelaborar lo real para convertirlo en ficción, sino tratar la ficción como si constituyera la fuente primigenia de lo real.

El viaje de Westerman recuerda vagamente la peripecia de Darwin a bordo del Beagle. La razón circunda el mundo, explora la realidad, con asombro creciente ante la importancia de lo ínfimo, soportando una contienda de incierto desenlace entre la estructura trascendente del saber humano y el dogmatismo científico de cuño decimonónico. Subir al monte Masis es subir a la Madre del mundo. La Armenia cristiana considera una temeridad el ascenso, no porque en la cumbre no haya nada, sino porque el hombre a veces no entiende la existencia de una «verdad poética», incontrastable como dato de experiencia. Westerman comprende esta paradoja gracias al fragmento de una carta de Van Gogh, según el cual «Morir tranquilamente, de vejez, significaría ir andando». Ese «ir andando» se asemeja a las series infinitas, que mantienen la apertura hacia el futuro, hacia una trascendencia que se aleja cuanto más nos aproximamos a ella, pero al mismo tiempo tan cercana que nos obliga a continuar hacia su encuentro. Otro de sus profesores, el doctor W. Knol, le enseñará a Westerman que la matemática no es un lenguaje convencional, sino un lenguaje que opera con la inspiración de la creación poética. Los pitagóricos comprendieron la trascendencia de la matemática, vinculando sus principios al misterio del cosmos. Es tan absurdo buscar restos del arca de Noé en el monte Ararat como intentar localizar el cero en la niebla del pasado. El cero no pertenece al mundo, pero está en su origen. No es algo tangible, pero lo tangible se hace inteligible gracias a él.

Durante una ceremonia de ordenación de la Iglesia apostólica armenia, Westerman experimenta una breve excitación religiosa, que desaparece al contemplar el rito. ¿Por qué hay que arrodillarse, bajar los ojos, aceptar la necesidad de humillarse ante Dios? Y, además, ¿integrarse en una comunidad no es una forma de excluir al resto? Durante siglos, la fe ha funcionado como una eficaz máquina de segregación, apoyándose en ficciones insostenibles. ¿No es más sensato apelar a la imaginación? ¿No es menos discriminatoria la invención poética, que sólo utiliza el concepto de verdad como principio relativo, tolerando cualquier interpretación?

Tras conocer la frustración de no culminar la ascensión al monte Ararat por unos escasos sesenta metros, Westerman descubre la pasión de fracasar. Su agnosticismo se ha deslizado hacia el ateísmo librepensador, que concibe la fe como una lacra. No ha encontrado el arca ni ha resuelto sus dudas, pero ha impulsado la aventura del espíritu con un hermoso libro, donde se cumple la lección de Mallory e Irvine, los alpinistas que desaparecieron en 1924 cerca de la cumbre del Everest: no hay ninguna razón para acometer un ladera imposible, salvo la necesidad de mantener una frágil visión del mundo, que se rompería si incluyera lo probable. Es la misma insensatez que mantiene viva la fe. En sus Diarios, Ionesco afirmaba que le faltaba audacia para creer en Dios. Westerman interrumpe la escalada cuando el viento y la niebla ponen en peligro a la expedición. Al mirar hacia atrás, contemplando por última vez la cima que por unos instantes se halló al alcance de la mano, suspira con una mezcla de alivio y melancolía.

Ficha técnica

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