ARTÍCULO

El virus fascista y el criptoliberalismo

XXII Premio Anagrama de Ensayo Anagrama, Barcelona
414 págs. 19,50 €
 

Hacia 1953, el sueño venenoso de una cultura nacionalista diseñada desde el Estado franquista empezó a desvanecerse para quienes lo habían alimentado. Muchos iniciaron, si es que todavía no lo habían hecho, un discretísimo repliegue a posiciones lejanas del fanatismo fascista o nacionalcatólico, buscando el rescoldo del viejo y denostado liberalismo que venía de la Institución Libre de Enseñanza y aun antes de gentes como Jovellanos. Ese año de 1953, Julián Marías escribió un artículo que se emparenta con el libro de Jordi Gracia (1965) a través de un adjetivo elocuente: «silenciosa», pero también por las ideas que contiene y por las que dejan de decirse. Marías lo tituló «La generación silenciosa» y en él trataba de esa generación de españoles llamada a constituir «la España de 1975» (¡atención al don profético de Marías!), que, en su opinión, ya estaba formada y cuya más pesada carga era la educación maniquea de buenos y malos, pues se les había inculcado, por ejemplo, que «entre la forma española de catolicismo y la incredulidad absoluta no hay término medio» o que, más nocivamente, la idea de que «nosotros somos otra cosa, de que "no tenemos que ver" con la mayoría de lo que pasa en el mundo». Precisamente contra esa España embrutecida por la escisión y el blanco o negro (azul o rojo) y por su inducida clausura ante lo forastero es contra la que había combatido la tradición liberal, contra el dogmatismo y la ignorancia. Muy mala salud debía tener en 1953 esa tradición para que Julián Marías, dignísimo representante de la misma, pudiera denunciar con toda la precaución imaginable las taras de la generación joven.

Jordi Gracia no trae a colación este testimonio de Marías, pero centra su espléndido ensayo en el modo discreto, tímido e incluso contradictorio en que el liberalismo intelectual y la ética del trabajo bien hecho fueron abriéndose paso de nuevo en los férreos años cuarenta y primeros cincuenta, los del quindenio negro (1939-1953). Aunque el título del libro es La resistencia silenciosa, por sus páginas, más que resistentes, discurre la resurgencia del mancillado espíritu de excelencia intelectual –y también de diálogo, como en Ridruejo– que brilló antes de la guerra. Fueron brotes aislados y que hay que observar con lente de aumento, pero que sin duda existieron. Aunque no sé si es exagerado considerarlos el semillero, remoto eso sí, de la futura restauración de la democracia en España. Pero éste no es un ensayo sobre los héroes que lucharon contra el franquismo en las peores circunstancias. No, en el libro apenas asoman héroes, a no ser que consideremos tales los muchos exiliados republicanos que tuvieron que inventarse nuevas vidas en nuevas tierras (a veces, ciertamente, con fortuna pero casi siempre desde una penosa precariedad), no siendo el menor de ellos un Juan Ramón Jiménez que aquí aparece engrandecido en su tamaño moral más allá del nefelibata egotista. No, el libro está plagado de villanos de distinta catadura y magnitud. Las traiciones y cambios de bandera de Gregorio Marañón o Ramón Pérez de Ayala son tan mayúsculos que admiten pocos paliativos. Y resulta tan comprensible como inevitable –aunque no indiscutible– que sus posiciones de auxilio, respaldo o anuencia con el régimen criminal de Franco les haga, a los ojos de muchos, cómplices en medida variable de la represión inmisericorde que segó tantas vidas y laceró las entrañas de muchos miles de familias. Por eso se ha podido leer este ensayo de Gracia con las reservas propias del que abomina del revisionismo histórico exculpatorio, como si fuera eso, justificar o absolver la culpa de los intelectuales filofranquistas, lo que pretendiera el autor. Pero no es eso. Gracia no niega ni corrige la cantidad de responsabilidad moral de quienes sumaron su voz al coro fascista, ni trata de ser comprensivo con la atroz fragilidad de, pongamos, un Eugenio d'Ors de camisa azul y brazo en alto. Lo que se propone es a la vez muy modesto y muy audaz: quiere poner algunos peros a la historia conocida, unos sinembargos que no modifican la letra de lo sucedido, pero contribuyen a entender cómo pudo suceder lo que había de venir en la historia de España en las décadas ulteriores. Vale decir que Gracia explica cómo las mitificadas algaradas de 1956 o el movimiento de resistencia de los años sesenta no surgieron de la nada, porque de la nada, como decía el poeta, nada sale. Los años cuarenta y los albores de los cincuenta no configuraron, pues, el consabido erial sin el menor latido de vida inteligente, sino que fueron un espacio, sí, desforestado pero en el que puede escucharse, si se afina el oído como propone este libro, el rumor parco de un pensamiento incómodo con el fatuo monolitismo de las directrices oficiales y enfadado con el estilo ahuecado y grandilocuente del lenguaje usual en cualquier manifestación pública, desde la

prensa a las aulas universitarias, desde la literatura a los discursos de los gerifaltes del régimen. El propósito del libro viene a coincidir con el de un magnífico ensayo de JoséCarlos Mainer, La filología en el purgatorio (2003), que prueba cómo desde el interior de la España franquista, y en los años más crudos, una serie de profesionales de la filología (José Manuel Blecua, Francisco Ynduráin, José Luis Cano...), severamente aislados y acosados por la escasez de medios, fueron capaces de desarrollar una labor científica y educativa de altísimo nivel, lo que no niega en absoluto que la victoria franquista de 1939 supusiera un profundo tajo en la continuidad cultural de este país.

Jordi Gracia aborda un asunto peliagudo, como es el matizar una versión de la historia reciente desde unos presupuestos acaso políticamente controvertibles. Para los luchadores antifranquistas que han alimentado la mitología del heroísmo hecho de asambleas clandestinas, misiones de Partido, estancias en la cárcel o, en tono menor, carreras delante de los grises, el reivindicar una resistencia entre 1939 y 1953 y, sobre todo, el vincular a esa resistencia algunos nombres de camisas viejas puede resultar indignante e incluso ofensivo. Pero es necesario leer bien tanto las «Confidencias» como la «Introducción» que abren el libro para situar con exactitud el objetivo del ensayista y la posición desde la que lo establece. El primero consiste en demostrar que «la resistencia contra la barbarie empezó por un ejercicio de reeducación lingüística, una cura de adelgazamiento retórico» (pág. 15) que implicaba el rechazo del «utillaje verbal de la propaganda franquista» y el repudio de «la retórica idealizante del fascismo falangista». La posición desde la que se emprende esa demostración es la de los que rondan los cuarenta años, «demócratas de toda la vida», para los que esa «historia no es la nuestra», sino parte de la munición sentimental y factual proporcionada por los libros y el cine, lo que facilita una mirada más ecuánime y desapasionada que la que ha caracterizado a los historiadores de mayor edad. No sé si este distanciamiento es posible, ya, en todos los casos. Los cuarentones fueron educados en la España de los años sesenta y setenta, el 20 de noviembre de 1975 habían empezado su último curso de EGB o comenzaban su bachillerato (andaban, pues, entre los catorce y quince años) y me parece que no todos aquellos adolescentes salieron incólumes de la instrucción oficial, lo que en parte los inhabilita para ejercer una modalidad intachable de objetividad histórica. Pero me interesa más el objetivo, o si se quiere la hipótesis de partida del libro, que traslada la noción de resistencia política del terreno de la acción al de la palabra.

Esta hipótesis podrá encontrar de nuevo detractores, pero resulta de lo más sugestivo (y muy wittgensteiniano) considerar que entre el empleo del lenguaje (el estilo) y el modo de concebir el mundo existe una solidaridad profunda, de tal suerte que un cambio en el primero delata una variación en el segundo. Quizá es extremar el alcance de la idea suponer que la defensa de un estilo menos campanudo y artificioso por parte de algunos falangistas como Julián Ayesta comportaba una mitigación de su doctrinarismo o, dicho más claro, un acercamiento a la tradición ilustrada y su panoplia de valores: laicismo, tolerancia, diálogo, igualdad, etc. Pero tal vez sí pudo significar el primer síntoma de un desencanto que empezó siendo retórico y acabó siendo político.

La estrategia de Gracia para componer su ensayo es doble: una metafórica y otra estructural. Por un lado, considera la ideología fascista como un virus altamente tóxico y contagioso. Por otro, organiza el estudio de esa patología por capas cronológicas de enfermos entre los años treinta y cincuenta, de las que distingue tres: los que denomina maestros liberales (Baroja, Azorín, Ortega, Marañón, Pérez de Ayala...), que «renuncian a sí mismos y confían en la victoria franquista», constituidos en una «retaguardia liberal agazapada» dispuesta a reimplantar su autoridad liberal tras la guerra; los fascistas cultos (Ridruejo, Torrente Ballester, Laín Entralgo, Aranguren, Maravall...), que pretenden superar el liberalismo decimonónico como una fórmula caducada; y, por último, los «niños de la guerra», liberales de libro, que en algunos conspicuos casos (señaladamente Manuel Sacristán) transitan desde el falangismo juvenil hasta un marxismo ortodoxo y en otros sencillamente se despegan del dogmatismo oficial (Valverde, Ferlosio, Valente, Pinilla de las Heras...).

Aunque estas tres capas respondan a tres generaciones diferentes, el contagio fascista se produjo antes y con mayor virulencia en la capa intermedia, que es la de los fundadores de Falange en 1933 y sus primeros militantes. Aunque diversos en su evolución ideológica posterior, ahí se mezclan Sánchez Mazas o Giménez Caballero, que se mantuvieron fieles a sus convicciones, con Ridruejo o Laín Entralgo, que con velocidades distintas modificaron sus posiciones. Los parteros de la República, Marañón o Pérez de Ayala, o el propio Azorín, que reclamaba en 1931 la paternidad de la República para los intelectuales, traicionan su fe liberal bajo el pánico a una revolución comunista o, una vez ya ha deflagrado la guerra, para ser ellos mismos víctima de su debilidad y títeres del nuevo régimen. Los más jóvenes, en fin, vivieron en un medio inficionado y casi inevitablemente crecieron con el virus dentro. Sólo el lento despertar de la propia razón expulsaría el morbo fascista para hacer sitio a una forma más saludable y desembarazada de analizar la realidad (aunque a estas alturas no es seguro que el marxismo escolástico ofreciera en sus confines una libertad de pensamiento mucho menos coaccionada). Gracia no pretende peinar exhaustivamente los quince años de los que se ocupa, sino espigar en ellos algunos casos que ilustren cómo pervive la vocación del conocer y de qué manera oblicua se expresa el recelo ante el dogmatismo. Su enjuiciamiento de Marañón, por ejemplo, es generoso (indulgente dirán algunos), como el de Azorín o Baroja, que trataron de no incordiar mucho al régimen para ir tirando lo mejor posible, pero al menos en estos dos últimos se dio una ineludible negociación de su conciencia con el sistema político del país donde habían elegido permanecer, siendo el resultado algo deficitario para su dignidad. Fingir, simular, hacer la vista gorda, acabó siendo la actitud menos abyecta mientras cada uno trabajaba en lo suyo: la erudición, la creación literaria, el articulismo... Sólo los jóvenes acabarían abrazando un compromiso político concreto, una forma de disidencia menos sigilosa desde la segunda mitad de los años cincuenta.

El ensayo de Jordi Gracia, escrito con un brío y un pulso estilístico (es preciso señalarlo) extraordinarios, constituye ya un punto de referencia inexcusable en la reflexión sobre las consecuencias de la guerra en la historia cultural española. Un polémico punto sobre la i de la devastación, miseria e ignominia del altofranquismo, que advierte de que la razón fue abriéndose paso a través de las grietas del desencanto falangista, la retractación mohína y gestual de los liberales que sucumbieron a la idea de un Estado fascista y la emergencia de una generación de jóvenes ansiosos por habitar una atmósfera cultural que había existido en los tiempos remotos anteriores a 1936.

01/11/2004

 
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