ARTÍCULO

Lo que vendrá

Alianza Editorial, Madrid, 1997
Prólogo de Luis Ángel Rojo
352 págs.
 

Este libro es recomendable por tres razones. Primero, se acerca la famosa cita de Maastricht y es momento de hacer balance de lo que ha representado el pasado y de tragar saliva y prepararse para lo que vendrá. Segundo, el libro es un buen trabajo profesional y casi todos los problemas económicos que nos acosan están aquí reflejados. Tercero, Carmela Martín, catedrática de Economía Aplicada en la Complutense, ha escrito un libro «económicamente correcto», que recopila la mainstream economics, especialmente en España y Europa. Sólo quedamos fuera los comunistas teratológicos y los liberales marginales, los únicos que, por motivos –¡vive Dios!– bien distintos, seguimos planteando recelos frente al «sueño de la razón» de la Unión Económica y Monetaria. Politics makes strange bedfellows, dirá usted. Es posible, y además los compañeros de cama parecen aprovecharla para multiplicarse con promiscuidad, porque conviene recordar que a tenor de diversos referenda y todas las encuestas al coro de los desconfiados ante la UEM cabe añadir un tercer protagonista: los pueblos de Europa.

En fin, dejando los pueblos al margen, que es donde se los suele dejar, aquí tenemos una competente revisión de los últimos once años de la historia económica de España y Europa. Dada la cantidad de volúmenes que proliferan sobre este asunto, escritos sólo en un par de tardes más febriles que inspiradas, hay que puntualizar que este libro es otra cosa; está bien pensado y tiene un valioso y depurado trabajo estadístico. También tiene un mensaje: vale la pena seguir adelante hacia la UEM, en un proceso de tibio reformismo que más o menos libere los mercados y más o menos deje el Welfare State en su dimensión actual, pero saneado.

Una lección del pasado ha sido aprendida. Antes los «económicamente correctos» decían que lo mejor era el Sistema Monetario Europeo, y a los críticos nos minusvaloraban con abierto desdén. La crisis de 1992 acabó, de momento, con esa soberbia. El mensaje es ahora más modesto y son crecientes las condiciones que se plantean para el feliz funcionamiento del euro. El paradigma de la corrección económica, el responsable de un banco central, Luis Ángel Rojo, respalda a la autora al dibujar dichas condiciones en el prólogo y declarar que nada está asegurado «sin la participación activa de los agentes económicos y sociales y sin el desarrollo de políticas económicas ambiciosas a medio y largo plazo que se orienten a remediar las limitaciones de la estructura y la eficiencia de nuestro sistema productivo, a corregir nuestra baja dotación de capital físico, humano y tecnológico, a introducir reformas que conduzcan a aliviar los problemas de la ocupación y el desempleo y a despejar de modo permanente los problemas presupuestarios» (págs. xxxxi). Olé, olé. Pero, si tenemos todo eso, ¿para qué necesitamos la moneda única?

Lo que más inquieta al lector desconfiado que se asome a las interesantes páginas que escribe Carmela Martín es que ese escenario con las soluciones a los problemas de fondo no se ve con claridad. Rojo apunta a «despejar de modo permanente (sic) los problemas presupuestarios», pero cuando la autora llega a abordar cuestiones como las pensiones o la sanidad, que algo tienen que ver con el desborde hacendístico contemporáneo, se aparta de cualquier planteamiento liberalizador y suscribe los planes «que no cuestionan el sistema de reparto» en las pensiones (pág. 121) y que «no tienen la intención de afectar al núcleo básico de solidaridad que constituye la esencia del actual sistema de salud» (pág. 123).

Carmela Martín, con el aval del profesor Rojo, aboga por una mayor centralización fiscal europea y un presupuesto comunitario con mayor poder estabilizador. Todo esto sería más convincente si Martín revelase algo menos de ingenuidad a la hora de analizar el sector público, cuya dinámica sólo parece ser para ella una réplica democrática de las preferencias de un pueblo que libremente escogió autoinfligirse el mayor crecimiento de la presión fiscal del mundo occidental, con el patriótico propósito de superar el «raquitismo» del sector público español (pág. 101; véase tambien la cuidada declaración de principios intervencionista en págs. 7-8, donde la autora adscribe al antikeynesianismo «las ideas reduccionistas sobre el papel del sector público», lo que es una audacia, porque esa fue precisamente una objeción central planteada por los críticos del keynesianismo).

Tales las doctrinas mayoritarias entre quienes nos van a dejar a las puertas del euro dentro de nada: serias, competentes, moderadas, reformistas y bienintencionadas. Pero por si acaso no fueran suficientes, yo que usted leería este libro con respeto y admiración, pero con cautela.

01/12/1997

 
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