La perspectiva coral

Irse de casa

CARMEN MARTÍN GAITE

Catorce años separan los dos ciclos narrativos que definen la trayectoria literaria de Carmen Martín Gaite: el primero, iniciado en 1954 con El balneario y concluido en 1978 con El cuarto de atrás, y el segundo, que empezó en 1992 con Nubosidadvariable y que por ahora culmina con Irse de casa. No fue, sin embargo, estéril el período que va entre uno y otro: al lado de entretenimientos menores y de obras infantiles como Elpastel del diablo (1985) o Caperucita en Manhattan (1990), en él publicó ensayos de gran calado como Losusos amorosos de la posguerra española (1987) y El cuento de nuncaacabar (1983), un inspirado texto sobre la práctica y la teoría literaria, al que algún día se deberá dar toda la importancia que merece, en el que la autora vertió su sabiduría de narradora versátil y cabal. Sea como sea, lo que sí está claro es que esos años establecen una nítida frontera en su obra novelística más allá de la estricta separación temporal, pues con su regreso en 1992 se produce un abandono del territorio provinciano, que había sido el centro de su indagación narrativa anterior, hacia una exploración más universal y menos ceñida a una geografía o a una sociedad determinadas. De ello dan buena prueba, con mayor o menor acierto, Nubosidad variable, La reina de las nieves (1994) y Lo raro es vivir (1996).

Una lectura precipitada de Irse decasa podría llevar a la conclusión de que esta novela es una ruptura con dicha tendencia y un regreso a los antiguos territorios. Se trataría, sin embargo, de una impresión errónea. Es cierto que la mayor parte de la novela transcurre en una ciudad de provincias, pero la sustancia central no se reduce, ni lo pretende, al mero retrato de la vida que en ella acontece, que por otra parte queda plasmada magistralmente, ni es tampoco disección de conflictos específicos de dicho mundo, sino que alude, antes al contrario, a cuestiones de mayor enjundia y que atañen a la protagonista del relato independientemente de su vinculación real con la ciudad elegida como marco para darles vida: el peso de la infancia y del pasado: la determinación de nuestro destino individual por coacciones familiares o por decisiones o anhelos o tragedias que no fueron nuestras sino de nuestros mayores: los sueños y las metas profesionales trazadas en la juventud que ayudan a avanzar por el camino intrincado de la vida pero que, una vez logradas, parecen vaciarse de contenido: los letargos y las vigilias sentimentales que al amor se deben: o la dialéctica no siempre fácil de conciliar entre lo que somos o representamos para nosotros mismos y la posición que ocupamos en el mundo y ante los demás. En este contexto, la ciudad es sólo la mecha que los enciende y dota de significado ante los ojos del lector; no su único escenario ni, mucho menos, su causa primera. Lo verdaderamente notable en ese sentido es la destreza con la que Martín Gaite ha hecho que todos esos aspectos cristalicen a través de un enfoque narrativo que, por la estructura centrífuga elegida, parecería en principio destinado a una mayor disgregación temática y argumental: Amparo Miranda, la protagonista de la historia, una exitosa diseñadora de moda que reside en Nueva York desde hace cuarenta años, regresa durante una semana a la ciudad española donde nació y donde cree que se oculta la clave de su vida, de su infancia humilde de hija de soltera, de su fuga posterior a América y de cierto sentimiento de horfandad y fracaso que, a pesar del éxito profesional y de la ampliación del horizonte vital para el que parecía predestinada, no puede evitar sentir. Es un viaje de reencuentro con sus fantasmas que emprende, sin decírselo a su familia americana, y en el que pretende pasar inadvertida para la gente del lugar que un día la conoció y que todavía guarda memoria de ella. El narrador omnisciente la sigue en este tránsito otoñal y nostálgico, pero, lejos de centrarse en ella, va dando cabida en la narración a otros habitantes de la ciudad, algunos relacionados directamente con su pasado y otros no, que poco a poco se apoderan del relato hasta ocupar en él más espacio que ella misma. Las historias se entremezclan y bifurcan dando pie a una diversidad de tramas y de dibujos de carácter que, por medio de un hábil juego de planos y de voces cruzadas, van componiendo una rica galería de dilemas y personajes humanos. Todos ellos, con sus distintas realidades y traumas a cuestas, contribuyen a iluminar el camino de Amparo, todos ellos son piezas necesarias en el dibujo de su interior aunque no lo sepan y apenas se crucen con ella a lo largo de su estancia secreta en la ciudad. Esta perspectiva coral, que funciona como una maquinaria compacta y en la que nada resulta superfluo, es el principal logro de la novela pues no sólo dinamiza y diversifica el contenido, sino que es por medio de ella como Carmen Martín Gaite salva el peligro, inherente en toda obra centrada en el tránsito de su protagonista entre dos edades (de la juventud a la madurez, como es el caso, de la madurez al comienzo del declive), de que el personaje principal se explique a sí mismo en exceso o, lo que es peor, que nos lo explique el narrador por medio de regresiones o de escenas muertas intranscendentes para el despliegue de la acción. De ese modo, Martín Gaite consigue que el conflicto vital de Amparo Miranda aflore en un único espacio temporal, haciendo que ésta se limite a dar cuenta de su presente para que sean los personajes secundarios quienes, de manera oblicua, nos ilustren sobre su pasado. Lo cual halla el necesario cauce expresivo en un uso del lenguaje que en todo momento está a la altura del reto fijado, un lenguaje capaz de adaptarse con propiedad y magnetismo, tanto a los retruécanos y modismos del habla coloquial presente en los numerosos diálogos, como a los matices y metáforas de unas descripciones siempre exactas, siempre reveladoras y atinadas.

Ficha técnica

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