ARTÍCULO

Un ajuste de cuentas so pretexto de la globalización

Taurus, Madrid
Trad. de Carlos Rodríguez Braun
315 págs. 17,50 €
 

Que la ley de rendimientos decrecientes se aplica también a la concesión de los Nobel de Economía se demuestra palmariamente si examinamos las aportaciones teóricas elegidas por la Academia sueca para justificar el otorgamiento del premio el pasado año a los tres galardonados: George Akerlof (profesor en Berkeley), Michael Spence (en Stanford) y Joseph Stiglitz (en Columbia). Los méritos académicos del primero son debidos a sus estudios sobre los fallos de información conocidos como «selección adversa»; el segundo apadrinó la «teoría de la señalización», gracias a la cual un particular, empresa o ente público suministra indirectamente información respecto a sus planes y ventajas. El autor del libro ahora reseñado fue premiado por sus análisis sobre la «información asimétrica» –una de las partes en una transacción económica tiene más información que la otra–, que explica cómo el comprador de un coche usado consigue información acerca del vehículo o de su vendedor, o cómo una compañía de seguros, o para el caso un banco, calculan sus pólizas con el fin de averiguar el comportamiento real de sus clientes para clasificar los auténticos niveles de riesgo.

Afortunadamente, Joseph Stiglitz tiene un expediente académico más extenso y sólido. Graduado en el MIT, profesor en Yale y Stanford, presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Clinton, en febrero de 1997 accedió al Banco Mundial (BM) como economista jefe y vicepresidente primero, cargos de los que dimitió en enero de 2000, regresando a la docencia en la Universidad de Columbia. En un espléndido artículo, publicado en 1983, analizó el funcionamiento de un modelo en equilibrio para la negociación de futuros, estudiando las posibilidades tanto de emisores como de usuarios de este tipo de activos y sus ajustes en precios como en riesgosJoseph Stiglitz, «Futures Markets and Risk: A General Equilibrium Approach», en Manfred E. Streit (ed.), Futures Markets: Modelling, Managing, and Monitoring Futures Trading, Basil Blackwell, Oxford, 1983.. Once años después vio la luz un brillante libro, Whither Socialism?Ídem, Whither Socialism?, Massachusetts Institute of Technology, Cambridge (Mass.), 1994., en el cual rechazaba el modelo neoclásico como marco conceptual adecuado para comprender no sólo el funcionamiento de las economías de mercado sino también el tránsito de las socialistas a aquéllas, defendiendo el enfoque alternativo basado en la economía de la información como instrumento idóneo para entender la senda desde el socialismo a la economía de mercado y el comportamiento de las piezas básicas de esta última. Por desgracia, el rigor que siempre caracterizó sus estudios teóricos parece haber dado paso en su más reciente y comentada obra, El malestar de la globalización, a un ajuste de cuentas más que a un análisis atento del fenómeno conocido con ese ambiguo nombre. Por una curiosa coincidencia, a los pocos meses de asumir sus cargos en el BM, estalló la crisis del este asiático, cuyo tratamiento por parte del Fondo Monetario Internacional (FMI) constituye uno de los pilares de las críticas de Stiglitz a la globalización y a la actuación de la tríada de instituciones internacionales –el FMI, el BM y la Organización Mundial del Comercio (OMC)– que operan como agentes de lo que denomina «fundamentalismo del mercado». Ha sido esa ideología, en su opinión, la que ha impuesto en los países en crisis tipos de interés elevados y presupuestos equilibrados a toda costa, tipos de cambio insostenibles, liberalización de los mercados de capitales y de los flujos comerciales, así como la privatización a ultranza. El resultado fue la exacerbación de la pobreza y el paro en los países en desarrollo, el enriquecimiento de las oligarquías nacionales y de las entidades financieras de los países industrializados, el retroceso de la democracia, la destrucción del medio ambiente y la explosión de los mecanismos de cohesión social y cultural de esas naciones en beneficio de unos patrones occidentales uniformes y vacíos.

Para aceptar los argumentos del libro de Stiglitz conviene plantearse, primero, cuáles son las críticas de los enemigos de la globalización, enlazando seguidamente con las tesis básicas expuestas por el autor en su obra. A continuación es preceptivo contrastar esos argumentos deteniéndose en dos casos sobre los cuales nuestro autor pasa sobre ascuas pero que, no obstante, menciona constantemente como ejemplos destacados de lo bien fundado de sus críticas –Argentina y China–, para acabar con unas conclusiones que son más bien críticas respecto al valor que debemos dar a una obra que acaso permanezca más tiempo en la lista de libros más vendidos que en la historia de la política económica.

 

I

Para entender a los críticos de la globalización es necesario conocer contra qué luchan. Según Stiglitz (pág. 34), la globalización es «la integración más estrecha de los países y los pueblos del mundo, producida por la enorme reducción de los costes de transporte y comunicación, y el desmantelamiento de las barreras artificiales a los flujos de bienes, servicios, capitales, conocimientos y (en menor grado) personas a través de las fronteras. La globalización ha sido acompañada por la creación de nuevas instituciones [y] es enérgicamente impulsada por corporaciones internacionales que mueven no sólo el capital y los bienes a través de las fronteras, sino también la tecnología». Nuestro autor comparte con los antiglobalizadores un desprecio sin par por lo que se conoce como el «Consenso de Washington». El término fue inventado por el economista americano John Williamson en 1989 para un decálogo que promueve la disciplina fiscal, la reducción de los subsidios, la reforma de los impuestos, la liberalización de los sistemas financieros, la adopción de tipos de cambio competitivos, la privatización, la desregulación de los mercados, la protección de los derechos de propiedad, el libre comercio y la seguridad jurídica para la inversión extranjera directa. Semejante inventario de medidas de política económica eran y son difíciles de atacar en sí, de forma que los críticos lo adaptaron al molde de una «agenda neoliberal» que servía exclusivamente a los afanes de los ricos a costa de las necesidades de los pobres. La disciplina fiscal, señalan, con sus aumentos de impuestos y reducción de subvenciones, fustiga la suerte de los más desfavorecidos en los países pobres; la desregulación y liberalización de los mercados llenan los bolsillos de los especuladores –nacionales y foráneos–, que se apoderan de las empresas y activos públicos y debilitan las instituciones y las normas que protegen a trabajadores y consumidores –, y todo ello al tiempo que la promoción del libre comercio internacional favorece los planes de las grandes compañías multinacionales de los países industrializados a costa de las preferencias democráticamente manifestadas por los ciudadanos de las naciones en desarrollo, forzando la apertura de sus fronteras arancelarias al tiempo que aquéllos protegen hipócritamente las suyas de la competencia de muchos de los productos fabricados por los países pobres.

Todas esas medidas son impuestas por instituciones como el FMI basándose, denuncia Stiglitz, en «una mezcla de ideología y mala economía», sin considerar sus efectos sobre los pueblos a los cuales se aplica. De hecho, afirma, «las políticas de ajuste estructural del FMI produjeron hambre y disturbios, y sus beneficios, cuando se obtuvieron, se repartieron desigualmente». Cierto que Stiglitz reconoce en el capítulo 1 de su libro que la globalización ha proporcionado ventajas: la apertura del comercio internacional ayudó a muchos países a crecer más rápidamente; ha reducido el aislamiento y ha brindado a muchas personas de esas naciones el acceso a conocimientos que jamás hubieran obtenido, amén de alargarles una vida más digna; la ayuda exterior, por su parte, ha beneficiado a millones de personas y las empresas extranjeras han aportado nuevas tecnologías, acceso a otros mercados y competido con las frecuentemente ineficaces y corruptas empresas públicas nacionales. Pero...

II

Austeridad fiscal, privatización y liberalización de los mercados son las tres grandes cuestiones con cuya discusión – capítulo 3– inicia Stiglitz su ataque a la globalización. Son, dice, tres exigencias macroeconómicas razonables si no se transforman en fines en sí mismos en lugar de en medios para un crecimiento equitativo y sostenible. Ese reconocimiento no empece críticas inmediatas: las privatizaciones deben cumplir ciertas condiciones previas –la corrupción es su principal preocupación– para asegurar su contribución al crecimiento; ataca la hipocresía de los países desarrollados cuando buscan imponer la liberalización del comercio en las naciones en desarrollo y adoptan posturas proteccionistas (como las recientes decisiones americanas para restringir la competencia a sus sectores agrícolas o a la industria del acero), al tiempo, advierte, que las empresas extranjeras incurren, una vez instaladas, en prácticas odiosas que van desde la supresión de la competencia y la búsqueda de protección arancelaria al tráfico de influencias y la promoción de la corrupción. De todos los errores cometidos por el FMI, el más grave fue el relativo a las «secuencias y ritmos» que impuso a las reformas, así como su falta de sensibilidad ante los grandes problemas sociales. Ello proviene de su olvido de que las fuerzas del mercado sólo dirigen la economía hacia resultados eficientes si existe lo que casi nunca hay: a saber, información perfecta y mercados completos. De ahí que las intervenciones estatales puedan mejorar la eficiencia del mercado, pues no en balde muchas de las actuaciones públicas son respuestas a los fallos del mercado.

Los capítulos 4 («La crisis del este asiático») y 5 («Quién perdió en Rusia») detallan las críticas esenciales de Stiglitz a la actuación del FMI. La crisis asiática comenzó, asegura, por la liberalización de la cuenta de capitales, ya que el rápido cambio en las expectativas de los inversores originó una inmensa salida de fondos y provocó una grave recesión económica con profundas secuelas sociales, habida cuenta de la inexistencia de sistemas de seguridad social. La tesis del autor es que el FMI no sólo fue culpable del origen de la crisis por su insistencia en una rápida liberalización financiera y de los mercados de capitales sino, además, porque sus políticas, una vez que intervino, exacerbaron innecesariamente la recesión. Sus consejos son: mantener la economía cerca de la senda del pleno empleo, políticas monetarias y fiscales expansivas, una cierta tolerancia con la inflación –véase a este respecto su afirmación en la pág. 200–, reestructuración de las empresas e intervención pública para lograr una estructura de la propiedad más clara y, por último, renegociación de la deuda (interna y externa). El caso de la transición rusa del comunismo al capitalismo le permite a Stiglitz un deporte al que resulta muy aficionado: dar lanzadas a moro muerto; si el lector no lo cree, examine la bibliografía citada en la pág. 174 y advertirá que no aparece ningún artículo suyo. Todo fue, al parecer, un cúmulo de errores evitables: equivocado resultó decidir un programa de estabilización con un rublo sobrevalorado, liberalizar cuando no había mercados y los precios no cumplían su papel, y privatizar cuando brillaban por su ausencia las instituciones reguladoras y los organismos de defensa de la competencia, pero sí funcionaba la corrupción. ¿Se imagina alguien cómo instaurar el marco legal que predica Stiglitz en un régimen comunista? El resultado no fue el crecimiento, sino la decadencia y la inflación. También aquí el FMI erró de medio a medio, ya que mantener un rublo sobrevaluado le obligó a prestar a Rusia miles de millones de dólares al tiempo que su consejo de endeudarse en divisas lo convirtió en corresponsable de la suspensión de pagos de la deuda rusa. Las políticas del FMI, que despreciaron la experiencia de «transiciones gradualistas» como la china, se convirtieron en ejemplos de «transiciones fallidas», en las que el paso del comunismo al mercado originó más pobreza y desigualdad que la existente anteriormente. Por desgracia, desconocemos la receta de Stiglitz para lograr la democracia en Rusia sin desmantelar la estructura del comunismo, a no ser que su respuesta sea la «vía china», que enseguida se comentará.

III

Hay dos casos que Stiglitz menciona frecuentemente: el primero, Argentina, como una muestra más de la incompetencia del FMI; el segundo, China, como ejemplo de la estrategia alternativa que con su éxito prueba la existencia de una alternativa a los patrones de la citada organización. Escuchémosle: «el colapso argentino en 2001 es uno de los más recientes fracasos [del FMI] de los últimos tiempos» (pág. 44). En 1913 Argentina era uno de los diez países más ricos del mundo, pero al término del primer trimestre del año en curso sólo Paraguay, El Salvador, Ecuador, Bolivia y Nicaragua tenían en América Latina una renta por cabeza inferior a la argentina. El tránsito, que comenzó en torno a 1930, ha sido rigurosamente descritoJuan Velarde Fuertes, «Nuevas impresiones de la Argentina en un economista», Cuadernos de Información Económica, n.º 166, enero-febrero 2002, y sus citas de las obras claves de F. Díaz Alejandro, Essays on economic history of the Argentina Republic, Yale University Press, 1970, y Jacob Viner, The Journal of Political Economy, 1932, vol. XI, págs. 121-125, y Comercio internacional y desarrollo económico, Ed. Tecnos, Barcelona, 1961, págs. 74-78. y desde luego no fue culpa del FMI, como no lo fueron las políticas proteccionistas, corporativistas y de partido único del peronismo, el nacionalismo militar que acabó con la democracia al tiempo que la hiperinflación, dos crisis bancarias y la inestabilidad económica redujeron la renta por cabeza a un ritmo del 1% anual entre 1976 y 1989, convenciendo a los argentinos de que la única moneda segura era el dólar e impulsando un éxodo masivo de capital. En 1991, Menen y su ministro Cavallo emprendieron una cruzada para liberalizar y privatizar la economía fijando por ley la paridad entre el peso y el dólar (por cierto, ¡en contra de la opinión del FMI!). Esa política funcionó al principio, pero pronto quedó claro que sus exigencias excedían la capacidad, o la voluntad, de los argentinos y sus gobernantes. Se demostró que la economía no era competitiva, especialmente con un real brasileño que se devaluaba periódicamente, salvo si los precios bajaban. Pero la deflación llevó a la recesión, a salarios más bajos y mayor paro y a la dolarización de la economía y del sistema bancario. Pero, en contra de las tesis de Stigliz, el problema residió en que una vez reelegido, Menen se volcó en aumentar la deuda pública para financiar unos déficit públicos que no intentó controlar, olvidándose de cualquier tipo de reforma que pusiese en peligro sus ambiciones anticonstitucionales de ser reelegido una segunda vez. A final de 2001, el déficit público alcanzaba el 6% del PIB, poco después se suspendía el pago de una deuda pública que alcanzaba los 155.000 millones de dólares y el 1 de diciembre se impuso un límite de mil dólares a las disposiciones de los cuentacorrentistas. La historia más reciente es de sobra conocida y tampoco respalda las tesis de Stiglitz, ya que no fue la debilidad del sistema bancario lo que originó la crisis fiscal por la necesidad de ayudar a los bancos, sino al contrario: la crisis fiscal la que llevó a la bancaria al utilizar el Gobierno las reservas bancarias para cubrir sus desajustes presupuestarios.

Como tampoco las apoya la realidad china. Hay detalles que no encajan en los pronósticos optimistas del autor a propósito de los éxitos de la «transición» en ese país. ¿Éxitos, qué éxitos? Stiglitz se cuida mucho de decir que incluso con una tasa de crecimiento del 7,3% –que es la oficial y probablemente exagerada– el país es incapaz de crear los entre ocho y nueve millones de puestos de trabajo anuales que precisa para no aumentar su paro e impulsar la renta por cabeza del 65% de la población, estancada desde hace un lustro. Pero el problema reside en que, una vez agotadas las medidas liberalizadoras en la agricultura y las pequeñas empresas que siguieron al desastre maoísta, únicamente queda la liberalización auténtica, y ésa es muy dudoso que los jerarcas del partido comunista la permitan, especialmente después de los sucesos de Tianamen (dicho sea de paso, a Stiglitz parece importarle poco la democracia y los derechos humanos en China). Ciertamente, la inversión extranjera está deseosa de hacer negocios en China, pero parece imposible que sea capaz de absorber los 150 millones de trabajadores que sobran en el campo, tanto más cuanto el sector público y especialmente sus empresas emplean el 45% de la mano de obra urbana, pero en su inmensa mayoría están técnicamente en quiebra. Y el que no lo estén de derecho se explica porque los bancos no están autorizados a exigirles el pago de los intereses o la devolución del capital que les prestaron. La consecuencia es una tasa de morosidad bancaria que oscila, según las estimaciones que se tomen, entre el 30 y el 50% de los préstamos concedidos por la banca pública. Así pues, lo que Stiglitz califica de «gradualismo», la OCDEThe Economist, Out of Puff, A survey of China, 15 de junio de 2002. lo denomina un «serio círculo vicioso», ya que los bancos no recuperarán su solvencia mientras las empresas estatales no mejoren su funcionamiento, pero la elevada tasa de insolvencia dificulta la concesión de los nuevos fondos que las empresas precisarían para reestructurarse, y la Bolsa es un mercado viciado por el hecho de que la mayoría de los valores en ella cotizados corresponden a empresas estatales técnicamente en quiebra y sus propietarios son el Estado o los funcionarios públicos.

IV

En el capítulo final de su obra, titulado «Camino al futuro», resume Stiglitz las razones por las cuales la globalización no funciona y expone sus ideas sobre cómo reformar el FMI y el sistema financiero global, concluyendo con una serie de consejos sobre qué hacer. No pocas de esas ideas y consejos son compartidos por todos los expertos, comenzando por el propio FMI y el BM, pero es una falsedad atribuirles todos los males del mundo, desde el derrumbe de Argentina a la precaria transición rusa, pasando por la pobreza africana, las crisis asiáticas y el deterioro medioambiental. Por ello, al cerrar el libro –escrito con un desaliño vergonzoso y plagado de reiteraciones, a veces en la misma página–, a uno le dominan la amargura y una honda decepción. Amargura porque esas páginas revelan –como ya han puesto de relieve quienes lo conocen de antiguoKenneth Rogoff, An Open Letter to JosephStiglitz, www.imf.org/external/np/vc/2002/ 070202.htm, y también Paul Blustein, «IMF Economist Assails Author of Critical Book», The Washington Post, 2 de julio de 2002, pág. 1. – la baja calidad moral de un autor que manifiesta una xenofobia insultante al describir (pág. 67) al entonces director general del Fondo, el francés Camdessus, como «un burócrata del Tesoro francés, de baja estatura y atildada vestimenta», y no duda en calumniar a un compatriota y colega en la docencia universitaria, el director adjunto del FMI, Stanley Fischer, al insinuar que aplicó políticas a ciertos países prestatarios que beneficiaban los intereses de un gran banco americano, el Citibank, a cambio de un magnífico empleo (pág. 45).

No cabe ignorar los méritos intelectuales del reciente premio Nobel, pero sí exigirle más rigor en más de una ocasión. Al hablar de la transición rusa en el capítulo 7, afirma (pág. 233) que «la interrelación entre política y economía es compleja», pero lo olvida al no reconocer jamás las espinosas decisiones a las que frecuentemente se enfrenta el FMI. Mantiene en varias ocasiones una estudiada ambigüedad al hablar de los tipos de interés, sin aclarar si se refiere a los nominales o a los reales, y pasa por alto un aspecto técnico fundamental cuando olvida que en muchas ocasiones –Brasil, México, Rusia, varios países asiáticos y, sobre todo, Argentina, cuya paridad fija entre el peso y el dólar fue abiertamente criticada por el FMI– los tipos de cambio artificialmente fijados fueron decisiones de los respectivos gobiernos nacionales, de tal forma que en este punto su acusación según la cual «la globalización [...] parece haber reemplazado la vieja dictadura de las élites nacionales por la nueva de las finanzas internacionales» es palmariamente falsa.

En conclusión: el último libro de Stiglitz es un monumento a la soberbia intelectual de un profesor amargado, al parecer porque las grandes organizaciones internacionales no quisieron reconocer su genio. Es también la obra de alguien que, poseído de «su» verdad, no duda en insultar y difamar a quienes no piensan como él. Pero, sobre todo, es un engaño al lector deseoso de informarse sobre los males de la globalización, ya que en sus 314 páginas no hallará un análisis detallado de las cuestiones que se refieren al comercio, la pobreza, el paro, el crecimiento, la desigualdad global, las fuerzas del mercado y el cuidado y la preservación del medio ambiente, los monopolios y oligopolios de las grandes multinacionales, la emigración, las consecuencias de la protección a la propiedad intelectual o los males del imperialismo cultural, por mencionar sólo algunas de las cuestiones más cruciales. Habrá que esperar a que círculos mojigatos y acólitos progresistas cesen de jalear este libro y Stiglitz logre la tranquilidad para volver a pensar y escribir lúcidamente.

01/10/2002

 
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