ARTÍCULO

Explorando el mundo enfermo. Nueva narrativa estadounidense

 

1. BUSCANDO UNA GUÍA

Durante muchos años, la revista Granta –y era uno de los propósitos de su editor Bill Buford– fue la mejor guía para entender qué es lo que estaba sucediendo en las letras norteamericanas y británicas. Quizá su éxito más notable fue agrupar a la generación del Realismo Sucio (y de paso darles un nombre que hizo fortuna), integrada por autores que ahora son clásicos, como Raymond Carver, y por Tobias Wolff, Richard Ford... También había acertado de lleno con el número 7 (marzo de 1983), dedicado a la nueva narrativa inglesa, The Best of Young British Novelists 1, escritores en plena madurez que ahora rondan la cincuentena: Martin Amis, Ian McEwan, William Boyd, Salman Rushdie, Graham Swift, Julian Barnes... Y volvió a acertar con el monográfico sobre la novísima narrativa inglesa, Best of Young British Novelists 2, Granta 43 (junio de 1993), que incorporaba a Kazuo Ishiguro, Hanif Kureishi, Will Self, Iain Banks y Nicholas Shakespeare.

Aunque Bill Buford ya había abandonado la revista, los nuevos editores de Granta seguían proponiendo panorámicas sobre la actualidad literaria y en el verano de 1996, bajo la supervisión de Anne Tyler y de Tobias Wolff, lanzó una selección de los más destacados jóvenes narradores estadounidenses: la puesta de largo de una generación a la que se habían adelantado con muchísimo éxito (un éxito literario que correspondía con el deslumbramiento general por una economía especulativa) Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964), David Leavitt (Pittsburgh, Pennsylvania, 1961) o Jay McInerney (Connecticut, 1955), uno de los alumnos destacados de Raymond Carver. Bret Easton Ellis fue saludado por su primera novela, Menos que cero, como una suerte de nuevo Scott Fitzgerald, para ser rápidamente metido en el saco de la literatura basura cuando publicó su American Psycho. David Leavitt sorprendió con sus relatos, y contribuyó a normalizar la temática gay en la literatura; en Arkansas está la perla de su producción, «La calle Saturn», un excelente cuento; para conocer de primera mano cómo es la vida de un escritor joven en Estados Unidos conviene acercarse a su novela Martin Bauman. Jay McInerney hablaba en Luces de neón del brillo del Nueva York más cool (nunca las modelos habían estado tan presentes en la literatura), y no ha pasado de ser un cronista social, aunque prefiera ponerse de parte de los perdedores. (También quedaba fuera Douglas Coupland, nacido en 1961, el ideólogo de la Generación X, de la que tanto se habló y de la que tan poco se leyó el libro que la bautizaba, pues, aunque su literatura es estadounidense, él es canadiense). La apuesta de Granta, que había tenido como «jueces regionales» a escritores como Thom Jones o Jayne Anne Philips, incluía nombres que se han colocado en la primera fila de la literatura norteamericana.

Jonathan Franzen (Chicago, 1959) se ha convertido en el escritor de moda de la temporada con Las correcciones, que ha vendido más de un millón de ejemplares (aunque las ventas en España no han sido demasiado buenas), ha obtenido el National Book Award y ha recibido elogios de escritores de prestigio, como Don DeLillo, que la calificó como «poderosa novela». Cuando fue seleccionado por la revista británica, Jonathan Franzen había publicado dos novelas, y se movía en la tradición posmoderna, que no ha abandonado del todo en su último trabajo, aunque ahora parezca más fácil entroncarlo con la tradición del realismo norteamericano, la que incluye a John Cheever y también a Philip Roth. Tampoco le ha ido mal a Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960), a quien el éxito le llegó más por la adaptación cinematográfica de su primera novela, Las vírgenes suicidas (dirigida por Sophia Coppola), que por la letra impresa. La historia de estas cinco hermanas de clase media que se suicidan seguiría enterrada en los almacenes si el cantante de Sonic Youth no hubiese recomendado su lectura a la que sería la directora de la película. Como se toma las cosas con calma (una calma que quizá adquirió en el Hogar de la Madre Teresa en Calcuta, donde trabajó durante una temporada), sólo ahora, después de una docena de años, Jeffrey Eugenides ha publicado su segunda novela, Middlesex, en la que juega con sus raíces griegas.

Ni siquiera el cine (aunque Smoke Signals, dirigida por Chris Eyre, era la primera película realizada completamente por indios nativos americanos) ha sacado a Sherman Alexie (Washington, 1966) de su condición de escritor para minorías, y sobre asuntos de minorías (aunque tampoco haya mucha diferencia entre crecer en una reserva india norteamericana en los años setenta y crecer en un barrio periférico de la España de los años setenta). Alexie es mucho mejor cuentista que novelista, y no hay más que poner enfrente La pelea celestial del Llanero Solitario y Toro y El indio más duro del mundo, dos de sus libros de relatos traducidos al castellano, con Indian Killer y Blues de la reserva, novelas que están editadas en España.

La industria cinematográfica también ha utilizado historias de otros seleccionados por Granta: The Emperor's Club, estrenada este mismo año, es la adaptación de un relato de Ethan Canin (Michigan, 1960) incluido en El ladrón de palacio. Canin había debutado en 1988 con un libro de cuentos a contracorriente, El emperador del aire, y su siguiente trabajo, la novela Blue River, compartía ese mismo clima extraño; su novela De reyes y planetas tenía el perfume de las historias de Scott Fitzgerald: cómo la vergüenza (el asco por lo que representa tu familia y tu pasado) puede ser el sentimiento que lo controle todo. Doctor Sleep, también de 2002, es la versión de una novela de Madison Smartt Bell (Tennessee, 1957), un escritor siempre en segundo plano, que espera que la suerte le sonría. Edwidge Danticat (Puerto Príncipe, Haití, 1969), una escritora que incorpora la crítica a los elementos mágicos tradicionales de Haití, de donde su familia tuvo que marchar rumbo a Estados Unidos por motivos políticos, todavía no ha vendido los derechos de ninguno de sus libros a Hollywood, pero se la puede ver, como figuración, en Full Cast and Crew for Beloved, una adaptación de una novela de Toni Morrison dirigida por Jonathan Demme. Mientras nieva sobre los cedros, el best-seller de David Guterson (Seattle, 1956), que indagaba en las relaciones entre japoneses y nativos en un pueblecito norteamericano, tuvo poco éxito en sus proyecciones, y no es difícil leer la palabra bodrio en los comentarios a la película de Scott Hicks.

Dos escritoras sobresalían en la selección supervisada por Anne Tyler y Tobias Wolff para Granta: Lorrie Moore (Nueva York, 1957) y Mona Simpson (Wisconsin, 1957). Los cuentos de la primera, los de Autoayuda o los de Pájaros de América, son herederos del mejor Raymond Carver, aunque sus escenarios no son tan minimalistas y la desazón no es tan profunda; la segunda ha escrito una excelente novela, A cualquier otro lugar, que de alguna manera le ha impedido crecer como narradora, en la que una madre desea compulsivamente convertir a su hija de doce años en una estrella de Hollywood, deseo al que la hija no se resiste, y por el que emprenden una huida hacia delante en la mejor tradición de las historias de carretera.

Acertaron los seleccionadores de Granta, aunque algunos nombres como los de Elizabeth McCracken (Boston, 1966), Tony Earley (Texas, 1961) o Chris Offutt (Kentucky, 1958), dicen poco, incluso a los lectores más iniciados, y por primera vez se puede leer algo de su obra en castellano dentro del volumen Habrá una vez que. Antología del cuento joven norteamericano, preparado por Juan Fernando Merino, que recoge algunos nombres que se han quedado bastante descolgados en el panorama estadounidense.

Otros nombres no entraron, pese a que en ese momento ya eran conocidos. Michael Chabon (Washington, 1964) se había destapado muy pronto con su novela Los misterios de Pittsburgh y su libro de cuentos Un mundo modelo, e incluso antes de aparecer el número de Granta había publicado la novela que le haría más popular, Chicos prodigiosos, llevada al cine más tarde por el director Curtis Hanson y protagonizada por Michael Douglas y Tobey Maguire (un actor que tiene la cara perfecta para representar a los personajes de los nuevos narradores estadounidenses). Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, la última novela de Michael Chabon, con la que obtuvo el Pulitzer de 2001, combina elementos cabalísticos, como el Golem de Praga, con los superhéroes de cómic (por cierto, Michael Chabon es el autor del guión de una próxima entrega cinematográfica del hombre araña: The Amazing Spider-Man).

Junot Díaz (Santo Domingo, 1968) fue la sorpresa de 1996, el año de la antología de Granta, con Los boys, un libro de relatos claramente autobiográficos sobre su infancia entre el Caribe y los Estados Unidos (y tampoco la infancia de un niño en Santo Domingo es tan diferente a la infancia de un niño en una reserva india). Dedicado a la enseñanza y a escribir diálogos para películas hispanas, Junot Díaz sólo ha publicado algunos relatos en los últimos años.
 

2. BIZARROS

Bret Easton Ellis no era digno de figurar en la selección de Granta, pero había hecho muchos agujeros con su novela American Psycho (1991), por los que había empezado a entrar en el panorama literario estadounidense un aire renovado, que más o menos anunciaba que todo valía en la nueva literatura: todas las tradiciones, lo pop, lo pulp, el sexo, lo bizarro, la televisión, los nuevos medios de comunicación, la autobiografía, el culturalismo, la calle, la universidad, la música, la crónica, el hiperperspectivismo, la enfermedad... El escritor argentino Rodrigo Fresán ha bautizado como «freaks barrocos» a los escritores que se han lanzado a bucear en el lado más oscuro del mundo contemporáneo: Chuck Palahniuk, Ricky Moody, David Foster Wallace, Neal Stephenson o Donald Antrim. Chuck Palahniuk (1961, pasó su infancia en un lugar de Washington) fue aupado como autor de culto por el éxito de la versión cinematográfica de su novela El club de la lucha, dirigida por David Fincher y protagonizada por Edward Norton y Brad Pitt. La enfermedad (o una versión lateral de la enfermedad: el fingimiento de la enfermedad) y la violencia son temas habituales en las ficciones de Chuck Palahniuk; aunque también las sectas, los mesías, la redención y el sexo, mirado siempre desde una perspectiva poco común (como el fracaso de la terapia en los adictos al sexo en Asfixia).

A Ricky Moody (Nueva York, 1961) también le puso en el mapa la adaptación cinematográfica de una de sus novelas, Tormenta de hielo, dirigida por Ang Lee (y con Tobey Maguire). La descomposición de la familia tradicional americana (blanca y protestante, más rica que pobre, por supuesto) es uno de los núcleos de su escritura, muy apreciable también en otra de sus novelas, América Ocaso; pero quizá lo más sorprendente de Ricky Moody sea el tratamiento que hace de lo religioso (colaboró en una revisitación del Viejo Testamento), cuya materialización más clara es su libro de relatos Demonology (todavía inédito en castellano) y que alcanzó un gran éxito en Estados Unidos.

Neal Stephenson (Maryland, 1959) se ha dedicado a la ciencia ficción, a lo gnóstico, a la informática, al pasado mezclado con el futuro, al revés de la Historia y al culturalismo delirante. Criptonomicón es una obra entre freak y cool, en la que la huella de Philip K. Dick (un Philip K. Dick que hubiera querido resultar verosímil y no pulp), los cómics y las interpretaciones paranoicas de la realidad se entrelazan.

De otra manera muy distinta utiliza Donald Antrim (Florida, 1958) los elementos culturalistas. Alabado por el misterioso Thomas Pynchon (junto a Don DeLillo, uno de los escritores más admirados por la nueva generación), Antrim es un escritor que nunca se desliza por lo sentimental: se regodea en el juego, nada en una corriente fría que huye del realismo y que recuerda a algunas de las ficciones de Italo Calvino o de George Perec. Su novela Los cien hermanos ha sido comparada certeramente con una versión posmoderna de La caída de la casa Usher de Edgar Allan Poe.

David Foster Wallace (Nueva York, 1962) es un escritor muy interesante, mucho más por sus ensayos que por sus ficciones. En Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, recopilación de algunos de sus artículos para revistas, incluye «E unibus pluram: televisión y narrativa americana», una excelente reflexión sobre la condición del escritor americano joven: «Hoy día, la idea de que las imágenes pop son simples artefactos miméticos es una de las actitudes que separan a la mayoría de los narradores americanos de menos de cuarenta años de la generación que nos precede, nos reseña y diseña nuestros programas de posgrado. Esta separación generacional en la concepción del realismo depende, una vez más, de la televisión. La generación de americanos nacidos después de 1950 es la primera para la cual la televisión ha sido algo que vivir en lugar de algo que mirar. Nuestros mayores tendían a ver el televisor igual que las flappers veían el automóvil: como una curiosidad convertida en lujo convertido en seducción. Para los jóvenes escritores, la televisión es parte de la realidad en la misma medida que los Toyota y los atascos de tráfico. No podemos, literalmente, imaginarnos la vida sin ella. No somos distintos de nuestros padres porque la televisión presente y defina nuestro mundo contemporáneo. Nos distinguimos de ellos en que no tenemos recuerdos de un mundo carente de esa definición electrónica».
 

3. ¿Y SI ENTRAMOS EN EL MERCADO?


¿Y si aprovechando que David Foster Wallace nos deja en un punto muy cercano de la vida cotidiana, la televisión, las imágenes, el consumo, entramos en el mercado? La librería virtual Amazon, que también puede utilizarse como una gran base de datos sobre literatura, ofrece en sus páginas un servicio de afinidades, de tal manera que el lector puede hacerse una idea de dónde le llevará (estéticamente, tomando su significación en un sentido muy amplio) el libro que quiere comprar. Se puede hacer una prueba. Se busca Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer de David Foster Wallace y se comprueba adónde nos conduce. De las cinco referencias de afinidad que ofrece Amazon, tres son del propio David Foster Wallace (Entrevistas breves con hombres repulsivos, un libro de relatos; La niña del pelo raro, otro libro de cuentos, y Up, Simba!, un ensayo político); otra recomendación es El arco iris de la gravedad, de Thomas Pynchon, y la última, y la que permite dar un paso adelante, es Una historia conmovedora, asombrosa y genial de Dave Eggers (1970), un libro en el que la memoria vence a la ficción, y donde cuenta la vida con su hermano tras la trágica muerte de sus padres con muy pocos días de diferencia.

¿Y si se pincha en Dave Eggers? Amazon responde que el lector se sentirá a gusto con Zadie Smith y con Nick Hornby (una de las cosas que llaman la atención cuando se profundiza en los nuevos narradores estadounidenses es que sus lazos con los nuevos escritores británicos son sólidos, y que las referencias a Irvine Welsh, a Alex Garland o a Jeff Noon son frecuentes), que le gustará Michael Chabon, y que tampoco defraudará, y esa recomendación sirve para no detenerse, David Sedaris (Nueva York, 1956).

Lo mejor de David Sedaris son sus relatos, en los que niños freaks tratan de escapar, con poco éxito, de un mundo convencional y hostil; adolescentes freaks tratan de escapar, con poco éxito, de un mundo convencional y hostil; y adultos freaks tratan de escapar, con poco éxito, de un mundo convencional y hostil. En muchos de sus cuentos late la propia vida de Sedaris: hijo de una familia numerosa grecoamericana, criado en Raleigh, homosexual... y siempre dispuesto a mirar la realidad desde el lado más enfermo.

¿Y si con David Sedaris se le da una vuelta más en el juego de navegar por Internet y descubrir qué autores se «enlazan» entre ellos? Basta con visitar una de las páginas web que se le dedican en la Red (por ejemplo, «The Unofficial D. S. Internet Resource»: http://home.pacifier.com/~paddockt/sedaris.html) y se escruta en la sección «si te gusta Sedaris», en la que los cibernautas sugieren lecturas a los amantes de los libros de Sedaris. Sonda recomienda Sam el Gato y otros relatos de Matthew Klam, galardonado con el premio O'Henry, elegido por The New Yorker como uno de los veinte mejores escritores jóvenes de Estados Unidos y un destacado explorador de las relaciones sexuales (y amorosas y de dinero) vistas por las a menudo mal amuebladas y desconcertantes cabezas de los varones.

¿Y si con Matthew Klam se sigue el juego pero con un traslado a otra librería? Barnes & Noble (que no sólo es una tienda virtual: sus establecimientos están por todo Estados Unidos) también ofrece recomendaciones. Sugiere leer a los lectores de Klam las ficciones de William T. Vollmann (Los Ángeles, 1959), que también ha tratado ampliamente los asuntos sexuales (y la prostitución; aunque no se le haya citado en las reseñas sobre Plataforma de Michel Houellebecq, entre ellos existe más de un vínculo).
 

4. ¿QUEDA ALGUIEN POR AHÍ?

Ni Granta, ni la condición bizarra, ni los vínculos de las librerías virtuales han permitido llegar a Jonathan Lethem, pero merece la pena que se le rescate. Sus relaciones con el cine (ya se ha adaptado una de sus novelas, Amnesia Moon, y Edward Norton ha comprado los derechos para adaptar Huérfanos de Brooklyn) harán que más pronto que tarde se convierta en un escritor conocido. Huérfanos de Brooklyn es una novela en la que desempeña un papel muy importante el síndrome de Tourette (una extraña afección que impide controlar que las palabras se escapen por la boca y que permite unas conexiones verbales sorprendentes), en la que mezcla el mundo un tanto freak y naif de Peter Pan con un entramado social violento. La enfermedad mental es el tema que obsesiona a Jonathan Lethem, y ha editado una antología sobre la amnesia: no es extraño que se haya convertido en especialista en Philip K. Dick y en Franz Kafka.

01/12/2002

 
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