ARTÍCULO

En parte secreto, en parte público

RBA, Barcelona, 224 págs.
Trad. de Claudio Molinari
Crítica, Barcelona, 408 págs.
Trad. de Teófilo de Lozoya
 

Lugar, tiempo, acción: una villa junto al lago Wannsee de Berlín, 20 de enero de 1942, preparación de un genocidio, concretamente la «solución final a la cuestión de los judíos europeos». En este lugar y en ese día se reunieron quince dirigentes del régimen nazi. Los había invitado Reinhard Heydrich, jefe de la policía y del servicio de seguridad. El mundo no sabría nada de esta conferencia si durante el proceso de Núremberg, en marzo de 1947, no se hubiera encontrado casualmente un acta que el fiscal americano, general Telford Taylor, consideró «quizá el documento más vergonzoso de la Historia moderna». Se trataba de la única acta conservada de una sesión –de treinta originales–, y de la única prueba, indirecta, pero rotunda, del plan de eliminación de todos los judíos de Europa.

El historiador británico Mark Roseman ha aprovechado la terrible efemérides de los sesenta años de la conferencia para ilustrar detalladamente el acontecimiento, reunir todos los hechos conocidos, sintetizar y reproducir sus antecedentes y hacer desembocar todo eso en una exposición informativa y escueta, clara y fácil de leer. Aunque el libro no tiene nada nuevo que ofrecer al historiador especializado, es un gran beneficio para el profano interesado aunque sólo fuera debido a su anexo, que contiene facsímiles de la orden de Goering a Heydrich, dos invitaciones de Heydrich y el acta completa de la sesión con el matasellos de «Secreto del Reich». Hay ya un montón de bibliografía sobre el Holocausto, pero hasta ahora seguía faltando una obra, al alcance de todos los bolsillos y de todos los lectores, sobre este tema en particular.

En su prólogo, Roseman señala una errónea apreciación que la mayor parte de la opinión pública sigue compartiendo con los fiscales de Núremberg: que de la conferencia del Wannsee salió la decisión de aniquilar a los judíos. No fue así, porque el genocidio de los judíos soviéticos llevaba largo tiempo en marcha, ya había habido gaseamientos, y también se estaba construyendo un primer campo de exterminio. ¿A qué finalidad obedecía pues la conferencia? La situación documental, sobre todo el hecho de que se destruyeran apresuradamente las actas, dificulta a los historiadores la tarea de dar una respuesta concluyente. Por tanto, tiene que seguir siendo especulativa. Roseman cita a su colega Eberhard Jäckel, que hace diez años constataba que «lo más extraño» de aquella reunión «es que no se sabe por qué tuvo lugar». Sin contradecir de forma decidida tal veredicto, Roseman llega a otra conclusión. Considera la conferencia del Wannsee un «significativo acto final» previo al paso desde unas acciones criminales excesivas a un programa oficial de genocidio.

«El crimen produjo la idea del genocidio, igual que, viceversa, la idea del genocidio produjo el crimen», juzga Roseman: una interdependencia. Para ilustrar el trasfondo histórico de la conferencia, antepone al capítulo central de su tema, que tiene unas sesenta páginas, una reconstrucción igual de larga de los preliminares. Empieza, muy consecuentemente, con Mi lucha, de Hitler, donde el posterior dictador calificaba de «peste para el mundo» un judaísmo definido de forma racista, que había que extirpar de Alemania. Aun así, Roseman es lo bastante cauteloso como para no trazar una línea directa desde los escritos y discursos programáticos de Hitler de los años veinte al plan de genocidio. Los capítulos siguientes esbozan la creciente discriminación de los judíos en el Tercer Reich, los actos de violencia, deportaciones, y los fusilamientos masivos que tuvieron lugar durante la invasión de la Unión Soviética. El libro revela un sólido conocimiento contextual. El autor dedica un espacio comparativamente amplio a la cuestión de las responsabilidades y el decisivo papel de Goering, Himmler, Heydrich y el propio Hitler. Dado que éste, según sabemos, siempre evitó firmar una orden escrita de aniquilación de los judíos, Roseman tiene que conformarse, como todos sus colegas, con testimonios escritos por otras manos, numerosas referencias y suposiciones –en todo caso muy plausibles– para poder demostrar la autoría o al menos la complicidad de Hitler. La suma de todo ello arroja esta sin duda abrumadora carga de pruebas indirectas.

Permítasenos, en este punto, hacer una observación crítica. Probablemente para no extender cada ejemplo más de lo que admitía el volumen previsto del libro, Roseman sacrifica a veces la deseable precisión. Así por ejemplo, cita a Himmler, quien le dio a Wilhelm Koppe, el jefe supremo de las SS y la policía en Wartheland –que le había pedido su consentimiento a la muerte de otros 30.000 judíos–, la siguiente respuesta: «La decisión última en este asunto tiene que tomarla el Führer». Roseman toma esta cita de la biografía de Hitler de Ian Kershaw. Pero, como se puede leer allí, la respuesta no procede del propio Himmler, sino de su ayudante personal, el SS-Sturmbannführer Rudolf Brandt. Y su objeto no era la liquidación de otros 30.000 judíos, sino de 30.000 polacos. En sus subsiguientes aclaraciones, Kershaw quería incluso poner de manifiesto que a menudo Hitler dejaba manos libres a sus ejecutores, después de haber dado su asentimiento general. Aunque Roseman no falsea demasiado los hechos, puede reprochársele negligencia en los detalles.

Su verdadero tema lo expone de manera muy concienzuda, incluso minuciosa. Incide en el grupo de personas que estaba invitada a la conferencia y constata –tan sorprendido como casi todos los que lo han precedido– que se trataba de «hombres serios e instruidos», de «civilizados servidores del Estado», de corteses modales. Esto vale especialmente para el anfitrión: Heydrich era muy inteligente, cultivado, eficiente, elitista y carente de escrúpulos, además de un virtuoso del violín, magnífico espadachín y audaz piloto de caza; en pocas palabras: el ideal hecho carne de un nuevo tipo humano al que, conforme a la ideología nazi, debía pertenecer el futuro. Cuando a principios de junio de 1942, es decir, cuatro meses y medio después de la conferencia del Wannsee, cayó víctima de un atentado, era, a la edad de 38 años, «uno de los hombres más poderosos y temidos de Alemania». Desde el centro de su poder, la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA, por sus siglas en alemán), cuyo personal de dirección estaba formado por jóvenes muy cualificados de orientación tecnocrática, se reclutó el «grupo central» que fue responsable de la aniquilación planificada de los judíos.

Entre los invitados a la conferencia del Wannsee no se encontraban, sorprendentemente, ni un representante del gabinete del Führer ni uno del Estado Mayor del Ejército. «A Heydrich le interesaban sobre todo los ministerios civiles», afirma con razón Roseman. Se había pensado en una ronda de secretarios de Estado, aunque finalmente se enviaron en parte representantes suyos. Que los secretarios de Estado hicieran el trabajo antes que los ministros es una costumbre que aún se mantiene. Otros participantes –representantes de servicios especiales de las SS y del partido nazi– probablemente habían sido convocados para guardarle las espaldas a Heydrich. El objetivo central de la reunión era «resolver diferencias competenciales y aclarar responsabilidades». El informal orden del día de Heydrich no lo ocultaba. La discusión propiamente dicha no duró más de una hora u hora y media. Después de una extensa ponencia del anfitrión, se produjo una discusión no acalorada, pero sí difícil, sobre el trato que había que dar a los «mestizos» de primer y segundo grado, así como a los «matrimonios mixtos» entre «personas de sangre alemana» y «judíos» o «mestizos» de primer grado, etc., hasta llegar al trato a dar a los matrimonios entre «mestizos» de primer y segundo grado. Esta discusión ocupa un tercio de la llamada acta, que no se basa en copias literales, sino en un resumen de Adolf Eichmann corregido por Heydrich.

¿Una cuestión y un procedimiento burocrático absurdos? Desde luego había que terminar con las disputas, perturbadoras en vísperas del genocidio planeado en secreto, y los «mestizos» y «matrimonios mixtos» representaban casos problemáticos incluso desde el punto de vista de la ideología racista, porque Hitler no era el único en ser consciente de que la opinión pública reaccionaba de forma muy sensible en cuanto estaban afectados parientes propios. Pero el motivo esencial y tácito de la conferencia tenía que ser otro. Los historiadores están de acuerdo en eso. Pero, ¿cuál? La mayoría cree que la reunión sirvió a Heydrich como «medio de autoencumbramiento». Y por tanto como medio para subordinar los aparatos civiles a las ambiciones, el ansia de poder y la autoridad de su Oficina Central de Seguridad del Reich. Roseman da un decisivo paso más allá y plantea la tesis de que con la conferencia Heydrich pretendía «fundamentar la complicidad», que después fuera indiscutible que «se conocía el programa criminal». Hay datos favorables a esta interpretación, como la terca negativa de los participantes, después de la guerra, a reconocer que conocían siquiera la existencia del acta.

Porque aquello que Heydrich expuso con pelos y señales tenía un potencial enormemente explosivo. Después de trazar una panorámica de las medidas contra los judíos del Reich tomadas hasta ese momento, comunica: «el lugar de la emigración lo ocupará [...] previa autorización del Führer, la evacuación de los judíos al Este». Pero esto sólo era una «posibilidad evasiva [...] con vistas a la futura solución final de la cuestión judía». Y esa «solución final» abarcaba alrededor de once millones de judíos, es decir, no sólo a aquellos que se encontraban en los países ocupados por el Tercer Reich. Roseman habla de la «abrumadora sobriedad» con la que el acta enumera en forma de tabla las cifras calculadas para los distintos países. El presupuesto práctico de la evacuación es que Europa sea «peinada de Oeste a Este». A consecuencia del inminente trabajo al que tendrán que hacer frente en el Este, dice Heydrich, «sin duda una gran parte de los judíos caerá por reducción natural». Una clara dicción, aunque el acta evita cuidadosamente conceptos como «aniquilación». Aun así, no hay «ninguna prueba concluyente de que los participantes en la conferencia supieran que los judíos iban a ser gaseados», resume Roseman.

Siempre se enfatiza que hasta el final de la guerra los alemanes no sabían nada del Holocausto, que ni siquiera podían sospechar algo tan monstruoso. Sin duda, el régimen trató la aniquilación de los judíos como cuestión de alto secreto, y tenía la intención de destruir al final todos los testimonios. Pero Roseman menciona dos casos en los que se formó incluso una opinión pública: en noviembre de 1941, el «ideólogo jefe» Alfred Rosenberg emitió una declaración oficial de prensa de la que se desprendía inequívocamente que para la solución final de la cuestión judía había que «erradicar biológicamente» todo el judaísmo de Europa. Y un día después, en el muy leído semanario Das Reich, Goebbels anunciaba que el judaísmo mundial avanzaba paso a paso hacia un proceso de aniquilación. Numerosos periódicos regionales alemanes publicaron extractos de la declaración. Algunos lectores comprendieron que tal profecía no era un mero gesto de amenaza, sino que estaba disfrazada de lo que era: de condena a muerte de inapelable ejecución.

La cuestión de la opinión pública en el régimen nazi es el tema de un libro de Robert Gellately publicado hace poco. Hace más de diez años, el historiador americano se hizo un nombre en los círculos especializados como uno de los mejores conocedores de la Gestapo, sus informantes y la multitud de denunciantes que tenía entre la población alemana. Ahora ha escrito un nuevo libro que pretende demostrar lo mucho que la «dictadura populista» de Hitler debió al «consenso pluralista» y el amplio asentimiento del pueblo alemán. Su tesis defiende concretamente que incluso el terror del régimen tuvo el apoyo del pueblo, y que ese terror era completamente público. «Coacción y publicidad» habían contraído una estrecha relación en el Tercer Reich. Partiendo de la cuestión de «¿qué sabían los alemanes?» sobre los campos de concentración, las persecuciones y los crímenes, Gellately investigó varias revistas publicadas en el Tercer Reich, sobre todo –según revelan las notas– el VölkischerBeobachter, el periódico oficial del partido nazi.

Las tesis y «pruebas» de Gellately toparon con una fuerte oposición entre renombrados historiadores alemanes. Sus afirmaciones, se decía, eran generalizadoras, al estilo de Goldhagen, unilaterales, indiferenciadas y llenas de conclusiones falsas. Por una parte, naturalmente que los alemanes sabían de la existencia de los campos, en los que se suponía que se reeducaba a los adversarios de la mayoritaria revolución nacional, «criminales políticos» y personas «nocivas para el pueblo». Por otra, los crímenes que se cometían allí, y no digamos en los campos de exterminio del Este, se mantenían en un estricto secreto. El conocimiento de la población, muy limitado, no permitía en modo alguno sacar la conclusión de que los alemanes aprobaban hasta las cámaras de gas, una conclusión que de todas maneras Gellately no saca de manera explícita. Además, se le criticó que el singular «consenso pluralista» que de hecho existió bajo la dictadura nazi no era comparable con el de una moderna democracia, en la que reina una libertad de prensa y de opinión casi ilimitada. Gellately reaccionó a las críticas recogiendo velas: él nunca había afirmado que todos los alemanes lo supieran todo.

Capítulo a capítulo, Gellately analiza la «justicia policial» que se superpuso al Derecho Penal tradicional, la arbitrariedad de la Gestapo y el terror contra los marginados sociales, los trabajadores extranjeros y los judíos. Su amplia exposición menciona muchos hechos que van más allá del tema central, por ejemplo la instauración de burdeles estatales para trabajadores extranjeros o la «orden Nerón» de Hitler, que preveía la devastación de Alemania. A lo largo de todo el libro, el mayor espacio lo ocupa el objeto de investigación que de modo más intenso trata el autor: la masa y multitud de las denuncias.

Al menos dos capítulos están dedicados a la imagen de los campos de concentración en la opinión pública. De hecho la prensa, especialmente los periódicos locales, informó sobre los nuevos campos y su función «educativa». Así, la portada del Illustrierter Beobachter mostraba el 3 de diciembre de 1936 a presos del campo de concentración de Dachau, formados en filas y rigurosamente vigilados. Después de empezar la guerra se produjo una sorprendente inversión: cuanto más desaparecían los campos de las informaciones y reportajes, tanto más presentes estaban entre la opinión pública los presos que salían a hacer trabajos forzados. «El mundo de los campos irrumpió como nunca en la vida cotidiana». Sólo el campo de Dachau tuvo 197 campamentos externos, esparcidos por todo el sur de Alemania y distribuidos entre grandes y pequeñas ciudades. Año tras año fue estrechándose la alianza entre terror y publicidad. Conforme aumentaba la duración de la guerra, las numerosas ejecuciones, para las que –tal como pedía el pueblo– ya no hacía falta haber cometido delitos capitales, ocuparon titulares cada vez más grandes. Hubo pues, como demuestra Gellately con impresionantes ejemplos, una cara pública del terror nacionalsocialista. Y precisamente en los medios que informaban abiertamente sobre ese terror es donde puede verse el profundo «embrutecimiento moral» de los alemanes en el Tercer Reich.

01/03/2003

 
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