ARTÍCULO

Franz Kafka, una biografía decisiva 

De carne, hueso y tinta 

Madrid, Siglo XXI, 2003
Traducción de Carlos Fortea
708 pp. 34,90 €
Fráncfort, S. Fischer, 2008
736 pp. 29,90 €
 
Die Verwandlung. Representación dirigida por Arthur Pita
Die Verwandlung. Representación dirigida por Arthur Pita

El 25 de septiembre de 1922, un ciudadano de la recientemente estrenada República de Checoslovaquia recibió una carta de la oficina de la contribución de Praga-Žižkov, fechada ese mismo día, con referencia Rp 38/21. En ella se le instaba a presentarse cuanto antes en sede administrativa para aclarar cuándo se había efectuado la última aportación de capital en una empresa de la que era socio. El ciudadano respondió de inmediato que padecía una enfermedad grave y que, por tanto, no podía acudir en persona, pero aseguraba que desde 1914 no se había realizado ninguna ampliación de capital en tal empresa, y que, de hecho, esta había sido dada de baja en el registro mercantil ya en 1917, por lo que no existía desde hacía cinco años. Algunos días después, se recibió otra carta de la administración en la que se le preguntaba al ciudadano qué pretendía con su escrito: no se tenía conocimiento de carta alguna enviada el 25 de septiembre, ni constancia de la referencia Rp 38/21. El hombre, aunque algo perplejo, respiró aliviado –eso sí, demasiado pronto–. El 3 de noviembre recibió otra carta de la misma oficina, en la que se le instaba a responder en el plazo de ocho días a la carta del 25 de septiembre de 1922, con referencia Rp 38/21, y se le advertía que, de lo contrario, se daría traslado a la Dirección de Hacienda y se le impondría una multa. El ahora ya estupefacto ciudadano se apellidaba Kafka. De nombre, Franz.

I

Entre los variados motivos que nos impulsan a interesarnos por el género biográfico se halla la curiosidad acerca del modo en que nuestros semejantes han gestionado la construcción de su propia identidad y llevado a cabo estrategias de autoafirmación, una tarea a la que todos hemos de enfrentarnos. Aun así, el interés por la vida de un jurista austríaco con conocimientos especializados en administración, tecnología y seguros que vivió hace un siglo probablemente no suscitaría mucho interés si no fuera porque ese súbdito del imperio habsbúrguico es el autor de una obra reconocida unánimemente como emblemática de la modernidad, y que, al mismo tiempo, maestros, profesores universitarios, escritores y periodistas de toda laya no dejan de calificar como «insondable» e «ininteligible». Ante una biografía de Franz Kafka –tanto más cuanto más voluminosa sea–, uno no puede dejar de frotarse las manos y albergar la esperanza de que, por un módico precio, aquí se le desatará el nudo gordiano.

No obstante, quien se aproxime con excesiva premura a los volúmenes de la monumental biografía escrita por el ensayista alemán Reiner Stach se sentirá en un primer momento sorprendido, y quizá también inquieto. El primero, titulado Los años de las decisiones (en una excelente traducción, a la que apenas pueden ponerse pegas, de Carlos ForteaAdemás de unas pocas erratas, los escasos problemas parecen deberse únicamente a lapsus. Por ejemplo, en la página 251, lo que se traduce por «verrugas» debería ser «chinches» (Wanzen, no Warzen).), abarca el período entre 1910 y 1915. El segundo, Die Jahre der Erkenntnis (Los años del conocimiento), el que va de 1915 a la muerte del autor en 1924. La serie –de momento, pues Stach acaba de finalizar la redacción del tercer volumen– se inicia, pues, cuando ya han transcurrido nada menos que dos tercios de la vida del biografiado, nacido en Praga en 1883. Ello obliga al lector interesado en conocer a fondo el contexto histórico y familiar de Kafka, la época de sus estudios, el inicio de sus amistades de toda la vida, las incitaciones intelectuales recibidas en diversas asociaciones y círculos de su ciudad natal, su primer trabajo en Assicurazioni Generali o sus primeros ensayos de prosa, a recurrir por ahora a la obra clásica de Klaus Wagenbach sobre la juventud del escritor, o a alguna otra biografía que –como la excelente de Peter-André Alt, Der ewige Sohn (El eterno hijo)– dedique una porción relevante a ese primer período de la vida del personajeVéase Klaus Wagenbach, Franz Kafka. Eine Biographie seiner Jugend 1883-1912, Berna, Francke, 1958 (La juventud de Franz Kafka, trad. de Roberto Vernengo, Caracas, Monte Ávila, 1969); Peter-André Alt, Franz Kafka, Der ewige Sohn. Eine Biographie, Múnich, C. H. Beck, 20082.. La cuestión que se plantea aquí, sin embargo, no es únicamente la ausencia de material que uno puede rellenar a partir de otras obras, sino la medida en que al menos algunas de las primeras experiencias pueden haber tenido una incidencia decisiva en la génesis de su mundo interiorPiénsese, por ejemplo, en la experiencia del «Pawlatsche», aquella ocasión en que el pequeño Franz, que de noche lloró pidiendo agua, fue encerrado por su padre en una galería balconada..

La decisión de Stach de no abordar hasta el final ese primer período es, no obstante, legítima y se hace comprensible a la luz de la justificación ofrecida: desde la publicación de la biografía de Wagenbach hace más de medio siglo, apenas ha mejorado el estado de los conocimientos referentes a la infancia y juventud de Kafka. Además, cabía esperar que en un plazo razonable resultase accesible a los investigadores el legado de Max Brod, que entabló amistad con Kafka ya en su adolescencia, y cuyos diarios y correspondencia de la primera década del siglo XX podrían aportar probablemente mucha luz. En estas circunstancias, el biógrafo ha preferido actuar con responsabilidad y diferir la elaboración del volumen correspondiente. Entretanto, 1910 puede ser considerado un momento idóneo para irrumpir en la vida de nuestro autor, no sólo porque ese es el año en que empezamos a disponer del valioso material de los diarios, sino también porque es la época en que va llegando a su inequívoca madurez la actividad literaria que suscita el interés por el judío de Praga.

Que, aun sin su esperada primera parte, esta sea, con mucho, la más extensa de las biografías publicadas sobre Kafka, se explica por el volumen del material disponible. Aunque, lamentablemente, el escritor nunca llevó a cabo el proyecto, alguna vez acariciado, de redactar su autobiografía, los conocimientos se han multiplicado desde los años setenta. Por supuesto, se impone la necesidad de la crítica, dado que algunas fuentes resultan sospechosas: todo apunta a que algunas personas han querido obtener un inmerecido protagonismo, magnificando –a veces mediante la simple invención– su efectiva relación con el escritor convertido en celebridad mundial; el caso de Gustav Janouch es, a este respecto, paradigmáticoStach dedica algunas páginas al caso Janouch, aunque no una discusión detallada. Sobre los problemas de esta fuente, véase Eduard Goldstücker, «Kafkas Eckermann?», en Claude David (ed.), Franz Kafka: Themen und Probleme (Gotinga, Vandenhoeck & Ruprecht, 1980), pp. 238-255 (crítico en extremo). Para una posición más matizada, véase Josef Čermák, Franz Kafka: výmysly a mystifikace, Praga, Gutenberg, 2005 (Franz Kafka: ficciones y mistificaciones, trad. de Jitka Mlejnková y Alberto Ortiz, Buenos Aires, Emecé, 2008).. Ya sólo los diarios y la abundante correspondencia de Kafka –en particular la mantenida con Felice Bauer de 1912 a 1917– aportan numerosos datos. A ello hay que añadir las memorias de quienes lo conocieron bien, no sólo las de BrodMax Brod, Über Franz Kafka, Fráncfort, Fischer, 1966. Hay traducción castellana únicamente de Max Brod, Franz Kafka. Eine Biographie (Kafka, trad. de Carlos F. Grieben, Madrid, Alianza, 1974)., sino también las de muchos otrosHans-Gerd Koch (ed.), «Als Kafka mir entgegenkam…» Erinnerungen an Franz Kafka, Berlín, Klaus Wagenbach, 20052 (Cuando Kafka vino hacia mí… Recordando a Franz Kafka, trad. de Berta Vias Mahou, Barcelona, Acantilado, 2009).. Si bien hay meses de la vida de Kafka de los que ignoramos prácticamente todo, en ocasiones el material disponible permite seguir día a día las actividades del praguense.

Consciente de que el biógrafo de un escritor debe saber escribir, Stach ha elaborado sus volúmenes con una clara voluntad de estilo, que, por fortuna, nunca produce la impresión de ir encaminada al lucimiento del autor en florituras superfluas, sino, en todo caso, a una más elegante y clara comprensión del objeto. En estos libros, nada parcos en expresiones felices, no se cede a la fácil tentación de la invención que intenta compensar la ignorancia o la falta de datos rellenando huecos con imaginación carente de escrúpulos. El autor deja claro lo que no sabe –y, dada su exhaustiva documentación, lo que no sabe suele coincidir con lo que no se sabe–, y no deja de señalar el carácter dudoso de las noticias proporcionadas por ciertas fuentes. A pesar de la extensión y prolijidad de los volúmenes, reconforta no detectar en ellos la cháchara, por desgracia tan abundante, de quienes, amparándose en la supuesta nebulosa de lo «kafkiano», utilizan sin miramientos y sin la menor honradez intelectual la obra del escritor como pretexto para explayarse sobre lo primero que se les ocurre. Stach está a años luz de tales impostores.

Esta biografía demuestra que Kafka, lejos de lo que se piensa, fue un personaje integrado en la sociedad

Así pues, toda eventual inquietud ante la peculiar decisión de comenzar in medias res queda enseguida disipada. Apenas caben dudas de que esta obra está destinada a convertirse en la biografía de referencia por la minuciosidad, la riqueza de la información, el rigor, el cuidado y la –en absoluto servil– empatía con el personaje. Por lo demás, esta es una obra con la que todo lector interesado puede ir más allá. Cada uno de los volúmenes contiene abundantes notas finales, una bibliografía internamente articulada, así como índices de nombres propios y topónimos. A ello se añade una importante serie de fotografías (sesenta y cinco en el primer volumen, setenta en el segundo) que visibilizan los principales personajes y lugares de los que se habla. Pocas obras sobre Kafka están mejor ilustradasEl lector interesado en un dossier más completo ha de recurrir a Klaus Wagenbach, Franz Kafka. Bilder aus seinem Leben, Berlín, Klaus Wagenbach, 1994 (Franz Kafka: Imágenes de su vida, trad. de Joan Parra, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1998)..

La maestría del ensayista hace que, a pesar de la extensión de su obra, la lectura no resulte tediosa. El lector de una biografía no debe tener la impresión de que se segmenta una vida como si fuera la lista de la compra, y el lector de estos volúmenes no la tendrá: no hay cesuras abruptas entre los distintos capítulos, sino que la narración procede mediante transiciones suaves en las que se hilan concienzudamente los distintos episodios y las constantes de una existencia. Además, los acontecimientos de la vida del propio Kafka y de muchos de quienes lo rodearon –familiares, amigos, prometidas, amadas, conocidos, compañeros de trabajo, superiores, editores– se entrelazan con reflexiones pertinentes sobre diversos aspectos: la significación de la carta como expresión de la individualidad en la época moderna y su capacidad para producir una resonancia psíquica también en su autor, la génesis y los avatares del sionismo y los sueños despertados por Palestina, el clima de exaltación y delirio de los comienzos de la Gran Guerra, o la transformación social que esta produjo en diversos ámbitos, en particular en la progresiva emancipación de la mujer en el ámbito de la burguesía.

II

Vivimos frecuente y confortablemente alimentados de ficciones, y aunque a menudo preferimos pensar que ello es cosa de un público con escasa instrucción, lo cierto es que es más bien la alta cultura literaria de nuestro tiempo la que ha forjado y afianzado no pocos de los mitos que rodean la figura de Kafka. Una biografía informada y lúcida debería servir para desenmascarar, al menos, algunos de ellos, y hay que agradecer a Reiner Stach su contribución a esta tarea. Mientras que una extendida imagen representa al escritor como un perpetuo solitario por las neblinosas calles de PragaParadigmático al respecto el título clásico de Marthe Robert, Seul comme Franz Kafka, París, Calmann-Lévy, 1979 (Franz Kafka o la soledad, trad. de Jorge Ferreiro Santana, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1982)., esta biografía proporciona numerosas pruebas de que Kafka, lejos de ser un personaje marginal, estaba socialmente integrado en una red de relaciones nada exigua. A lo largo de su vida disfrutó de amistades fieles anudadas ya en su juventud, entre las que había personas de valía intelectual y literaria (Felix Weltsch, Oskar Baum, Max Brod o Franz Werfel –cuya vitalidad y buena estrella literaria Kafka envidió durante un tiempo–). Otras amistades experimentarían altibajos (como la que tuvo con Ernst Weiss) o fueron iniciadas en sus últimos años (como la que le unió al joven Robert Klopstock). Mantuvo relaciones amorosas con media docena de mujeres. Y entre los contactos que entabló, generalmente en términos muy cordiales, se hallan nombres como los de Heinrich Mann, Martin Buber, Albert Ehrenstein, Rudolf Steiner, Nathan Birnbaum –el acuñador del término «sionismo»–, Else Lasker-Schüler y Robert Musil, por no mencionar a los editores Ernst Rowohlt y Kurt Wolff. Ya antes de su muerte, algunos de sus relatos fueron traducidos al checo y al húngaro, y publicados en alemán en Estados Unidos. Quizá Kafka estaba solo, pero no tanto.

Se ha repetido ad nauseam la cantilena sobre la opresiva experiencia que representó para el escritor su trabajo en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia. Stach no se suma a esta cansina letanía, y apunta que el hecho de que Kafka tuviera una jornada continua de ocho de la mañana –a menudo llegaba tarde– hasta las dos lo convertía, laboralmente hablando, en un privilegiado que, en realidad, podía disponer libremente de la mayor parte de su tiempo. De hecho, cuando alguna vez decidió no acudir al trabajo, pudo hacerlo sin mayores problemas. Y no cabe la menor duda de que fue altamente apreciado por sus superiores –primero los alemanes Robert Marschner y Eugen Pfohl, más tarde el checo Bedřich Odstrčil–, que reconocieron siempre su capacidad y le facilitaron la vida cuanto pudieron.

No parece, de hecho, que la cotidianeidad burocrática de la oficina haya sido nunca la sepultura de la creación. Oficinistas fueron también Italo Svevo, Konstantin Kavafis o Fernando Pessoa. Pero es que, además, tampoco debemos imaginar a Kafka como la pieza anónima de un engranaje, un sujeto alienado de espalda encorvada. Conscientes de su valía, sus superiores se encargaron de que fuera ascendiendo con relativa rapidez en la jerarquía del funcionariado, y sus experiencias profesionales –que incluyeron la participación en congresos internacionales en representación del Instituto– no denotan la sensación de insignificancia. Al fin y al cabo, llegó a ser subdirector de un departamento integrado por setenta personas. Y tampoco en su oficina era Kafka un genio aislado en un mar de iletrados chupatintas. Varios de los empleados del Instituto de Seguros, tanto alemanes como checos, desarrollaban actividades literarias –no en vano, el siempre cáustico Karl Kraus afirmó que en Praga los poetas se multiplicaban como los ratones–. El director Marschner recibió el Premio Goethe de la ciudad de Karlsbad por sus investigaciones sobre Goethe y Nietzsche, y el propio Kafka confesó que en alguna ocasión leyó poemas de Heine junto con Marschner mientras, fuera del despacho, personas con asuntos relevantes aguardaban a ser recibidosCarta a Felice Bauer, 18 de noviembre de 1912..

Franz Kafka (1910)Efectuar una contraposición tajante entre la experiencia profesional de Kafka como jurista y su actividad literaria no sólo es injustificado –él no ocultaba sus «escritos oficiales» a sus propios amigos escritores–, sino que nos privaría del acceso a una de las probables fuentes de inspiración de su obra. Aparte de que el lenguaje del Derecho se halla por doquier en el praguenseUlf Abraham, Der verhörte Held. Verhöre, Urteile und die Rede von Recht und Schuld im Werk Franz Kafkas, Múnich, Wilhelm Fink, 1985., el hecho de que escenas de arbitrariedad, injusticia y abuso de poder sean frecuentes en sus relatos puede deberse –además de, probablemente, al modo que tuvo Kafka de registrar la interacción con su padreAunque Stach dedica algunas páginas a la relación de Kafka con su padre en el capítulo del segundo volumen relativo a la Carta al padre, parece reservar un tratamiento más extenso de esta cuestión para el tercer volumen. Por lo demás, si bien es innegable que la personalidad de Hermann Kafka marcó a fuego a su hijo, debe relativizarse la imagen de este como un Saturno devorador.– a las experiencias a que el escritor tenía acceso en su ámbito laboral. El Instituto de Seguros tenía entre sus funciones tanto prevenir los accidentes (mediante la elaboración de instrucciones técnicas y normas de protección en las distintas ramas empresariales) como sancionar financieramente los que se produjeran. La ley que regulaba la participación de los empresarios en el seguro de accidentes de sus trabajadores establecía que cuanto mayor era el número de accidentes, tanto mayor era el coste per cápita del empresario. El intento de los empresarios para no ser incluidos en una de las categorías de riesgo les llevaba a presentar innumerables recursos y quejas, en ocasiones incluso acusaciones de que la protección contra accidentes sólo servía para retardar la producción. Una de las tareas de Kafka consistía en neutralizar tales reproches y recursos, y se sabe que lo hacía de modo especialmente concienzudo –lo cual convertía al escritor burgués en una suerte de defensor profesional de los derechos de los proletarios–.

Es sabido que el respeto y el sentido de la justicia –que el propio Kafka sitúa en la Carta al padre en el haber de su familia materna, los Löwy– fueron rasgos y valores del escritor, algo que confirman también testimonios ajenos, como el de Max Brod. Pues bien, su experiencia laboral debe de haber sido uno de los factores que explican su acendrada sensibilidad ante la injusticia y ante la conculcación de los derechos ajenos. Una observación, registrada también por Brod, expresa de modo extraordinariamente elocuente hasta qué punto Kafka era capaz de identificarse con las víctimas y de reconocer la razón que asistía a los trabajadores que, a causa de las deficientes medidas de seguridad de las empresas, quedaban mutilados: «Qué modestos son estos hombres. Vienen a nosotros pidiendo. En vez de asaltar el Instituto y hacerlo todo trizas, vienen pidiendo…». A quien carezca de un sentido de la justicia semejante –y esta parece ser una de las deficiencias de no pocos estetas metidos a intérpretes– le estará vedada una comprensión adecuada de buena parte de lo que se cuece en los escritos de Kafka.

Entre los clichés que la inteligencia de Stach se niega a refrendar se halla el del «Kafka profeta», el individuo que presuntamente predijo de modo rayano en lo milagroso la constitución de las sociedades sometidas a un régimen totalitario, y el nazismo en particular. El biógrafo se refiere críticamente a esta charlatanería, en la que han incurrido no pocos intelectuales del siglo XX y otros muchos a quienes ese título les viene grande. Lo preocupante es que ese parloteo traiciona una grave ignorancia: desconoce la naturaleza de la lucidez de Kafka, que nada tiene que ver con misteriosas dotes premonitorias, sino que responde al muy comprensible hecho de que algunos de los fenómenos que retrató –la violencia y la arbitrariedad, el rechazo de la responsabilidad en los contextos victimarios, la asunción de la culpa por parte de la víctima– forman parte de la condición humana y, por tanto, acaban siempre reiterándose, de un modo u otro.

Reconforta, en suma, asistir en esta biografía a la generación de un retrato mucho más complejo de Franz Kafka, en el que la unilateralidad de la imagen del neurótico obsesionado con la escritura se ve acompañada de una serie de análisis que hacen posible percibir asimismo los intereses de su vida cotidiana, los aspectos pragmáticos e irónicos del personaje. Resulta aleccionador, por ejemplo, enterarse de que, en plena redacción de La transformación (Die Verwandlung no debería traducirse como La metamorfosis), a principios de diciembre de 1912, el mismo autor que tanto se quejaba de las molestas interrupciones en el proceso de su escritura, encontrara tiempo y fuerzas para redactar un extenso memorial de dieciséis páginas a la dirección del Instituto de Seguros revelando errores en la definición de los niveles salariales, quejándose de que los consultores del Instituto –también él– cobraran lo mismo que los funcionarios con titulación inferior, y exigiendo un aumento de sueldo y su ascenso a vicesecretario. Ah, el Kafka etéreo, el Kafka en las nubes…

III

En un ensayo titulado Nuestros literatos y la comunidad, enviado en 1916 a Martin Buber para su publicación en la revista Der Jude (El judío), el prolífico Brod sostenía que las narraciones de Kafka «pertenecen a los documentos más judíos de nuestra época». Este juicio fue, al menos parcialmente, compartido por el propio Buber, que publicó algunos de los relatos del praguense. Pero, ¿qué sentido cabe otorgar a tales afirmaciones?

Una obra tan detallada como la de Stach permite advertir mejor los matices de la compleja relación que con el judaísmo mantuvo Kafka, en cuya obra literaria los términos «judaísmo» y «judío» no aparecen ni una sola vez. A pesar de los muchos intentos efectuados para desvelar en ella significados teológicos y místicos, el escritor no parece haber sentido nunca un especial interés por lo religioso: en sus recuerdos de infancia, los rollos de la Torá en la sinagoga le producían la impresión de muñecos descabezados, y resulta probablemente significativo que, en las referencias quizá más explícitas que se hallan en su obra a la religión, esta funcione, à la Girard, como una legitimación sacral de la violencia: en La transformación, la familia Samsa se santigua y, en un obsceno Te Deum, da gracias a Dios cuando se encuentra ante el cadáver de Gregor –quien ha sido anteriormente golpeado, maltratado y abandonado por la propia familia–. En 1922, Kafka participó en una celebración de la fiesta de Purim, sólo porque se trataba de un evento infantil y carnavalesco al que asistió también su sobrina Marianne Pollak. Su interés por Kierkegaard no tuvo que ver con matices o finezas teológicas, sino con la seriedad existencial que se transparenta en el caso personal de este escritor. Utilizar como coartada de interpretaciones religiosas el hecho de que Kafka utilizó conceptos como «verdad», «culpa», «el bien» o «lo indestructible», sólo denota el tic, tan extendido como absurdo, de confundir la hondura de la exigencia espiritual o intelectual con veleidades ultramundanas, y suele traicionar la obsesión parroquial por encerrar en el redil de alguna fe a una luminaria de la literatura universal. Esto hace inútiles, y aun mistificadoras, las no escasas lecturas de Kafka en clave teológica, sea en una perspectiva de judaísmo cabalístico o de heterodoxia «gnóstica» (pace Harold Bloom y sus epígonos).

Dibujo de KafkaNo obstante, el interés de este judío por el mundo del judaísmo resulta innegable, y se manifestó de muy diversas maneras: en su fascinación por el teatro yídish representado en Praga por los judíos orientales, y en su consiguiente amistad con Jizchak Löwy; en la recomendación a Felice Bauer de colaborar en el Hogar Judío establecido en Berlín durante la guerra para atender a niños sin recursos (en el que también colaboró, por cierto, un tal Gerhard Scholem que más tarde cambiaría su nombre por el de Gershom); en la participación de Kafka en lecciones y excursiones destinadas a jóvenes judíos orientales; en el hecho de que a lo largo de su vida fue importante para él la puntual recepción de la revista sionista de Praga Selbstwehr (Autodefensa); en su asistencia regular en Berlín, en 1923, a la Hochschule für die Wissenschaft vom Judentum (Escuela Superior para la Ciencia del Judaísmo); en la publicación de algunos de sus relatos en revistas judías; o en el estudio del hebreo moderno, que emprendió a más tardar en 1917 y prosiguió hasta los últimos años de su vida.

El denominador común de todos estos intereses parece estribar en la medida en que el judaísmo podía vehicular un profundo sentido de arraigo y comunidad. A pesar de su escepticismo ante las colectividades, Kafka experimentó una profunda tensión entre el solipsismo de su carácter y de su vocación de escritor, por un lado, y el anhelo por la pertenencia a una comunidad genuina, por otro. Barajó la idea de instalarse en Palestina y, de hecho, el proyecto de un viaje a Eretz Israel imprimió inesperadas expectativas a la primera conversación que mantuvo con Felice Bauer. Esa conexión fue alimentada también de otros modos, pues varios de sus mejores amigos fueron sionistas convencidos; si no quiere citarse de nuevo a Brod, baste mencionar a Hugo Bergmann, quien, tras ser bibliotecario en la Universidad de Praga, emigró en 1920 a Palestina, donde fue el primer director de la Biblioteca de la Universidad Hebrea, y más tarde rector de esta.

La sensibilidad de Kafka ante la injusticia puede haber favorecido su interés por una minoría tan a menudo victimizada y perseguida. Durante la vida del escritor, el antisemitismo creció en intensidad en Europa Central. Si bien el Estado había concedido a los judíos de Bohemia los medios constitucionales para su integración en la sociedad, en esta prevalecían aún los estereotipos negativos, que hicieron de los judíos una minoría constantemente amenazadaSobre el contexto, véase Christoph Stölzl, Kafkas böses Böhmen. Zur Sozialgeschichte eines Prager Juden, Múnich, text + kritik, 1989.. Además de en pogromos, el antisemitismo se concretó en esta época en sonados procesos, entre los que destacan el celebérrimo affaire Dreyfus (1894-1906)Sobre la conexión de uno de los tíos maternos de Kafka con el caso Dreyfus, véase Anthony Northey, Kafkas Mischpoche, Berlín, Klaus Wagenbach, 1988 (El clan de los Kafka, trad. de Carmen Gauger, Barcelona, Tusquets, 1991)., el de Leopold Hilsner (1899-1900), el de David Blondes (1900-1902) o el de Mendel Beiliss, encarcelado en marzo de 1911 en la Odessa rusa acusado de asesinar a un niño cristiano para usar su sangre en la preparación del pan ázimo para la Pascua. Resulta llamativo que Stach no haya concedido apenas atención a estos casos, ni a su repercusión en la conciencia de Kafka –tal vez lo haga en el tercer volumen–, aunque sabemos que de todos ellos estaba suficientemente informado. El escritor leyó en 1916 Ritualmord in Ungarn (Asesinato ritual en Hungría), una tragedia de Arnold Zweig basada en el episodio de Hilsner, otro caso de acusación a judíos por asesinato ritual; sabemos que la lectura le afectó profundamente. Y entre los manuscritos que Dora Dymant destruyó, por orden del escritor, en el invierno de 1923, parece que se hallaba un relato sobre el caso BeilissChristoph Stölzl, op. cit., p. 71..

El antisemitismo reinante se manifestó también en Praga en diversas ocasiones, especialmente a partir de 1917, y, de hecho, los diarios y cartas de Kafka testimonian ocasionalmente esta concienciaEntre 1918 y 1920 unos cuatro mil judíos abandonaron la República Checa para emigrar a Palestina.. En el mundo de sus últimos años, las viejas amenazas contra los judíos resucitaban por doquier, y ello es algo que el escritor percibió con claridad. Max Brod lo experimentó en 1920 durante la representación de una de sus obras en Múnich, tan solo dos meses después de que un agitador de nombre Adolf Hitler hubiera propuesto en la misma ciudad la supresión de la ciudadanía a todos los judíos alemanes en el punto 4 del programa del NSDAP. En noviembre del mismo año, las masas irrumpieron en el ayuntamiento judío de Praga, destruyeron los archivos y pisotearon en las calles los rollos de la Torá. La correspondencia de Kafka con Milena hace referencias ocasionales a tales ataques: «Me baño en el odio a los judíos. “Raza sarnosa” he oído llamar ahora a los judíos […]. Acabo de mirar por la ventana: policía a caballo, gendarmes listos para cargar con bayoneta, la turba vociferante que se aleja, y aquí arriba, en la ventana, la desagradable vergüenza de vivir siempre bajo protección»Briefe an Milena, Fráncfort, Fischer, 1992, p. 288..

IV

Es difícil sustraerse a la impresión de que hay límites a todo intento por normalizar a Kafka y desdramatizar su destino vital. Ello se evidencia a medida que se avanza en el segundo volumen, en el que el tiempo de las decisiones queda atrás y el conocimiento irrumpe con el carácter descorazonador que suele caracterizarlo. En efecto, se registra aquí de manera detallada la serie de catástrofes que se sucedieron en la vida de Kafka –y, a menudo, no sólo en la suya–.

Si el 12 de julio de 1914, en el hotel Askanischer Hof de Berlín, Kafka es sometido a una experiencia que le resultará traumática, pues la siente en lo más profundo como un juicio –los reproches de Felice Bauer en presencia de su hermana Erna y su amiga Grete Bloch, que llevan a una disolución del compromiso matrimonial–, el día 28 del mismo mes estalla la Gran Guerra. El proyecto de abandonar Praga, y con ello su trabajo y su familia, preferiblemente para instalarse en Berlín como escritor, se ve definitivamente truncado.

Aunque Kafka apenas se refiere a la guerra en sus diarios y cartas, y a pesar de que fue dispensado del reclutamiento gracias a los buenos oficios de sus superiores, la guerra estuvo presente en su vida de muchos modos: más allá de los relatos de primera mano de sus cuñados y de algunos amigos –que le transmitieron imágenes reales de lo que el Estado intentaba silenciar–, lo estuvo en la creciente sordidez de la vida cotidiana, en la censura del correo, en los férreos controles para viajar, en el racionamiento y la falta de calefacción, en la disolución de muchos proyectos, en el debilitamiento o el fin de muchas relaciones personales (la muerte en el frente de su antiguo compañero de colegio Oskar Pollak), así como la interrupción o disminución de las posibilidades editoriales (Kurt Wolff y su lector Franz Werfel fueron movilizados). Más tarde, la pérdida de los empréstitos de guerra austrohúngaros, en los que también Kafka invirtió sus ahorros, supuso la desaparición de los fondos con que habría podido contar para iniciar una vida independiente.

Sus tres hermanas y Milena Jesenská fueron asesinadas en las cámaras de gas de los campos de concentración nazis

Y esto no es todo, pues el escritor conoció la crueldad de la guerra de modo mucho más preciso de lo que sus escritos dan a entender. Su miseria y su horror irrumpieron en el Instituto de Seguros donde trabajaba, en la medida en que, entre las nuevas funciones desarrolladas por este organismo durante el período bélico, estuvo la protección de los derechos de los combatientes que regresaban del frente, muy a menudo con heridas, amputaciones, mutilaciones y minusvalías de todo tipo (además de con trastornos psicológicos). A los trabajadores convertidos en víctimas de la técnica en el ejercicio de sus funciones se añadía también ahora una inmensa cantidad de hombres, y muchos de estos «inválidos» llenaban no sólo las calles de Praga, sino también los pasillos de las oficinas donde Kafka entraba cada mañana, y las referencias a ellos no escasean tampoco en los informes que escribía. El cuerpo atravesado mortalmente por el metal, que el escritor reflejaría en 1917 en su relato En la colonia penitenciaria, era ya una experiencia cotidiana de su mundo.

Ese mismo año, mucho antes del fin de la guerra, otra catástrofe golpeará a Kafka y condicionará el resto de su vida. Tras varias semanas en las que percibió que su saliva estaba alarmantemente enrojecida, en la madrugada del 11 de agosto de 1917 la tuberculosis se manifiesta imperiosa en forma de sangre coagulada en su boca. La enfermedad llevará a la disolución definitiva de su renovada relación con Felice, condicionará su autopercepción a partir de entonces, y le obligará a pasar largos períodos en balnearios y sanatorios, en busca de una curación que nunca llegará. La terrible «gripe española», que Kafka contraerá en octubre de 1918 y que causaría una enorme mortandad, le originó una infección pulmonar que parece haber influido en el posterior deterioro de su cuerpo. La jubilación definitiva de Kafka, a comienzos del verano de 1922 –con sólo treinta y nueve años– significó una reducción drástica de sus ingresos, que, junto a la galopante hiperinflación que afectó a Alemania en los años veinte, le obligó a vivir en una situación de franca precariedad –probablemente con ulteriores repercusiones en su salud– cuando, en compañía de Dora Dymant, se trasladó a vivir a Berlín en el otoño de 1923.

Y, sin embargo, incluso esta concatenación de desgracias palidece ante la que se produciría tras su muerte. Lo que del pequeño mundo de Kafka no fue destrozado por la Primera Guerra Mundial lo sería en la Segunda. Es sabido que sus tres hermanas y Milena Jesenská fueron asesinadas en cámaras de gas de los campos de concentración nazis, pero en un perturbador epílogo a su segundo volumen, Stach desgrana con parsimonia un catálogo de víctimas conocidas del escritor que es tanto más inquietante cuanto que, tras la enumeración de las más evidentes, deja entrever un sinfín de otras muchas probables. Esta tragedia está inextricablemente ligada a nuestra percepción de Kafka, no sólo porque la arbitrariedad y los procesos de victimización que reflejó en varias de sus obras se abatieron a gran escala y de modo devastador sobre tantas personas a las que quiso y que le quisieron, sino también porque entre las voces de quienes con sus recuerdos contribuyeron más tarde a elaborar un retrato más cercano y fiable de él ya no pudieron hallarse las de todos aquellos que, a destiempo, habían sucumbido a la más repugnante barbarie.

V

Una biografía no es, pensarán muchos, el lugar idóneo para ofrecer interpretaciones de las obras de Kafka. En algún sentido, sin embargo, sí lo es, dada la inextricable imbricación de literatura y vida que, en el caso de nuestro autor, resulta un dato innegable. Desde que se conocen diarios y cartas, un ejercicio frecuente entre biógrafos y críticos ha sido el de establecer conexiones entre ambas. Esta búsqueda de partículas de experiencia que el escritor habría transformado y refundido en su obra constituye un saludable antídoto contra una concepción idealista según la cual el genio produce ex nihilo su obra a partir de una interioridad metaempírica. Stach ofrece numerosos ejemplos, aunque estos sólo pueden ser una ínfima porción de los que han sido rastreadosHartmut Binder, Kafka-Kommentar zu sämtlichen Erzählungen, Múnich, Winkler, 1975; Id., Kafka-Kommentar zu den Romanen, Rezensionen, Aphorismen und zum Brief an den Vater, Múnich, Winkler, 1976..

Esta búsqueda de conexiones es tanto más comprensible cuanto que fue incoada por el propio escritor, quien señaló conexiones, por ejemplo entre las iniciales del nombre de Frieda Brandenfeld (la novia del protagonista de La condena) y las de Felice BauerComo el traductor Carlos Fortea señala acertadamente en una nota, hay también conexiones semánticas entre los nombres.. Su hermana Ottla se percató de que la vivienda descrita en ese primer relato logrado se parecía sospechosamente a la de la familia. De creer a Janouch, al referirse a La transformación, el propio escritor habría señalado la disposición de las letras y la rima asonante entre «Samsa» y «Kafka». No es probablemente una casualidad que la tortura tecnificada de En la colonia penitenciaria surgiera al cabo de unos meses de comenzada la Gran Guerra y, de hecho, cuando Kurt Wolff expresó su desagrado ante el relato, Kafka, tras responder de manera sutilmente cáustica que ese desagrado coincidía también con el suyo propio, observó que no sólo el relato era desagradable, sino «que más bien nuestra época en general y la mía en particular ha sido también y es muy desagradable»Carta a Kurt Wolff, 11 de octubre de 1916; véase Bernhard Zeller y Ellen Otten (eds.), Kurt Wolff: Briefwechsel eines Verlegers 1911-1963, Fráncfort, Heinrich Scheffler, 1966, pp. 40 y ss..

La dimensión autobiográfica de la escritura halla una indirecta pero inapelable corroboración en el examen de los manuscritos. En La transformación, el autor escribió inadvertidamente los nombres «Karl» (el protagonista de El desaparecido, con la K. de Kafka) y «Georg» (el protagonista de La condena) en varias ocasiones en lugar de «Gregor». En la escena final de El proceso, la ejecución de Josef K., el autógrafo testimonia que Kafka, en lugar de escribir «Levantó las manos», comenzó anotando «Levanté», en primera persona. De algún modo, el protagonista parece ser siempre el mismo, y todos los caminos llevan a Kafka.

Que este ejercicio puede ser esclarecedor resulta tan obvio como que puede incurrir con extrema facilidad en el reduccionismo. Si es evidente que no pocos elementos de la vida y la época del escritor han servido como combustible para su obra, Stach advierte lúcidamente de los límites de esta tarea, que corre el riesgo de acabar resultando decepcionante. En efecto, si todos los caminos llevan a Kafka, en realidad nos llevan también en muchas otras direcciones. Por ello, sus obras no son, en rigor, autobiográficas. El autor parece haber literaturizado su experiencia, pero de tal modo que la ha universalizado. Así, por ejemplo, en La transformación, la familia Samsa no es judía, sino reconociblemente cristiana. En la lucha de K. por el reconocimiento en El castillo, es perceptible una experiencia de la exclusión que parece corresponder a la del judío (o, en cierto sentido, a la del escritor), pero Kafka no presenta a K. como judío ni como escritor. Esto contribuye a explicar que tantos contemporáneos de tantas latitudes se hayan identificado con los protagonistas de estas y otras obras, más allá de barreras culturales. No por casualidad, en El proceso, Josef K. afirma ante lo que se le presenta como tribunal que él va a hablar «en representación de muchos»Para una monografía inteligente sobre El proceso, véase Sultana Wahnón, Kafka y la tragedia judía, Barcelona, Riopiedras, 2003..

Retrato de Franz Kafka y Felice Bauer

La percepción de la íntima relación entre vida y obra permite detectar una curiosa regularidad cíclica en la productividad literaria de Kafka. Las fases de especial creatividad artística parecen corresponderse con reacciones ante acontecimientos reales –no ante simples ocurrencias o fantasías–, en particular ante aquellos que afectaron de manera tan cercana y dolorosa a su existencia interior que le impulsaron a expandirse en la escritura, buscando con ello posibilidades de supervivencia. La primera racha, la ocurrida en el verano y el otoño de 1912, tiene que ver con el encuentro con Felice Bauer y con la presión a la que Kafka se vio sometido por su familia para trabajar en una fábrica abierta por un cuñado del escritor, pero de la que este era también socio. La segunda, en el verano de 1914, se corresponde con el trauma de una ruptura del compromiso con Felice, a la que seguiría poco después el estallido de la Gran Guerra. La tercera, en el invierno de 1916-1917, parece haber sido provocada por acontecimientos significativos de su época (muerte del káiser Francisco José I, escasez de comida y carbón…). Y así sucesivamente. Esos acontecimientos exteriores parecen haberle servido para cristalizar procesos y experiencias anteriormente en estado de latencia, permitiéndole ensamblar los elementos constructivos presentes en esas experiencias y plasmarlos en obras preñadas de sentido. Es esta dinámica la que puede explicar la densidad de los textos del escritor, en los cuales todo parece corresponder con todo, así como la imposibilidad de considerarla una mera literatura de entretenimiento: son experiencias decisivas las que se han condensado en el papel.

Stach sugiere –y es una sugerencia plausible– que este modelo de producción literaria puede explicar la dificultad de Kafka para arreglárselas con los extensos textos de sus proyectos de novela: el agotamiento de los elementos lleva a repeticiones y digresiones que hace disminuir la densidad del discurso y el dinamismo de la acción, y causaría la insatisfacción de un creador tan exigente consigo mismo. A pesar de que, como dijo explícitamente en una carta el editor Kurt Wolff, una novela habría sido algo más vendible y contribuido sin duda a una mucho mayor proyección pública de su figura, Kafka no se decidió a completar ninguna de las tres obras de este género que emprendió, y sólo llegó a considerar «indubitables» y, por tanto, dignos de publicación y aprecio, algunos de sus relatos.

Entrelazada en la narración de los acontecimientos cotidianos, el biógrafo va intercalando capítulos dedicados a las principales obras literarias compuestas por el escritor –tanto las publicadas en vida como las inacabadas y editadas póstumamente por Brod–, cuyos títulos conoce todo amante de la literatura moderna. Las observaciones de Stach son casi siempre pertinentes y perspicaces. Casi siempre. Por supuesto, sería injusto reprochar a un biógrafo cuyo esfuerzo por deshacer clichés es innegable y exitoso que no lo haya conseguido en todos los casos, y tampoco cabe esperar que el biógrafo vaya más allá de lo que es hasta hoy opinión común –por no decir dogma– en la crítica literaria, pero no por ello conviene dejar de señalar los límites de su pericia interpretativa. Así, por ejemplo, a pesar de advertir correctamente –respecto a El desaparecido– la subjetividad de la perspectiva narrativa, es decir, la radical limitación del horizonte a la conciencia del protagonista, Stach no aplica esta observación a La transformación, y sigue preso del paradigma entomológico, refiriéndose a la obra como un ejemplo de literatura fantástica y hablando del «escarabajo Gregor». En esto, el ensayista alemán sigue fielmente la estela de los críticos literarios, los cuales, a pesar de haber advertido desde hace varias décadas los límites cognoscitivos del narrador –y, por tanto, la dudosa fiabilidad de este–Friedrich Beißner, Der Erzähler Franz Kafka, Fráncfort, Suhrkamp, 1983 (ed. orig., Stuttgart, Kohlhammer, 1952); Roy Pascal, Kafka’s Narrators. A Study of His Stories and Sketches, Cambridge, Cambridge University Press, 1982., siguen sin aplicar los hallazgos sobre la forma narrativa al contenido del relato más emblemático de Kafka. Lo pasmoso de esta omisión estriba no sólo en su inconsecuencia, sino en que induce a la crítica literaria –incluyendo a nuestro biógrafo– a seguir considerando como «incomprensible»Un solo ejemplo entre innumerables: Hartmut Binder, Kafkas «Verwandlung». Entstehung, Deutung, Wirkung, Fráncfort, Stroemfeld, 2004, p. 439. e infestado de enigmas un texto que puede entenderse con suma claridadPara una lectura comprensiva del relato, véase Fernando Bermejo, «Truth and Lies about Gregor Samsa. The Logic Underlying the Two Conflicting Versions in Kafka’s Die Verwandlung», Deutsche Vierteljahrsschrift für Literaturwissenschaft und Geistesgeschichte, vol. 86, núm. 3 (2012), pp. 419-479. Id., «Does Gregor Samsa Crawl on the Ceilings and Walls? Intra-narrative Fiction in Kafka’s Die Verwandlung», Monatshefte für deutschsprachige Literatur und Kultur, vol. 105, núm. 2 (2013), pp. 254-290..

Un solo ejemplo bastará para fundar un caveat. El biógrafo señala que, cuando Grete Samsa pronuncia la sentencia de muerte del protagonista, utiliza el pronombre neutro (es, «ello») al referirse a Gregor, mientras que el paterfamilias utiliza el pronombre masculino (er, «él»), pero se limita a apuntar que ese cambio mínimo es «una de esas catástrofes […] que sumen al lector en la mayor agitación». Aunque esto sea correcto, la agitación se precipita directamente en la confusión si la cosa se deja ahí. En realidad, Grete se contradice al utilizar ella misma, al final de su discurso, y más tarde ante el cadáver de Gregor, el pronombre «él». Lo que Kafka está reflejando es un acto fallido de Grete, lo cual es indicio de un conflicto interior –y de un conflicto intersubjetivo– que es, a su vez, una pista importante para entender el relatoUna demostración de este aserto se halla en Fernando Bermejo, «Die Bedeutsamkeit der Fehlleistungen. Moralische Konflikte in Kafkas Die Verwandlung», en Dolors Sabaté y Jaime Feijóo (eds.), Apropos Avantgarde. Neue Einblicke nach einhundert Jahren, Berlín, Frank & Timme, 2012, pp. 253-270; Id., «Grete Samsa’s Inconsistent Speech: Victimary Lies and Distortions in Kafka’s Die Verwandlung», Revista de Filología Alemana, vol. 20 (2012), pp. 47-65.. Si uno se toma en serio lo que los alemanes llaman Literaturwissenschaft –literalmente, «ciencia de la literatura»–, no puede conformarse alegremente con la habitual cháchara de lo enigmático ni con la habitual vaguedad que, demasiado a menudo, sólo es una coartada para no reconocer la propia incapacidad para entender un textoEsto ha sido lúcidamente puesto de relieve en Gerhard Rieck, Franz Kafka und die Literaturwissenschaft. Aufsätze zu einem kafkaesken Verhältnis, Wurzburgo, Königshausen & Neumann, 2002..

Esta última observación podría hacer caer en la cuenta a los lectores hispanohablantes de hasta qué punto quienes dependen de traducciones se hallan a menudo inermes ante los tan precisos y pensados textos de Kafka. En efecto, las versiones de La transformación al castellano a menudo omiten los pronombres personales –o no distinguen entre masculino y neutro–, impidiendo así captar la inmensa significación de las variaciones pronominales. Y este, por desgracia, es tan solo un ejemplo de la distorsión que este relato capital de la literatura moderna experimenta en las traducciones disponibles.

VI

La ventaja de una obra tan extensa como la de Stach estriba también en la posibilidad que se brinda de proporcionar acceso a la identidad de diversas personas con las que Kafka se cruzó, y en particular de aquellas con las que más se detuvo. Así, por ejemplo, en muchos de los ensayos biográficos al uso, considerablemente más breves, las mujeres con que mantuvo una relación el escritor son, en el mejor de los casos, figuras deslavazadas despachadas con unos pocos trazos; en el peor, apenas meros nombres que pasan como sombras fugaces. De entre ellas, solo Milena Jesenská –probablemente por haber llevado una vida alejada de la normalidad burguesa y haberse dedicado a actividades intelectuales– ha sido objeto de investigación independiente, que le ha hecho cobrar vida propia en el imaginario cultural. Stach, sin embargo, lleva a cabo la reconstrucción –en la medida en que ello es aún posible– del trasfondo familiar y social de personas tan decisivas en el desarrollo emocional del escritor como Felice Bauer, Julie Wohryzek o Dora Dymant. Asimismo, numerosos personajes que, a pesar de su relevancia en la vida de Kafka, en muchas biografías apenas encuentran una mención, sí hallan aquí su lugar, como es el caso del poeta y talmudista Jiří Langer, del recitador Ludwig Hardt o de la joven sionista, nacida en Palestina, Puah ben-Tovim.

El ejemplo más claro de la recuperación de una fisonomía propia es el de la mujer con quien Kafka se prometió en dos ocasiones y con la cual mantuvo el intercambio epistolar más nutrido y revelador: la berlinesa Felice Bauer. El hecho de que no poseamos las más de cuatrocientas cartas que ella le escribió –el escritor las quemó cuando se separaron definitivamente– hace que nos falte la otra voz de un diálogo que ahora sólo puede aparecernos en la forma distorsionada de un monólogo. Sin embargo, mientras que en muchas obras (empezando por El otro proceso de Kafka, de Elias Canetti) Felice carece de rostro, aquí se le dota de uno, y de uno, por cierto, que ayuda a corregir necesariamente la habitual unilateralidad de la perspectiva en que la mujer se presenta como un ser anodino: la reconstrucción a partir de las propias cartas de Kafka y de otros convierte al fantasma en un ser de carne y hueso, los rasgos de cuya personalidad –su eficiencia en el ámbito laboral, su calma, su responsabilidad, su sentido común, su aparente confianza en sí misma, su altruismo, su perseverancia–van poniéndose de manifiesto, y permiten vislumbrar las razones por las que el escritor se vio atraído por ella y mantuvo el contacto durante un lustro.

Aspiraba, como cualquiera, a un reconocimiento que a menudo obtuvo y que siempre le deparó alegría

La tendencia a hacer del biografiado el ombligo del mundo y a dar la impresión de que los conflictos internos y externos que experimenta son los principales y los que realmente importan, se disipa aquí, pues Stach va desgranando toda una serie de circunstancias –de las que el propio Kafka supo sólo tardíamente– que permiten entrever la dificultad de la existencia de Felice tanto en su adolescencia como en el período en que mantuvo su relación con el escritor. Aunque su padre, Carl Bauer, tenía un carácter bondadoso, la familia hubo de experimentar en el curso de un par de décadas casi todas las catástrofes morales típicas de la familia burguesa de la era guillermina: la abierta infidelidad conyugal de su padre (Carl se fue a vivir con una amante a otra vivienda de Berlín cuando Felice era una adolescente hasta la muerte de la amante tres años después), el embarazo prematrimonial de una de sus hermanas (Erna, la tercera de cinco hijos), los conflictos con la justicia de su único hermano varón (que había extorsionado a menudo a su propia familia y que hubo de emigrar a América tras estafar a los clientes del padre de su prometida). Cuando uno adquiere conciencia de todas las desgracias familiares que experimentó Felice –haciéndose cargo a menudo de la manutención de su familia, guardando el secreto a su hermana y protegiéndola, padeciendo el comportamiento de su hermano, asumiendo la vergüenza que todo ello suponía para una conciencia burguesa–, tanto su relación con Kafka como los conflictos interiores de este se ven con nuevas tonalidades.

Se ha dicho a menudo que Felice pudo haber sido un pretexto, una suerte de pantalla en la que el escritor proyectaba a su gusto sus fantasías, lograba de forma manipuladora una corriente de energía que lo conectara a la vida y daba rienda suelta a su escritura. Stach muestra el error hermenéutico en que parecen haber caído tantos exégetas al confundir su amplia ignorancia acerca de Felice con la idea de que esta era realmente una suerte de pantalla vacía en la que la proyección podía producirse alegremente. Al recuperar su figura y poner de relieve la complejidad de la relación, el biógrafo llega a sugerir ahora la posibilidad de que Kafka fuera para Felice un canal psíquico para las tensiones y la responsabilidad agobiante que la mujer de Berlín padecía en el seno de su clan familiar. Sea como fuere, lo cierto es que el esfuerzo por dotar de cuerpo y alma a las personas con que el escritor se relacionó y la obtención de otras perspectivas permite percibir esas relaciones –y en particular las que tejió con las mujeres– de un modo sensiblemente distinto.

VII

Se cuenta que cuando le preguntaron en cierta ocasión a François Mauriac quién le habría gustado ser, respondió: «Moi-même, mais réussi». Ser uno mismo, pero logrado: haber desplegado las propias potencialidades, haber tomado en lo fundamental las decisiones correctas, haber llevado una vida que haya merecido la pena, y tener la conciencia de ello. ¿Fue la de Kafka –quien leía biografías con avidez– una vida lograda? No es tarea del biógrafo emitir semejante juicio, y probablemente esta no es la tarea de nadie. Según los parámetros de las sociedades contemporáneas avanzadas, la vida de un hombre que no llegó a cumplir los cuarenta y un años, y que pasó los últimos sucumbiendo progresivamente a una enfermedad, no puede ser considerada buena –es, a lo sumo, sólo media vida–. ¿Y acaso el propio Kafka, que se identificó hasta tal punto con su escritura, no consideró fallido casi todo lo que escribió? A pesar del juicio de la posteridad, que casi unánimemente ha declarado su obra un dechado de genialidad, la existencia del creador de Praga parece arrojar, en última instancia, un saldo desconsolado y desolador.

El intento de evitar en lo posible la unilateralidad de una imagen monótona de Kafka caracterizada por la tristeza, la fatalidad y la pesadumbre, es, sin embargo, otro de los aciertos de Reiner Stach. En efecto, esa imagen tan habitual no se corresponde con los recuerdos de quienes lo conocieron mejor, con la ironía que a menudo se transpira en sus escritos ni con el innegable humor que estos destilan –y que ha sido objeto de numerosos estudios–. Sería un error garrafal reducir la existencia de Kafka a la negatividad y trasladar mecánicamente la atmósfera opresiva de algunas de sus obras a la vida privada del escritor. Nuestro biógrafo no incurre en este error, teniendo buen cuidado de consignar la risa de Kafka –y hasta su actividad de bromista– cada vez que nos es accesible.

Dibujo de KafkaEntre los aspectos luminosos que cabe reseñar se halla, ante todo, la experiencia del legítimo orgullo del creador consciente del valor de su obra. Es cierto que las exigencias de Kafka eran muy altas, que no terminó ninguna de las novelas que emprendió y que lo que él habría salvado constituye sólo una parte muy exigua de cuanto escribió. Tanto mayor, sin embargo, fue el entusiasmo generado por la percepción de su capacidad para producir una obra «indudable». Tales experiencias de «indubitabilidad» (Zweifellosigkeit), por intermitentes que fueran, parecen haber sido lo bastante intensas y reconfortantes como para compensarle de sus decepciones. No sólo en la noche memorable del 22 al 23 de septiembre de 1912, en la que escribió de un tirón La condena, y en los días siguientes, hubo un genuino entusiasmo en su vida.

Por fortuna, a estas alturas no es necesario desmontar la otrora tenaz leyenda del autor ensimismado, reacio a dar a conocer sus obras. Compartir la escritura constituyó para él un placer que sus más allegados reconocieron, pues la lectura en voz alta ante sus hermanas y sus amigos fue una experiencia no infrecuente cuando el escritor obtenía la perfección a la que aspiraba. Cuando, en 1916, recibió la invitación a hacer en Múnich una lectura pública de sus relatos en una velada literaria –que, dicho sea de paso, posibilitaría su único encuentro con Rainer Maria Rilke–, redactó enseguida la solicitud del obligatorio pasaporte. Y cuando, en el otoño de 1921, escuchó algunos de sus relatos, en el Mozarteum de Praga, en boca del recitador Ludwig Hardt, junto a piezas de Robert Walser y de Karl Kraus, Kafka no pudo resistir la tentación de escribirle para agradecerle lo que había sentido. El escritor habla de las palpitaciones de su corazón. Ahí había emoción, ahí había felicidad.

Por si no hubiera bastado con una lectura atenta de cartas y diarios, hace ya varias décadas que, en una meticulosa monografía, Joachim Unseld demostró que a Kafka no le era en absoluto indiferente la repercusión y resonancia pública de su obraJoachim Unseld, Franz Kafka. Ein Schriftstellerleben. Die Geschichte seiner Veröffentlichungen, Múnich, Carl Hanser, 1982 (Franz Kafka, una vida de escritor. Historia de sus publicaciones, trad. de José M. Mínguez, Barcelona, Anagrama, 1989).. El expreso deseo de publicar en un solo libro La condena, La transformación y El fogonero con el título Die Söhne (Los hijos) se quedó en agua de borrajas sólo a causa de la desidia de su editor Kurt Wolff. A pesar de que no le interesó convertirse en una figura pública mediática –Kafka no tenía vocación de vedette–, la repercusión de sus escritos le interesaba sobremanera, como lo prueba el hecho de que en su legado se hallase una colección de recensiones y de que hasta a Felice le pidiese que le enviara las reseñas de que tuviera noticia en Berlín. Él aspiraba, como cualquiera, al reconocimiento. Es indudable que a menudo lo obtuvo, y que esto le deparó alegría.

Kafka, sin embargo, no obtuvo únicamente satisfacciones en el ámbito de la creación literaria. Aunque sus miedos y su tensa relación con su cuerpo le llevaron a problematizar su sexualidad y las relaciones íntimas con las mujeres, consiguió tener diversas experiencias satisfactorias de intimidad y confianza, que su biógrafo consigna puntualmente. La convivencia con Felice durante una semana del verano de 1916 en un famoso balneario parece haber sido lo bastante feliz como para justificar que Stach haya titulado el capítulo correspondiente «El milagro de Marienbad»: esos días se hicieron planes prometedores. Las risas y los paseos compartidos con Julie Wohryzek en 1919 constituyen otro período de alegría. También forman parte de esa serie los días pasados con Milena en Viena en el verano de 1920. Y precisamente en el período más difícil, en el último año de una vida roída por la tuberculosis, la irrupción de Dora Dymant hizo que Kafka adquiriese la capacidad de abandonarse en manos de otra persona, experimentase a una mujer como genuina compañera, obtuviese la certeza de ser querido y aceptado plenamente, lejos de cálculos y circunloquios. En los últimos tiempos se refería a Dora –que lo cuidó constantemente durante meses– y a Robert Klopstock, el devoto amigo y estudiante de medicina que en la crisis final le evitó el sufrimiento con sedantes, como su «pequeña familia».

No podemos saber si estas experiencias habrían hecho que los protagonistas de sus novelas interrumpidas, de haber tenido el escritor tiempo y energías para volver a ellas, hubiesen variado de algún modo su destino o su periplo. Nos queda la certeza de que a lo que Karl Rossman o a Josef K. les fue negado, el otro K., el K. de carne y hueso, llegó, por brevemente que fuera, a vivirlo.

«Ognuno sta solo sul cuor della terra / trafitto da un raggio di sole / ed è subito sera». Intento comprender por qué estos célebres versos, terribles y verdaderos, del italiano Salvatore Quasimodo, se me imponen sin buscarlos cuando me dispongo a terminar este escrito. Quizá, me digo, porque su lucidez implacable no va a la zaga de la de Kafka, quien los habría suscrito sin pestañear –aunque, sin duda, no habría dejado de añadir que los rayos de sol calientan a menudo demasiado débilmente–. Quizá porque su verdad hace de Kafka alguien menos ajeno, a quien podemos reconocer como uno de nosotros. Quizás, en fin, porque la espléndida biografía de Reiner Stach permite aprehender no sólo los parajes sombríos de una existencia, sino vislumbrar asimismo la luminosidad, el humor y la alegría que, a pesar de sus interminables objeciones y conjunciones adversativas, atravesaron también, para nuestro consuelo y quizá para el suyo, la breve pero intensa vida del espigado judío de Praga.

Fernando Bermejo Rubio ha sido profesor del Departamento de Filosofía de la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente se dedica a la investigación y es colaborador honorífico del Departamento de Filosofía de la UNED. Es autor de La escisión imposible. Lectura del gnosticismo valentiniano (Salamanca, Universidad Pontificia, 1998), El maniqueísmo. Estudio introductorio (Madrid, Trotta, 2008), traductor y editor de El Evangelio de Judas (Salamanca, Sígueme, 2012) y coeditor, con José Montserrat Torrents, de El maniqueísmo. Textos y fuentes (Madrid, Trotta, 2008). Ha publicado asimismo numerosos artículos sobre la obra de Kafka.

24/04/2014

 
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