ARTÍCULO

El mundo en un puño

 

George Soros es el más famoso especulador financiero de nuestro tiempo, padrino de los fondos especulativos de alto riesgo, esos depredadores veloces y en gran medida incontrolados de la maraña empresarial que obtienen sus enormes beneficios gracias a las fluctuaciones en los precios de acciones, materias primas y divisas. Cuando escribe libros, los lectores podrían esperar razonablemente consejos sobre cómo ganar dinero. Quedarán defraudados. Las ambiciones de Soros son en general más elevadas. Después de hacerse multimillonario, se ha erigido en el filósofo y el estadista del capitalismo global, diciéndole incansablemente al mundo que ahora necesita quitar la escalera por la que él ascendió a la fama y la fortuna. El 2 de enero predijo, al parecer, un aterrizaje «duro y animado» para la economía estadounidense.

Es cierto que, recientemente, sus predicciones han tenido menos éxito. En su libro The Crisis of Global Capitalism (1998) [La crisis del capitalismo global, Ed. Debate, 1999] predijo el colapso inminente de la economía mundial. Sin embargo, no fue el capitalismo global lo que se colapsó, sino la reputación de Soros como un genio de las finanzas y como un gurú postcomunista. Quedó claro que podía equivocarse en su doble condición de gran inversor y de pensador. Como admite ahora, le faltó prever que el Banco de la Reserva Federal de Nueva York organizaría un rescate del Long Term Capital Management, el fondo de inversión estadounidense que se encontró con un capital de 600 millones de dólares frente a deudas de más de un billón. También le faltó asignar el «peso adecuado» a la revolución de Internet, que tiró de la economía y los mercados bursátiles estadounidenses y los llevó a alturas desconocidas, al tiempo que dejaba atrapados a los países periféricos cada vez con más fuerza dentro del mercado global. Su modelo «boomcaída», reconoce ahora, guarda silencio sobre cuándo tendrá lugar la caída. Escarmentado, escribe: «Hice mi apuesta y perdí. Lo padecí como una experiencia dolorosa tanto personal como profesionalmente».

Su nuevo libro, Open Society: Reforming Global Capitalism, puede leerse como un esfuerzo por remediar los errores. Es una reelaboración de su muy criticada obra anterior, pero es más modesta en sus afirmaciones y predicciones teóricas, aunque no menos ambiciosa en sus propuestas de política económica. Ha añadido un nuevo capítulo, «¿Quién perdió Rusia?», que contiene este sombrío pasaje: «Rusia no está perdida; por el contrario, puede revivir con Putin. Pero Occidente ha perdido a Rusia como una amiga y una aliada». Lo que permanece es la convicción de Soros de que la economía capitalista global es intrínsecamente inestable y que necesitarán crearse nuevas instituciones de gobierno mundial para mantener la paz y prevenir las crisis. Estamos ante argumentos serios. Ya no resulta tan fácil rechazar sus ideas como «en el mejor de los casos, una interpretación incoherente de algunos temas comunes», como hizo el economista del MIT Rudi Dornbusch en 1998. Ahora que Soros ya ha dejado de ser un personaje de fábula, ha llegado el momento de tomarlo en serio.

1

La de Soros ha sido una de las carreras más extraordinarias de la época de la postguerra. Era el arquetípico outsider, decidido a introducirse en un mundo privilegiado que se negaba a tomarlo en serio. Hijo de padres judíos húngaros, nació en Budapest en 1930. Él y su familia evitaron el holocausto y emigraron a Inglaterra en 1947. Se licenció en la London School of Economics en 1952, en la que recibió una fuerte influencia de Karl Popper, y pasó unos años infelices en la City de Londres. «¿Quién es ese tipo Soros?» es lo que cabe suponer que se decían unos a otros ese círculo de banqueros procedentes del exclusivo Eton College. La venganza debió de ser dulce cuando Soros «hizo saltar al Banco de Inglaterra» en 1992, apostando con éxito por una devaluación de la libra esterlina, una operación que le reportó unos beneficios netos de mil millones de dólares.

En 1956 se trasladó a Nueva York, donde, en 1969, creó el Quantum Fund, un fondo de alto riesgo pionero. En treinta y un años, el Quantum Fund ha dado a sus accionistas unos rendimientos de más del 30 por 100 anual: 100.000 dólares invertidos en el fondo en 1969 valdrían hoy 420 millones de dólares. La singularidad de Soros, sin embargo, no radica en su éxito a la hora de hacer dinero. Es un personaje mucho más extraño: un próspero hombre de acción que es, además, un intelectual. No creo que elaborara de antemano un sistema para derrotar al mercado. Como todos los magnates que triunfan actuó por instinto, presentimiento, cálculo, sesgo, información interna. Pero, al contrario que la mayoría de los hombres de acción de éxito, tenía la capacidad de reflexionar sistemáticamente sobre los motivos de su éxito, y no resulta inverosímil pensar que, al tiempo que prosperaba, empezara a considerar cada vez más los negocios como un laboratorio en el que probar sus teorías en torno al funcionamiento de los mercados.

Utilizando el boom de los conglomerados de empresas de los años sesenta como su modelo, Soros elaboró una secuencia arquetípica «boomcaída» en ocho fases, en la que la conducta gregaria, aprovechándose de una tendencia existente en el mercado, lleva los precios a unas alturas vertiginosas antes de que la «realidad» provoque una caída estrepitosa. En su libro The Alchemy of Finance (1987) desarrolló la idea de la «reflexividad», que apareció perfectamente resumida por Jeff Madrick del siguiente modo:

«La gente tiene habitualmente una percepción errónea del mundo que les rodea y bien son incapaces, bien se niegan a reconocer este hecho. En los mercados financieros –que son, por supuesto, un laboratorio natural para estudiar estas percepciones erróneas– las teorías de los inversores sobre las tendencias de los mercados –adquiridas a menudo de un modo superficial– se ven reforzadas cuando el precio del mercado hace lo que ellos quieren cuando compran o venden. Ganan confianza en sus nociones equivocadas y empujan los precios más aún en la misma dirección. Esta realimentación, o lo que Soros llama reflexividad, es para él una ley natural. Así, lo característico es que los precios suban o bajen demasiado durante demasiado tiempo, porque las personas tienden a estancarse en sus convicciones parciales»Véase Jeff Madrick, «How to Succeed in Business», The New York Review of Books, 18 de abril de 1996..

En Opening the Soviet System (1990), aplicó su teoría del «boomcaída» de los ciclos financieros a ciclos históricos como el ascenso y el declive del comunismo.

Aunque Soros debe de haber disfrutado ganando todo ese dinero y pudiendo mostrar su superioridad sobre las fortunas hereditarias, no hay ningún motivo para dudar de él cuando afirma que empezó a considerar cada vez más ganar dinero como el medio de promover su ideal de una «sociedad abierta». En 1979 creó el Open Society Fund, cuya misión era «ayudar a abrirse a las sociedades cerradas, ayudar a hacer más viables las sociedades abiertas y fomentar un modo de pensamiento crítico». Sus fundaciones han aportado dinero para promover la democracia y el imperio de la ley en los antiguos países comunistas. Su teoría de que el fundamentalismo de mercado ha sustituido al comunismo como la mayor amenaza para la sociedad abierta ha dado paso recientemente a concentrar sus esfuerzos en la reforma del capitalismo. A pesar de un gran número de decepciones con sus actividades filantrópicas, Soros piensa seguir gastando su fortuna, estimada actualmente entre tres mil y cinco mil millones de dólares, en sus causas hasta que se acabe el dinero.

Al revelar lo que le preocupa, Soros se ha arriesgado por partida triple. Sus beneficios dependían de que él «se situara antes de la curva» (esto es, el gentío). Ahora, admite, «los días de gloria han llegado a su fin: mis libros los han leído demasiadas personas y he perdido mi ventaja». El Quantum Fund se ha convertido en un «vehículo más conservador». Sus teorías económicas lo expusieron a un ataque académico. Sus políticas para mejorar el mundo fueron rechazadas por ingenuas o utópicas por críticos que se consideraban realistas prácticos.

De los tres, el ataque académico a su teoría económica fue probablemente lo que más le dolió. Su ferocidad no puede atribuirse enteramente a celos profesionales. Soros tiene la irritante costumbre de anunciar como grandes descubrimientos propios ideas que son, de hecho, conocidas, y de atacar ideas que no acaba de entender por completo. Lo cierto es que su teoría económica es bastante ortodoxa, sólo que se trata de la ortodoxia de hace treinta años: ideas pasadas de moda disfrazadas de novedades. Es un keynesiano en su creencia de que el sistema de mercado es intrínsecamente inestable; y un prekeynesiano en su creencia de de que se balancea hacia atrás y hacia delante como un péndulo, siempre atraído hacia su equilibrio, o punto de reposo, pero siempre rebasándolo.

Los lectores se habrían hecho mejor una idea de la procedencia de Soros si él hubiese reconocido esta herencia intelectual (como sí que hace sobradamente en relación con su deuda contraída con Karl Popper) y circunscribiera su ataque a esa clase de modelos económicos producidos por la nueva escuela clásica, que asume que los mercados siempre «compensan» –esto es, que la oferta y la demanda siempre cuadran– y que el desempleo es siempre voluntario. El ataque de Soros a la economía como disciplina se ve debilitado aún más porque confunde la idea de «expectativas racionales» con la idea de «compensación del mercado». Normalmente lo primero implica lo segundo, pero no es así necesariamente La teoría de las expectativas racionales defiende que, en el curso del tiempo, hechos inesperados se anularán mutuamente y que, por término medio, las expectativas se verán satisfechas. Esto es así porque las personas realizan un uso óptimo de la información que tienen a su disposición y aprenden de sus errores. La aparente conclusión de que la intervención gubernamental para «corregir» los resultados del mercado es generalmente fútil ha sido puesta en entredicho por los «nuevos keynesianos», que defienden que los fallos de información y los costes de la toma de decisiones pueden provocar que los mercados fallen incluso cuando los agentes del mercado forman sus expectativas «racionalmente».. La explicación más benévola de estos lapsos es que Soros se encontraba demasiado ocupado ganando dinero como para mantenerse al tanto de lo que se escribía y publicaba.

Si el lector puede contener su irritación por la ignorancia que demuestra Soros de la disciplina que está atacando, leerá Open Society como una crítica inteligente del estado del capitalismo global escrito desde la posición privilegiada de un gestor de fondos de éxito. También admitirá que algunas de las diatribas de Soros dan en el blanco. Soros tiene razón al señalar que la creencia de los «nuevos clásicos» en que los mercados siempre compensan favorece el «fundamentalismo de mercado», o lo que solía llamarse laissez faire. Tiene razón al cuestionar la suposición de algunos economistas de que los responsables gubernamentales de la política económica pueden ignorar tranquilamente las fluctuaciones en los precios, la producción y el empleo porque ya han sido «descontadas» por los agentes del mercado. A Soros hay que reconocerle el mérito de darse cuenta, antes de que lo hicieran la mayoría de los economistas, del peligro de que una liberalización económica prematura daría lugar a una grave inestabilidad económica. Los modelos recientes de «equilibrios múltiples» en los mercados financieros están simplemente poniendo al día lo que Soros estaba afirmando en los años ochenta. Soros aboga por una economía modesta que acepte la falibilidad del conocimiento, que reconozca la volatilidad del mercado como un grave problema y que le asigne al gobierno un papel para aminorar las fluctuaciones económicas. El hecho de que muchos economistas, algunos en puestos de poder, coincidan con él no debería restar mérito al valor del mensaje procedente de esta fuente concreta. «Tras la reciente crisis financiera», escribe Soros, «el objetivo ha sido imponer una mayor disciplina de mercado. Pero si los mercados son intrínsecamente inestables, imponer disciplina de mercado significa imponer inestabilidad. ¿Y cuánta inestabilidad pueden tolerar las sociedades?». No se trata de una pregunta trivial.

2

Los primeros capítulos de OpenSociety desarrollan la teoría del conocimiento de Soros sobre la base de su ataque a la «economía» (como disciplina) y su explicación de por qué los mercados financieros son tan volátiles. Los dos conceptos vertebradores de Soros son «reflexividad» y «falibilidad». En los asuntos humanos, al contrario que en el mundo natural, el sujeto y el objeto no son independientes. Un científico puede estudiar el mundo natural, y aprender sus leyes, sin incidir en él. La manzana cae al suelo sin saber que yo pienso que lo hará, o que debería hacerlo. La investigación científica avanza por medio del examen de hipótesis controladas en el laboratorio para conformar un corpus de afirmaciones veraces (leyes, generalizaciones) sobre la naturaleza. Esta es, al menos, una visión del procedimiento científico que aún sigue siendo válida.

La ciencia social no puede hacerlo tan bien porque, como dice acertadamente Soros, «lo que pensamos tiene un modo de afectar a aquello en lo que pensamos». Es como si la trayectoria de la manzana se viera influida por ideas –las suyas propias, y las de otras manzanas– sobre lo que debería hacer. Si las afirmaciones sobre hechos influyen en la conducta de los hechos a los que se refieren, la veracidad de dichas afirmaciones no puede establecerse contraponiéndolas a los hechos. En la vida económica, las creencias fluctuantes respecto al futuro («expectativas») influyen poderosamente en el modo en que las personas se comportan en la actualidad.

Algunos filósofos, al enfrentarse a la dificultad de realizar afirmaciones veraces sobre el mundo, han concluido que la verdad es un asunto de coherencia lógica más que de correspondencia con los hechos. Soros rechaza esta solución. Adopta lo que podría llamarse una versión flexible de la teoría de correspondencia de la verdad: la realidad impone a la postre algún límite a lo que puede creerse sinceramente, pero hay un amplio margen para la «reflexividad», o interacción entre sujeto y objeto, y, por tanto, para la gestación y persistencia de falsas creencias. Como la reflexividad es un hecho, nuestro conocimiento del mundo social es intrínsecamente falible: todas nuestras creencias sobre lo que ocurrirá están supeditadas a su impacto en las mentes y los comportamientos de la gente. La epistemología de Soros guarda claramente un cierto parecido con el pragmatismo, la doctrina que defiende que lo que es cierto es lo que funciona, aunque sea sólo una vez. Una influencia más directa es Karl Popper. Popper no creía que las hipótesis pudieran ser verificadas por los hechos, pero creía que podían verse «fasadas» por ellos. El concepto de Soros de las «falacias fértiles», que están sólo sujetas a corrección después del hecho, está también muy en la línea del molde popperiano.

Soros defiende que en sus conceptos de reflexividad y falibilidad han de encontrarse las claves de una buena parte de lo que «va mal» en los asuntos humanos. Un pensamiento erróneo, precisamente porque no puede corregirse con facilidad, puede adoptar el carácter de una profecía que acarrea su propio cumplimiento. Sólo un fracaso lamentable –un derrumbe del mercado– revela el carácter del error. La conducta que sigue las tendencias explica cómo los precios de las acciones y las divisas pueden apartarse durante largos períodos de sus valores «fundamentales». Soros escribe: «En los días en los que gestionaba activamente dinero, solía emocionarme especialmente cuando percibía la fragancia de una tesis que se autorreforzaba inicialmente pero que finalmente se venía abajo. Se me hacía la boca agua como si fuera uno de los perros de Paulov». Soros atribuye su éxito a su comprensión privada de que todas sus hipótesis eran erróneas. «Me gustaba invertir en hipótesis erróneas que tenían una posibilidad de pasar a ser de aceptación general, siempre que yo supiese cuáles eran sus errores. Esta perspectiva me permitía vender a tiempo».

La vida social y política, no menos que las operaciones financieras, está plagada de hipótesis erróneas que persisten mucho más allá de cuando la realidad debería haber puesto de manifiesto que eran fraudulentas. La ciencia social, escribe, es un compendio de pensamiento erróneo disfrazado de teoría científica. «En asuntos sociales, políticos y económicos, las teorías pueden ser eficaces sin ser válidas. Aunque la alquimia falló como ciencia, la ciencia social puede funcionar como alquimia». En la tradición del positivismo lógico, propone «privar a las ciencias sociales de su rango científico», aunque no sugiere cómo ha de hacerse esto. Ideologías dañinas que se hacen pasar por científicas –el marxismo al estilo soviético constituye el ejemplo obvio– pueden provocar que las sociedades se aparten en bloque de convenciones sociales «fundamentales». El principal argumento de Soros a favor de la sociedad abierta es que el concurso de ideas, aunque no dé lugar necesariamente a la verdad como John Stuart Mill pensó que hacía, puede imponer un carácter provisional a todo pensamiento, proscribiendo el dogmatismo y permitiendo una «mejoría interminable» por medio de una moderada experimentación. Este es un poderoso argumento contra el monopolio estatal de la educación, aunque apenas se oye ya en estos tiempos.

Es fácil comprender por qué Soros considera la nueva economía clásica con desdén, ya que descarta de entrada tanto la reflexividad como la falibilidad. Como ha escrito el economista sueco Axel Leijonhufvud acerca de este tipo de teoría, los participantes en el mercado «saben todos que pueden saber y necesitan saber con objeto de deducir todas las consecuencias relevantes desde un punto de vista práctico de cursos de acción alternativos»En «Mr. Keynes and the Moderns», en Luigi L. Pasinetti and Bertram Schefold (eds.), The Impact of Keynes on Economics in the 20th Century, Edward Elgar, 1999, pág.18.. Sólo los hechos genuinamente imprevisibles pueden provocar que fallen las previsiones actuales. La principal implicación normativa de este enfoque es que la política sistemática de estabilización keynesiana, por la que interviene el gobierno para atemperar los efectos del ciclo comercial es, en el mejor de los casos, redundante y, en el peor, distorsionadora.

Soros expresa su desacuerdo con energía. «Las expectativas no pueden ser racionales cuando se relacionan con algo que es dependiente de sí mismo». La teoría de las expectativas racionales trata los mercados financieros como reflejos pasivos de hechos «fundamentales», como los resultados de la empresa; por otro lado, arguye Soros, los participantes (dentro de unos límites) convierten los mercados en lo que ellos quieren que sean. Admite que «los mercados a menudo parecen anticipar su futuro correctamente. Sin embargo, esto no es así porque los hechos se ajusten a expectativas racionales, sino porque las expectativas pueden influir en los conocidos como fundamentos que se supone que han de descontar». La nueva economía clásica afirma que los mercados casi siempre tienen razón. Soros cree que casi siempre se equivocan, pero «tienen la capacidad de validarse, hasta un cierto punto». El boom de Internet, que se ha venido abajo recientemente, es un ejemplo de una profecía que acarrea su propio cumplimiento en la que la conducta seguidora de una tendencia empujó los precios lejos del equilibrio, que él define como «el estado en el que existe una correspondencia entre las expectativas y los resultados».

Soros no rechaza la noción de equilibrio –sin él, no podríamos decir si un proceso tiende a alejarse o a acercarse a él–, pero insiste en que el equilibrio es la situación restrictiva, no general. La mayor parte del tiempo los mercados están en un «desequilibrio dinámico». Específicamente, «los procesos que se autorrefuerzan pero que finalmente se vienen abajo son endémicos en los mercados financieros». Cuando se ha impuesto una hipótesis reflexiva, la estabilidad del mercado debe preservarse por medio de intervenciones políticas públicas. Soros propone basar la economía en «procesos evolutivos irreversibles y en el diseño de modelos no lineales para representarlos», algo difícil que no elabora posteriormente.

En sus ataques a la nueva economía clásica, a Soros puede criticársele por confundir un proyecto intelectual (qué condiciones necesitarían satisfacerse para que existan mercados perfectamente eficaces) con una exposición de cómo funcionan realmente los mercados. Sin embargo, no debería ser castigado por ello con demasiada severidad. La mayoría de los nuevos economistas clásicos parecen creer que sus modelos se corresponden con elementos importantes de la realidad y esta creencia les hace tender a oponerse a la intervención gubernamental.

Surge entonces una observación interesante. Una buena parte de la economía moderna se basa en la acomodación de la disciplina a las demandas de las matemáticas. Los modelos basados en el desequilibrio dinámico o la no linealidad como los que sugiere Soros no son susceptibles de una formulación matemática. Sin el postulado del equilibrio general no existe solución al sistema de ecuaciones simultáneas que necesita la economía para demostrar que los mercados asignan los recursos de manera eficaz. Este es el motivo por el que la economía se ha sentido incómoda con los intentos de modelar economías como secuencias de hechos que suceden en un momento histórico, que es lo que son. Surge así una hermosa ironía. Cuanto más «formal» pasa a ser la economía, más tiene que tratar la realidad como una construcción puramente lógica. Cuando observa el sistema de mercado y lo juzga bueno, su mirada de admiración se dirige realmente a su propio trabajo. Afortunadamente, cuando llega la hora de asesorar sobre política económica, el sentido común de la mayoría de los economistas prevalece sobre sus matemáticas.

3

El verdadero objeto del ataque de Soros es el «fundamentalismo de mercado». Su ataque indiscriminado a la economía está motivado por su creencia equivocada en que la mayoría de los economistas apoyan el laissez faire, mientras que este dogma constituye un abuso político de la teoría económica y muchos economistas no lo suscriben. Una vez que abandona su cantinela, sus argumentos pasan a ser más convincentes. El fundamentalismo de mercado, acusa, ignora el hecho de que los mercados son inestables, que los valores del mercado socavan los valores sociales y que existen grandes desigualdades entre ricos y pobres. Por encima de todo, distrae la atención de la necesidad de desarrollar instituciones globales con la capacidad de regular las actividades y domeñar el poder del capital global. En ausencia de este tipo de poderes compensatorios, el fundamentalismo de mercado puede producir, como reacción a sus excesos, una recaída en la barbarie, como sucedió hace algunas décadas en Rusia y Alemania.

De nuevo, resulta importante reparar en cuál es la procedencia de Soros. Siendo, él mismo, un importante agente en el mercado global, pierde la paciencia con las disquisiciones académicas sobre las maravillas de la «mano invisible». Apoya la economía de mercado no porque produzca invariablemente buenos resultados, sino porque permite libertad de elección. Como un producto desarraigado de Europa Central, que parece sentirse en casa en todas partes y en ninguna parte, aporta al análisis de los mercados un sentido histórico trágico que se encuentra ausente en gran medida en el pensamiento angloamericano. Había una economía global más o menos liberal a comienzos del siglo XX. Nadie esperaba que diera paso a la época de horrores y tiranías que se inició en 1914. Cuando echamos la vista atrás, resulta muy fácil ver que sus equivalentes políticos e institucionales –imperialismos enfrentados, dominio autocrático de los grandes poderes – fueron hostiles a su supervivencia. En 1929-1930, la ausencia de «cortacircuitos» internacionales eficaces –la cooperación para que hubiera disponibilidad de crédito– permitió que se produjera una Gran Depresión que completó la ruina de la economía global de aquella época.

Es precisamente este sentido trágico lo que hizo que los liberales alemanes y austriacos de la posguerra (incluido Friedrich Hayek) dedicaran tanta atención a la cuestión de los sostenes institucionales de un orden de libre mercado. Soros se encuadra en esta tradición. Su sociedad abierta ocupa un «precario terreno intermedio» amenazado por el control autoritario, por un lado, y la desintegración, por otro. Para que permanezca abierta, se necesita una intervención política que mantenga la estabilidad, proteja la esfera social y reduzca la desigualdad. El problema, sugiere, es que tenemos una economía de mercado global, pero no un sistema político global. Ha surgido una enorme disparidad entre la organización económica y política del mundo.

Soros presenta la economía global actual como un imperio «abstracto» de dinero, más global en su cobertura que ningún imperio previo, dominado por un «centro» de naciones desarrolladas que aporta el capital y la tecnología utilizadas por las regiones en la «periferia». Como se entusiasma con su tema, la economía monetaria desarrolla los rasgos de un tiburón asesino gigante que tritura con sus enormes fauces valores, principios morales, comunidades, familias, negocios familiares, estadosnación y el mundo subdesarrollado como su alimento: beneficios. Arrasó el este de Asia y Rusia en 1997 y 1998 como una peste bubónica, con el Fondo Monetario Internacional persiguiéndolo débilmente. Como un depredador reformado, cabe esperar que Soros sepa de lo que está hablando. Pero el lector perspicaz detectará una típica estrategia de Soros: la de proclamar una hipótesis errónea con objeto de iniciar una tendencia, sólo que en esta ocasión el objetivo no es hacer un gran negocio vendiendo en descubierto, sino promover la causa de la sociedad abierta y las instituciones que cree necesarias para sustentarla.

Incluso un lector no convencido de la visión implacablemente pesimista de Soros puede reconocer su correspondencia con al menos tres aspectos de la realidad contemporánea. El primero es lo que Soros llama la «asimetría en el tratamiento de prestamistas y prestatarios». Toda crisis financiera va precedida de una expansión insostenible de crédito. Como sucedió en Tailandia y otros países asiáticos en 1996, los inversores extranjeros se desvivieron por prestar dinero a países de los que sabían poco porque todos los demás estaban prestándoles dinero. Pero cuando llega la hora de la verdad, existen amplias protecciones para los acreedores, pero no planes similares para el alivio de los deudores. Keynes tenía el mismo pensamiento en mente cuando escribió que, con el sistema clásico internacional del patrón oro, el ajuste era «obligatorio para el deudor y voluntario para el acreedor»En «Post-War Currency Policy», 8 de septiembre de 1941, reproducido en Donald Moggridge (ed.), Collected Writings of John Maynard Keynes, Vol. 25, Macmillan/Cambridge University Press, 1980, pág. 28.. Los acreedores están protegidos contra la mora y pueden en cualquier caso rehusar seguir prestando; los deudores tienen que pagar y ajustar sus economías a la carga de los pagos. En una crisis, el papel del FMI ha sido hasta ahora facilitar el pago de la deuda, no ofrecer el alivio a los deudores que existe en los códigos de quiebra nacionales.

Hay en esto una lógica irrebatible. El derrumbe del sistema bancario occidental haría mucho más daño a la economía mundial en su conjunto que el daño infligido a las economías de los países deudores periféricos. Esto no hace que el olor del sistema global sea más agradable y constituye un poderoso incentivo para que los países periféricos reintroduzcan controles sobre la entrada de capital, especialmente el capital a corto plazo que puede salir tan rápidamente como entra.

En segundo lugar, también puede darse el caso de que los cambios estructurales hayan hecho que las economías de mercado de los países occidentales sean menos estables, aunque más eficaces, de lo que eran. Las empresas que cotizan en bolsa tienen mucho más poder para movilizar capital que los negocios privados o familiares a los que están reemplazando; pero esto acarrea un coste. Soros señala el creciente dominio de la vida económica por parte de gestores de fondos profesionales cuyo único propósito es maximizar los beneficios relativos en un corto período de tiempo, favoreciendo así la conducta gregaria. Ve una nueva fuente de inestabilidad en el crecimiento explosivo, especialmente en Estados Unidos, de la propiedad de acciones por medio de fondos de inversión mobiliaria, que han sustituido en gran medida a los ahorros personales. Cualquier descenso prolongado en el mercado bursátil tendría, al comprar la gente menos, un efecto devastador en el consumo y, en consecuencia, en la producción. Aquí Soros apunta al conocido como «efecto riqueza», por el cual las personas que se encuentran con activos netos aumentados adquieren una idea excesiva de su capacidad para consumir más y pueden, por tanto, provocar una gran caída en el consumo cuando queda claro que su riqueza es menor de la que pensaban que era. Podría haber añadido que, especialmente en Europa, la privatización de importantes industrias previamente de propiedad estatal ha eliminado una barrera inherente para el descenso de la inversión en una crisis económica, ya que las industrias de propiedad gubernamental pueden recurrir a fondos públicos para seguir adelante. En suma, puede que haya un equilibrio entre eficiencia y estabilidad.

Finalmente, Soros tiene razón en su visión de que «los planes económicos y políticos están maltrechos». Los estados-nación han perdido muchas de sus funciones económicas sin que nadie las herede. El resultado es un fracaso de los líderes políticos y los legisladores para tomar medidas, lo que resulta especialmente peligroso si tenemos en cuenta que los estados-nación siguen siendo las unidades básicas de la vida política. Puede que tengamos en el FMI, la OMC, el BIRD, la ONU, la UE, la OTAN, etc., embriones de gobierno mundial o regional, pero están muy lejos de sustituir a los estados-nación, ya que carecen de legitimidad democrática, el requisito esencial para el ejercicio del poder estatal. El sistema internacional puede, por tanto, carecer de la capacidad para detectar tendencias peligrosas según van surgiendo tanto en economía como en política.

4

La última sección del libro de Soros, aparentemente sobre la construcción o el reforzamiento de cortacircuitos, es decepcionante, ya que consiste en generalidades recicladas, expresadas de modo imperativo. Necesitamos, escribe, un banco global central y otras instituciones financieras internacionales «cuya misión explícita sea mantener la estabilidad de los mercados financieros». Las transferencias de recursos de países ricos a muy pobres deberían ser cosa del Banco Mundial, rebautizado como la Agencia de Desarrollo Mundial y provista de recursos discrecionales extraordinarios. La Organización Mundial del Comercio debería aportar incentivos para que los miembros más pobres cumplan con los niveles laborales y medioambientales. El motor político para asegurar todo esto debería ser una «Alianza de la Sociedad Abierta» encabezada por Estados Unidos y la Unión Europea. Esto fomentaría el desarrollo de sociedades abiertas en el mundo y establecería reglas e instituciones que regirían el comportamiento de los estados hacia sus ciudadanos y entre sí. La OTAN sería aparentemente su brazo militar, pero la OTAN se convertiría también en una Asociación para la Prosperidad. Estados Unidos debe aprender a actuar multilateralmente, no bilateralmente. La Asamblea General de las Naciones Unidas debería pasar de ser una tertulia a algo más parecido a una «asamblea legislativa que hace leyes para nuestra sociedad global». Y así sucesivamente.

Todas las preguntas difíciles que suscitan estas propuestas resultan eludidas. Por poner un solo ejemplo, Soros reconoce que un imperio de la ley internacional necesita del consentimiento internacional. De lo contrario, sería un ejemplo de los «fuertes actuando como señores de los débiles». Aprueba, sin embargo, la intervención militar de la OTAN en Kosovo (aunque no le gusta el modo en que se llevó a cabo), que violó los Estatutos de la ONU, y a la que se opusieron Rusia, China, India y la mayor parte del resto de los países del mundo. Al igual que otros apologistas de esta acción, se niega a reconocer que la «comunidad internacional» no se limita a los países de la OTAN, y que en algunos casos una actitud de «vive y deja vivir» es una condición necesaria de la paz global, que a su vez es una condición necesaria de una economía global.

Aún ha de escribirse un buen libro sobre el sistema internacional necesario para sustentar la «sociedad abierta». En asuntos económicos sería necesario que se decidiera sobre tres cuestiones: ¿Es probable que una economía global con tipos de cambio libres para flotar y capital libre para deambular sea más o menos estable que otra con tipos de cambio fijos y controles de capital? ¿Cuánta inestabilidad pueden soportar las sociedades? ¿Cuánto control de los asuntos internos de los países pobres necesitan los donantes de ayuda para conseguir que ésta sea eficaz? En asuntos políticos, las cuestiones difíciles son: ¿tiene Estados Unidos la voluntad de ser el policía del mundo? Y, ¿en qué terminos aceptables para ellas pueden integrarse Rusia y China en la comunidad internacional? George Soros merece que se le reconozca el mérito de hacer que nos planteemos estas preguntas.

Publicado en The New York Review of Books © 2001 NYREV, Inc.

Traducción de Luis Gago

01/10/2001

 
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