ARTÍCULO

PETER CATTANEO: Full Monty

 

Es el peso de la imagen, o sea un prejuicio, pero el espectador agradece que en un film cualquiera de producción anglosajona no haya muertes violentas; un prejuicio, digo, porque lo cierto es que el cine inglés ha sabido preservarse de Hollywood y guardar unas maneras afines a las europeas. El cine norteamericano suele entender la vida como una situación límite, nadie vive sino como la cebra o el león, unos al acecho de su posible matador, otros al acecho de su posible víctima.

El cine europeo encuentra generalmente sus dramas al amor de la lumbre, es acogedor y hogareño y sin peligros a la vista, quiero decir sin que pesen sobre sus protagonistas amenazas de sangre; le basta con enmarcar los sentimientos para arrancar emociones o acentuar un poco los contrastes para convertirlas en risa.

Es Full Monty en ese sentido una buena muestra de cine europeo. Hay un escenario concreto, la ciudad de Sheffield, que con facilidad se erige en el más amplio, y sin duda simbólico, de la Inglaterra thatcherista, la de la reconversión industrial, con el paro como único horizonte para hombres en lo mejor de la vida.

Es significativo a este respecto la secuencia inicial en la que vemos a unos antiguos empleados de una siderurgia tratando de robar, tan desmañada y bufamente como lo harían los desocupados italianos de Rufufú, una viga de la propia industria en la que trabajaban, ahora desmantelada. La comicidad se nutre sin embargo de la dramática impresión que produciría la contemplación de un ser famélico empeñado en sobrevivir a base de autodevorarse, hoy un brazo, mañana una pierna.

La alternativa no es otra que un cierto nihilismo que se traduce en presentarse cada semana en las oficinas del paro, deambular por las calles, salir al arrabal, tumbarse en las colinas y desde allí contemplar el cuerpo espectral de la industria a la que se sirvió durante veinte o treinta años. O sea, una vida basura.

A Gaz, el protagonista, es su hijo impúber quien de vez en cuando le saca de apuros económicos, mientras que Dave se siente incapaz de mantener relaciones sexuales con su mujer. Porque lo curioso es que sean los hombres casi exclusivamente los parados, lo que parece introducirnos en una situación nueva, en un nuevo tipo de sociedad hasta ahora inimaginado en el que son las mujeres las que trabajan y viven con más plenitud.

Las opciones que se vislumbran son todas deprimentes: de un lado el suicidio –uno de ellos lo intenta chapuceramente–, de otro la impotencia o la pérdida del rol paterno, hasta que a Gaz, interpretado por el actor escocés Robert Carlyle, se le ocurre una idea salvadora. Ve un cartel anunciador de un grupo masculino de striptease y decide hacer lo mismo.

Su propuesta parece en principio tan ambiciosa como para liberarles para siempre del paro, entrando en el infierno, bien que estupendamente remunerado, del show business, mediante la exhibición de su cuerpo, algo hasta hace bien poco exclusivo de la mujer. Otro de los agujeros de gusano a través de los que se produce la traslación en el espacio social de lo masculino a lo femenino. Pero en seguida todos los implicados en la aventura parecen conformarse con algo mucho más limitado como es salir al escenario un solo día y desnudarse, pero, eso sí, enseñándolo todo.

Y eso es la película. Los esfuerzos de Gaz para convencer a sus compañeros para que lo enseñen todo y las vicisitudes de la empresa una vez que ha logrado integrarlos en ella. Esfuerzos y vicisitudes narrados con recursos de comedia. El pene más grande, por ejemplo, cuyo tamaño es según se sabe tan variable como el de la nariz, resulta ser el del homosexual, mientras que el del negro, a quien como al militar el valor se le suponen atributos enormes, se nos dice que era chiquitito. Ni que decir tiene de qué manera surgen las risas, sobre todo femeninas, en el patio de butacas.

Los responsables de la película declaran que la suya es una reflexión sobre el modo en que los hombres, y en particular los desempleados, se ven forzados a encontrar la energía para reinventarse a sí mismos en un mundo en el que su papel en la sociedad está siendo puesto en tela de juicio. Simon Beaufoy, el guionista, confiesa que dio con la idea del guión cuando, interesándose por los cambios de comportamiento social desencadenados por el cierre de la siderurgia del acero, empezó a estudiar los efectos de la pérdida de los puestos de trabajo masculinos tradicionales.

Pero cabe preguntarse si ese desnudarse ha servido a sus protagonistas para algo más que vivir una disparatada jornada. Porque uno tiene la impresión de que al espectador se le hurta el verdadero final de la historia, como si, esperando la epopeya completa de unos náufragos, hubiera de conformarse con verlos abordar la lancha salvavidas.

Reproche que una vez expuesto retiro de inmediato, tal el naipe que aparece por error de modo fugaz sobre el tapete. No es Full Monty un documental ni un tratado de sociología, sino que sus contenidos se ensanchan hacia zonas de sombra en las que las limitaciones pueden llegar a convertirse en aciertos sublimes por lo inexplicables, que así es la obra de arte.

En realidad ya estaba dicho todo: hemos conocido las miserias de una cierta vida y sentido el aguijón de su dolor con una sonrisa en la boca. Aceptemos ahora ese episódico triunfo final como un cambio de talante que presagia triunfos mayores para los protagonistas, aunque nos parezca que les hayamos dejado en medio del océano, que eso también aviva y despierta las emociones del espectador.

01/02/1998

 
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