ARTÍCULO

Las dos caras del PNV

 

La historia del nacionalismo vasco es la historia de la relación entre radicales y moderados, entre estatutistas e independentistas. A esto responde la imagen del péndulo con que Santiago de Pablo, Ludger Mees y José A. Rodríguez Ranz titulan su historia del Partido Nacionalista Vasco, cuyo primer tomo, correspondiente a los años 18951936 ha visto la luz hace unos meses editado por Crítica. La imagen es sugerente y, con ella, los autores se refieren a la «calculada ambigüedad» de un partido y de unos dirigentes que combinan esencialismo y posibilismo para superar diferencias internas, y para relacionarse con el exterior.

El libro era esperado con interés, por razones obvias, y con un cierto recelo, pues se trataba de una obra en cuyo origen estaba una iniciativa de la Fundación Sabino Arana, estrechamente vinculada al PNV, que habría facilitado a los autores el acceso a su documentación. Ello parecía augurar una obra con tufo a historia «oficial» del Partido Nacionalista Vasco. Tales temores eran sólo posibles en quienes no conocieran los trabajos previos de los autores, cuya profesionalidad, demostrada en una extensa y seria obra que es material de referencia obligada para los estudiosos de la historia del nacionalismo vasco, ha vuelto a quedar de manifiesto.

Este período 1895-1936 era ya, antes de la publicación de este libro, el mejor estudiado de la historia del nacionalismo vasco. No es este el lugar para emprender un análisis de historiografía sobre el período, y tampoco tiene mucho sentido realizarla en ningún otro lugar, dado el excelente trabajo de José Luis Granja realizado como prólogo al libro que comentamos.

Si no eran esperables, por ello, demasiadas sorpresas para el conocedor de la historia del nacionalismo vasco, se agradecen no pocas, como se agradece el modo de abordar la no sencilla tarea de integrar las diversas investigaciones ya realizadas con la documentación hasta ahora desconocida en una obra orientada tanto al especialista como al público interesado en la historia.

Tras un capítulo (prescindible) sobre «Estado y Nación en España y Francia», el libro se divide en cuatro partes: una dedicada al fundador, Sabino de Arana; una segunda que estudia el partido desde la muerte de Arana (1903) hasta la dictadura de Primo; la tercera, sobre el período 1923-1930, y la última que analiza el nacionalismo vasco durante la II República. Los autores se reparten la elaboración de los distintos capítulos, aunque firman la obra en conjunto sin informarnos del principal responsable de cada parte.

Antes de comentar los respectivos capítulos valga una advertencia previa. Una historia del nacionalismo vasco (o de cualquier otra cosa) versa sobre un objeto específico y no puede pretender realizar un estudio general de la época en que se desarrolla. Sin embargo, determinadas características del objeto de estudio sólo pueden explicarse extendiéndose algo más por la realidad que le circunda y en la que aquél se mueve. Con el péndulo patriótico no podemos hacer aquello que hacíamos en el bachiller con el otro péndulo, y dar por hecho que el hilo no tiene masa, es rígido y no es extensible, y que no existe rozamiento: estudiar este péndulo matemático inexistente en la realidad sirve para conocer cómo funcionan los reales, pero el péndulo patriótico no se estudia aquí como un modelo abstracto, sino como algo cuyo funcionamiento se debe a algo y persigue algo. Y, aunque no faltan referencias en el libro al medio en que nace y vive el nacionalismo vasco, en algunos capítulos se echa de menos una más profunda atención al mismo, lo que puede acabar afectando a la comprensión del fenómeno que se estudia.

Quizá por haber dedicado mucho tiempo al estudio de la obra de AranaGoiri, es en el capítulo primero donde pienso que hubiera sido necesario hablar algo más de las tensiones del Bilbao de 1895, no sólo para entender el porqué de algunas de las afirmaciones de Arana sino, sobre todo, para que pueda entenderse el efecto que tuvieron en la sociedad vasca. La extraordinaria importancia que tendría en el futuro el foso abierto entre la izquierda (particularmente los socialistas) y el mundo nacionalista hubiera debido de llevar a exposiciones un poco más reposadas. Y, quizá, un poco más valientes: hay un embellecimiento del fundador del PNV que acaba falseándolo y que me parece innecesario en un libro de este estilo (que, normalmente, afronta los problemas con mayor vigor). No sé qué sentido puede tener el seguir diciendo que «Sabino Arana fue, ante todo, un hijo de su tiempo», porque su tiempo, como el nuestro, dio hijos de todo tipo.

Es verdad que se cuenta casi todo, pero no sé si el lector de estas páginas será capaz de entender al personaje, ni de entender la significación que tuvieron Arana y el bizkaitarrismo en la Vizcaya de su época (por ejemplo, no puede pasarse sobre el tema de la raza tan sobre ascuas como se pasa). Y ello afecta igualmente a lo que es objeto específico del libro: la tensión interna en el PNV, las diferencias entre aranistas y euskalerríacos o «sotistas» va más allá de la distinción entre independentismo y regionalismo y sólo puede entenderse desde la comprensión del integrismo de Arana o desde las extraordinarias limitaciones de Arana en materia política.

En El bucle melancólico, Jon Juaristi hablaba de Sabino Arana como «Tartarín de Abando». No es fácil que el símil guste a los nacionalistas, ni es prudente que se recoja en un libro de estas características, pero una obra como esta no puede olvidar algunas peculiaridades del personaje. Arana emprende una santa cruzada contra la impiedad maketa, acomete sucesivas empresas periodísticas perfectamente ruinosas y que apenas consiguen atraer lectores, funda un partido con cincuenta y tantos seguidores, con una organización clandestina y un sectarismo inimaginable... Conocemos el movimiento continuo y el activismo para no hacer nada de un grupo reducido e incapaz de tener la mínima influencia política hasta que en 1898 se llega al acuerdo con los ex fueristas amigos de Ramón de la Sota.

Sabino de Arana acepta en 1898 su candidatura al puesto de diputado provincial, candidatura firmada por ex fueristas, tradicionalistas o católicos neutros contra los que había dirigido hasta entonces todas sus armas políticas. Su pequeño grupo cambia de rumbo y se convierte en algo más parecido a un partido gracias a la inclusión de los sotistas.

Son complejas las razones que permiten entender el giro. Aquello fue posible porque la política de los grandes capitanes de la industria en el Bilbao finisecular era demasiado caciquil, demasiado prepotente, y dejaba fuera incluso a sectores burgueses que algún peso empezaban a tener en la villa; porque los partidos tradicionalistas estaban de capa caída; porque la construcción de un partido de unidad católica sólo podía hacerse si mantenía la protesta fuerista por la abolición de 1876 y la protesta tradicionalista contra el nuevo orden industrial; porque, pese a su inoperancia política, Sabino de Arana tenía alguna imagen en aquel pequeño Bilbao de 1898... y porque, a sus treinta y tres años, consciente de la nada en la que se movía, quizá halagara a Arana el que le propusieran ser diputado provincial, le halagara recibir el reconocimiento de sectores contra los que había luchado siempre pero que eran los únicos con los que podía contar si quería tener alguna significación política.

A partir de aquí, empieza a funcionar el PNV. Su presencia en las elecciones municipales desde 1899 va a convertirle muy pronto en la minoría mayoritaria de la derecha local. Los nacionalistas adquieren respetabilidad y dejan de ser un puñado de «chalados bizkaitarras». Pero ese proceso se hace, sobre todo, a impulso de los incorporados del grupo de Sota. Arana no se dedica mucho a la vida pública, particularmente desde su boda (en 1900) con una aldeana con muchísimos apellidos vascos, pero no fácil de presentar en la sociedad bilbaína de la época. La pareja se queda a vivir en Pedernales, a cuarenta kilómetros de donde se hace la política.

El partido fundado por el diputado provincial don Sabino de Arana gana elecciones, sus apoyos se piden también para candidaturas al Congreso, el «Centro Vasco» de Bilbao llega a los mil socios, buena parte de los cuales se dedican con éxito a la industria y los negocios. También Arana invierte en Bolsa e inicia aventuras empresariales (que fracasan totalmente). Todo ha cambiado en su vida, menos las ideas políticas. Sigue existiendo la clandestina organización del partido, que carece de lista de afiliados y tiene una dirección formada por media docena de miembros que votan entre ellos la renovación de ese misterioso Bizkai Buru Batzar, BBB. Sigue un ideario que quiere la independencia de Euzkadi, sigue definiéndose la vasquidad por la raza, se sigue abominando de los maketos, y se mantiene el viejo lema que inspiró la primera actividad: «Nosotros para Euzkadi, y Euzkadi para Dios».

Pero existe también un sector en el partido que reclama racionalizar los fines y la organización. Inspirándose en los catalanistas, desean un partido con un programa legal, abandonando el independentismo, y necesitan una organización razonablemente democrática que margine al misterioso BBB.

Sabino de Arana pensaba que nada había cambiado ni tenía por qué cambiar, pero la enésima sanción gubernativa fue más fuerte que las anteriores: queda suspendida la minoría nacionalista del Ayuntamiento bilbaíno y él mismo es encarcelado tras haber intentado enviar un mensaje al presidente de los Estados Unidos quejándose porque el País Vasco no hubiera recibido de nadie la ayuda que encontró Cuba para ser independiente.

En esa situación de crisis Arana se plantea, por fin, buscar una salida política a los problemas políticos, y lo hará optando por la vía ofrecida desde el principio por los ex fueristas del grupo de Sota: mantener la incidencia social abandonando la independencia como objetivo y organizando el partido, aunque sosteniendo simultáneamente el delirio de que con ello se alcanzaría la independencia y se desorientaría al enemigo. Era una nueva manera de integrar los contrarios: Arana resuelve la contradicción en su mente y reclama a los primeros seguidores confianza en su persona.

Esta «evolución españolista», o proyecto de transformación del Partido Nacionalista Vasco en una «Liga de Vascos Españolistas» fue el intento de Arana de dar coherencia a su política. Podía haber seguido como hasta entonces, llamando nacionalista a un grupo que trabajaba dentro de la legalidad constitucional, podía haber abjurado de tamaño revisionismo y mantenido las viejas banderas, pero hizo lo más difícil: renunciar a un nacionalismo que identificaba con independentismo y optar por una vía que bautizó explícitamente como «españolista». Y trabajó consecuentemente por la nueva línea política, apoyando activamente a un candidato no nacionalista para las elecciones al Congreso, impulsando la afiliación al nuevo partido y trabajando en un proyecto de organización. Si no lo consiguió no fue por falta de voluntad sino por falta de salud: murió con la tarea a medio hacer, quince meses después de habérselo propuesto.

La muerte de Arana es la muerte del proyecto de «evolución», es el final de la coherencia y es la institucionalización del péndulo. La aparente esquizofrenia se instala como estrategia del partido. Bajo la dirección del heredero nombrado por Arana, un nacionalista integrista de la primera hora, comienza la organización del PNV y se definen los objetivos, que siguen siendo la independencia, aunque ésta se encubra bajo el manto de la reintegración foral (que, en definitiva, era lo mismo: ya había dicho Arana que Euzkadi fue independiente mientras tuvo fueros).

El libro nos relata las tensiones entre radicales y moderados, tensiones que culminan con la escisión entre la mayoritaria y autonomista Comunión Nacionalista Vasca y el independentista Partido Nacionalista Vasco, los aberrianos, en 1921. Aunque dirigido hasta 1915 por hombres plenamente «sabinianos», la propia incapacidad política de ZabalaOzámiz y de Luis Arana-Goiri permite la construcción y expansión del partido bajo una línea política más cercana a la moderación que al radicalismo. Pero el radicalismo existe, y permite aquella expansión. La reiterada designación de nacionalistas como alcaldes de Bilbao por Real Orden expresa la fuerza y la significación del PNV en los momentos de enorme auge económico de la Gran Guerra (y en los que la precedieron), que necesariamente implicaban la moderación del lenguaje y la redefinición «autonomista». Ello no se hizo sin traumas: van aumentando las diferencias con los sectores radicales, particularmente fuertes en la Juventud Vasca de Bilbao, que acaban siendo expulsados de la Comunión Nacionalista en julio de 1921 y constituyen en septiembre un partido que recupera el histórico nombre de Nacionalista Vasco.

El período que se abre con la dictadura de Primo de Rivera era el menos estudiado hasta el momento y es el capítulo que más interés despierta en este Péndulo patriótico. En 1923 los nacionalistas estaban divididos, y la actitud y actividad de sus dos ramas será distinta, aunque sea básicamente común la inhibición de la actividad política. La Comunión mantiene alguna organización, pero con una escasísima vida partidaria: no se renuevan reglamentariamente los cargos, apenas existe debate político, y languidece la actividad de los centros locales, que en ocasiones, particularmente en Álava, llegan a disolverse. Aunque no todos los aberrianos se oponen frontalmente a la dictadura, el PNV mantiene alguna mayor actividad que la Comunión. Impulsan actividades culturales que, frecuentemente, dan lugar a la creación de asociaciones, particularmente deportivas, que permiten mantener la llama patriótica. Los nacionalistas vascos no participan en la política española y ello se manifiesta clamorosamente en su ausencia del Pacto de San Sebastián. Fueran radicales o moderados, los nacionalistas seguían recelando de una eventual república revolucionaria y anticlerical.

La inoperancia política durante la dictadura comienza a sacudirse en 1930. Comienza un proceso de reunificación que culmina en noviembre de aquel año a costa de la exclusión del sector más liberal, que se separa del nuevo PNV para crear Acción Nacionalista Vasca. Los trabajos de reorganización expresan la magnitud de la inactividad anterior (en Álava y en Navarra faltaban datos sobre la situación del partido antes de 1923) y algunas actitudes del partido reconstituido manifiestan su despiste: la aceptación de las elecciones generales planteadas por Balaguer muestra que el PNV pensaba a principios de 1931 en la permanencia del régimen monárquico, y las propuestas de alianzas que se barajan antes de las municipales de abril indica lo que iba a ser la línea política del partido cuando se instaure la República: una alianza con fuerzas antirrepublicanas bajo la bandera común de un Estatuto que permitiera alcanzar lo que Prieto bautizó como «un Gibraltar vaticanista».

Con ello se entra en la última parte del libro, que habla del nacionalismo vasco durante la República. Las líneas de la exposición son conocidas: la inicial alianza con las derechas para conseguir un Estatuto cuyo proyecto, aprobado el 14 de junio de 1931 en Estella, era manifiestamente contrario a lo que había significado el 14 de abril; los cambios de alianzas y el impulso de un estatutismo posible una vez aprobada la Constitución; la construcción de aquella «microsociedad» nacionalista de la que habló Antonio Elorza y la complejidad de las relaciones internas en el partido, con aquel increíble personaje que fue Luis Arana y Goiri intentando ejercer una auctoritas que no tenía. Nuevamente aparecen en el libro algunas valoraciones innecesariamente justificativas de las actitudes nacionalistas, que a veces parecen ser «los buenos» de una película en la que no faltan «malos». Sorprende, por ejemplo, que se relegue a una nota (que no está a pie de página, sino al final de la obra) la información de que lo que en el texto se subraya como extraordinario triunfo del plebiscito estatutario (que alcanza cifras de participición superiores al 90% en Vizcaya y Guipúzcoa), se consiguiera gracias a importantes irregularidades.

Pero no tiene sentido entrar en el comentario de cuestiones menores cuando nos encontramos con un interesantísimo trabajo que enriquece sobremanera el conocimiento de la historia del Partido Nacionalista Vasco, y al que únicamente me atrevo a poner algunos reparos menores. En primer lugar, y en un terreno puramente formal, pienso que poner las notas al final del libro es condenarlas a no ser leídas, lo que en ocasiones es una pena. Por otro lado, hubiera podido cuidarse en algunas partes (sobre todo en la primera y en la última) la distancia con el objeto de estudio, evitando la sombra de identificación con el mismo. Y, finalmente, también en ocasiones se echa de menos alguna mayor atención al medio en que actúa el Partido Nacionalista, que hubiera permitido entender mejor las características de éste y la trascendencia que estas peculiaridades tienen en la vida política vasca. En todo caso, nos encontramos con un extraordinario y muy documentado trabajo, que nos despierta ya el interés por su segunda parte, dedicada al estudio de una etapa en la que son realmente importantes las lagunas historiográficas.

Dos palabras finales sobre el título del libro. Como he dicho, la imagen del péndulo es sugerente pero, a mi entender, puede prestarse a equívocos. Es verdad que, frecuentemente, la dirección del PNV oscila entre dos extremos. Pero, con independencia de que haya una actuación consciente, una «ambigüedad calculada» que obliga a «un balanceo político entre ambos extremos», lo que interesa no es que haya oscilaciones: lo que importa es reseñar que la fuerza política del nacionalismo vasco procede, precisamente, del juego dialéctico entre las dos realidades presentes en la única familia nacionalista. Su mutua oposición no pretende destruir al otro, ni desea la definitiva victoria de una parte, sino que se basa en la consciencia de que la fuerza de cada uno depende de la existencia del otro. Y de esa dualidad de la comunidad nacionalista, estén o no moderados y radicales en el mismo partido, obtiene su fuerza el nacionalismo en su conjunto (que, normalmente, es rentabilizada por los moderados).

El movimiento del péndulo es indefinido sólo si se dan determinadas condiciones, que no pueden existir en la práctica. Como hay rozamiento, es necesario un pequeño empujón que, en cada viaje, permita recuperar la energía perdida. En la vida política vasca también hay rozamiento, lo que obliga, si se quiere mantener indefinidamente el movimiento pendular, a que algo o alguien aporte la energía requerida para compensarlo. Al margen de los impulsos que puedan proceder de fuera del mundo patriótico, es en el seno de éste donde se genera tal energía, pues ambos extremos son conscientes de que la fuerza de cada uno depende de la del conjunto: los radicales pueden soñar en conseguir sus fines porque existe una amplia masa moderada que dice no haber renunciado a aquellos objetivos máximos, y los moderados pueden aspirar a alcanzar el poder y aumentar indefinidamente el campo de autogobierno porque disponen de la fuerza que les da la amenaza, más o menos explícita, que plantean los otros.

01/10/2000

 
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