ARTÍCULO

Figuras en escapada

El Aleph, Barcelona
144 pp. 17,50 €
 

E l pasado enero, y en el marco del Año del Libro y la Lectura que se celebra en Barcelona en paralelo al IV Centenario del Quijote, se celebraron unas jornadas con un significativo enunciado: Bajo cuarentena. Como advirtió acertadamente el periodista cultural Sergio Vila-Sanjuán, el evento pretendía reunir a trece autores de menos de cuarenta años que compartían unos objetivos que la literatura catalana no había denotado desde la eclosión de Quim Monzó; esto es, la voluntad de estilo, el compromiso estético y el bosquejo de un universo propio.
Entre los convocados, el antropólogo Albert Sánchez Piñol (Barcelona, 1965), autor de La piel fría; Sebastià Alzamora, poeta de la generación «imparable» y flamante ganador del último premio Josep Pla de novela con La pell i la princesa (La piel y la princesa); Empar Moliner, quizá la más fiel seguidora de Monzó en su libro de relatos Te quiero si he bebido; y Toni Sala (Sant Feliu de Guíxols, 1969), a juicio de este cronista, el más interesante de los autores convocados, junto a Sánchez Piñol. Si le aplicamos otra lectura al título de las jornadas, tras un período de cuarentena, la literatura catalana cuenta por fin con escritores que dejan de mirarse el ombligo y pergeñan obras homologables en cualquier otra cultura, fenómeno detectable en autores «más mayores» como Inma Monsó y Eduard Márquez. Una advertencia: no estamos hablando de ninguna generación atada a una corriente narrativa. Nada tiene que ver el universo conradiano de Sánchez Piñol con el esteticismo de Alzamora; ni el humor corrosivo de Moliner con la mirada desnuda y descriptiva de Sala. Les une, como hemos dicho, la preocupación por delimitar su territorio y olvidarse de la literatura como programa común del resistencialismo catalanista.
Pero vayamos con Toni Sala. Saltó a la palestra hace tres años con la publicación de Pequeña crónica de un profesor ensecundaria. Con una escritura austera y eficaz, sin aspavientos melodramáticos, describía el territorio hostil en las aulas de la Logse, un mundo que conocía bien por su trayectoria docente: devaluado socialmente, sin resortes para mantener una mínima disciplina, el profesorado basculaba entre la frustración personal y las bajas por depresión. Antes de aquel libro, que suscitó un considerable debate, Sala ya había aplicado su mirada amarga en su novela Pere Marín. Con frases cortas, sin concesiones a la emocionalidad, evocaba a un amigo de la infancia ya fallecido entre macilentas luces de bares y urbanizaciones: he aquí el precedente de Cercanías.
Los pueblos cercanos a Barcelona han devenido barriadas dormitorio: las cicatrices de los chalets adosados a naves industriales recorren la topografía de la desolación. El título, Cercanías, nos lleva a un bar de estación de alguna población costera barcelonesa. De esas de la comarca del Maresme que pasaron de segunda a primera residencia hasta asumir un rol suburbial. El hombre que regenta la barra ve pasar los trenes con abulia simenoniana. La desnudez estilística de Sala lo puede todo, hasta condensar en cinco líneas todo el universo del hastío: «Es el mismo tren de cercanías que durante toda la vida le ha servido de reloj. Cada veinte minutos ha notado el mismo temblor bajo los pies. Ahora el temblor es permanente... El hombre tiene unos cuarenta años. Es el propietario de un bar que queda a dos calles de la estación. El mar, la arena, las vías, la estación, los pisos: así resumiría él su ciudad».
Entre el rumor de la cafetera, la radio y el griterío, nuestro personaje colecciona retazos de vidas tan anodinas como la suya. Asomados al fondo del vaso, clientes amarillos de nicotina mezclan alcohol con antidepresivos, o vomitan frustraciones conyugales. Un día, sin saber por qué, el hombre del bar llevará hasta el final ese vicio solitario de aplicar el oído a la clientela: la conversación de dos individuos y un arrugado papel con un plano donde aparece un faro le impele a una huida irracional: tren, nocturnidad, alevosía y gélida habitación de hotel de medio pelo para viajantes.Tras conocer a una mujer que se hospeda en la habitación de al lado, nuestro hombre se meterá en un robo y una huida. Pero no estamos ante una novela negra. La mujer no es una vampiresa: gastada, ojerosa, desteñida, no mueve al sexo. Una sola frase como principio de toda psicología: «Ella sonríe, pero casi no tiene labios». La acción tampoco importa mucho al autor; más bien la inserción de sus criaturas literarias en un paisaje desangelado donde coexisten muy diversas formas de vida. Un territorio que, a fuerza de ser explotado, es de todos y de nadie. Parcelas roturadas: huertos en decadencia, industrias, casas adosadas, bloques, vías ferroviarias, autopistas, cementerios de automóviles, detritus y amapolas en los ribazos...
En su absurda peripecia, el protagonista de Cercanías experimentará el dolor como exceso de vida, sentirá el roce doloroso de las zarzas y el relente matinal que entumece sus huesos. En ese paisaje se remueven figuras en escapada: el hombre que veía pasar los trenes y un día se subió a uno sin saber adónde iba; la mujer que «podría tener cincuenta años, pero no los tiene»; un viejo que los acoge, acompañado de una oveja, en una casucha oscurecida por la humedad donde comerán caracoles y trasegarán vinazo de brick, entre hedores animales. En conjunto, una geografía de vidas degradadas, en espacios alejados de su origen: «Todo construido para unos campos que hoy en día no se cultivan, que se han cubierto de hierbas secas y altas como personas».
Sala cartografía la negra espalda del mundo con una trama minimalista que, sin la pericia narrativa que la dirige, adolecería de reiterativa o tópica. Dotado para la adjetivación, desactiva los denuestos de algunos autores jóvenes que atribuyen a la prolija descripción una añoranza de las novelas del XIX . Nada de eso. Sala escribe y describe con frase corta y cada frase corta es límpida e inteligible, como preconizaba Josep Pla. Cada frase, con su sujeto, verbo y predicado es un puñetazo al estómago. La visualización de la melancolía. Si leemos la novela en versión catalana podremos valorar esa herencia planiana en la austeridad sintáctica; y también las lecturas de otro escritor gerundense, Joaquim Ruyra, por la riqueza léxica que abona la solvencia descriptiva. Para Sala, como Sánchez Piñol, la geografía es más un estado de ánimo que una ubicación en el mapa. Las Cercanías del primero podrían situarse en cualquier zona de eso que se ha dado en llamar la «Urbanalidad», mientras que en la isla del segundo no observamos ningún exotismo decimonónico, sino la erección de una escalofriante fábula moral.
En Cercanías, Toni Sala nos «acerca» esos «no lugares» que tan acertadamente ha definido el sociólogo francés Marc Augé: esa tierra de nadie donde no pone semillas la Historia, solar con extraños que sólo pueden compartir los metros cuadrados del desasosiego. Creemos, sinceramente, que nuestra literatura cuenta desde ahora mismo con un escritor de verdad. Un escritor que piensa más en el lector avisado que en la inflación de premios que, en las dos décadas de pujolismo, hizo creer en Cataluña una literatura de invernadero.

 

01/06/2005

 
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