ARTÍCULO

Demonios, pero racionales

 

Félix Ovejero Lucas es un pensador notable y un buen escritor. Publica mucho, quizá demasiado, y dice casi siempre cosas interesantes. Entre su vasta producción, me quedo con Proceso abierto y su elogio razonable del «paraíso» socialdemócrata frente a las revoluciones sanguinarias. También, claro, con el polémico Contra Cromagnon, prueba de coherencia en la práctica de la virtud cívica que le pasa factura muy probablemente en el despliegue de su carrera profesional: «La mayor renuncia intelectual de nuestra izquierda ha sido sustituir el lenguaje de los derechos, la justicia y la ciudadanía por la frágil mitología nacionalista de las identidades y los pueblos». ¿Cómo no estar de acuerdo? Ovejero conoce todo lo que se publica en el mundo anglosajón (incluso textos que, con toda certeza, no merecen la atención que les dedica) y lo principal de la producción francesa y española, aunque muy poco de la alemana o italiana. Es una opción muy respetable. Su escrupulosa probidad intelectual encuentra fiel reflejo en el libro que ahora nos ocupa, bien editado como siempre por Katz. Mientras el común de los mortales resolvemos los compromisos en forma de conferencia o seminario con una discreta faena de aliño, nuestro autor se deja la piel en el empeño y produce una obra que cuenta más de trescientas cincuenta páginas, a veces un poco reiterativas. Incluye, por supuesto, un imponente aparato de fuentes primarias y secundarias, desde Kant hasta las secciones marginales de alguna revista de impacto dudoso a los efectos de nuestra exigente burocracia universitaria.
Incluso un pueblo de demonios toma título, pretexto y fundamento de una célebre reflexión kantiana sobre la mejor forma de gobierno, si se me permite la terminología tradicional. Eso sí, tales demonios deben poseer entendimiento para asumir el diseño de instituciones racionales que les obliguen a ofrecer lo mejor de sí mismos, con perdón por esta paradoja diabólica. Ingeniería social constructivista para producir un lobito bueno, una bruja hermosa, e incluso –supongo– un banquero solidario. El artilugio se llama «república», en el sentido –que nadie se asuste– de democracia participativa y deliberativa, aunque por ahora no necesariamente inclusiva. Nada de esto sucede, faltaría más, en la sedicente democracia liberal, donde los ciudadanos son «idiotas» en todos los sentidos imaginables, desde Pericles al insulto vulgar. Ovejero construye con ingenio la falacia que atenaza a sus adversarios: en el fondo, el deterioro de la cultura cívica –sea real o imaginario– resulta ser un éxito porque permite construir una «democracia sin ciudadanos» y, naturalmente, sin demócratas. Sigue a la carga contra la eterna teoría elitista que necesita individuos ignorantes, inconsistentes, irracionales y egoístas para seleccionar representantes supuestamente «mejores» que sus electores o al menos capaces de actuar como embajadores de intereses particulares. Por cierto, ¿seguro que ministros, diputados y demás gobernantes son mejores que sus representados? En el fondo, es el viejo desprecio de las masas, que tal vez quedaría servido con citas de Nietzsche, de Ortega o de Canetti más que con una nueva discusión sobre el teorema de Arrow y los matices interminables de la teoría de juegos. Es hora, por cierto, de que los pensadores genuinos (Ovejero entre ellos, sin duda) consigan superar la tiranía de la public choice y otros gestos envidiosos de la teoría política hacia una teoría económica que se acerca por fin a la meta hobbesiana de una ciencia social capaz de imitar a las ciencias de la naturaleza. Por cierto, más vale no preguntar su opinión sobre este punto a los científicos stricto sensu.
Resulta entonces que el problema no sería la incapacidad constitutiva de los ciudadanos, sino el mal diseño de las instituciones. Como siempre, la izquierda juega en el campo del optimismo antropológico frente al egoísmo del carnicero que nos propone Adam Smith; de la razón pura, privada del correctivo limitado pero eficaz del common sense; en fin, de la telocracia al servicio de un objetivo ambicioso frente a la nomocracia que reduce al mínimo los fines posibles y deseables de la convivencia en sociedad: evitar la guerra, al menos la guerra civil. Los argumentos que nutren el núcleo duro de Incluso un pueblo de demonios son irreprochables si se acepta el punto de partida. Para ello, me temo, hace falta eliminar la evolución darwiniana, el ensayo y el error, las realidades prosaicas, los éxitos y los fracasos a medias, las aburridas apelaciones al mal menor y hasta el criterio benthamiano y utilitarista que nos induce a buscar solamente lo posible. Todo ello matizado en nuestro autor por un análisis penetrante, plagado de ocurrencias brillantes: entre otras, la «tecnología del camelo» propia de las campañas políticas o la «caja registradora» que sirve de cerebro al homo oeconomicus. Sin embargo, resulta poco o nada convincente la exclusión a priori de cualquier apelación a la experiencia para encontrar la solución menos mala al problema imposible de la convivencia. Claro que existe un fundamento para la democracia liberal, es decir, el Estado de derecho y la sociedad civil, las instituciones (un poco) representativas y el control a medias del poder arbitrario del más fuerte. Lo que ocurre es que ese fundamento no debe buscarse en las teorías abstractas sino en los resultados prácticos: he aquí la sociedad menos injusta de la historia, capaz de producir más bienes (económicos, morales y sociales) y de distribuirlos con menos desigualdad que cualquier otro modelo pasado o presente. ¿El futuro? Ese lugar no existe desde una perspectiva científica, salvo como depósito imaginario de ilusiones o temores.
Para el buen republicano el mercado es la raíz de todos los males, porque antepone el egoísmo feroz al razonamiento altruísta en favor de la justicia. No consigo entender el encaje de este dogma sin fisuras en un contexto de ideas razonables. Quiere la casualidad que la lectura de este capítulo coincida con otra sobre el mismo asunto (El malestar de la democracia, de Víctor Pérez Díaz, Barcelona, Crítica, 2008), reseñado en este mismo número de Revista de Libros, donde argumentos similares conducen a un resultado opuesto: el mercado es fuente de confianza y escuela (paideia, incluso) de civilidad, completado por medio del tejido asociativo y acaso inspirado por un sesgo comunitarista. Confieso que me convence mucho más este planteamiento, por razones elementales de prudencia y buen sentido. Frente al fracaso sin remedio de la falsa democracia liberal, Ovejero sostiene que la deliberación bien ordenada todo lo puede. Estamos en el reino del cogito cartesiano donde, por cierto, también había un demiurgo capaz de purgar los elementos irracionales. Algo así como ese «banco malo» que se queda con los activos tóxicos en nuestra crisis financiera. La deliberación produce todos los bienes imaginables: nos ofrece imparcialidad, jerarquiza las propuestas, filtra los problemas y nos revela las soluciones. Hemos construido un perfecto mercado de las ideas, un curioso orden espontáneo que resulta ser racional gracias a un método impecable. El producto se adorna con las más excelentes virtudes cívicas y promueve incluso la igualdad material, aunque esta última secuela resulte más bien sorprendente. Aquí aparecen la libertad concebida como «no dominación» y otros lugares comunes del republicanismo al uso, presentados con buen estilo, rigor académico y mucho mejor criterio que algunos prebostes internacionales de la nueva moda universal en el territorio saturado de la filosofía política.
Lean ustedes este y todos los demás libros que Ovejero tenga a bien producir, más pronto que tarde si continúa con el ritmo actual. Es un placer intelectual para los suyos, pero también un estímulo para sus adversarios, sean liberales, conservadores u otras especies incorregibles. Absténganse nacionalistas: no entenderán nada. Lo único que siento es que la «república de los sabios» tampoco cumple las reglas del juego deliberativo. También aquí los mejores pierden con demasiada frecuencia, mientras los peores, como ya decía Aristóteles, se pelean por las migajas de los ricos y los poderosos.

01/06/2009

 
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