ARTÍCULO

Informe razonado de primeras novelas (I)

Mandala, Madrid, 133 págs.
Plaza y Janés, Barcelona, 366 págs.
El Aleph Editores, Barcelona, 304 págs.
 

Uno de los placeres de quienes seguimos la literatura con permanente curiosidad, además de tener en ella un grato modus vivendi, está en observar lo que ofrece de nuevo al hilo de los días. Escribo la palabra nuevo en su sentido más inocente: «que acaba de aparecer, de formarse o de ser hecho», como dice el buen Diccionario Vox de la universidad de Alcalá de Henares. El placer se redobla cuando la novedad procede de autores inéditos, que se dan a conocer por vez primera. Todo ello hecho por el afán de descubrir voces nuevas en otra acepción de ese término («Distinto o diferente de lo que antes había», indica la cuarta del DRAE), y de atisbar por dónde van los tiros en la construcción cultural siempre cambiante e inestable de la literatura. De manera que Amalia Iglesias tenía asegurado de antemano el sí cuando me hizo la taimada propuesta de repasar globalmente en estas páginas qué rumbos toman nuestros narradores neófitos a lo largo de un buen trecho de tiempo cercano.

Periódicamente me llega una operaprima del género narrativo. En el año y pico último tengo vistas un buen puñado. La mayor parte son novelas, pero no faltan los libros de relatos. Así que fraccionaré el informe en varias entregas. En ésta, hablo de novelas. Y adelanto cierto desaliento en el balance. Poco, muy poco de verdad nuevo, en la señalada acepción académica, hay entre lo mucho leído. Justo esta visión panorámica sirve como prueba del algodón para detectar lo distinto o diferente, pues las obras, una a una, no dejan ver el rutinario conformismo en que andan ancladas la mayor parte de nuestras letras.

VOCACIONES TARDÍAS

Un fenómeno no infrecuente en la novela es que sirva de refugio a vocaciones literarias de manifestación tardía. Suele darse entre personas de profesiones liberales que, de algún modo, y aparte el componente de vanidad implícito en casi toda escritura, ven en la fábula el medio de exponer su visión del mundo cuando ya han alcanzado el reconocimiento en su trabajo específico. Eso hicieron, no hace mucho, y con no desdeñables resultados, el filósofo José Ferrater Mora y el editor José Ortega Spottorno, ambos ya desaparecidos. Y ahora publican primeras novelas bien superada la juventud el civilista Luis Felipe Ragel (ejerce en la Complutense y ha publicado más de ochenta obras de carácter técnico jurídico, señala la cubierta de su libro) y el profesor de Economía de la Autónoma barcelonesa Lluís Barbé Duran. Los dos practican la narración histórica, que viene siendo holgado comodín para toda clase de apetencias fabuladoras, y arcón de los más insólitos personajes y pasajes del pasado.

Lluís Barbé se declara «biógrafo circunspecto» (pág. 297) de una saga irlandesa, los Edgeworth. A ella alude el título de su crónica, Retrato de familia sobre fondo de tréboles, cuya trayectoria recorre a lo largo de un siglo (17641864) y apostilla documentalmente hasta 1935. Su interés por esta gente lo despertó una noticia relativa al origen catalán de un personaje de esta estirpe, el profesor oxoniense de Economía Política Francis Ysidro Edgeworth. Este hecho constituye, según le enseñaba Fabián Estapé, «uno de los lances más relevantes en toda la historia de la ciencia económica catalana» (pág. 10). Tendríamos que decir en el tono humorístico grato al autor que los caminos del Señor son inescrutables. No otra cosa hace pensar que semejante detalle doméstico impulsara la laboriosa incursión de Barbé en esos personajes y que de ello se derivara un retrato novelado de aquellos tiempos cruciales para la construcción del mundo moderno. Aquí está el interés fundamental de este reportaje familiar de base histórica, en su viaje al pasado a través de las décadas que encadenan la ilustración, la ruptura revolucionaria francesa, el liberalismo, el romanticismo y la reacción absolutista de la Europa de Viena. Parte de las anécdotas referidas, además, no nos resultan ajenas por muy distante que se halle Edgeworthstown, donde se halla la casa solariega de esta ramificada familia: encontramos referencias al duque de Wellington y tienen un cierto protagonismo el general Antonio Eroles, exilado en 1824, y, a su lado, otros liberales perseguidos por la represión fernandina.

Las «aventuras y desventuras» (pág. 160) de los Edgeworth poseen un mínimo de interés histórico (por ellos y porque al hilo de sus avatares aparecen figuras tan atractivas como Luis XVI, Walter Scott, Rousseau o Byron), están narradas con agilidad, y escritas con esmero y precisión (salvo algún desliz: el autor confunde ostentar con detentar y habla de «inventar bártulos»). No es poco, pero en conjunto la novela no supera esa medianía resultante de una anécdota contada con aplicación y redactada con pulcritud.

Saldo parecido, o un poco superior, arroja El sombrero de Rocroi, de Ragel. Dice una nota de la editorial que ésta acoge creaciones de quienes, no teniendo por oficio el escribir ficción, sienten necesidad de hacerlo como pasatiempo, diversión o pasión secreta. Reconozco que me resulta simpática esta falta de pretensiones, contraria a tanto presuntuoso envaramiento como abunda en el campo de las letras. Y tiene su mérito cuando se aprecia que la obra de Ragel está a la misma altura que la mayor parte de lo que se publica, y se jalea.

Con tal título, puede predecirse que esta novela aborda la batalla de Rocroi, y, en efecto, cuenta sus preliminares, desarrollo y desenlace. El autor comparte la opinión común de que la aniquilación de nuestros temidos tercios en 1643 representa el comienzo del fin del Imperio español, y el anuncio de una irreversible y rápida decadencia. Su contribución consiste en evidenciar la vertiente humana de aquel desastre. Subraya la novela cómo la incompetencia e intereses espurios de los altos mandos españoles convirtieron una operación rutinaria en un enfrentamiento decisivo. Y también de qué manera la ambición y picardía de Condé jugaron a favor de los franceses.

El contexto histórico y la batalla están ampliamente documentados (y supongo que bien, aunque, no siendo especialista, sólo pueda opinar de oído), el argumento se desarrolla con tensión y el punto culminante de la lucha se presenta con alto grado de convincente dramatismo. En las páginas finales vuelve a aflorar con intensidad renovada el hilo conductor de la novela, las actitudes personales, ahora centrado en la tropa, en su sufrimiento y abnegación, y también en los motivos que llevan a alguien a cometer una felonía. El autor remata la narración con unas consideraciones que se prestan a la lectura de actualidad: los jefes, responsables absolutos del desastre, no pagaron precio alguno por ello. Funciona como broche una afortunada imagen: el atildado Condé con su sombrero de hermosas plumas, que potencia la plástica reconstrucción del horror de la guerra y la comprometida indagación en el factor humano precedentes. Tal vez no sea una gran novela, y seguro que no pasará a la historia de las letras, pero la destreza del relato no la coloca por debajo de tantas cosas como lanzan con grandes alardes cada día las editoriales más conocidas.

UNA CRISIS JUVENIL

Al contrario que esa llegada a la escritura creativa tardía de los profesores Barbé y Ragel, también ocurre que la novela, aunque el tópico la considere hija de la madurez vital, facilita al joven la expresión de incertidumbres existenciales. O, al menos, según deduzco del tono, de la anécdota y del propio tema, eso ocurre en El molino, la primera obra de Eva Alba. El libro no proporciona información biográfica de la autora, pero es joven. Y, aunque el argumento tampoco ofrezca base concreta al respecto, seguro que la escritura da respuesta a una crisis, tal vez religiosa, en forma de mensaje positivo sobre el mundo. Ese mensaje divulga un misticismo alegre y una celebración de la vida, y procede de un descubrimiento agradecido de los valores básicos de la existencia.

El componente novelesco de El molino resulta muy sencillo, y casa bien con su propósito un punto didáctico. Una chica (¿alter ego de la propia autora?), profesora en un colegio urbano, se retira a vivir en un viejo molino aislado en pleno campo «con un pesado macuto, unos modestos ahorros y un cargamento de dudas a la espalda». Aquí se dedica a rasgar velos de su mundo interior, a percibir la realidad en su forma más simple y directa, y, en suma, a buscar «mi camino», una vida nueva con pleno sentido. Esa experiencia, de cuatro meses, la traslada Dersú (que así se llama la protagonista) a un diario del que se transcriben las breves anotaciones correspondientes a un buen puñado de jornadas.

Los apuntes hablan de cosas sencillas, de la naturaleza, de la flora y la fauna, de cómo Dersú asume las urgencias del mundo exterior (cocer pan, lograr alimentos y hasta ingeniar un pequeño comercio vendiendo los pasteles que ella misma elabora) para después «centrarme en mi interior». Esas anécdotas sirven de soporte a la exposición de una especie de tesis: los seres humanos nos alejamos de la esencia de las cosas y convertimos la vida en «un viaje ilusorio sin rumbo fijo». El diario deja constancia de la conversión de la joven a una religión de la naturaleza de la cual saca fuerzas para volver a la actividad en el mundo: aunque había renunciado a la docencia, tras este aprendizaje, vuelve a ejercer el magisterio en Matura, el pueblo cercano al molino.

El intimismo del relato y el intenso sentimiento del paisaje permiten emotivas secuencias algo líricas, pero también fomentan algunos reblandecimientos emocionales, y, sobre todo, un idealismo arcádico. No trato de juzgar la obra por la adhesión o rechazo que provoquen estos impulsos espiritualistas. El ideario de Eva Alba y su empeño en descubrir la Verdad (término que pone con mayúsculas) merecen respeto. No comparto la postura de la autora, porque el espíritu cuenta poco en el mundo, más bien regido por una fuerza violenta y absurda, ni tampoco suscribo su clásica postura de menosprecio de corte y alabanza de aldea. Pero no son éstos los reparos que deban formulársele a El molino, sino objeciones literarias: para que resulte auténtica la conversión de la chica haría falta que su diario reflejara el contraste de la presencia efectiva del mal. Con ello se evitaría su poso didáctico añadido. Hay que reconocer, sin embargo, un fondo de sinceridad en su escritura que, tratándose de una primera novela, puede contener el germen de una voz con futuro.

EN BUSCA DEL BEST-SELLER

También una mirada al sustrato inexplicable de la vida encontramos en otra primera novela, en La sombra del chamán. Pero nada tienen que ver. En ésta, el elemento mágico de las sociedades primitivas (los indios piaroa de la Amazonia) es un ingrediente que, unido a otro, las tramas delictivas en la industria farmacéutica, se emplea como curioso señuelo para lograr un best-seller de acción e intriga. En esencia, eso busca su autor, el profesor de biología y periodista científico Luis Miguel Ariza.

La sombra del chamán cuenta la experiencia excepcional de un investigador galardonado con el Nobel: su descubrimiento de un remedio universal contra el cáncer se relaciona con las circunstancias incomprensibles de su muerte violenta. La muerte inexplicable dispara una investigación privada en la que se implica un periodista. En la selva venezolana se cruzan intereses y tiros, y a la vez se describe la espiritualidad de un pueblo todavía salvaje. Unos ejecutivos de multinacionales se pelean a muerte y contratan sicarios. Y al final, un secreto que escapa al racionalismo cartesiano deja esta historia de crímenes e intereses abierta a fuerzas que ignoramos. No lo detallaré más para no estropearle a nadie la historia.

Tiene la novela de Ariza pulso de narración de aventuras amena, cuenta con soltura y buen ritmo, mantiene la intriga en el punto en que siempre se aguardan las novedades siguientes... Tal vez complica mucho los sucesos, y alarga algo la acción, y explota el exotismo indígena, y esquematiza los personajes, y riza el rizo del misterio... Pero todo ello no suelen ser obstáculos insalvables para el aficionado a esta clase de relatos, porque los acepta sin más. Al final, predomina el entretenimiento y el autor deja flotando en el aire unas inquietantes sospechas sobre los límites de la percepción positivista de la realidad.

Diciéndolo rápido, se trata, pues, de una novela de consumo con un aura cultural y filosófica. Ese tipo de narraciones preferidas por lectores poco exigentes que piden un argumento intenso; y más apreciadas si, como es el caso, tienen una pátina culturalista. Un producto, digno, del mercado editorial. ¿Por qué una novela de estas condiciones no ha obtenido esa difusión masiva para la que está pensada? Es éste uno de los secretos de la literatura y lo que nos libra de quienes pretenden programar las fórmulas del éxito. Ahí levanta un baluarte la novela: con los recursos que unas veces dan resultados, otras no se logra gran cosa.

En fin, ha llegado el momento de detener mi informe. Este puñado de primeras novelas anotadas no permite echar las campanas al vuelo. En la siguiente entrega hablaré de títulos que abren nuevas perspectivas, pero tampoco demasiadas. Es la triste constatación que se desprende del presente recuento. Tal vez, pienso, será verdad que el arte posmoderno carece de capacidad para crear, y por eso domina una actitud epigonal generalizada. El caso es, además, que estas circunstancias producen un cierto espejismo: la habitual corrección de una buena parte de las novelas españolas (de autores que se dan a conocer y de muchos veteranos) por la cual merecen juicios positivos, incita a pensar en una época de plata, si no dorada, pero esconde como tras un manto de neblina la falta de un auténtico aliento creativo.

01/05/2003

 
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